Posted On 27/04/2020 By In Opinión, Pastoral, portada, Testimonios With 551 Views

Experiencias a través de la enfermedad | Eugenio Berruezo

Desde el encierro requerido y ordenado, por el Gobierno, por fin me decido a escribir sobre mi propia experiencia.

Sé que todo esto es solo mi opinión personal, una vivencia individual e intransferible, pero puesto que soy yo el que ha padecido esta enfermedad cerebro-vascular la voy a intentar explicar a mi modo. No hay conocimientos médicos en este texto, porque no los tengo, como tampoco tengo conocimientos literarios, pero me atrevo a escribir. Me hubiera gustado hacerlo un poco más en esta vida para expresar lo que pensaba, pero ahora ya es un poco tarde, aunque quién sabe.

Quiero escribir sobre mi enfermedad y sobre sus consecuencias, al menos en mi caso. Primero, por si le sirve de algo a otra persona y segundo, para recordarme a mí mismo cuál es la razón de mi existencia, de dónde vengo y hacia dónde voy, aunque esto último lo tengo bastante claro. Lo que hago no es ni poco ni mucho, simplemente me lo han recomendado y, además, porque yo mismo, en pleno uso de mis facultades mentales, así lo he decidido. Esto último lo digo para que nadie piense que ando escaso de ellas, y se entere de una vez por todas de que, tanto mi capacidad de pensar como de decidir están intactas, aunque en algunas ocasiones no lo parezca.

Hace ya más de tres años que sufrí una trombosis cerebral o lo que viene llamándose un ictus. Fue una catástrofe inesperada, y es que, como cantaba el borrachito: «La vida te da sorpresas». Por ejemplo, en el caso del Coronavirus, con sus censuras inesperadas, de repente todos, sanos y enfermos nos sentimos afectados de una u otra manera, todos.

Mi enfermedad fue una situación totalmente inesperada, difícil de resistir en la soledad de uno mismo, y por la que sigo sufriendo algunas consecuencias que me gustaría comentar con vosotros, ahora que todavía puedo disfrutar de una cierta resiliencia y capacidad interpretativa.

Dicen los sabios y entendidos que en la resiliencia existe un potenciador de la felicidad. En lo que a mí respecta, todavía estoy por ver la felicidad que puede proporcionarme una enfermedad como esta, inesperada y repentina. Se dice también de la resiliencia que es la capacidad que tiene el junco, esa planta que crece junto al río caudaloso, de recomponerse ante una tormenta, si se compara con otras plantas menos resistentes, pero de similar género. Al contrario que ellas, el junco se recompone otra vez y, muy erguido, continúa existiendo. Esas personas que me ven como un junco resiliente, son las que, sobre todo, ven y valoran las mejorías observadas en mi persona, a pesar de que, me temo que las secuelas que me ha dejado esta enfermedad se quedarán conmigo el resto de lo que me quede de vida.

Durante los primeros días, el derrame cerebral me dejó prácticamente como un vegetal, apagado y dolorido, doblado como un junco. Pero al mismo tiempo, podía oír y entender cualquier conversación, aunque estuviera imposibilitado para participar de la misma, ya que perdí la capacidad de hablar. Aquella fue una experiencia horrible y me resultaba bastante frustrante y muy difícil no poder utilizar el habla como vehículo de comunicación. Decía el canadiense Shannon Fice que «la lengua es el más mortífero de los instrumentos sin punta». Pero, ¡qué necesaria es para los que hemos vivido y sobrevivido de su uso! Un “arma sin punta” sí, pero usada infinidad de veces para comunicar principios verdaderos de vida.

Me fui recuperando poco a poco. Todavía hoy lo sigo intentando. Por lo menos, puedo participar de las conversaciones, aunque algunos piensen que digo tonterías, o que no me entero de nada. Pero yo, lo único que intento es comunicar principios y verdades trascendentes, y sigo diciendo no a aquellas tonterías que tienden a desaparecer y que algunos predican como eternas, como las económicas, por ejemplo.

Mi infarto cerebral no fue muy nombrado ni célebre. No soy Sabina y no me caí durante el trascurso de un concierto, pero las consecuencias fueron igualmente serias para mí. Pero, también tuve mi público particular, en el bar en el que intentaba desayunar, y que no pude acabar, porque me dijeron que debía ir rápidamente al hospital. Solo, eso sí.

Lo cierto es que me quedé en esta vida un ratito más, impedido para hacer lo que había hecho hasta entonces, pero vivo ¡gracias a Dios! Aunque lo que más me dolió en ese momento fue pensar que no volvería a servir para predicar las buenas nuevas y enseñar a otros los principios de liderazgo cristiano que había aprendido por años.

Muchos de los que estaban sanos me dieron algunos consejos para mejorar. Buenos principios que, según ellos, me servirían para mejorar mi vida durante esos días de incapacidad motriz. Lo hacían con buena voluntad, me consta, aunque muy alejados de mi experiencia vivida, real. Entre esos consejos, estaban caminar y escribir. Algunos me dijeron que escribiera literatura narrativa, que describiera lo que me ocurrió y los milagros que, supuestamente, había recibido. Pero lo que no sabían es lo que supone e implica la literatura narrativa, y eso por no hablar de que en ese momento de mi vida los milagros brillaban por su ausencia, por lo inesperado de los acontecimientos. Aunque no dudo que tengan un propósito determinado que ahora mismo no sé ver.

Otros me aseguraron milagros inconcebibles e inaceptables, tanto por lo que creo como por lo que pienso; la mayoría se limitó a un simple “vendré a verte”, aunque nunca llegaran a cumplir su promesa. Tal vez estarían muy ocupados o, simplemente se olvidaron. ¡Hasta los amigos de Job lo habrían hecho mejor! Pero, no es el momento de hacer reproches.

Volviendo a los que me aconsejaron escribir narrando mi experiencia, he de decirles que no es tan fácil como parece, aunque se trate algo vivido por ti. No es fácil porque se trata de escribir sobre algo inesperado, repentino, con unas consecuencias terribles que aún estoy tratando de comprender y de asumir. Y cuando se trata de eso, no existe un lugar apropiado para los tópicos, esos tan típicos que solemos utilizar cuando algo nos supera.

No, no me resultaba fácil escribir: me confundía de tecla, clicaba dos veces en el mismo lugar –todavía me sigue pasando-, olvidaba partes de mi historia que consideraba importante, escribía de forma desordenada debido a un cerebro dañado y cansado…, el cansancio físico y otros elementos contribuían a ello. Y todas esas circunstancias hacían difícil para mí escribir de forma coherente; no me sentía preparado para ser un buen narrador, no conseguía establecer la distancia necesaria que hiciera de mí un buen narrador, aunque fuera de mi propia historia.

Lo cierto es que lo he pasado mal, más por las secuelas que por la enfermedad en sí. Mi cuerpo no respondía a las órdenes de mi cerebro y, ahora que he conseguido coordinar una poco mejor, he considerado oportuno hablar de mi historia, de mi experiencia personal, aunque no puedo negar que, lejos de haberlo superado, la procesión va por dentro.

Cuando recuerdo y comparo mi pasado personal con el de otros, me acuerdo de una canción que Joan Manuel Serrat, cantautor catalán, escribió en 1981 para el disco En tránsito: «Esos locos bajitos». Se trata de una canción que evoca al ya desaparecido y famoso Miguel Gila, famoso humorista madrileño, mal padre y peor marido, que fue el que hizo la primera referencia a los niños como “esos locos bajitos” a los que se refiere Serrat en su canción. Y me acordé de esta canción porque, en muchos aspectos, yo me he sentido como uno esos «locos bajitos», porque me sentía por «domesticar» después de un tiempo de estar fuera de un contexto caracterizado por una sociedad domesticada y acostumbrada a ciertos comportamientos con los que yo podía coincidir o no. Lo cierto es que yo me sentía como alguien nuevo que se enfrenta con el mundo moderno con sus valores antiguos para “joder con la pelota”. He tenido que aprender de nuevo a enfrentarme con las frustraciones que padece una sociedad incapaz de empatizar conmigo y con mi enfermedad, y salir a escena de nuevo.

Esta sociedad tendría que verse y escucharse ella misma desde fuera, desde la imposibilidad de movimientos, pero escuchándolo todo, y tal vez entonces se enteraría de que es ella la que nos transmite, de forma irremediable, “nuestras frustraciones”, frustraciones que, por otra parte, las sufre siempre alguien más débil.

Y es que amigos míos ya deberíais saber que son los “sanos” los que dictan las normas, los que nos dicen: “eso no se dice, eso no se hace, eso no se toca”. Y lo hacen, porque no se dan cuenta de que a ellos también los persiguen sus propias frustraciones, las frustraciones propias de una sociedad domesticada, que acaba creyéndose sus mentiras, y que lo “normal y sano” es lo que hemos aprendido “en cada vaso de leche y en cada canción”, olvidando que una vez también fuimos niños o que también estamos expuestos a sufrir enfermedades y dolor, como me pasó a mí, y ahora el Covid-19 ha puesto de manifiesto.

Sin embargo, hay algo que me reconforta, continúo pensando en Jesús, en el día en que parta definitivamente, aunque sea dentro de cuatrocientos años, como le sucedió a Habacuc. No sé cuándo será, pero sé que un día llegará y disfrutaré de algo completo y nuevo, de majadas llenas y de vacas en los corrales. Entre tanto, esperaré seguro y confiado, a pesar del coronavirus.

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