Posted On 25/05/2020 By In Opinión, portada With 464 Views

Fe y coraje en tiempos de silencio | Nicolás Panotto

Una pregunta recurrente en estos tiempos es: “¿cuándo volveremos a la normalidad?” Un interrogante más que entendible cuando lo habitual se ha transformado en excepción, y por momentos en utopía. Ahora, una contra pregunta sería: ¿a qué “normalidad” queremos volver? Parece que este clamor es más un deseo de estabilidad que la proclamación de una especie de una reprogramación existencial. ¿Acaso los fundamentos de esa regularidad que nos habitaba, no han puesto en evidencia la debilidad de sus confines para contener lo que hoy estamos atravesando? Voy aún más allá: ¿debemos realmente preguntarnos por “normalidad”, como una especie de estado catatónico de permanencia que nos impida identificar críticamente los lapsos que irrumpen (e interrumpen) nuestra coexistencia, y nos dejan expuestos/as de manera inmóvil frente a la perplejidad?

En un texto de 1957, Paul Tillich nos regala estas palabras sobre el creer en medio de la incertidumbre y la duda: “La fe incluye un elemento de percepción inmediata que proporciona certeza y un elemento de incertidumbre. Su aceptación es el coraje. Al tolerar la incertidumbre con coraje, la fe demuestra con la mayor claridad su carácter dinámico… El coraje como un elemento de la fe es la auto afirmación osada del propio ser a pesar de los poderes del ‘no ser’ que caracterizan a todo lo finito. Allí donde hay osadía y coraje existe la posibilidad del fracaso. Y esta posibilidad está presente en todo acto de fe. Es necesario correr el riesgo” (Paul Tillich, Dinámica de la fe, 1976, pp.22-23)

Para Tillich, el coraje no es la confrontación abnegada de la vida a partir de un lugar sólido, sino más bien el acto de abrirse a la existencia reconociendo ese hiato ineludible y co-dependiente entre la certeza del acto de creer y la duda que deviene con el contenido de lo que se cree. Es vivir entre lo finito, la falta y lo infinito; entre la convicción, el titubeo y la desesperación. Creer es un acto humano, siendo lo religioso sólo una vía más para llenar su inercia. Por ende, creer en lo divino es sobre todo un acto de aventura, y por ello de gracia y don(ación), ubicándonos en ese ser-en-el-arrojo que nos distancia precisamente de ser esclavos de un marco teológico sin fisura, que nos puede dejar tranquilos/as, pero al costo de quedar inertes. Adherencia no es sinónimo de persistencia, ya que la inmovilidad de lo que se dice consistente, nos deja vulnerables ante las inevitables fluctuaciones del camino. Una fe que no se entiende desde una divinidad que aparece, desaparece y deviene, no es más que ideología, un engaño que nos quita la capacidad de reaccionar ante la vacilación.

Creer es darnos lugar al fracaso, pero no como una falta moral sino como el “prueba y error” que nos ubica en la entropía creadora de lo divino que forma parte de nuestra historia, como decía Juan Luis Segundo. Una entropía que llena de riqueza, de colores, de movimientos, aunque conlleve el dolor del desplazamiento y saltos en el tiempo. Es asumir el límite de las palabras que siempre hemos usado para nombrar lo que tiene nombre, con la pretensión de capturarlo. Las palabras no son la propia realidad, aunque, inevitablemente, ellas simbolizan una de las vías básicas para aproximarnos a lo que nos rodea. Las palabras son siempre vacilaciones; pero ante el Misterio que conduce la subsistencia, muchas veces no tienen más que rendirse y dar cuenta que no tienen nada qué decir.

Pensando en este momento que nos sobrecoge, precisamente nos hemos quedado sin palabras. Se ha demostrado que las explicaciones de lo que nuestra “normalidad” procuraba asegurar, en realidad era una careta más, creyéndonos la mentira de que “todo está bajo control”. ¿Pero las caretas son en sí mismas un engaño? No necesariamente. En realidad, el engaño es creer que ellas son incondicionales. Creer es saber que las máscaras deben cambiar según las teatralizaciones; la religiosidad vacía no es más que la esquizofrenia de confundir la careta con la realidad, con el creer para sí, con Dios.

La fe es un balbuceo que no podría ser si no fuera por el silencio que nos acongoja (Heb 11.1) No es una creencia que solapa la mudez, sino un tímido silbido que permite hacernos dar cuenta, desde la finitud de nuestros discursos, que lo que intentamos nombrar es algo que se escapa de nuestras manos. La fe colapsa cuando pretendemos aniquilar ese silencio como escenario primordial.

No hagamos que esta necesidad de “normalidad” nos lleve, una vez más, a construir castillos amurallados que aparentan fortaleza, cuando en realidad esconden un cuerpo plagado de heridas y miedos dentro de un calabozo oscuro. No levantemos esos ídolos grotescos que apabullan de imágenes grandilocuentes y gritos ensordecedores, la amenaza del fracaso que siempre nos reta como humanidad, condición que tratamos de evitar por todos los medios posibles.

Hoy podemos decir que reconocernos en ese estado de pasaje representa un acto ético, un gesto de cuidado mutuo, una apuesta a la comunidad como sentido básico de convivencia, de protección frente a lo inesperado, ya que sin abrirse a la distancia entre lo conocido y lo desconocido, no hay convivencia, ni honestidad humana en su más radical estado. En estos tiempos de pandemia, la dimensión sanitaria del distanciamiento social no se diferencia del distanciamiento ético que ha carcomido los valores de la justicia por mucho tiempo. El virus ha puesto en la vidriera esta triste realidad. Y todo se ha hecho en nombre de los Grandes Nombres (la Ciencia, el Progreso, la Religión, la Economía, la Evolución, la Raza, el Hombre, Dios)

Tengamos el coraje de creer desde palabras pasajeras, desde vivencias que pueden acabar, desde los límites de la racionalidad, desde los bordes imaginarios. Aprendamos a convivir con el silencio que nos atraviesa, entregados/as a sus tiempos, a sus corrientes, sea de sonidos audibles o de afonías abismales. No es algo excepcional; es algo constitutivo. Simplemente nos hemos creído el cuento del mundo muy feliz, para evitar que nuestras seguridades se desvanezcan. Y ese egoísmo arrogante, al final, expuso en carne viva al sufrimiento y la muerte, especialmente a los sectores que son sacrificados para sostener la fantasía de quienes somos privilegiados/as.

El silencio es el vacío que posibilita lo pleno,

Todo lo lleno anhela el vacío

para no quedar saturado de sí mismo.

El silencio de los sentidos, de los deseos, de la mente.

El silencio que nos devuelve el estado prístimo de ser,

de simplemente ser en el Ser.

Javier Melloni

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