Posted On 03/11/2020 By In Biblia, Opinión, portada With 295 Views

Getsemaní | Josep Borràs Atienza

 Jesús y sus discípulos habían acabado de cenar en el aposento alto. Como todo en aquellos últimos días, la celebración de la Pascua judía había sido una reunión tensa. Jesús había anunciado la traición de uno de sus discípulos sin querer revelar su nombre. Una vez acabada la cena salieron al monte de los Olivos, una pequeña colina a las afueras de Jerusalén. Durante el trayecto Jesús advierte a sus discípulos que todos y cada uno de ellos le van a abandonar esa noche ante los peligros que se acercan. Pedro, el más impetuoso y atrevido de todos, asegura a Jesús su más total fidelidad, pero éste, conocedor de la naturaleza íntima de cada uno de ellos, le advierte de su inminente traición: le negará hasta tres veces.

 

Jesús tiene miedo.

Jesús y sus discípulos llegan a Getsemaní, un huerto ubicado en las laderas del monte de los Olivos. Sabiendo lo que se le viene encima, Jesús desea estar con su Padre, y qué mejor lugar que un monte, lugar habitual de encuentro con Dios. Pero, a pesar de esa voluntad de intimidad, Jesús se lleva consigo a Pedro, a Jacobo y a Juan para que estén compartiendo con él esos momentos de oración y comunión con el Padre. Un detalle: estos tres hombres que Jesús se lleva con él en el momento más delicado de toda su vida serán los tres futuros líderes de la iglesia en Jerusalén. ¿Por qué quería él que precisamente ellos tres le acompañaran en estos momentos? ¿Qué quería que experimentasen? Lo que sí ya sabemos ahora es lo que estaba experimentando Jesús a esas horas de la noche. Dice el v. 33 que «comenzó a entristecerse y a angustiarse “. La BCI traduce el versículo así: “començà a sentir temor i un buit angoixós”. NVI dice: “comenzó a sentir temor  y tristeza”.  LP: “comenzó a sentirse atemorizado y angustiado”. La Biblia del Peregrino: “empezó a sentir estupor y angustia”. Jesús no esconde sus sentimientos y emociones ante sus discípulos, antes bien confiesa su estado anímico: “Mi alma está muy triste, hasta la muerte “. BCI, traduce: “Sento a l’ànima una tristor de mort”. NVI: “Es tal la angustia que me invade que me siento morir “. LP: “Me está invadiendo una tristeza de muerte “. El Peregrino: “Siento una tristeza mortal“. Los cristianos siempre hemos defendido no solo la divinidad de Jesús sino también su perfecta humanidad. Y si creemos en la total humanidad de Jesucristo tenemos que aceptar que él estaba muy asustado en Getsemaní. El miedo que sentía ante la tortura que se avecinaba le angustiaba y le generaba una tristeza que le hacía sentirse como muerto. Probablemente durante su vida había oído hablar del castigo romano conocido como crucifixión. Es probable incluso que hubiera visto por los caminos de Israel algún ajusticiado por este método. Sabría también de la crueldad con que los soldados romanos trataban a sus víctimas. Sabría el dolor físico que se le venía encima. Pero también sabía que el peso del pecado del mundo estaba a punto de cargarse sobre sus espaldas. Si alguna vez nos hemos implicado profundamente en el sufrimiento de alguna persona habremos llegado a la conclusión de que es imposible para nosotros llevar más dolor que el nuestro propio. Más pronto o más tarde tomamos una mínima distancia que nos permita salvar nuestra propia salud física y emocional. A Jesús le iba a ser negado el tomar esa distancia. Todo el peso y el dolor del mundo iba a ser depositado sobre su persona. Y eso probablemente le aterrorizaba más que el castigo propiamente físico.

A los tres discípulos que ha seleccionado para compartir con él esos momentos les pide que se queden velando mientras él se interna unos pasos más entre los olivos para tener la intimidad que busca con el Padre. Cuando uno vela está atento a lo que sucede a la persona objeto de tal vela, comparte algo del sufrimiento de esa persona. Esto es lo que Jesús pide a Pedro, a Jacobo y a Juan: compañía, compartir sus sentimientos, su temor, su agonía.

 

Jesús se sincera con el Padre.

Jesús queda a solas con su Padre y vierte ante él todo lo que siente su corazón. Tiene la suficiente confianza en él que no esconde nada, por indigno que pueda parecer, de lo que pasa en su interior. Jesús sabe que su Padre le entiende, que no es nada indecoroso el sentir miedo en determinadas circunstancias como la suya, que no tiene por qué aparentar una valentía que no siente, que puede mostrarse tal como está ante Dios. Nosotros en muchas ocasiones juzgamos a quien está pasando por una situación que le genera dolor, angustia, miedo, tristeza, duda. Pensamos, y en ocasiones llegamos a verbalizar, que uno ha de poderlo todo en Cristo, y que, por tanto, no es ni digno ni propio de un seguidor de Jesús tener esos sentimientos. A quienes piensan o dicen estas cosas les recomiendo que lean y mediten en la experiencia de Jesús en Getsemaní. Jesús no ora en una actitud de alabanza o de gratitud ante el Padre. Antes al contrario, lucha con Dios. Le pide un cambio en los planes que tiene para él. Sabiendo que todo es posible para Dios, le pide no tener que cumplir con su doloroso deber. No es malo ser sinceros ante Dios, presentarle nuestra voluntad en forma de peticiones. Podemos luchar con Dios, como hizo Jacob en Peniel (Gén. 32:24-28) o como hace aquí Jesús. Pero el objetivo de la oración no es hacer cambiar a Dios de opinión, sino cambiarnos a nosotros para adaptarnos y someternos a su voluntad. Podemos ser totalmente sinceros con Dios, podemos argumentar con él, podemos mostrar nuestra rabia, nuestro miedo, nuestra tristeza, todo nuestro dolor. Él no se enfadará con nosotros ni nos castigará por mostrarle nuestros sentimientos. Pero la finalidad de nuestra intimidad con Dios en oración es que seamos capaces de abandonar nuestra voluntad y adoptar la suya. Así y solo así podremos ver cómo el poder de Dios actúa en nuestras vidas.

Jesús interrumpe por unos momentos su oración y vuelve a donde dejó a sus tres discípulos. Ha de ser terriblemente frustrante en la situación anímica de Jesús, el encontrarte a aquellos amigos en quienes confiabas no velando contigo, sino durmiendo. No han sido capaces de acompañar espiritualmente a su amigo Jesús en la terrible situación por la que atravesaba. Él lleva una hora de oración agónica, y ellos no han podido esperarle despiertos durante ese tiempo. Todavía tiene tiempo para darles un consejo: «Velad y orad“. Velar sin orar, estar atentos a las necesidades del amigo sin ponerlo en las manos de Dios solo hace que demostrar la fragilidad humana. No hay nadie capaz de llevar sobre sí mismo todo el dolor que hay a su alrededor. Intentar velar sin orar es agotador y lleva al sueño. Seguro que Pedro, Jacobo y Juan quisieron velar con Jesús, su espíritu lo deseaba. Fue el peso psicológico y espiritual de aquello a lo que se enfrentaban lo que les llevó al agotamiento y a la necesidad de refugiarse en el sueño.

A continuación Jesús insiste ante el Padre en oración con las mismas palabras y argumentos que antes. ¿Acaso dudaba de que Dios le hubiera oído? ¿Iba en contra de su advertencia de no orar con vanas repeticiones y palabrería? (Mt. 6:7). Creo que todos hemos experimentado en muchas ocasiones la necesidad de repetir el contenido de nuestra oración a Dios sobre algo que nos angustia especialmente. No es tanto por el hecho de dudar de que nuestra oración haya sido escuchada, sino por la necesidad de vaciar nuestra ansiedad ante el Padre. Jesús a estas alturas tenía todavía esta necesidad. Cuán necesario es poder expresar nuestras emociones ante alguien de confianza cuando la situación por la que estamos pasando es especialmente angustiosa.

Hasta tres veces Jesús vuelve de su lugar de oración al punto donde le esperaban sus discípulos. Pese a sus reprimendas y consejos, cada una de esas tres veces los halla dormidos.

 

Jesús halla paz.

Pero la tercera vez algo ha cambiado en Jesús. Ya tiene lo que buscaba: las fuerzas del Padre. Su oración no había sido contestada en el sentido que él quería, pero había llegado a la certeza de que su Padre le había oído y le garantizaba las fuerzas para enfrentarse al horror de la cruz, al tormento de llevar sobre sí el peso del dolor de todo el mundo. Fijémonos en que la oración de Jesús contiene una clave para lograr la respuesta divina. El texto especifica que él “oró que, si fuese posible, pasase de él aquella hora”. La clave es la expresión «si fuese posible”“. Seguidamente, Jesús, después de afirmar que “todas las cosas son posibles para ti (Dios)” y después de expresar el motivo de su oración «aparta de mí esta copa«, puntualiza “mas no lo que yo quiero, sino lo que tú”. Jesús conoce el secreto de la oración: no hacer cambiar a Dios de opinión sino aceptar la respuesta que él considere más conveniente. Si queremos experimentar la gracia de Dios que nos provee de las fuerzas que necesitamos para nuestro viaje en la vida, es imprescindible que aprendamos a aceptar la voluntad de Dios para cada paso. Aunque no nos guste, aunque nos haga daño, aunque sea lo contrario de lo que nosotros pedimos. Solo en este hecho de abandonarnos a la voluntad de Dios encontramos paz y fuerzas.

 

La debilidad humana.

Pedro, Juan y Jacobo ya habían pasado por la experiencia que Jesús quería que vivieran. En ese momento aún no eran conscientes de la lección que Jesús había querido que aprendieran, pero algún día la entenderían y les serviría para su futuro liderazgo en la iglesia primitiva. Jesús se la resume diciendo: «el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil “. Si repasamos la historia de la humanidad nos daremos cuenta de que las mejores intenciones del espíritu humano han fracasado por la fragilidad de quienes debían llevarlas a cabo.  No tenemos la capacidad de llevar a cabo nuestros nobles propósitos. Pensemos en todos los proyectos políticos, las revoluciones, las reformas sociales que han arrastrado detrás de sí a las multitudes, entusiasmadas por un futuro mejor. Todos ellos han fracasado por culpa de la debilidad de quienes debían hacer realidad tales sueños. Este fracaso también lo podemos detectar en muchas de las empresas iniciadas en el seno de la iglesia cristiana. Fracaso, alejamiento de los principios del Evangelio, pecado, escándalo. Todo ello lo podemos encontrar en la historia de la iglesia.

 

El fracaso de Pedro.

Pedro era, de los tres, el que quizás más necesitara que la enseñanza de Jesús en Getsemaní le fuera reforzada. A estas alturas del Evangelio de Marcos ya empezamos a conocerle: impetuoso, bravucón, poco reflexivo. Cuando Jesús advierte a sus discípulos del abandono que iba a sufrir por parte de ellos, Pedro defendió a capa y espada su voluntad de no traicionarle. Y hay que reconocerle que fue el que más lejos llegó en su fidelidad a Jesús. Llegó hasta el mismo patio de la casa del sumo sacerdote, en cuyo interior se estaba juzgando a su amigo. De los demás discípulos ni se sabe dónde estaban a estas horas de la noche. El carácter de Pedro le permitió llegar a donde otros no pudieron. Pero las mismas tres veces que se había dormido en Getsemaní, fueron las veces que negó conocer a Jesús. El miedo a correr el mismo destino que el Maestro, un miedo que dominó por más tiempo que otros, acabó también haciéndole sucumbir. Su llanto es el signo del reconocimiento de su fracaso. El fracaso de nuestro ser abandonado a sus propias fuerzas ha de ser reconocido y llorado. Solo así habremos entendido la lección de Getsemaní y del patio del sumo sacerdote. Dios aprovecha determinadas circunstancias de nuestra vida para que lleguemos a ser conscientes de nuestra falta de control sobre la misma, de nuestra debilidad para resolver los problemas a los que nos enfrentamos, de nuestra inutilidad para cumplir nuestros más nobles propósitos. Esta es la lección que Jesús quería que los tres futuros pilares de su iglesia aprendieran, para así vivir de acuerdo con este principio: no podemos hacer nada por nosotros mismos. O nos dormimos al intentarlo, o le negamos sometidos por nuestro propio miedo. Era lo que había experimentado también Jesús en Getsemaní: depender por completo de la gracia de Dios para hacer su voluntad hasta la muerte en la cruz.

 

Mi gracia te es suficiente,

El personaje más importante del Nuevo Testamento, después de Jesús, es probablemente Pablo. Por sus cartas, sobre todo, conocemos la enseñanza de la primera iglesia. Pues Pablo también tuvo que aprender a vivir completamente dependiente de la gracia de Dios. Leemos en 2ª Cor. 12:7-10 que padeció una circunstancia personal que no nos es desvelada, a la que él llama su aguijón en la carne, y que molestaba enormemente al apóstol. Tanto es así que tres veces (otra vez este número, como las veces que se durmieron los tres discípulos o las que Pedro negó a Jesús) rogó a Dios que le fuera quitado de su vida. Pero su oración no fue contestada según la voluntad de Pablo. Él no quería sufrir esta limitación que le atenazaba. Pero Dios no solo no quiso quitar tal limitación, sino que le enseñó que este aguijón era necesario para que aprendiera a vivir, no en sus propias fuerzas, sino dependiendo de la gracia de Dios: “Bástate mi gracia” (2ª Cor. 12:9). Pablo quería ser autosuficiente y Dios no se lo permite. Quiere enseñarle la lección de Getsemaní y la del patio del sumo sacerdote: en el reconocimiento de la debilidad propia uno se acoge a la gracia de Dios:“…porque mi poder se perfecciona en la debilidad”. BCI traduce: “En tens prou amb la meva gràcia. En la feblesa es manifesta plenament el meu poder”. Cuando nos acogemos a esa gracia, él puede mostrar su poder en nosotros. Cuando oramos en este espíritu de aceptación de la voluntad de Dios, nace la paz en nuestro corazón.  Pero no una paz adormecedora, sino una que nos lleva a realizar la voluntad de Dios con poder. Su poder, no el nuestro.

La gracia de Dios. ¡Cómo dependemos de ella! Por su gracia Dios quiso mostrarse a nosotros, nos llamó, nos dio la fe, nos quiere santificar, quiere garantizar nuestra perseverancia hasta el fin, nos sostiene en medio del caos de la vida actual. Gracia, Sola Gracia.

 

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