Posted On 18/02/2013 By In Opinión With 1047 Views

Huyendo a la carrera de la masacre al cementerio

La imagen de la expulsión del Paraíso se queda en una mera anécdota blanda para dibujantes cursis al lado de la desgarradora crudeza del holocausto en hiperrealista color digital de esta foto de Paul Hansen, que acaba de ser premiada como Foto del Año en los World Press Photo 2012.

“Esta imagen -dice  Abel Alberto Manríquez Machuca en su comentario a la información que publicábamos el pasado viernes en Periodistas en Español– equivale a millones de palabras, una síntesis iconográfica que fija una realidad y al espectador le azota el rostro con un ‘puñetazo visual’. Inolvidable en contenido y en la forma. La imagen pura de los niños, en la quietud de cadáveres, amortajados, más atrás el cadáver de un adulto en similar atavío. Y quienes los llevan, que resumen en sus rostros y actitudes: rabia, indignación, dolor impotente, conmoción individual y colectiva. Todo ello, en un encuadre y entorno penumbroso, oscuro como la pena del alma.”

La pena del alma. Y la rabia de saberse indefenso. La resuelta indignación de la buena gente solidaria con la humanidad inocente e indefensa en este valle de lágrimas, o sea luchadora por que el ideal evangélico de la paz como efecto de la justicia (Isaías 32:17)  triunfe sobre la diabólica dialéctica de los puños y las pistolas, los obuses y los misiles.

Lo que vemos en la foto de Paul Hansen es un flasazo para la vista y un trallazo a la conciencia. Un espanto que clama al cielo. “Una triste guerra que tiene dos mil años en la que siempre el pueblo palestino lleva las de perder y las víctimas siempre los más vulnerables, los niños”, comenta en las redes sociales desde Baja California Adlemi Aimi Iruasab.

“Esta es la foto del año, qué tristeza”, añade por su parte desde Buenos Aires Lisa González Koppi en las redes sociales. “No es arte”, continúa, “sepamos entender: es dolor. deberíamos avergonzarnos del mundo que hemos creado donde la muerte termina pareciendo algo artístico, totalmente despersonalizado. Estos son seres humanos que sufren, no muñequitos que posan para una foto.”

Desde Guadalajara, México, Angie Nitroglicerina le contesta:

“Lisa, creo que por eso mismo ganó: por el poder emocional que evoca, porque a mi gusto no es ni el mejor ángulo ni la mejor composición, pero verla es sentir el dolor de estos hombres, la tragedia, la indignación todas estas emociones son PALPABLES en la imagen, es conmovedora porque SABES y sientes que no son simples «muñequitos» que son niños, niños REALES. El arte es el reflejo del mundo, del momento histórico, no se puede separar al arte de su tiempo, así está el mundo en estos momentos, triste pero cierto. El arte no solo pretende ser «bonito» el arte se trata de comunicar, de mostrar y de crear cambio, al menos a mi, antes de esta imagen, me eran indiferentes esos niños, hoy siento tristeza y compasión por sus familias. Eso es arte.”

Tercia desde Sevilla el barcelonés Víctor Navarro Capell: ¿Qué sería de los fotógrafos y de los periodistas sin las guerras y sin la violencia y el dolor? ¿Con qué tipo de imágenes o noticias se otorgarían los premios y reconocimientos anuales? Sin duda vivimos en un mundo que se alimenta cada vez más del dolor y la tragedia. ¿Denuncia? ¿mercado de trabajo? ¿morbo contagioso?”

“Boa questâo!”, interviene desde Oporto Pedrasnuas Afonso.

Cierra el debate Matías Ammann desde lugar no revelado: “Coincido más con Angie que con Víctor. No creo que el fotoperiodismo que busca mostrar la crudeza de la realidad sea en sí un morbo (el manejo comercial posterior de la imagen es otro cantar). La imagen expone y sugiere, hace que el observador se pregunte por las lágrimas y la bronca, la resignación y la ira.”

Por más que quieran decapitar la suprema condición de referente inapelable de la veracidad de lo que muestran las imágenes fotográficas de los dramas y tragedias cotidianas, nadie bien nacido puede permanecer indiferente ante lo que muestran fotos como esta: la inhumanidad de quienes perpetran crímenes de guerra contra los más débiles e indefensos de la población civil: los niños.

La imagen de unos hombres asediados huyendo con dolor y rabia contenidos de la masacre al cementerio es lo más parecido a la versión moderna de los siniestros campos de exterminio, por más que la diabólica maquinaria de la guerra de Goliat contra David contabilice los cadáveres de los dos niños y su padre como “daños colaterales”.

Cruda y veraz como la vida misma en la más siniestra y aterradora de sus manifestaciones, esta fotografía nos muestra hasta qué punto la crueldad inmisericorde de los malos es capaz de exterminar a inocentes.

A los augures de la muerte de la fotografía, enterradores del fotoperiodismo y sus acólitos y monaguillos más les vale buscarse otro banderín de enganche. El buen fotoperiodismo -“sentir la realidad desde dentro” (Ryszard Kapuscinski) y contarla en fotos- está más vigente que nunca para sacudir conciencias y articular la indignación para cambiar el mundo.

“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia”, dejó dicho Jesús de Nazaret (Mt. 5:6a). Que no es cosa fácil lo viene a demostrar la exhortación de San Pablo: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento” (Ro. 12:2a).

Ahí estamos: ver, sentir y contar.

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