Posted On 14/07/2014 By In Ética, Opinión With 1338 Views

Gracias Malala, gracias niñas y niños de todo el mundo

Los inocentes se alzaron como un sol que no se oculta;
los inocentes clamaron
y su clamor fue oído por multitud de pueblos,
los niños amasaron con fuego sus cuerpos de barro
y lucharon con sus cuerpos y con los de sus padres
y con los de sus hijos y con los de los padres de sus padres.
Los inocentes alzaron los fusiles (Michéle Najlis, poeta revolucionaria) 

Para mis amigos y amigas de Ángeles de la Frontera en San Diego California porque han actuado proféticamente para visibilizar los horrores que vive la niñez migrante.

Mientras escribo esta pequeña reflexión, en las redes sociales poco se presta atención a lo que sucede en Medio Oriente con el bombardeo del ejército de Israel a Gaza; poco o nada sobre los miles de desplazados en Libya, o la guerra interna que vive Irak, o el hambre que pronto azotará a Sudán del Sur. Desde México, todavía hay un poco de indignación sobre los miles de niños y niñas centroamericanas que aventurándose por México para llegar a los Estados Unidos, han sufrido vejaciones reduciendo a nada su dignidad personal. Tal parece ser que las “crisis humanitarias” que he mencionado sólo son temas para los militantes de organizaciones de la sociedad civil. Las imágenes no dejan de conmoverme porque los rostros ensangrentados y violados son de niñas y niños. Pienso si nuestras futuras generaciones tendrán esperanza de ver un cielo y tierra nuevos aquí en un proceso histórico de largo aliento. Me pregunto si desde una perspectiva global, la paz deseada desde el derrumbamiento del Muro de Berlín es posible. Me pregunto sí la paz deseada en los pueblos del mundo desde sus propios procesos nacionales, étnicos, espirituales y políticos serán posibles ya sin políticos que les traicionen…

Cuando reflexionaba en esto, también pensaba en las miles de historias silenciosas de niñas y niños que ante la violencia no se quiebran y emprenden caminos que incluso les han llevado a perder la vida. Yo soy Malala. La joven que defendió el derecho a la educación y fue tiroteada por los talibanes, es una historia de una niña común que logró hacer visible el dolor de un pueblo, pero también la potencia de una lucha que no es sólo de Malala, sino universal: en una guerra civil, los que más pierden son las niñas y los niños al ser privados de alimento, casa, educación, amor ante la pérdida de sus seres queridos. En el 2012, una niña, o casi adolescente, de 16 años fue tiroteada en la cara por un joven talibán cuando ella, junto a varias niñas, iba en un apretado autobús de regreso a su casa después de una jornada en la escuela. Desde más pequeña, Malala y su padre recorrieron varios lugares de Pakistán para manifestarse contra la implantación del gobierno talibán en la zona, principalmente del valle de Swat, de donde ella es originaria y donde los talibanes tuvieron un gran centro de operaciones. Desde el primer día de vida de Malala, su padre no se avergonzó de tener por primogénita a una mujer jurándose a sí mismo que ella sería libre como un pájaro. El itinerario de Malala no fue nada fácil pues siendo mujer, hija de un profesor y de una mujer piadosa del islam, tuvo que aprender a dar su palabra sabiendo que tendría más enemigos que amigos. Y es interesante cómo el dar su palabra le permitió tener resonancia en los medios de comunicación nacionales e internacionales, lo mismo que en plataformas de Organizaciones no Gubernamentales (ONGs), hasta el punto de que cuando ella estaba sangrando por el atentado, pudo encontrar apoyo en Reino Unido, lugar donde hoy día reside con su familia.

Malala nació en tiempos de paz y su niñez y temprana adolescencia las vivió cuando los talibanes tomaron el control de Afganistán y Pakistan: tuvo la experiencia de ser la mejor de su clase, de saber lo que es pasar hambre y compartir; experimentó los miedos nocturnos por las bombas y las amenazas de muerte que constantemente le llegaban a ella y a su padre; la experiencia de ser desplazada interna y externa, y ahora vive la experiencia de ser exiliada de su tierra a la que llora…

Pienso que esa generación a la que pertenece Malala, está llena de valientes cuyas vidas han transitado de la paz a las guerras civiles. Las generaciones nacidas al inicio del siglo XXI tienen experiencias similares y también sueños muy cercanos. Algo que marcó a Malala fue cuándo vio a pequeños viviendo de la basura; ella se juró que esos niños y todos los niños del mundo deben tener derecho a la educación, y que sus creencias religiosas no deben mezclarse con el conocimiento. Malala es afortunada porque ahora como activista tiene su propia fundación. ¿Pero qué hay de los niños y niñas, casi adolescentes, que día a día ven ponerse el sol pensando que el día de mañana será mejor y esa mejoría no llega? He leído mucho sobre niñas y adolescentes en India que en el intento de ser Malalas les han quitado la vida, lo mismo que a niñas afganas que durante el régimen talibán fueron quemadas con ácido por no llevar la burka, y sus voces parecen ser que han quedado sólo en notas especiales de periódicos. He visto y leído sobre los niños y las niñas migrantes centroamericanos declarados en crisis humanitaria y he sentido su dolor por no cumplir quizá sus propios sueños y los sueños de sus parientes. Y a esos dolores se suman los miles de niños y niñas desplazadas por las recientes guerras civiles en África y Medio Oriente.

Pero también sé que lo visible y lo horroroso de las guerras que se ensañan con las niñas y los niños no permanecerá si actuamos más allá de la sensibilización. Sigo creyendo que las Organizaciones de la Sociedad Civil pueden aportar y ser mediadores entre la sociedad; creo que la comunidad universitaria joven puede involucrarse más allá de trabajos descriptivos; creo que la espiritualidad puede transformar los corazones y creo en el poder humano de sentirnos hermanados y sororales dentro y fuera de nuestras fronteras. Sigo creyendo en el voluntariado y en el conocimiento a favor de la paz.

Recuerdo que desde niña mi sueño fue ser misionera para ir a Somalia cuando había hambruna; después quería ir de reportera a la Guerra de Irak y cuidar de los damnificados… y mis sueños de ayudar y encontrar resiliencia me llevaron a ser parte de ONGs y manifestaciones en pro de toda libertad. En la academia intento reconciliar el conocimiento, la fe y la militancia, pero no siempre se puede. Ahora como madre al ver a mis hijos, les educo para hacer posible un cielo y tierra nuevos como parte de su proyecto de vida. No sé si lo lograré, pero hoy puedo decir ¡Gracias Malala! gracias niñas y niños del mundo porque por ustedes no perdemos la fe en ver que nuestros minúsculos esfuerzos pueden trascender.

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