Posted On 12/01/2014 By In Ética, Opinión, Teología With 902 Views

¿Hasta dónde?

Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo (Mt. 28, 20b)

Acabamos de iniciar un nuevo año, el 2014, lo que supone nuevos retos, nuevos desafíos y nuevas expectativas en todos los órdenes de la existencia. No escapamos a ello como cristianos individuales ni tampoco en tanto que conjunto de creyentes, es decir, en tanto que iglesia, cuerpo de Cristo. Y desde luego, no somos impermeables ni inmunes a las corrientes de pensamiento y las preocupaciones de nuestros convecinos y conciudadanos, de manera que lo que a otros angustia o atenaza también ha de hacer mella en nosotros.

Hay, sin embargo, una preocupación muy específica que nos atañe en exclusiva, algo muy nuestro, que otros simplemente ignoran o desconocen por completo, pero que puede también afectarles de manera harto directa, y es la pregunta de hasta dónde ha de llegar la iglesia, hasta dónde hemos de llegar los creyentes cristianos en nuestros planteamientos como seguidores profesos de Jesús. O dicho de otra manera, cuál va a ser nuestra trayectoria a lo largo de este nuevo año recién comenzado, nuestro testimonio ante el mundo en tanto que discípulos de Cristo. Porque a nadie se le oculta que el cristianismo como sistema religioso o la iglesia en tanto que institución se hallan en una profunda crisis (no faltan quienes prefieren hablar de decadencia), no sólo de cara a quienes no forman parte de su conjunto, sino incluso de puertas adentro. De alguna manera, el gran desafío que nos impone este nuevo período cronológico de 365 días es una clarificación de nuestra identidad y, por ende, de nuestros objetivos.

¿Hasta dónde? De nuevo la “pregunta del millón”.

En relación con las cuestiones de tipo político, la iglesia cristiana —a nadie se le oculta— ha cometido grandes errores que aún hoy la marcan y la condicionan en ciertos lugares de forma que se halla literalmente encorsetada. ¡Lástima! La desgraciada alianza entre el trono y el altar, eso que algunos historiadores de lo sacro designan con el nombre de constantinismo y que según las épocas y las circunstancias ha tomado la forma de alianza entre el sillón presidencial y el altar, ha generado unos vínculos entre poderes establecidos y estamento clerical muy difíciles de romper, muy cómodos por un lado para ciertas denominaciones históricas nacionales en sus países de origen, pero sobremanera incómodos al mismo tiempo para más de una mente pensante y realmente cristiana de su seno. Hacer de la institución eclesiástica una sierva permanente del estado (aunque en ocasiones tenga la apariencia de señora más que de sierva) hipoteca el testimonio evangélico a unas políticas de un color determinado con exclusión de otras posibilidades en ocasiones más justas, y deriva al conjunto de los creyentes a unas tomas de postura no siempre en consonancia con la riqueza de las enseñanzas de Jesús. Por otro lado, la actitud contraria de oposición sistemática al estado que se respira en ciertos grupos y denominaciones cristianas minoritarias tampoco se muestra demasiado concorde en todos sus planteamientos con el mensaje original de Nuestro Señor. El error constantinista de las iglesias grandes ha arrastrado de alguna forma a las iglesias pequeñas a otro error igual de grave. Las cuestiones de tipo político, que no son ni mucho menos ajenas a los sentimientos cristianos (¿cómo iban a serlo viviendo todos los seres humanos en un mismo planeta y respirando un mismo aire?), jamás debieran colorear, no obstante, la vida de la iglesia. Si bien es cierto que puede haber, y de hecho hay, creyentes de derechas y de izquierdas, unionistas y separatistas, monárquicos y republicanos, totalitaristas y anarquistas, más y menos comprometidos en ideologías políticas concretas, el conjunto del cuerpo de Cristo no puede vivir como tal marcado por una tendencia política determinada dado que su mensaje es universal y apto para ser escuchado y aceptado por todos. Por decirlo de una vez: la iglesia no es un partido político ni puede servir a los intereses de partidos o facciones políticas específicas. En todos ellos hay puntos positivos, pero también injusticias que ella ha de señalar y denunciar proféticamente sin ambages.

En el terreno de la moral, lo que se ha dado en llamar moral cristiana, triste es tener que reconocer que la iglesia ha cometido también un craso error. No sólo ciertas iglesias, grandes o pequeñas, históricas o posteriores, mayoritarias o minoritarias. Esa trágica equivocación ha sido, y es, práctica común de la iglesia universal, el conjunto de los creyentes. Ha consistido en ceñir las cuestiones morales a prácticamente un único aspecto de la vida humana, o, y perdónesenos la patente grosería, a unos órganos muy concretos del cuerpo humano, con desdeñosa exclusión de todo lo demás. Durante siglos se ha vivido en las sociedades cristianas una tensión permanente entre una supuesta moral, que acabó siendo en el siglo XIX más social que religiosa, y unas realidades de la vida cotidiana resueltas a base de látigo o de hacha, literales o figurados, y que han hecho desgraciados a centenares de miles de seres humanos. Mientras las iglesias se horrorizaban ante embarazos prematuros y no deseados o ciertas condiciones sexuales anómalas y las castigaban con verdadera saña, cerraban sus ojos a otras clases de abominaciones o “hacían la vista gorda” ante situaciones embarazosas y claramente atentatorias contra la dignidad de la persona humana. Resulta en extremo repugnante leer alegatos de clérigos cristianos de épocas no demasiado lejanas que justificaban la esclavitud de los negros africanos y el comercio que ello representaba, mientras expulsaban de sus congregaciones y estigmatizaban para siempre a parejas jóvenes que habían llegado al matrimonio no en perfecta castidad. Y no podemos por menos que sentir escalofríos ante los concienzudos predicadores evangelical made in USA de nuestros días y sus epígonos de otros países que se permiten condenar sin paliativos y sin misericordia alguna a creyentes homosexuales —creyentes auténticos, no fingidos, y que NO han elegido tal condición sexual, lo que sin duda les hace sufrir a ellos y a su entorno—, mientras dan rienda suelta a una avaricia desmedida y una hambruna insaciable de dinero y bienes materiales de este mundo que les hace incurrir en todas las tretas del marketing (por no llamarlo por su nombre en castellano: robo descarado) a fin de engrosar sus arcas personales, amparándose en que tales ganancias son “fruto de la bendición divina”. Y ello sin mencionar más que de pasada que tales pecados mal llamados “carnales” parecen no serlo tanto cuando quien los comete es de clase alta o por lo menos adinerada; los ejemplos aparecen a miles en revistas del corazón y otras publicaciones del mismo nivel. Nadie nos malentienda: la moral cristiana también tiene que ver con la sexualidad, por supuesto. ¡Pero no sólo! La iglesia ha de ser sensible ante estas situaciones, pero sin olvidar que muy por encima de tales problemas se encuentran personas humanas. Y desde luego, nunca ha de olvidar la monstruosidad moral que representan tantos sistemas humanos de convivencia en los que se explota, se maltrata o se pisotea sin paliativos la dignidad de seres creados a la imagen y semejanza del Supremo Hacedor, a los que debe condenar abiertamente con más fuerza, si cabe, que a todo lo otro.

Y por no alargarnos ni cansar a los amables lectores de la Lupa Protestante, diremos tan sólo algo más en relación con la vida de las congregaciones cristianas actuales, la vida de la iglesia de puertas adentro, en la que también se constatan grandes extremos que han dañado profundamente la imagen del cuerpo de Cristo entre los propios creyentes. De ser las capillas, templos e iglesias propiamente dichas —sin entrar en cuestiones de precisión semántica— lugares de recogimiento y oración o de exclusiva adoración litúrgica, reservados para los oficios religiosos dominicales y de otros días de la semana, pareciera hoy que en algunas denominaciones se diera una derivación hacia labores exclusivamente sociales, de tal manera que los locales otrora sacros (en su sentido más etimológico) hoy fueran sedes sociales de simples ONGs. Ejemplos de cristianos comprometidos con los pobres y desfavorecidos de este mundo, como la célebre Madre Teresa de Calcuta, Vicente Ferrer y otros menos conocidos por nuestras latitudes, suelen ser considerados como modelos a imitar en este sentido. Pero además se prodigan situaciones en las que templos y capillas devienen simplemente centros de ocio o locales multiusos de barrios o asociaciones vecinales concretas. No faltan en nuestros días las congregaciones que ya no tienen ni siquiera conciencia de ser iglesia en el más puro sentido neotestamentario del término, sino que se autodefinen como organismos de ayuda social o de cualquier otro tipo de actividad comunitaria, con lo que han perdido su prístina identidad y, por ende, gran número de su membresía (todo el mundo no se siente llamado a participar en tales actividades). De nuevo aparece sobre el tapete la cuestión de siempre: la tendencia humana al desequilibrio funcional. Nadie con dos dedos de frente cuestionará, desde luego, que la iglesia como tal haya de vivir ajena a las necesidades de este mundo. Como alguien dijera con gran sabiduría, la iglesia ha de ser el altavoz de los pobres y desfavorecidos (no sólo desde el punto de vista material, desde luego), pero es algo más. Centrar las actividades eclesiásticas únicamente en los cultos empobrece a las congregaciones, sin duda, pero no se ha de olvidar que Cristo no instituyó su iglesia como una simple organización social más.

¿Hasta dónde?, habíamos planteado. ¿Hasta dónde ha de llegar la iglesia en este nuevo año, y siempre?

En tanto que cuerpo de Cristo NO somos un partido ni una facción política con una ideología determinada. Los hay en gran cantidad en este mundo, y en todos ellos se encuentra bueno y malo, aprovechable y desechable.

En tanto que cuerpo de Cristo NO somos una sociedad de moral y buenas costumbres, ni siquiera una filosofía moralista. Ya existen morales sociales adaptadas a sus entornos culturales propios, algunas mejores que otras.

En tanto que cuerpo de Cristo NO somos una ONG, ni una cadena de centros solidarios o de organizaciones caritativas. Ya las hay, algunas con mejor funcionamiento que otras, desde luego.

Cristo no vino a este mundo a fundar una nueva facción política, ni a traer una filosofía, ni a constituir una organización solidaria. Cristo vino a inaugurar una nueva era de la historia, a introducir en este mundo y para siempre la plenitud de un Reino de Dios en el que caben personas de todos los credos políticos, de todas las filosofías y de todas las sensibilidades, pero en el que sólo se entra a través de su propia persona, de su obra, de su plenitud gloriosa manifestada en la crucifixión y la resurrección. Y Jesús el Cristo, no lo olvidemos, sólo se vehicula a través de la proclamación de la iglesia, depositaria de su mensaje y su enseñanza en las Sagradas Escrituras, abiertas a todos los seres humanos. De nada sirve, por lo tanto, que la iglesia se comprometa políticamente o que proclame una moral sublime (sexual, social y de todas las áreas) en una praxis solidaria con los menos favorecidos, si no proclama abiertamente quién es Cristo y qué ha hecho él por todos nosotros.

El reto que Dios nos marca para este nuevo año no es otro que esta proclamación, no sólo con hechos, sino también con palabras. Los seres humanos no sólo han de ver lo buenos, caritativos, comprometidos y solidarios que somos los cristianos (?), sino que han de saber quién es Jesús de Nazaret y lo que significa para todos nosotros.

Así hasta el fin del mundo.

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