Posted On 07/10/2020 By In Columna, Espiritualidad, Opinión, Pastoral, portada With 235 Views

Hay personas | José Luis Avendaño

Hay personas que me despiertan gran admiración por sus conocimientos y saberes intelectuales, pero generalmente no es a este tipo de personas a las que deseo acudir cuando me veo enfrentado a alguna situación de infortunio o de dolor en la vida. Generalmente, estas personas disfrutan de esta admiración y disfrutan mucho más hablando ininterrumpidamente de sí mismas, sus habilidades y logros hasta el mismísimo tedio: No escuchan, no son capaces de poner su corazón junto al corazón del otro y, sólo muestran interés por la conversación, en tanto en cuanto ésta resulte de su utilidad, no les quite demasiado de su tiempo y mucho menos les exponga a una situación de incomodidad o implique para ellos un salir de su atesorado cerco de comodidad y seguridad.
Hay otro tipo de personas, sin embargo, que más que admiración me genera impacto por el talante -no necesariamente de sus conocimientos, aunque no se excluye aquello-, más bien de sus propias vidas. Son personas que han cultivado el escaso pero tan valioso arte de escuchar, muchas veces privándose de ponerse ellos mismos, sus logros e intereses como eje de la conversación. Son personas que han aprendido a poner su corazón en el dolor del otro, de tomar riesgos por el otro, incluso si aquello implica renunciar a su propio espacio de comodidad. Son personas, en realidad, que más que provocarme admiración, repito, me generan impacto, no por lo que hacen o dicen o han alcanzado, sino por lo que son.
No es con el primer tipo de personas, sino con el segundo con el que quiero estar cuando atravieso por la senda del dolor, la preocupación, el quebranto. Es más, suelo escapar de las primeras. No es el primer tipo de personas, sino el segundo con las que yo me arriesgaría a importunarles con una llamada telefónica muy tarde en la madrugada y abrirles mi corazón sin temor alguno.
Cuando generalmente pienso en estos dos tipo de personas, advierto que lo que marca la diferencia entre ambas, no es un tipo especial de conocimiento, sino la experiencia tan profunda que las segundas han tenido del dolor, el quebranto y la soledad, y el cómo el tránsito por este derrotero aciago, a través de la fe en Cristo, les ha permitido impactar a los demás mediante el peso de sus propia vidas, incluso, si ellos mismos jamás han llegado a advertir el impacto que sus vidas generan en otros.

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