Jaume Triginé

Posted On 16/09/2011 By In Biblia With 9326 Views

Forma y función en la Iglesia

Lo que no se ve, no existe es un presupuesto básico del mundo de la publicidad y del marketing. Esta aseveración explica el desarrollo creciente del merchandising, la identificación de los puntos calientes de los grandes almacenes o la correcta ubicación de los productos en los lineales del supermercado. Algo parecido podríamos decir de la preocupación de muchas personas (políticos, periodistas, artistas, deportistas…) por aparecer en los medios de comunicación o formar parte de las ya potentes redes sociales. Quien más, quien menos, personas o instituciones procuran su visibilidad social. O eres visible o no existes.

Si la iglesia quiere cumplir con su misión, debe incrementar su visibilidad. Si la iglesia pretende contextualizar su mensaje salvífico en su momento histórico debe estar presente en el mismo no tanto en su faceta institucional, organizativa o dogmática, sino en su dimensión espiritual a través del testimonio de quienes hemos encontrado en Jesús de Nazaret un sentido a la existencia. Si bien cargada de distorsiones por la falta de conocimiento del cristianismo en general y del protestantismo en particular por su condición minoritaria en nuestro país, la visibilidad institucional siempre parece más fácil de lograr que la visibilidad espiritual en forma de actitudes y valores de los creyentes. Ello nos insta a distinguir entre la forma o dimensión estructural y la función o misión de la comunidad creyente y a procurar que esta última faceta sea percibida con más nitidez que la primera.

No podemos obviar que la iglesia, para poder desarrollar sus funciones, requiere una estructura, un sistema, una organización, unas formas más o menos complejas. La adoración, la oración y la enseñanza bíblica requieren un orden cúltico. La formación demanda un sistema de enseñanza en forma de programa educativo. El testimonio y la presencia en la sociedad necesitan unos cauces en el primer caso y unas organizaciones especializadas en el segundo. El compañerismo necesita espacios que posibiliten la cercanía y el interés mutuo.

El problema estriba en el hecho de que las formas tienen una tendencia natural a enquistarse y perpetuarse a pesar de que pueden haberse convertido en obsoletas con el paso del tiempo. Constatamos, asimismo, que las formas tienen la tendencia a confundirse frecuentemente con la función. Finalmente, las formas tienden a desplazar a la función, suplantándola. Es por todo ello que L. Boff escribía que «la tendencia general del hombre, y en particular de las instituciones, es la de estancarse en un ordenamiento existencial que haya tenido éxito en una determinada época». De ahí la necesidad, identificada ya en los albores de la reforma del siglo XVI, de una reforma continuada. El compromiso de la iglesia es, pues, con las funciones a través de las cuales puede cumplir con su misión y no tanto con las formas, por muy necesarias y queridas que estas sean por cuestiones históricas, culturales o denominacionales.

Las funciones de la iglesia son universales o idénticas en todas las comunidades locales del mundo. En toda iglesia de los cinco continentes se adora a Dios, se comparte la fe en Jesucristo y se sirve a la sociedad, se procura el crecimiento espiritual de los creyentes y se convive en una atmósfera de fraternidad, todo ello como reflejo su naturaleza espiritual. En cambio, las formas en las que se expresan tales funciones son locales y tienen que ver con el aquí. No es comparable, en este nivel formal, un culto de una iglesia luterana en Suecia con el de una comunidad carismática del Brasil. Los aspectos antropológicos, culturales y sociológicos determinan, en muy buena parte, las formas empleadas: música, participación de los laicos, liturgia, predicación… y deberán ser tenidos en consideración a la hora de contextualizar la Palabra de Dios a cada realidad.

Si bien las funciones de la iglesia hemos de considerarlas atemporales en el sentido de no hallarse condicionadas por el momento histórico, las formas en la que estas se expresan son necesariamente temporales. Tienen que ver con el ahora y por lo tanto son modificables en el tiempo. No es difícil identificar los cambios que se han producido a lo largo de los años en diferentes cuestiones (teología, liturgia, énfasis misionero…). Este aspecto de la temporalidad de las formas debe hacernos reflexionar acerca de la manera de presentar a Jesucristo al hombre y a la mujer contemporáneos y hacer visible con ello el papel de la iglesia. Cada generación posee su propia semiótica y semántica por lo que nuestro mensaje puede llegar a ser críptico e ininteligible al emplear lenguajes, en el sentido más amplio del término, obsoletos y sin una significación clara para el receptor del mismo.

Deberemos tener presentes los signos de los tiempos y ser conscientes de que altos porcentajes de la población no están interesados, de forma inicial, en mantener una conversación sobre temas espirituales; pero que estos mismos porcentajes de población, como el común de los mortales, viven de forma estresada a causa de problemas laborales o económicos, padecen depresión o ansiedad, no encuentran sentido a la vida, tienen problemas con sus hijos adolescentes, están en el paro, enferman… Escuchar, empatizar y tratar aquello que les preocupa, presentar la alternativa cristiana, explicar nuestra propia experiencia en tales supuestos… es el camino para explicarles, desde el respeto por cualquier opción, nuestra fe en Jesús de Nazaret. Es imprescindible una aproximación más integral y contextualizada a las circunstancias de quienes deseen escucharnos evitando los estereotipos lingüísticos propios de la jerga religiosa.

Las funciones de la iglesia podemos considerarlas, hasta cierto punto, objetivas al proceder de su misión primigenia tras su experiencia fundante. Su mantenimiento a lo largo de la historia, desde Pentecostés hasta nuestro tiempo, así lo evidencia. Las formas, en cambio son subjetivas en el sentido de que el orden cúltico, las metodologías pedagógicas, los énfasis misioneros, los ámbitos de presencia o los proyectos de iglesia los elaboramos, según nuestro mejor saber, los propios creyentes a la luz de lo que entendemos que el Espíritu Santo nos inspira como mejor y más adecuado para nuestro contexto histórico, cultural o sociológico.

Si bien la comunidad cristiana es en su esencia más profunda o espiritual, un objeto de fe, al poseer también una forma (modelo organizativo, estructura social, proyecto…) es, desde esta perspectiva, una más de las muchas organizaciones o grupos que existen en el mundo. Por tal motivo, sus estructuras, máximas o mínimas, deben estar abiertas a la crítica, en el sentido más analítico o evaluativo del término, y a la adecuación a su realidad espaciotemporal para poder cumplir eficazmente con su función.

En el mismo momento en el que la proclamación motivadora, abierta y libre del Reino de Dios, enseñada y vivida por Jesús de Nazaret, adquirió formas conceptuales y estructurales en las primeras comunidades apostólicas se inició ya la necesidad de su reforma y de su renovación. Toda definición, toda dogmática es, por sí misma, limitadora de otras opciones. Toda estructura, todo sistema, todo modelo organizativo fija el dinamismo y es altamente limitativo, al convertir la naturaleza activa de las cosas en algo estático.

De todo ello se deriva que si bien la misión de la comunidad cristiana es universal, atemporal y objetiva sus finalidades más específicas deben responder a las necesidades de las personas de cada generación insertas en sus propios procesos de cambio histórico, sociológico, vital… Las iglesias de corte reformado deben, por lo tanto, tener una permanente actitud de renovación para evitar mantener unas formas que sin duda fueron útiles en un determinado momento y situación, pero que pueden haber dejado de ser eficaces en nuevos contextos.

No tan solo la visibilidad, a la que hacíamos referencia, está en juego; también la imagen, ya que el mantenimiento de formas alejadas de los actuales modelos sociales contribuye a forjar una percepción de la iglesia como un ente alejado y distante de las dinámicas contemporáneas. El cada vez mayor distanciamientos de la sociedad respecto a la comunidad de fe es una evidencia de esta percepción distorsionada de la iglesia a la que esta contribuye al mantenerse anclada en formas crípticas para el hombre y la mujer de nuestro tiempo, muchos de ellos con un cultura religiosa de mínimos y de la falta de respuesta a muchas de sus preocupaciones.

En alusión al Espíritu Santo, el evangelio de Juan nos recuerda que el viento sopla donde quiere, por lo que el deseo de cambios formales puede ser hoy la motivación, el sentimiento y la oración de una iglesia nacional, de una comunidad cristiana local, de un grupo de cristianos o de un solo creyente en particular. La necesidad de renovación ha sido una constante histórica y continúa siendo una exigencia, también hoy, para lograr aquella visibilidad significativa que permite acercar el reino de Dios a nuestra generación.

Jaume Triginé

Barcelona, agosto de 2011

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