Posted On 08/01/2014 By In Biblia, Opinión, Teología With 1765 Views

The Hunger Games

Lucas 2:15-20

La esperanza es lo único más poderoso que el miedo”, le dijo Snow, el presidente del reino totalitario de Panem, a Seneca Crane, el director de los Hunger Games. El comentario lo hace Snow para educar a Seneca en cuanto a la razón misma de los juegos: frente a la rebelión pasada de los distritos, los juegos se establecen  como premio/castigo de parte del reino totalitario. Los juegos deben fomentar alguna esperanza, pero no mucha, de modo que motive a los súbditos a participar pero que los mantenga en su lugar. La ecuación para que el distrito de la Capital mantenga sus privilegios y viva del esfuerzo de los otros doce distritos de Panem, comenta Snow, es un poco de esperanza en medio de vidas hambrientas y llenas de miedo. Katniss, una excelente arquera y fuerte mujer, pasa de su Distrito, el número 12 dedicado a la minería, a la Capital, el distrito de la opulencia y los privilegios, para participar en los juegos, que son, no incidentalmente, un evento mediático.  Los juegos – con la participación de dos voluntarios escogidos al azar por representantes del gobierno por cada uno de los doce distritos pobres – son una batalla todos contra todos donde sólo el ganador salvará su vida. Allí se descargan las frustraciones y los quebrantos de los súbditos al salpicarles un poco de esperanza. El Distrito del participante ganador tendrá alimentos durante todo un año.

Así como Katniss y los participantes de los Hunger Games, los pastores debieron sentir ambas cosas – tanto miedo como esperanza – en su encuentro con lo maravilloso; en su epifanía y concierto de ángeles que les anunció la llegada del mesías (Lucas 2:9; 13-14). La luz epifánica debió estremecer una noche cualquiera. Una noche de larga vigilia, de frío y de alerta por posibles ladrones y animales salvajes acechando a las ovejas. Las conversaciones cotidianas – las que posiblemente se repetían cada noche entre los pastores con alguna variante menor – fueron sorprendidas por el coro celestial. El texto marca así un momento extraordinario en la vida de los pastores, de la historia y de la creación. Algo sorprendente, más allá de lo conocido y lo esperado, ha ocurrido. Se invita a los pastores a ir a Belén; no como premio/castigo ni como una migaja de esperanza, sino como el anuncio de la encarnación de Dios; como la llegada del jubileo; el año agradable del Señor. El viaje no es a la opulencia ni al privilegio. No es una travesía para participar de una caricatura mediática que promueva un poco de esperanza en medio de vidas hambrientas y llenas de miedo. El ángel fue claro: Hallaréis al niño envuelto en pañales, acostado en un pesebre (Lucas 2:12). ¡Y lo encontrarían en Belén, la ciudad de David! (2:10-11). En Belén; un pueblito cualquiera, lejos de la capital del imperio y en la periferia de Jerusalén. La ecuación aquí no es un poco de esperanza y mucho miedo para mantener a los pastores en su lugar. Pero mientras Katniss fue de su distrito minero a la Capital opulenta como variable en un juego con una ecuación que producía migajas de esperanza, los pastores fueron del campo y las ovejas a un pesebre. La ecuación allí, en el pesebre, era diferente. Era la de una esperanza que espanta el miedo para traer salvación, justicia y dignidad como los fundamentos de la paz. Pasemos, pues, a Belén.

En Belén, en el pesebre, los pastores se convirtieron en los primeros teólogos y hermeneutas de la iglesia. El texto dice que, al verlo, (los pastores) dieron a conocer lo que se les había dicho acerca del niño (Lucas 2:17). Los pastores recibieron, interpretaron  y proclamaron la revelación de Dios. Documentaron y confirmaron la identidad del Niño Dios. La revelación necesita interpretación. Necesita ser actualizada y proclamada. La identidad del Niño Dios no es obvia ni automática. El miedo y la esperanza llegan a nuestras vidas tanto por los quebrantos y luchas de todos los días como por las construcciones mediáticas y las manipulaciones programáticas de las fuerzas que nos quieren mantener en un lugar determinado. Llegan como premio de las estructuras que promueven, validan y fomentan la dependencia, la pobreza, el desconsuelo y la burundanga. El miedo y la esperanza llegan a nuestras vidas tanto por los desencantos y sinsabores de relaciones tóxicas como por la lencería y camándulas de entendimientos de belleza, de humanidad y de éxito manipulados y manoseados. Katniss fue a una entrevista en un talk show para promover los juegos con un traje rojo espectacular que producía fuego por el movimiento. Su belleza y sensualidad le ganaron el favor del público y de auspiciadores. Un favor que promovía la muerte. El miedo y la esperanza que llegan junto a entendimientos simplistas y acríticos del pesebre y del niño Dios, pueden ser promotores de muerte, si no escuchamos bien, ni observamos bien, a los pastores. Los pastores, con su propio ser y circunstancias, interpretaron la llegada del Niño; el valor del pesebre. La llegada de este niño fue un anuncio particular. El anuncio, que ya de grande, hizo el Mesías en el templo: El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos; a  predicar el año agradable del Señor (Lucas 4:18-19). El pesebre no produce ni adelanta privilegios; no promueve esperanza vacua. Dios empeña su Palabra con los marginados y los desechados de la sociedad. El pesebre produce vida, sin engaños ni manipulaciones. Sin trajes que al moverse produzcan fuego y sin talk shows que promuevan escaparates de fantasía. El Dios del Universo se hizo de carne y hueso. Lo finito de la creación fue capaz de contener lo infinito de Dios; este Dios se reveló y levantó la vida de los pastores. Y todos los que oyeron, se maravillaron de lo que los pastores les decían (Lucas 2:18).

Este anuncio particular que es la encarnación de Dios y su llegada a la vida de los pastores en un pesebre tiene consecuencias sorprendentes. Sus consecuencias no merodean alrededor de conversaciones sin consecuencias ni  de viernes negros que administran dosis pírrimas de esperanza como mantenimiento del desconsuelo. La llegada de lo infinito al territorio de lo finito; la llegada de la plenitud de la gloria y del ser del Dios del Universo a la historia cambia vidas; cambia el transcurso de lo acostumbrado. La esperanza de Katniss era salvar su propia vida y regresar a su distrito, ahora con su futuro asegurado y vestido de alguna comodidad, en medio de la necesidad y monigoteo de sus compueblanos. Era regresar a la vida de siempre con alguna dignidad comprada con sangre. El primer ganador de los Hunger Games de su distrito, Haymitch, vivía en una mansión en medio del pueblo; solo y alcoholizado. No podía sobrellevar su porción de bienestar en medio de su comunidad que continuaba agonizando. El anuncio de la encarnación es distinto y produce una esperanza distinta. Se sustenta en un tríptico de trípticos que el autor de Lucas enlaza a través del evangelio. Comienza, por supuesto, en Belén: Y dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón (Lucas 2:7): pañales, pesebre, y sin lugar. Este tríptico se amarra con el de la cruz: Y quitándolo, lo envolvió en una sábana, y lo puso en un sepulcro abierto en una peña, en el cual aún no se había puesto a nadie (Lucas 23:53): sábana, sepulcro abierto, donde nadie se había enterrado. Finalmente, el recién nacido que murió es confirmado en la tumba vacía: No está aquí, sino que ha resucitado. Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea (Lucas 24:6). Ni los pañales ni la sábana están. La condición humana ha sido vencida. El pesebre y el sepulcro han dado paso a una ausencia y a una nueva realidad: no está aquí, sino que ha resucitado. El amarre de los trípticos termina en proclamación: el ruido del mesón y el silencio de un sepulcro sin usar dan paso a la memoria evangélica: acordaos de lo que os habló. La encarnación termina en la proclamación de la memoria del resucitado.

Los pastores son quienes, en el texto de Lucas, documentaron y confirmaron la identidad del Niño Dios. Son los primeros tejedores del evangelio: los primeros teólogos y hermenéutas cristianos. Pero su trabajo no quedó ahí: terminó en doxología. Dice Lucas que los pastores volvieron glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído y visto, como se les había dicho (Lucas 2:20). Todo encuentro con la revelación de Dios, con Su encarnación en el pesebre y con su interpretación a favor de los vulnerables, termina en adoración. Por eso celebramos la navidad. No como el rescate simplista de una fecha sino como el reclamo evangélico de una memoria: la memoria del Dios que se encarnó, que murió y resucitó. Aún cuando Katniss ganara los Hunger Games, la situación del distrito 12 no cambiaría. La esperanza de sus compueblanos era una ecuación premeditada de dominio. El nacimiento, muerte y resurrección de Jesucristo es una esperanza diferente que reclama una adoración diferente, no unos juegos de dominio y fanfarria.  Dios empeña su Palabra y envía a Su Hijo para que tu vida, tus días, y tu destino sean diferentes. Para que los pañales y la sábana que cubrieron de humanidad a Jesús, – de tu humanidad y de la mía – den paso al No está aquí que nos transforma la vida a la imagen de Su gloria. Es una esperanza de plenitud, de bienestar, y de paz verdadera, porque viene de la encarnación de Dios, de la llegada de Su Palabra que establece Su jubileo en favor de los pequeñitos de Su creación. Por esto celebramos la navidad. Por esto cantamos hosannas con los ángeles; y por esto, con los pastores,  glorificamos y alabamos a Dios por todas las cosas que hemos oído y visto, como se nos ha dicho.

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