Declaración de Chicago

Posted On 09/11/2018 By In portada, Teología With 683 Views

Inerrancia bíblica (Declaración de Chicago) | Máximo García Ruiz

NOTA.- En el año 2018 en curso, se han publicado 39 artículos míos en diferentes medios evangélicos, católicos y seculares; algunos de ellos, la mayoría, repercutidos en otras publicaciones. Y así cada año. Pues bien, nunca antes se habían recibido tantas muestras de adhesión como en el tema sobre fundamentalismo, inerrancia y teología de las emociones, publicado recientemente en este medio, lo cual me hace suponer que estamos tratando de un tema que ocupa y preocupa a muchos cristianos.

 

Inicialmente el problema consiste en confundir inspiración con dictado. Todas las tradiciones cristianas aceptan que la Biblia ha sido inspirada por Dios, al margen de que existan diferentes formas de entender en qué consiste la inspiración. Lo que rechazan, sean católico-romanas, ortodoxas o protestantes, es que Dios mismo, por sí o mediante delegación, haya dictado, palabra a palabra, los diferentes libros que integran la Biblia (inspiración mecánica), tal y como reclaman los musulmanes con respecto a su libro sagrado, el Corán que, defienden, fue dictado a Mahoma por el arcángel Gabriel en nombre de Dios, razón por la que es preciso leerlo en su lengua original, conscientes de que las traducciones dejan de mantener una fidelidad con el original al cien por ciento.

En lo que a la Biblia se refiere, para no repetir los argumentos que ya hemos desarrollado en otros escritos, tanto hermenéuticos como exegéticos, recomendamos como ejercicio preliminar a este artículo la lectura de mi libro Redescubrir la Palabra. Como leer la Biblia(Clie:2016). Consideramos que la información y argumentos que desarrollamos en dicha publicación ayudarán al lector a entender lo que es y lo que no es la Biblia. Sin el conocimiento y dominio de dicha información no resulta sencillo afrontar el tema de la doctrina tan en boga en los sectores fundamentalistas, conocida como inerrancia de la Biblia, a la que ya hemos hecho referencia recientemente en el artículo publicado en Lupa Protestante,“Fundamentalismo, Inerrancia y Teología de las emociones”  pinchar aquí, así como en otros artículos anteriores.Remarcamos, sin embargo, algunos aspectos de interés que deben tenerse en cuenta, entre otros muchos que desarrollamos en los escritos mencionados:

  1. La mayoría de los libros del Antiguo Testamento circularon durante siglos en versión oral antes de ser puestos por escrito, con lo que la literalidad de la transmisión es muy discutible. Los evangelios sinópticos fueron relatos orales o notas menores entre tres y cuatro décadas antes de adoptar su forma definitiva y el evangelio de Juan fue elaborado seis décadas después de la crucifixión.
  2. Los libros de la Biblia recogen historias, leyendas y otro tipo de narraciones procedentes de otras fuentes y tradiciones diferentes a la judía.
  3. En la actualidad disponemos de versiones traducidas de lenguas muertas, sin que se conozcan los originales. Se trata de traducción de traducciones y copias de copias.
  4. Del Antiguo Testamento existen dos cánones: el jerosolimitano y el de la Septuaginta, en el que se incluyen libros que no figuran en el Canon de Jerusalén.
  5. En el canon del Nuevo Testamento fueron incluidos inicialmente unos libros que luego se excluyeron y, viceversa, otros que habían sido rechazados, fueron finalmente incluidos.

Éstos y otros datos que desarrollamos en el libro recomendado con anterioridad deberían ser conocidos por quienes se sientan atraídos por la doctrina de la inerrancia, antes de dejarse confundir por ocurrencias teológicas por muy enérgico que sea el énfasis con el que se expongan y defiendan.

La palabra inerrancia significa sin error; aplicada a la Biblia, y siguiendo las pautas marcadas por la Declaración de Chicago, a la que nos referimos más adelante significa que la Biblia no contiene error alguno, palabra a palabra, desde el inicio del Génesis hasta el último capítulo del Apocalipsis, por lo que es preciso aceptar literalmente todo su contenido. Una afirmación que, tal vez por no reparar en su alcance, suena muy bien en amplios sectores de ciertos movimientos evangélicos, máxime cuando viene adornada por textos bíblicos sacados de su contexto. Esto hace necesario recordar que una cosa es la inerrancia de los textos bíblicos en su literalidad y otra muy diferente aceptar la inerrancia de Dios, que no está en cuestión y que no siempre es coincidente con la percepción que de Dios tienen sus intérpretes.

Es cierto que los defensores de la inerrancia bíblica se apoyan, o pretenden apoyarse, en algunos versículos de la Biblia fuera de contexto y hacen referencia, incluso, a algunos Padres de la Iglesia, en cuyos textos, igualmente descontextualizados, pretenden fundamentar históricamente su postura. Incluso si así fuera, es decir, si un Agustín, un Orígenes o, incluso, un Clemente de Alejandría, hubieran apuntado algo en ese sentido, cosa que no es cierta, porque no deberíamos confundir inspiración con inerrancia, la aceptación de sus palabras debería ser semejante a la que pueda darse a los teólogos de la Edad Media, con toda la Iglesia medieval al frente, cuando defendieron con la Biblia en la mano y la radicalidad teológica propia del fanatismo que no es capaz de admitir sus limitaciones científicas, que el sol giraba alrededor de la tierra, con las consecuencias derivadas de dicha postura.

Dicho lo que antecede, nos ocuparemos ahora de la Declaración de Chicago, un documento firmado por 240 teólogos evangélicos los días 26-28 de octubre de 1978, que representaban a los sectores más radicales y fundamentalistas de los evangélicos norteamericanos. Este documento fue adoptado por The Evangelical Theological Societyen el 2003. La Declaración, que consta de 19 artículos, se ha convertido en el referente teológico más relevante de los sectores adheridos a la inerrancia.

En lo que a The Evangelical Theological Society se refiere, digamos que se trata de una sociedad integrada por pastores, educadores y estudiantes de teología, fundada en el año 1949 con la vocación de convertirse en defensores de la pureza doctrinal. Representa a diferentes instituciones y denominaciones eclesiales. Esa asociación se ha dado a conocer especialmente por su adhesión al concepto de la inerrancia, la defensa de la lectura literal de la Biblia y su identificación con los movimientos más radicales de la religión y la política norteamericana. A lo largo de su existencia, varios de sus dirigentes más representativos han sido expulsados por sustentar posturas teológicas “inapropiadas”. El hecho más notable y significativo fue el ocurrido en el año 2007, cuando su presidente, Francis Beckwith renunció a su cargo de presidente de la Sociedad por regresar a la Iglesia católica, de la que procedía.

Quisiéramos analizar artículo por artículo el contenido de la Declaración para señalar los aspectos más radicales o contrarios a la enseñanza de Jesús de Nazaret, pero en realidad toda ella adopta un lenguaje radical, exclusivo y excluyente, en un tono marcadamente intolerante que hace muy difícil entresacar frases o afirmaciones concretas. Ahora bien, como en realidad se trata de contraponer “inspiración” y “dictado de Dios”, que es a fin de cuentas lo que la Declaración pretende, resulta curiosa la afirmación que se hace en el artículo 7: “El origen de la Escritura es divino. El modo de la inspiración divina sigue siendo, en gran parte, un misterio para nosotros”. Curioso. El origen es divino y la inspiración no sabemos en qué consiste.  Su postura sobre el “dictado de Dios” (inspiración mecánica), queda claramente expresado en el artículo 8, en el que se dice referido a Dios que “hizo que escribiesen [los autores] las mismas palabras que Él había escogido”. Claro que el artículo 9 coloca al lector de la Biblia en una situación comprometida: “Afirmamos que la inspiración, aunque no confirió omnisciencia a los autores, sí garantizó que sus declaraciones en cuanto a cualquier tema sobre el cual hablaron o escribieron fueran veraces y fidedignas”. Ojo, cualquier tema, sin distinción. “Veraces y fidedignas”. Véase con cuidado y detenimiento el Antiguo Testamento y repárese en la falta de ética de algunos relatos, los crímenos masivos, la venganza con los pueblos vencidos, etc., etc., y todo ello, atribuido a Jehová. El conocimiento de la revelación de Dios en Jesucristo, Palabra encarnada, nos obliga a incorporar algunas herramientas hermenéuticas para entender y asimilar el mensaje de dichos pasajes veterotestamentarios, desechando la lectura literal. Y hacer nuestro el método hermanéutico de Jesús cuando alertaba: “Oísteis que fué dicho, más yo os digo…”, es decir, hay que extraer la enseñanza del texto y no su literalidad.

El artículo 10, por su parte, es absolutamente inexacto. No es cierto, en manera alguna, que se conozcan “los autógrafos originales de las Escrituras”. Los manuscritos disponibles son fragmentos (sólo fragmentos) de copias antiguas, pero en ningún caso se trata de originales. La Declaración de Chicago está repleta de afirmaciones y negaciones absolutamente subjetivas y de ocurrencias personales que se han elevado a colectivas, sin rigor ni soporte bíblico, racional o histórico. Se fundamentan en la exclusiva autoridad de sus firmantes. Se trata de un discurso radical en contra del sentido común y la enseñanza de Jesucristo, elaborado por personas vocacionalmente inclinadas a controlar la conciencia de sus semejantes.

Resulta axiomático el dicho popular que afirma que no hay mayor sordo que el que no quiere oír ni mayor ciego que el que no quiere ver. De ahí se deriva nuestro pesimismo de que quienes militan en las filas del fanatismo religioso acepten reflexionar sobre el tema de la inerrancia, una doctrina que, como ya hemos dejado escrito en otras ocasiones, resulta falaz no solo a ojos de la teología y de la ciencia sino de la más elemental lógica humana; una doctrina que reduce la imagen Dios a límites humanos. Ahora bien, que la Biblia incluya los errores propios de la impericia humana de sus autores, que adaptaron el lenguaje a los hechos y conocimientos de su época, no significa, como ya hemos apuntado anteriormente, que el cristiano dude de la inerrancia de Dios mismo y de la intervención divina en el proceso anteriormente mencionado.

En cualquier caso, para no extendernos más en detalles históricos, hermenéuticos y exegéticos que harían nuestra reflexión interminable, invitamos a nuestros lectores más avezados a leer detenidamente el artículo de Emilio Lospitao sobre este mismo tema, publicado en la revista Renovación,que él mismo dirige, en el que desarrolla en mayor extensión y con el necesario rigor, algunos de los argumentos que aquí hemos mencionado pinchar aquí.

 

PROXIMAMENTE, EN ESTE MISMO MEDIO Y DEL MISMO AUTOR:

“Así no. Evangelizar España”, un análisis de algunos de los métodos utilizados para evangelizar.

 

 

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