Posted On 19/12/2017 By In Biblia, portada With 1919 Views

Jesús y Jerusalén | Juan Esteban Londoño

Jerusalén es la capital de las tres principales religiones monoteístas del mundo: el Judaísmo, el Cristianismo y el Islam.

Algunos cristianos aseguran que Jerusalén es importante porque allí está ubicado el templo y se acercan a las perspectivas sionistas judías, en las cuales se da importancia teológica al Monte de Sion como un lugar central de la teología bíblica.

Esto nos lleva a echarle una mirada a los relatos de los evangelios para observar cuánto valor tenían ante los ojos de Jesús el Monte Sion, la ciudad de Jerusalén y el templo.

Para Jesús, Jerusalén es importante porque allí está el templo y también por la importancia histórica que tiene la ciudad en la tradición hebrea. Sin embargo, ni Jerusalén ni el templo juegan un papel fundamental en su predicación sobre el reino de Dios, excepto por el anuncio apocalíptico de su destrucción (Marcos 13; Mateo 24).

Es interesante anotar que en el Nuevo Testamento no hay menciones al Monte Sion como motivo teológico. La referencia al lugar solamente aparece siete veces y se refiere a citas del Antiguo Testamento para resaltar la importancia de Jesús y del reino de Dios y no de Sion, como es el caso de Romanos 9,33. De modo que no hay una profunda referencia a este lugar como definitivo para la fe cristiana.

Para las generaciones de cristianos posteriores a su muerte y resurrección, hay un alejamiento paulatino del judaísmo y de sus símbolos. Por esto, el templo deja de tener importancia para los seguidores de Jesús, puesto que el lugar de encuentro serán las comunidades de base que se reúnen en casas.

El evangelio de Juan es claro en afirmar la supremacía de Jesús y el reino de Dios sobre Sion, Jerusalén y el templo.

En el capítulo 1 de este evangelio se dice que la Palabra (Logos) de Dios habitó entre los seres humanos (1,14), usando una terminología se refiere a la presencia de Dios en el templo. Es decir, el templo de Jerusalén ya no es indispensable para invocar o encontrar la presencia divina, porque esta presencia ya se da plenamente en Jesús. Del mismo modo, la presencia de Jesús como el “Cordero de Dios” (1,29) demuestra que los sacrificios del templo ya no son vigentes, porque su presencia viva trae la reconciliación.

En el capítulo 2 de Juan se presenta a Jesús en Jerusalén y se habla de la limpieza del templo y el modo en que expulsa a los mercaderes. Jesús explica las razones de su actitud cuando dice: “Derriben este santuario y en tres días lo reconstruiré” (2,19). Los judíos piensan que Jesús se refiere al templo material, pero el evangelista presenta una mirada diferente, todavía más demoledora frente a los símbolos tradicionales sionistas: “Pero él se refería al santuario de su cuerpo” (2,21).

Más adelante, en el capítulo 4, Jesús se encuentra frente a la mujer samaritana. Ella pretende entrar en un debate teológico sobre la importancia de los lugares sagrados: ¿Qué lugar es más importante para la fe? ¿El monte donde adoran los samaritanos o Jerusalén? Pero Jesús le resta toda importancia a Sión y a Jerusalén y asegura:

Créeme, mujer, llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén se dará culto al Padre. “Ustedes dan culto a lo que no conocen, nosotros damos culto a lo que conocemos; porque la salvación procede de los judíos. Pero llega la hora, ya ha llegado, en que los que dan culto auténtico adorarán al Padre en espíritu y en verdad. Porque esos son los adoradores que busca el Padre. Dios es Espíritu y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad” (Jn 4,21-23).

De modo que la actitud de Jesús hacia el templo judío como el centro de la adoración es muy distinta a lo que piensan la mayoría judíos –los de antaño y los de ahora-. Aunque ya desde el Antiguo testamento se observa a profetas que se opusieron al proyecto de la religión centrada en Jerusalén y a una teología sionista, tales como Miqueas, Urías y Jeremías (Miq 3,9; Jer 26,20; 26,1ss). Y de estas fuentes bebieron Jesús y sus seguidores.

Algunos sociólogos e historiadores del Nuevo Testamento, como Gerd Theissen, sostienen que Jesús y su movimiento se oponían radicalmente a las formas de culto en el templo de Jerusalén. Esta oposición estaba enraizada en el conflicto entre el campo y la ciudad, y la población rural de Judea en el siglo I mostraba aversión al templo.

Theissen señala que la oposición profética contra el templo fue promovida fundamentalmente por hombres y mujeres que no procedían de Jerusalén, sino que en su mayoría eran personas de origen campesino, de la región del norte de Palestina, como es el caso del movimiento de Jesús.

Según la investigación histórica, en el siglo I había tres grupos sociales que estaban en oposición al templo: los esenios, los zelotes y el movimiento de Jesús. Esta oposición se alimentó de las tensiones sociales entre campo y ciudad, a lo cual se le sumó la profecía de Jesús anunciando la destrucción del templo y restándole importancia a Jerusalén como el centro espiritual de la naciente fe cristiana:

Jesús salió del templo y, mientras caminaba, se le acercaron los discípulos y le señalaron las construcciones del templo. Él les contestó: ¿Ven todo eso? Les aseguro que se derrumbará sin que quede piedra sobre piedra (Mateo 24,1-2).

Estas palabras de Jesús representaban una crítica demoledora a la centralidad del templo. Con esto, invitaba a los creyentes a poner su fe en el reino de Dios y no en un lugar de piedra ni mucho menos en una ciudad. El reino de Dios, en su versión más apocalíptica en este pasaje de Mateo, arrasaba con todos los lugares físicos para instalarse en los corazones y en relaciones estructurales de justicia.

En la época de Jesús, había muchos judíos que vivían afuera de Jerusalén y de Palestina y se oponían al templo. La razón principal es que el constructor del templo había sido rey pagano Herodes (el templo de Salomón ya había sido destruido muchos siglos atrás). Este templo de Herodes reflejaba la cultura helenística y el poder del imperio, con el grabado del Águila romana en la puerta. Además, el templo estaba gobernado por una aristocracia de sacerdotes asmoneos no sadoquitas, que no gozaban de legitimidad teológica a ojos de muchos hebreos.

Al contrario de los judíos de otros lugares, los habitantes de Jerusalén tenían muchos intereses puestos en el templo, puesto que el templo les generaba altos ingresos económicos, tal como los impuestos religiosos y los donativos para la aristocracia sacerdotal; y también las altas ganancias para gremio de los cambistas, los tratantes de ganado para los sacrificios, los curtidores y zapateros que vivían en gran medida de las ofrendas y sus desperdicios de piel de animales.

Cualquiera que criticara el negocio del templo, sería considerado un enemigo y se buscaría su muerte, y tal es el problema social que suscita la profecía de Jesús contra el templo:

Si alguno pues se presentaba en Jerusalén profetizando contra el templo y anunciando su destrucción, esto tenía que ser interpretado como una declaración de guerra por parte de aquellos que habían construido el templo con sus propias manos y cuya posición social dependía de esta misma construcción del templo (Theissen).

Es por esto que Jesús fue acusado con razón de profetizar contra el templo (Mc 15, 29,32.57-64). Para la gente de Jerusalén, las profecías de Jesús generaron miedo (porque Jesús hacía milagros y las profecías podrían cumplirse –como efectivamente sucedió, con la invasión de Jerusalén en el año 70 y la destrucción del templo en el 135 bajo Adriano). Pero a la vez esto provocó un gran disgusto social, pues Jesús se estaba oponiendo radicalmente al símbolo central de su religión y de su economía.

Esta oposición de Jesús al templo fue una de las razones principales para que lo condenaran a muerte.

Después de la muerte y resurrección de Jesús, sus seguidores desconocieron el templo de Jerusalén como centro de la vida religiosa cristiana. Esteban, por ejemplo, fue apedreado por decir que Dios no habita en templos hechos por manos de hombres (Hechos 7,48). Y Pablo asegura que el templo del Espíritu Santo no radica en Jerusalén sino que está en los cuerpos de los creyentes y en la vida en comunidad (1 Corintios 3,16).

Jerusalén nunca dejó de ser importante para la tradición cristiana, puesto que allí fue asesinado Jesús y también allí resucitó. Pero la teología sionista no tuvo ninguna validez. En el naciente cristianismo Jerusalén y el templo no se constituyeron como símbolos primordiales de la fe, ya que el reino de Dios trascendía todo espacio y símbolo material y se hacía realidad en la comunidad de los excluidos que formaban un banquete de inclusión en torno al amor a Dios y al prójimo.

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