Posted On 25/07/2014 By In Opinión With 1104 Views

Gracias a Dios que subieron al tren

Todos estos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos. (Hch. 1, 14 RVR60)

Como cualquiera de los amables lectores de Lupa Protestante puede comprobar, el 25 de noviembre del año 2012 publicábamos en esta revista una reflexión titulada ¡Qué pena! Perdieron el tren, en la que comentábamos de forma muy somera la decisión tomada en aquel momento por la Iglesia de Inglaterra acerca del acceso de las mujeres al episcopado anglicano. En aquella ocasión el voto mayoritario fue negativo, lo que supuso una grave contradicción: por un lado, en Inglaterra había mujeres ordenadas que ejercían desde hacía años el sagrado ministerio en tanto que lectoras, diaconisas y vicarias (o presbíteras); por el otro, algunas iglesias de la Comunión Anglicana sitas en diferentes países ya habían ordenado mujeres al episcopado. Quienes en Inglaterra vetaron el episcopado femenino se hallaban, de pronto, en una situación un tanto anómala: habían obtenido una victoria, sin duda, pero de sabor más bien amargo, quisieran reconocerlo o no; únicamente habían postergado la asunción de una realidad que se impondría de suyo. Gracias a Dios, el último Sínodo General de la Iglesia de Inglaterra, este 14 de julio pasado, ha subsanado aquel error. Esta semana los distintos medios de comunicación se han hecho eco de la noticia, acompañados por las redes sociales, cada uno con su particular enfoque o interpretación del evento.

Lo cierto es que la ordenación de mujeres al episcopado ha hecho estos días de la Comunión Anglicana en general y de Iglesia de Inglaterra en particular un referente y un ejemplo para todas las denominaciones de la Cristiandad, sean éstas más o menos tradicionalistas en sus formas o en su teología.

Aun sabiendo de entrada que ciertos sectores del cristianismo rechazan el acceso de la mujer a los sagrados ministerios, algunos con más virulencia que otros, y que en esos medios una decisión como la adoptada por la Iglesia de Inglaterra será rápidamente condenada y estigmatizada durante largo tiempo —de hecho ya lo ha sido en las redes sociales desde el primer momento, incluso con tonos bastante groseros en algunos casos concretos—, no podemos en conciencia sino congratularnos de una decisión que evidencia, muy lejos de una simple moral acomodaticia o de circunstancias, una gran madurez con doble vertiente, social y teológica.

Social, porque vivimos inmersos en un siglo XXI de gran influencia occidental sobre todo el planeta Tierra, y en el que los parámetros culturales, siempre en permanente cambio, han transformado radicalmente la imagen femenina. La presencia de la mujer en áreas que otrora estaban circunscritas a los varones en exclusiva, ha dejado de ser una novedad para convertirse en una realidad patente que no tiene marcha atrás y que bajo ningún concepto se puede comprender como una mera moda pasajera o una flor de un día, ni por supuesto como una negación o una claudicación de sus funciones biológicas primarias. Resultaría, pues, un flagrante contrasentido relegar en la Iglesia a esta fundamental mitad del género humano cuando las instituciones sociales públicas y privadas, en áreas tan importantes como la ciencia, la sanidad, la educación, la judicatura o la política, entre otras, tienen hoy también un rostro femenino. Sería tanto como declarar a voz en cuello que la Iglesia es algo así como una reliquia de épocas pretéritas, o lo que es lo mismo, una entidad retrógrada e inadaptada que proclama a voz en cuello su propia extinción. Por expresarnos en un lenguaje más evangélico: un pésimo testimonio público, dígase lo que se quiera.

Y teológica, porque la presencia de la mujer en los sagrados ministerios, y particularmente en aquellos considerados de mayor responsabilidad, como es el episcopado en la Comunión Anglicana, implica una comprensión del evangelio de Cristo y de las Sagradas Escrituras que va mucho más allá del simple y excesivamente cómodo (¡y sobremanera manipulable!) literalismo. El hecho de que en los ministerios participen activamente figuras femeninas habla por sí solo de una asunción de la realidad de la persona humana como tal, independientemente de su sexo, en tanto que receptora de los carismas divinos y de las responsabilidades que el Señor distribuye y asigna a sus siervos. No se trata, desde luego, de una simple y vulgar “diatriba bíblica” o “guerra de textos” al estilo de los grupos y sectas fundamentalistas “demostrando” quién tiene razón y bombardeando al adversario con citas y pasajes escriturísticos en los que aparezcan mujeres con graves responsabilidades en la Historia de la Salvación frente a versículos concretos en los que se impone al género femenino el más absoluto de los silencios o se le prescribe una total sumisión a los varones. Lo que está en juego es algo mucho más trascendente, el propio evangelio del Señor Jesús, vale decir, la Buena Nueva con mayúsculas, que hace del ser humano el gran beneficiario de la Redención-Redignificación que sólo Cristo puede traernos. Obstáculos culturales y sociales, como los que han separado a la humanidad por cuestiones de raza, clase o estamento social y sexo, no son de recibo en la Iglesia. El cristianismo ha tardado la friolera de diecinueve siglos en comprender que la esclavitud es una abominación; hoy nos horrorizamos ante las declaraciones de teólogos y clérigos o predicadores ilustres de épocas no demasiado lejanas en el tiempo, según las cuales Dios había dividido la humanidad en razas para que una dominara sobre otras. ¡Expresaban un sentir cultural arraigado, tal vez muy bíblico[1], pero diametralmente opuesto al evangelio! Nuestros descendientes de las próximas centurias se llevarán sin duda las manos a la cabeza cuando lean u oigan acerca de debates eclesiásticos sobre la inclusión de la mujer en los ministerios y considerarán que hasta los siglos XX y XXI la Iglesia no estuvo a la altura de lo que Dios realmente requiere de sus siervos. Lo lamentarán, sin duda.

Este último Sínodo General, en definitiva, ha hecho mucho más que solucionar una cuestión interna pendiente de la Iglesia de Inglaterra. Por medio de él, la Comunión Anglicana ha mostrado al mundo cristiano que sólo el soplo del Espíritu —el verdadero, no los sucedáneos— puede conducirnos a todos los profesos discípulos del Señor hacia esa plenitud del evangelio que se materializa en el reconocimiento intrínseco del valor de la persona humana en tanto que imagen y semejanza del Creador y beneficiaria suprema de la Salvación y sus responsabilidades inherentes, sin distinciones.

Ojalá no sea sólo la Comunión Anglicana la única denominación que alcance este grado de solidez y madurez en el seno del Cuerpo de Cristo.

[1] Tuvimos hace unos años la ocasión de leer sermones de ciertos predicadores norteamericanos de la época de la guerra civil de los EEUU que condenaban y estigmatizaban abiertamente al presidente Lincoln por su proclama “antibíblica” y “anticristiana” de liberación de los negros. Citaban a su favor textos como 1 Co. 7, 19-24 o la epístola a Filemón, condenando a los nordistas como “enemigos de Dios y del orden natural impuesto por la Providencia”. Uno de los pasajes bíblicos cuyo uso en este sentido por parte de aquellos concienzudos pastores esclavistas más nos sorprendió fue Cnt. 1, 6a, que en la versión inglesa King James reza literalmente: No me miréis, porque soy negra (“Look not upon me, because I am black”).

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