Lidia Rodríguez

Posted On 25/10/2011 By In Biblia With 1076 Views

Jonás el predicador (Homilía III)

 

Quien entienda bien lo que el libro de Jonás quería decirle a los lectores del Antiguo Testamento, no vacilará en contar esta escrito entre los escritos más importantes del Antiguo Testamento.” (H. Junker)

Los extraños lugares donde actúa la gracia de dios

Como veíamos en los capítulos 1 y 2 del libro, la historia de Jonás está llena de lugares extraños e insospechados donde actúa la gracia de Dios, o mejor dicho, donde no puede dejar de actuar Su gracia y Su perdón: en medio de la tormenta perfecta en un mar embravecido que pone en peligro la vida de los que viajan en el barco; dentro del vientre de un monstruo marino que, en lugar de convertirse en una tumba, se convierte en el refugio de Jonás; y como veremos en el capítulo 3, Su gracia se hace presente en la mismísima capital del imperio más cruel y sanguinario que haya conocido la antigüedad, Nínive.

En el capítulo 1, los marineros del barco, paganos e idólatras, han mostrado mejores sentimientos que Jonás; se han esforzado por salvar la vida de los que viajaban en el barco; han mostrado una gran piedad y confianza orando a sus dioses con todas sus fuerzas; se ha horrorizado al conocer la desobediencia y la altanería de Jonás hacia Yahvé, y finalmente se han convertido a Dios.

En el capítulo 2, el antes profeta desobediente, el judío que dormía mientras los paganos oraban, que ha preferido arrojarse al mar en lugar de obedecer a Yahvé, se transforma en un creyente piadoso. Jonás reconoce que Dios ha estado atento a su oración, que le ha escuchado y que en Él ha encontrado perdón y salvación. Toda la oración es un reconocimiento de la misericordia que Dios ha mostrado hacia su profeta rebelde, pero sigue siendo una misericordia de una sola dirección: Jonás la ha recibido, pero como demostrará la segunda parte del libro es incapaz de ofrecerla a su vez.

Y llegamos al capítulo 3. Todavía no sabemos por qué Jonás no ha querido llevar el anuncio de condena y destrucción a su gran enemigo, la capital del imperio asirio. ¿Qué mejor mensaje para un profeta con un fuerte sentimiento nacional, que avisarle de su pronta desaparición? Pero la paloma enviada entre halcones guarda un silencio hermético sobre los motivos que le han llevado a actuar de manera tan extraña, y no lo sabremos hasta el final de la historia en el capítulo 4. Pero vayamos por partes…

 

La predicación de jonás (Jonás 3:1-4)

El Señor se dirigió por segunda vez a Jonás y le dijo: “Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y proclama en ella el mensaje que yo te diré”. Jonás se levantó y fue a Nínive, conforme a la palabra del Señor. Nínive era una ciudad tan grande, tanto que eran necesarios tres días para recorrerla. Comenzó Jonás a adentrarse en la ciudad, y caminó todo un día predicando y diciendo: “¡Dentro de cuarenta días Nínive será destruida!”.

Jonás recibe una segunda oportunidad, idea que queda muy resaltada en el versículo 1: “por segunda vez”, la palabra de Dios se dirige a Jonás para que proclame el mensaje que va a recibir de Yahvé. Esta vez, Jonás obedece sin rechistar. La verdad es que ha dado un gran rodeo para llegar al lugar donde debería haber estado desde el principio: viajó en dirección contraria a Tarsis, sufrió una tormenta en plena travesía, los marineros lo arrojaron al mar muy a su pesar, fue engullido por un monstruo marino en cuyo vientre permaneció tres días, y finalmente fue vomitado en la costa desde donde partió. Y todo, para estar donde debía haber estado.

El profeta emprende el camino a la peligrosa ciudad enemiga, de dimensiones colosales para aquel tiempo, y durante un día entero proclama un breve mensaje: la ciudad sería destruida dentro de cuarenta días. Es el único anuncio profético de todo el libro. Una predicación tajante, que no deja lugar a nada más que a la angustia y la desesperación ante el desastre inminente. No hay una llamada a la conversión, ni al arrepentimiento; no hay advertencias para que cambien su conducta, ni acusaciones contra la crueldad de un imperio extendido por gran parte de Oriente Medio: sólo el anuncio de su pronta destrucción.

Conociendo como conocemos a Jonás y lo que ha sido capaz de hacer, nos podríamos preguntar: ¿era realmente ése el mensaje que Dios había encomendado a su profeta, o había predicado una edición corregida y adaptada a su forma de entender la misión de un profeta judío a las naciones paganas? Porque en el versículo 2 Dios dice de forma un tanto enigmática: “anuncia lo que te voy a decir”, pero nosotros, los lectores, no sabemos en qué consistió el mensaje. Sólo escuchamos al profeta en el versículo 4 proclamar la destrucción de la ciudad, al parecer sin la posibilidad de cambiar su negro futuro.

¿Estaba Jonás obedeciendo a regañadientes a Dios, y había decidido adaptar el mensaje a su comprensión exclusivista sobre Dios y lo que significaba pertenecer al pueblo elegido? No podemos olvidar que el mensaje de este librito trataba de corregir una comprensión desviada de lo que significaba ser pueblo de Dios. ¿Para qué había sido elegido Israel entre las naciones? ¿Por qué había decidido Yahvé tener un pueblo santo, apartado para sí? El libro del Deuteronomio lo describe de una manera muy hermosa; cuando el pueblo está a punto de entrar en la tierra prometida, Moisés les advierte con las siguientes palabras:

Yo os he enseñado las leyes y los decretos que el Señor mi Dios me ordenó, para que los pongáis en práctica en el país que vais a ocupar. Cumplidlos y practicadlos, porque de esta manera los pueblos reconocerán que vosotros hay sabiduría y entendimiento, ya que cuando conozcan estas leyes no podrán menos que decir: “¡Qué sabia y entendida es esta gran nación!” Porque, ¿qué nación hay tan grande que tenga los dioses tan cerca de ella, como tenemos nosotros al Señor nuestro Dios cada vez que lo invocamos? ¿Y qué nación hay tan grande que tenga leyes y decretos tan justos como toda esta enseñanza que yo os presento hoy? (Dt 4:5-8)

La presencia de Israel en el mundo debía ser capaz de asombrar a las naciones y atraerlas al conocimiento de Dios. El profeta Isaías había entendido la misión del pueblo y la explicaba con el símbolo de la luz:

Las naciones vendrán a tu luz, los reyes vendrán al resplandor de tu amanecer. (Is 60:3)

Pero no parece que Jonás lo tuviera tan claro. El profeta representa a un pueblo que tras el destierro babilónico y el regreso a su tierra gracias al edicto de Ciro el año 538 a.C. estaba demasiado preocupado en restaurar su país. La conciencia de ser el único pueblo elegido radicalizó su exclusivismo. Para proteger la pureza de su fe de toda contaminación, se volvió rigorista e intolerante y Judá se aisló del resto de naciones, volviéndose a la vez orgullosa de su tradición y temerosa hacia cualquier influencia externa. Todo ello terminó degenerando en un odio a todo lo extranjero, que el historiador Tácito formuló como adversus omnes alios hostiles odium, es decir: los judíos mostraban un odio hostil hacia todos los demás que no eran judíos (Historia, V, 5). En estas condiciones, el pueblo encerrado en sí mismo y temeroso ya no podía cumplir con la misión encomendada por Dios.

Pero, ¿acaso nosotros no podemos caer también en su mismo error? Es tan fácil creer que nuestra sociedad es más fuerte que nosotros; que el pueblo de Dios tiene todas las de perder si se “mezcla” con la sociedad; que el cristiano no debería participar en sindicatos, o en asociaciones vecinales, o de padres de alumnos, o en ONGs no cristianas, porque seremos manipulados. Por supuesto que hemos de ser cautos, astutos y nada ingenuos con las estructuras que gobiernan e influyen en la sociedad. La cuestión es si vale la pena correr el riesgo, y si es precisamente a eso a lo que hemos sido llamados, a ser fermento.

Jesús estaba convencido de que lo que realmente contamina no es el pecado humano o la impureza religiosa, sino que la gracia de Dios es la que realmente tiene fuerza transformadora y contaminante. Por eso no tenía miedo a compartir la mesa con mujeres y hombres de mala reputación; se dejaba tocar por gente impura, como los leprosos, los ciegos, una mujer con flujo de sangre, paganos,…

A ojos de sus contemporáneos, perdía el tiempo con los niños y las mujeres, enseñándoles; discutía con los líderes sociales de su tiempo, como eran los fariseos; acusaba a los sistemas religiosos y políticos de su tiempo, el Templo y la capital, Jerusalén, por su pecado. Se posicionó ante el pago de los impuestos al imperio opresor; incumplió la Ley cuando se le forzó a legitimar el apedreamiento de una adúltera; rechazó el sistema religioso que separaba a hombres y mujeres en puros e impuros; se pronunció contra el uso de la violencia cuando Pedro trató de salvarle de sus captores en Getsemaní,… Jesús supo mezclarse con los problemas de su tiempo, confiado en que el perdón de Dios es más poderoso que el pecado. También nosotros deberíamos tener esa misma confianza. Sólo “mezclándonos” con nuestra sociedad, dejándonos afectar por los problemas y las preguntas de nuestro mundo podremos cumplir con la misión que como pueblo de Dios tenemos encomendada.

Habíamos dejado a Jonás pronunciando su mensaje, pero ¿qué resultados obtuvo?

 

El éxito de la predicación de Jonás (Jonás 3:5-9)

Los hombres de Nínive creyeron a Dios, proclamaron ayuno y, desde el mayor hasta el más pequeño, se vistieron con ropas ásperas.  Cuando la noticia llegó al rey de Nínive, este se levantó de su silla, se despojó de su vestido, se cubrió con ropas ásperas y se sentó sobre ceniza. Luego hizo anunciar en Nínive, por mandato del rey y de sus grandes, una proclama que decía: “Hombres y animales, bueyes y ovejas, no prueben cosa alguna; no se les dé alimento ni beban agua, sino cúbranse hombres y animales con ropas ásperas, y clamen a Dios con fuerza. Que cada uno se convierta de su mal camino y de la violencia que hay en sus manos. ¡Quizá Dios se detenga y se arrepienta, se calme el ardor de su ira y no perezcamos!”.

¿Quién iba a hacer caso a semejante mensaje catastrofista traído por un extranjero? Las palabras del profeta parecen el comienzo de una película como la reciente 2012, donde lo único que cabe es huir a toda prisa para que no te alcance la devastación total y, con suerte, salves tu vida. Pero, contra todo pronóstico, los ciudadanos de Nínive, grandes y pequeños, se ponen de duelo. No se marchan aterrorizados de la ciudad, sino que de forma sorprendentemente espontánea creen en Dios y muestran públicamente su arrepentimiento.

Se produce lo increíble: hasta el mismísimo rey del sanguinario imperio se viste de duelo y decreta un ayuno que incluye a los pobres animales, ¡que hasta donde sabemos no tenían culpa de nada! Hombres y mujeres, niños y mayores, personas y animales siguen las costumbres judías de vestirse con ropas ásperas y claman a Dios esperando Su perdón. ¡Hasta las vacas y las ovejas se arrepienten! Evidentemente, otro toque de humor del libro…

Pero no se trata únicamente de signos externos de arrepentimiento; no son ritos vacíos: el decreto del rey llama al cambio de conducta, a dejar atrás la violencia ejercida sobre los pueblos que les convirtió en uno de los pueblos más temidos de la antigüedad. De hecho, más que un decreto real parece la parte del mensaje profético que le faltaba a la predicación de Jonás. Porque, si la comparamos con la predicación del profeta Jeremías, había sido un mensaje bastante insuficiente:

En un instante hablaré contra naciones y contra reinos, para arrancar, derribar y destruir. Pero si esas naciones se convierten de su maldad contra la cual hablé, yo me arrepentiré del mal que había pensado hacerles, y en un instante hablaré de esas naciones y de esos reinos, para edificar y para plantar. (Jer 18:7-9)

En contraste con el profeta rebelde, y frente a la larga historia de rebeldías del pueblo de Israel, los paganos del libro de Jonás se arrepienten de su mal, tanto la tripulación de la nave como los habitantes de Nínive, se abren a la fe y se convierten. No así el profeta, que parece resistirse a compartir la salvación de Dios con otros pueblos. La gran novedad –y el escándalo– de este libro es que los que se arrepienten y buscan la compasión de Dios son, ni más ni menos, que los enemigos de Israel. No son únicamente “malos” o “pecadores”, son los brutales opresores, quienes se han hecho odiosos porque han buscado de forma premeditada la destrucción del pueblo de Dios. Me temo que, sin humor, esta lección habría sido imposible de digerir para aquellos judíos de la antigüedad… y sospecho que para nosotros hoy.

Sólo Jesús hablará después de Jonás del amor al enemigo. En el evangelio de Mateo, Jesús proclama un mandamiento sorprendente:

Amad a vuestros enemigos […] orad por los que os persiguen… (Mt 5:44)

El amor al enemigo es la cumbre de la ética evangélica: del mismo modo que Dios nos reconcilió en Jesucristo cuando todavía éramos enemigos suyos,  el cristiano está llamado a actuar como el Padre actúa. Con la expresión “¿qué hacéis de más?”, Jesús nos llama a ir más allá de la moral farisea del mero cumplimiento de la norma, es decir, del “cumplo” y “miento”; nos llama a evitar esa clase de espiritualidad que se queda en la superficie y no llega a afectar a los valores más hondos de la persona, allí donde reside la capacidad de perdonar.

Volviendo al libro de Jonás, Dios se había mostrado compasivo con su profeta rebelde, pero al fin y al cabo, Jonás era judío. ¿Iba a mostrar esa misma compasión hacia sus enemigos? El último versículo del capítulo 3 nos da la respuesta.

 

Conclusión (Jonás 3:10)

Vio Dios lo que hicieron, que se convirtieron de su mal camino, y se arrepintió del mal que había anunciado hacerles, y no lo hizo.

La conversión sincera de Nínive logra el perdón de Dios; sus habitantes responden de la única manera como se alcanza la gracia de Dios: con el arrepentimiento del mal cometido hasta entonces y la decisión de transformar el comportamiento. Empleando una imagen antropomórfica, Dios “se arrepiente del mal”. La misericordia de Dios muestra así que no tiene límites; no se reduce a su pueblo, ni a su profeta, sino que alcanza a todos, incluso a los enemigos de Israel. Nínive no será destruida.

Pero esto deja al pobre Jonás en una situación de lo más comprometida: no se va a cumplir su mensaje profético. ¡El colmo para Jonás! Dios le va a hacer quedar como un falso profeta. Y, sin embargo, aquí nos encontramos con otra de las muchas paradojas de Dios: Jonás muestra ser un verdadero profeta de Dios –incluso muy a su pesar–, precisamente porque no se cumple su mensaje. Y es que Jonás es profeta de un Dios que ha escogido un pueblo para sí con una misión, y que para cumplir con la misión de ser la luz que alumbra a todos necesita mezclarse con el mundo, perder el miedo para no convertirse en un guetto que se cree permanentemente amenazado. Un Dios que no pone fronteras a su misericordia cuando hay un arrepentimiento sincero y el deseo de dejar atrás el pecado, porque en Cristo ya no hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay hombre ni mujer (Gal 3:28). Un Dios que llama a actuar como él actuó, reconciliando a los que todavía son enemigos, preguntando constantemente a su pueblo: “¿Qué hacéis de más?”.

Lidia Rodríguez

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