Posted On 26/05/2015 By In Biblia, Opinión, Teología With 1757 Views

Jesús se dejó muchas cosas en el tintero

Cuando recordamos el pasado solemos hacer una criba para subrayar lo bueno, y soslayar o esconder los momentos oscuros por los que hemos pasado. Es decir, cuando hablamos del pasado solemos idealizarlo. Cosa que nunca ocurre en el registro bíblico. En los textos bíblicos, sea cual fuere el género literario, se narra el pasado con toda su crudeza. No oculta ni lo bueno ni lo malo. De tal manera que no somos exhortados a repetirlo. Y ello porque es imposible, porque la tradición bíblica es dinámica y si acaso lo pudiéramos repetir, experimentaríamos también su lado oscuro y por otra parte, los cristianos y cristianas llegaríamos a ser una anacronismo histórico.

Los textos bíblicos no nos muestran historias y narraciones normativas, sino criterios de discernimiento que nos permiten responder a las nuevas circunstancias que la iglesia y las personas que la conforman experimentan. La Biblia, como conjunto de textos, no responden a todas nuestras preguntas, ni prevén los nuevos contextos sobre los que los cristianos y cristianas deben llevar a cabo su misión y donde deben desarrollar creativamente, a través del Espíritu de Jesús, respuestas adecuadas, reitero, a las nuevas circunstancias. El siglo I no es igual, ni parecido al siglo XXI.

Dando un paso más. Ni siquiera Jesús respondió a todas las preguntas que a lo largo de la dilatada historia del pueblo de Dios, éste se iba a formular a la luz de su particular e irrepetible contexto sociocultural. De ahí que haya titulado esta reflexión «Jesús se dejó muchas cosas en el tintero». Y no es algo que yo me haya inventado, sino algo que el mismo Jesús dijo de una forma explícita: «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar» (S.Juan 16:12 RVR1960).

Ahora bien, lo que hasta aquí he dicho no nos debe conducir a la frustración y al desánimo. Pues el mismo Jesús nos dijo que no nos dejaría huérfanos, sino que su compañía se extendería hasta el final de los tiempos tal y como los conocemos. De ahí que dijera a sus discípulos: «os conviene que yo me vaya» (Jn. 16:7a). ¿Cómo es eso? Sencillamente, sólo así, Jesús podría enviar a los suyos «el Espíritu de verdad». Ese espíritu les guiaría a toda verdad a lo largo de los tiempos. Ese decir, a responder creativamente a las nuevas circunstancias, y a los nuevos retos que ellos vivirían a lo largo de la historia hasta aquí, y más allá de aquí. El objetivo es, sin duda, dar testimonio de Jesús, igual que Él lo dio del Padre que le había enviado: «Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, el cual procede del Padre, él dará testimonio acerca de mí. Y vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado conmigo desde el principio» (S.Juan 15:26-27 RVR1960).

La Biblia, como dijera el erudito evangélico Walter Brueggemann,  es una tradición dinámica que está siempre en movimiento hacia una nueva verdad. Y ese hecho es verificable si analizáramos la historia del pueblo de Dios. Entonces. ¿qué es lo que nos permite transitar confiadamente por la caminos nuevos que el siglo XXI nos muestra? Sin duda responderé que el Pentecostés, la venida del Espíritu Santo sobre el pueblo de Dios da inicio a una nueva manera de caminar evangelizadoramente a través de la historia. Lo que fue útil y vinculante ayer, no tiene por qué serlo ser hoy.

A modo de ejemplo os narraré algo de lo acontecido durante la primera época de la era cristiana, así como algunos acontecimientos de la historia eclesial más reciente. Para ello caminaremos de la «antigua» verdad a la «nueva» verdad revelada por el Espíritu que guía a su pueblo en toda circunstancia a toda verdad, manifestando así de una forma más perfecta su carácter.

El primer gran problema que aconteció en la primera iglesia es el acceso de los paganos -no judíos- a la fe cristiana. Es claro que ello originó un grave conflicto entre los cristianos que permanecían en la antigua verdad y entre los que defendían la nueva. Para unos estaba más que claro que para entrar en la esfera de la fe cristiana había que atravesar en primer lugar el umbral del judaísmo. Es más, Jesús de Nazaret en ningún momento había planteado esa problemática. Obviamente silencio fue la respuesta de Jesús a una inexistente pregunta. Jesús se dejó muchas cosas en el tintero.

Los otros, los defensores de la “nueva” verdad, se remitieron al Espíritu para justificar la verdad no revelada con anterioridad. Esa fue la experiencia narrada en el libro de los Hechos (10) sobre el caso acontecido en casa del pagano Cornelio. El judío Pedro se abre a una novedad: entrar en una casa de paganos (Jesús ni había hablado al respecto) debido a una experiencia del Espíritu: «Y les dijo: Vosotros sabéis cuán abominable es para un varón judío juntarse o acercarse a un extranjero; pero a mí me ha mostrado Dios que a ningún hombre llame común o inmundo; por lo cual, al ser llamado, vine sin replicar»  (Hechos 10:28-29).

La segunda novedad-verdad que tienen que recibir es lo que acontece en las gentes paganas a las que habla del Evangelio: «Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso. Y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo» (Hechos 10:44-45 RVR1960). A partir de ahí una novedad extraña a la experiencia de los discípulos mientras estaban-vivían con Jesús viene a ellos. De ahí que quedaran todos atónitos. El Espíritu les guió a una verdad, reitero, extraña para ellos. Jesús se dejó muchas cosas en el tintero.

El mismo apóstol Pablo, hebreo de hebreos, fue introducido por el Espíritu de Jesús a una nueva verdad también desconocida para sus contemporáneos. Verdad que cambiara el curso de la historia de la primera cristiandad. El apóstol escribió al respecto: «Mas os hago saber, hermanos, que el evangelio anunciado por mí, no es según hombre; pues yo ni lo recibí ni lo aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo» (Gálatas 1:11-12). El lema de su ministerio, y del Evangelio que predicaba era: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28). Un lema inconcebible durante el ministerio de Jesús. El Espíritu guió a la iglesia a una verdad escandalosa para los defensores de la antigua verdad. Jesús se dejó muchas cosas en el tintero.

Y dando un gran salto en la historia podríamos afirmar verdades que la mayoría de los cristianos y cristianas confiesan en el siglo XXI que nos habla de la guía constante del Espíritu y la dinámica que genera en su pueblo. Pondré unos ejemplos, narrados en forma breve, al respecto.

Hablemos primero del divorcio. En un primer momento el divorcio entre los hebreos era permitido por diferentes causas pero exclusivamente a iniciativa del varón. Al pasar el Evangelio a los paganos, el divorcio también pudo ser iniciado por la mujer (una verdad desconocida para el judaísmo del tiempo de Jesús). Las causas de divorcio eran muy limitadas, de tal manera que de facto, era algo impensable entre los cristianos hasta el siglo XX. Se permitía el divorcio pero no contraer nuevas nupcias. Si lo hacían se veían abocados a la excomunión. Hoy la iglesia, excepto ciertos grupos evangélicos y la ICR, han discernido la libertad que tienen los individuos divorciados a rehacer de nuevo su vida. Pero la letra del texto bíblico apunta en otra dirección. El espíritu guía a su pueblo a nuevas verdades que liberan a los seres humanos para el reino de Dios.

Otro tema sería el de la esclavitud. La iglesia y la letra de la Escritura legitimaban la existencia de esa institución deshumanizante que fue la esclavitud. Sin embargo, y en medio de fragorosas batallas entre los defensores de la antigua verdad y la nueva, el Espíritu guió a su pueblo a la verdad abolicionista. También podríamos hablar de las mujeres en el entorno de la familia, y de la iglesia, y hemos comprobado como la gracia de Dios a través del Espíritu ha guiado a su pueblo a reconocer una nueva posición de la mujer tanto en el matrimonio como en el entorno eclesial, no sin ardorosas batallas entre los defensores de lo antiguo y lo nuevo. Batallas que llegan hasta nuestros días.

Hoy, como sabéis, la gran discusión se centra en la inclusión de los homosexuales en la comunidad de fe… Y en ello se nos muestra que Dios sigue trabajando entre su pueblo conduciéndolo a nuevas verdades que expresan la gracia, el amor y la misericordia divinas.

¿A dónde quiero llegar con todo lo dicho? Frente a personas que piensan que todo nos fue dado de una vez y para siempre, que la tradición bíblica es inamovible y no dinámica, o que consideran que el texto bíblico y las tradiciones eclesiales fueron grabadas en piedra, nosotros el día de Pentecostés, celebramos la venida del Espíritu sobre el pueblo de Dios, de tal manera que las verdades de las que Jesús de Nazaret dijo que sus primeros discípulos no podrían sobrellevar nos son reveladas a través del discernimiento del Espíritu. Esta es una verdad tremendamente consoladora. De tal manera que como reza el eslogan de una iglesia hermana, donde Dios ha puesto una coma, nosotros no ponemos un punto, porque Dios sigue hablando a su pueblo hoy. Jesús se dejó muchas cosas en el tintero.

¿Qué se requiere de nosotros? Se requiere estar abiertos al movimiento del Espíritu, y a los tiempos que nos han tocado en suerte vivir. Se requiere que no consideremos los textos bíblicos y las tradiciones como algo estático, inamovible haciendo caso omiso a la dirección del Espíritu guiando a su pueblo a discernimientos que tal vez nos dejen, como a aquellos primeros cristianos, atónitos, pero que nos introducen a profundizar en el carácter misericordioso y fiel de Dios para nuestro mundo. Se requiere humildad para reconocer que sólo conocemos en parte, y que caminamos, guiados por el Espíritu, a nuevas cotas de libertad y de verdad evangélica hasta la consumación de la plena libertad de los hijos e hijas de Dios.

Finalizo reiterando lo que dije al inicio de nuestra reflexión: Los textos bíblicos no nos muestran historias y narraciones normativas, sino criterios de discernimiento que nos permiten responder a las nuevas circunstancias que la iglesia y las personas que la conforman experimentan. La Biblia, como conjunto de textos, no responde a todas nuestras preguntas, ni prevén los nuevos contextos sobre los que los cristianos y cristianas deben llevar a cabo su misión y donde deben desarrollar creativamente, a través del Espíritu de Jesús, respuestas adecuadas a las nuevas circunstancias. El siglo I no es igual, ni parecido al siglo XXI. Por ello requiere de nuestra parte un esfuerzo de discernimiento a través de la experiencia del Espíritu.

Sí, Jesús se dejó muchas cosas en el tintero, por ello nos envió el Espíritu para que nos guiara a toda verdad en toda circunstancia, en todo momento histórico. Y lo sigue haciendo, no lo dudéis. Ello da lugar a la esperanza. Amén

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