Posted On 29/01/2016 By In Biblia, Teología With 4473 Views

¿Humanización de Dios o divinización del hombre?

Quiero dejar constancia de que al comienzo del tratamiento de este tema soy consciente de mis propias limitaciones. Incluso diría que una cuestión de tanta trascendencia debería reunir en una sola persona la profundidad teológica de Dietrich Bonhoeffer, la vivencia existencial de Soren Kierkegaard, la erudición de Carl G.Jung y, sin duda, la  capacidad exegética y hermenéutica de un Rudolf Schanackenburg.

A pesar de todo lo anteriormente dicho, intentaré realizar una aproximación al tema que constituye el acontecimiento más importante de la revelación de Dios. Tema que se sitúa en el corazón de la misma Economía Divina y en el centro del Tiempo y de la Historia. Desde el punto de vista teológico se ha escrito tanto sobre la Encarnación del Verbo que no resulta fácil aportar un pensamiento que sea el resultado de una elaboración seria desde el punto de vista de la ciencia bíblica y que, al mismo tiempo, se desarrolle en el marco de la ortodoxia.

La revelación de Dios empieza y termina de la misma manera: En el principio…. Dios (Gen 1:1) y “para que Dios sea todo en todos” ( 1Cor 15:28 ). Dicho de otra manera, y según queda plasmado en el libro de Apocalipsis, Dios es Aquel que se declara o revela a si mismo como “el Alfa y la Omega”, es decir como el principio y el fin (Apocalipsis 1:8). Como consecuencia de esta realidad bíblica, el estudio de las Sagradas Escrituras se mueve siempre con el propósito de que alcancemos una conciencia más clara de lo que Dios mismo es y representa para el ser humano en su devenir histórico-existencial. En la medida que vamos acercándonos al conocimiento de Dios, tenemos la posibilidad de alcanzar un mejor conocimiento de nosotros mismos. La distancia entre Dios y el hombre es muy difícil de establecer, por no decir que desde el punto de vista ontológico (génesis del Ser) resulta poco menos que imposible ponerla de manifiesto.

Existen, a la luz de la revelación que se nos da en las Sagradas Escrituras, contenidos que nos hablan de Dios como el Ser Trascendente que permanece como Aquel “que es bienaventurado y solo Soberano, Rey de Reyes, y Señor de Señores, el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible y a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver” (1ª Timoteo 6:15-16).

Pero, por otra parte, es esa misma  revelación de Dios, dada al hombre, la  que nos asegura que el Ser Supremo puede hacerse accesible o emerger a nuestra conciencia desde los estratos mas profundos de la esfera de nuestra intimidad, es decir, desde aquellos contenidos o complejos anímico-psicológicos que C.G.Jung denominó como “ el-si-mismo” y que habitan y se devienen en el centro vivencial de nuestro corazón; es en este sentido de la relación Dios-hombre en el que Lucas, recogiendo las palabras del discurso de Pablo en el Areópago de Atenas, nos dejó escrito, en el libro de los Hechos de los Apóstoles, lo siguiente : “Para que busquen a Dios (es una referencia a todos los seres humanos), si en alguna manera palpando (en el griego se emplea un término que expresa la idea de algo o alguien que se puede tocar a tientas), puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros. Porque en El vivimos, y nos movemos y somos … porque linaje suyo somos” (Hechos 17: 27-28).

En este mismo sentido, el gran teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer, cuando habló de la relación entre Dios y el alma (esfera de la intimidad o corazón en el sentido bíblico) dijo que “Dios está ahí y mucho más allá de ella”. A esta misma conclusión llegó el gran médico y psicólogo suizo C. G. Jung cuando, estudiando los estratos más profundos de la mente humana, descubrió que una parte de los contenidos del Inconsciente pertenecen a lo qué denominó Inconsciente Colectivo. Los contenidos del Inconsciente Colectivo son denominados como contenidos o complejos arquetípicos que son comunes a todos los hombres, aunque pertenezcan a distintas etnias. Resaltan como de extraordinaria importancia aquellos contenidos arquetípicos que constituyen el si-mismo, y que tienen una significación trascendente y que, en definitiva, vienen a reflejar la realidad que Viktor Frankl denominó “como la presencia ignorada de Dios” en el corazón del hombre.

Corresponde a lo que se ha denominado el prólogo del Evangelio según San Juan (Juan 1:1-18), aquella parte de la Escritura que contiene los fundamentos teológicos del hecho trascendental y trascendente más importante de la Revelación de Dios al hombre: la Encarnación del Hijo de Dios. De tal manera que nos encontramos, teológicamente hablando, con la realidad de que Dios se revela al hombre de diferentes maneras: Por su Palabra (Juan 5:39): “Escudriñad las Escrituras; porque a vosotros os parece que en ellas tenéis la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mi”); a través de su Creación (Romanos 1:20): “Porque las cosas invisibles de el, su eterno poder y Deidad , se hacen claramente visibles desde la Creación del Mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas”; mediante la proyección de su imagen en la esfera de la intimidad del ser humano (Eclesiastés 3 : 11): “ Todo lo hizo hermoso en su tiempo; y ha puesto Eternidad (deseo vehemente por la Eternidad) en el corazón de ellos, sin que alcance el hombre a entender la obra que ha hecho Dios desde el principio hasta el fin”, y haciéndose El mismo  hombre: “En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios < griego =estaba cerca de >, y el Verbo era Dios <griego literal : Dios era el Verbo>” (Juan 1 :1)… “Y Aquel Verbo fue hecho carne y habitó (griego=acampó) entre nosotros y vimos su gloria como el Unigénito (griego=mono-genes) del Padre, lleno de gracia y de verdad… A Dios nadie le vio jamás; el Unigénito Hijo (griego = el Unigénito Dios), que está en el seno (griego=vientre, entrañas) del Padre, El le ha dado a conocer (griego = explicó, hizo la exégesis)”.

Cuando Dios creó al hombre, la Biblia nos revela el pensamiento y las motivaciones que se devinieron en la misma interioridad de Dios para realizar tal hecho: “Entonces dijo Dios: hagamos al hombre a nuestra imagen (Martín Lutero=hagamos a los hombres; en hebreo el término imagen se traduce por sombra y los LXX lo traducen por exacta representación, retrato, duplicado exacto) conforme a nuestra semejanza (hebreo=apariencia, similitud, correspondencia); y señoree (hebreo=tengan ellos dominio) en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra. Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios los creó; varón y hembra los creó, y los bendijo, y llamó el nombre de ellos Adán, el día en que fueron creados.” (Génesis 1:26-27 y Génesis 5:2).

El hombre constituyó, en el marco de toda la creación cósmica, el ser o realidad antropológica que mejor reflejaba la misma realidad de la Deidad. Es de destacar, por la Revelación que se nos concede en el libro de Génesis y por la interpretación que Santiago hace en su epístola (Santiago 3:9), el hecho de que el hombre era la realidad creada que más se parecía a Dios, y que constituía la sombra del Ser Supremo en el mundo.

Toda la Revelación de Dios se mueve, desde el punto de vista antropológico, entre dos hombres: “Así también está escrito: fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer (griego= el último, el hombre escatológico) Adán, espíritu vivificante. El primer hombre es de la tierra, terrenal; el segundo hombre, es del cielo” (1ª Corintios 15:45-47). El primer hombre, por el hecho de la caída, sufrió una desestructuración amártica (por el pecado) que le afectó de tal manera que la imagen de Dios en él quedó desfigurada y trastocada. Al ser el primer hombre (Adán) un ser colectivo que representaba e incluía en su propia realidad antropológica a toda la Humanidad, ésta experimentó y sigue experimentando una ruptura, en su relación con Dios, que supone la posibilidad de la realización tanática, en el ser: es decir, la posibilidad de la muerte.

Fue para terminar con el imperio de la muerte que el Hijo de Dios se hizo hombre: “Así que, por cuanto los hijos (seres humanos) participaron (griego=han tenido en común) de carne y sangre, El también (Jesucristo) participó de lo mismo para destruir (griego = reducir a la impotencia) por medio de la muerte, al que tenía el imperio de la muerte” (Hebreos 2:14). La Epístola a los Colosenses, en su capítulo 2 y verso 9 dice lo siguiente: “Porque en él (Cristo) habita corporalmente (somáticamente, físicamente) toda la plenitud de la Deidad”. La afirmación que se hace en este texto tiene un alcance escatológico de dimensiones que desbordan nuestra capacidad de comprensión más profunda, y que abocan a la toma de conciencia de lo que nos revela la Epístola a los Hebreos en su capítulo primero: “Dios, habiendo hablado muchas veces y de muchas maneras, en otro tiempo, a los padres por los profetas, en estos postreros días (griego=días escatológicos) nos ha hablado por (griego=en) el Hijo, a quién constituyó heredero de todo y por quién, asimismo, hizo el universo; el cual, siendo el resplandor de su gloria y la imagen misma de su sustancia, y quién sustenta todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo efectuado la purificación de nuestros pecados por medio de si mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas” (Hebreos 1:1-3). Para comprender el sentido de la encarnación es necesario admitir, teológicamente, que el Hijo de Dios, preexistente a la creación de Adán (Daniel 7:13), sufrió en el proceso de su Encarnación una verdadera somatización o materialización. Dicho de otra manera: en la Encarnación Dios no solo se hace carne (ser humano), sino que se materializa. Desde mi punto de vista toda la acción salvífica de Dios tiene como finalidad la pneumatización o espiritualización de la materia (1ª Corintios 15:44). De todas las características que de Cristo se destacan en los textos de Hebreos, anteriormente aducidos, es conveniente que prestemos la mayor atención a aquella en la que se define al Hijo de Dios (Jesús de Nazaret) hecho carne como “la imagen misma de su sustancia”. El vocablo imagen corresponde al término griego carácter y se puede traducir por impronta, huella grabada, carácter y representación fiel; teniendo en cuenta que esta última afección puede tener el sentido de Persona y de reproducción exacta de una Persona. Por otra parte, el vocablo sustancia corresponde a un término griego que se puede traducir por, Realidad, Hypóstasis y Materia. La traducción del término sustancia nos enfrenta con el misterio trascendente del proceso mediante el cual se realiza la hypóstasis o materialización de la Divinidad: “Dios es espíritu (griego= pneuma), pero cuando vino el cumplimiento del tiempo (tiempo histórico), Dios envió (griego=despachó) a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la Ley, para que redimiese a los que estaban bajo la Ley a fin de que recibiésemos la adopción de hijos” (Gálatas 4:5). Por consiguiente la Encarnación del Hijo de Dios (su hypóstasis y materialización) tiene una finalidad salvífica que se realiza mediante el acto soteriológico de Cristo muriendo por nuestros delitos y pecados, a fin de poder mediante el hecho pneumatizador de la resurrección (acción pneumatizadora del Espíritu de Dios sobre el cadáver de Jesús de Nazaret), “ reconocí liar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre de su cruz” (Colosenses 1:20).

La reconciliación del hombre con Dios trasciende a toda la Creación cósmica y supone, como se nos explicita en la epístola a los Romanos, el que “la creación misma sea libertada de la esclavitud de corrupción, a la libertad gloriosa de los hijos de Dios” (Romanos 8 :21). Este proceso de pneumatización de la materia se realizará primero en “la redención de nuestro cuerpo”, y posteriormente se extenderá a toda la realidad cósmica, de tal manera que el hecho salvífico de Cristo supondrá para el creyente una posibilidad que trasciende cualquier entendimiento humano: el que los seres humanos que hayan recibido en su corazón el Evangelio del Reino de Dios “lleguen a ser partícipes de la naturaleza divina” (2ª Pedro 1:4). La realización de Dios tendrá su culminación en la pneumatización o trascendencia salvífica de la materia, hasta llegar a la realidad última y escatológica que se nos describe en 1ª Corintios15:28, con una de las frases más sublimes de toda la Revelación: “Para que Dios sea todo en todos”.

 

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