Posted On 09/07/2015 By In Liturgia With 4906 Views

La alabanza que agrada a Dios (2ª parte)

Decíamos en un artículo anterior que la alabanza es un tema capital en la historia del pueblo de Dios que lo lleva a reconocer su grandeza y a elogiarle por su gracia. Por eso, alabar es más que cantar; es tener un encuentro con el Señor que nos impulsa a reconocer su obra a nuestro favor y a alegrarnos a través de la música porque nos ha llenado el corazón de esperanza.

Hay algunas razones importantes para alabar a Dios:

  1. La alabanza nos ayuda a centrar la atención en conceptos importantes para nuestra vida: quién es Dios y qué ha hecho a nuestro favor.
  1. Alabar es bueno para la salud: en la quietud de un encuentro con el Señor, podemos reír, llorar, hablar, escuchar, cantar, meditar… Es una especie de catarsis y eso es saludable.
  1. La alabanza refuerza nuestras creencias. Al cantar procesamos textos o ideas que irán a parar a nuestra parte inconsciente del cerebro para que, cuando necesite recurrir a esos puntos de referencia en momentos de dificultad, tenga las reservas necesarias para afrontar los rigores de la vida.
  1. La alabanza genera esperanza. Celebramos que, de la misma forma que Dios ha obrado en el pasado, lo puede hacer y lo hará en el futuro. Es el Dios de la historia.
  1. La alabanza protege nuestra mente contrarrestando los pensamientos negativos que nos aturden y los cambia en positivos. Creemos en un Dios de vivos, de nuevas posibilidades, generador de esperanza…, es el Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos.
  1. La alabanza es un testimonio: cantamos sobre cómo es el Dios en el que creemos y lo que ha hecho a nuestro favor. El Señor ha transformado la historia de la humanidad y la va a transformar de manera definitiva cuando vuelva para instaurar su Reino definitivamente. Basta recordar el himno que cantaba la iglesia primitiva y que fue recogido en una de las cartas de Pablo (Fil 2.6-11).

Por eso es necesario cantar con el entendimiento, como nos recomienda el apóstol (1 Cor 14.15). Y añade: “enseñándoos y exhortándoos unos a otros en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones con salmos, e himnos y cánticos espirituales” (Col 3.16).

Ahora nos queda dilucidar pinceladas sobre cómo alabar al Señor.

En primer lugar, hemos de alabar y adorar de forma organizada. En la dedicación del muro de Jerusalén narra Nehemías que puso dos coros grandes que fueron en procesión (Neh 12.31). Nos habla también de que había músicos y un director, Izrahías (12.42,46). Además, había personas dedicadas al canto (Neh 12:28,47).

En nuestros días, muchas iglesias tienen un grupo de alabanza cuya función es dirigir, animar, estimular, invitar, guiar, persuadir… a la congregación a ensalzar al Señor. La alabanza no es un espectáculo en el que algunos actúan y la mayoría mira, sino que es una experiencia vital en la que todos participan.

Nos dice el texto que delante de uno de los coros iba el escriba Esdras y detrás del segundo coro iba Nehemías, el gobernador, lo que nos habla del reconocimiento que recibían los músicos y cantores en la alabanza al Señor; los dirigentes le daban la máxima importancia a la alabanza. Me temo que hoy día es posible que no sea así; hay pastores para los que la alabanza y la música son un tema menor; para mí es un grave error.

En segundo lugar, hemos de alabar y adorar con esmero. Cuando un conferenciante improvisa habitualmente se nota porque es repetitivo y dirá siempre las mismas cosas. Para evitar esto, hay que dedicar tiempo y esfuerzo; hay que trabajar… De la misma forma, la alabanza hay que prepararla, dedicar tiempo a cada canto, a cada instrumento para que todo sea lo más armonioso posible, con suficientes matices que adornen lo que estamos diciendo.

La alabanza no se puede hacer de cualquier manera, hay que intentar hacerlo bien. Salmo 33.3: “Cantadle cántico nuevo; hacedlo bien”. 1º Crón 25.1,7 nos habla de personas idóneas para este ministerio y recalca que eran instruidos y aptos. De la misma manera que seleccionamos a los mejores para compartir la Palabra de Dios, hemos de actuar en lo que a la dirección de la alabanza se refiere.

En tercer lugar, hemos de alabar y adorar con todo tipo de instrumentos musicales. En la dedicación del muro que hemos comentado más arriba nos dice Nehemías que iban con trompetas y con los instrumentos musicales de David varón de Dios (Neh 12.35-36). En 2º Crón 5.12, en la antesala de la dedicación del templo de Salomón, nos habla de que los levitas tocaban címbalos, salterios y arpas y con ellos había 120 sacerdotes que tocaban trompetas. Y el verso 13 habla de “otros instrumentos de música”. También 2º Crón 7.6 nos habla de que los levitas tenían los “instrumentos de música de Jehová, los cuales había hecho el rey David”.

1º Crón 25.1 asocia el ministerio profético con la alabanza: “apartaron para el ministerio a los hijos de Asaf, de Hemán y de Jedutún, para que profetizasen con arpas, salterios y címbalos”. Además, se nos da el número: 288 personas (v.7). Así, la alabanza y la profecía están relacionadas.

En este sentido cabe hacer una reflexión para nuestros días. Los instrumentos musicales son parte integrante de la alabanza al Señor, pero en su justa medida; he asistido a momentos de alabanza en los que los instrumentos sonaban de forma atronadora y era difícil escuchar las voces cantando y, por supuesto, no se oía a la congregación. Los instrumentos han de acompañar a las voces y enriquecer la alabanza. Los instrumentos son necesarios, pero no suficientes para una alabanza completa.

En cuarto lugar, hemos de alabar y adorar con inteligencia. Hay cantos cuyo contenido es débil teológicamente; mejor eliminarlos de nuestro repertorio e incorporar nuevos. Otros cantos, aunque breves, con un par de frases son capaces de decir todo lo que hay en nuestro interior; por ejemplo, hay un canto sencillo que dice: “En un rincón de mi ser, Señor, tú estabas ayer; más hoy estás en el centro de mi corazón”. A veces, no es necesario decir más; es una actitud del corazón derramado delante del Señor, que recuerda el pasado y mira al futuro esperanzado.

El salmo 47.7 nos exhorta: “Porque Dios es el Rey de toda la tierra, cantad con inteligencia”. Y es que, cuando uno está en presencia del rey, ha de procurar no decir tonterías.

En quinto lugar, hemos de alabar y adorar con alegría. En la dedicación del muro de Jerusalén, nos dice el texto que “se regocijaron, porque Dios los había recreado con grande contentamiento… Y el alborozo de Jerusalén fue oído desde lejos” (Neh 12.43).

Cuando cantamos, disfrutamos. Cuando alabamos, nos alegramos. El salmo que hemos mencionado antes (33.3) nos anima a pasarlo bien: “Cantadle cántico nuevo; hacedlo bien, tañendo con júbilo”. La alegría es contagiosa; lo mismo que la tristeza. De manera que si en el culto predomina una sobre la otra, el resultado puede ser dramático o maravilloso.

No nos ha de dar miedo la alegría, la celebración y su carácter festivo. David “perdió el decoro” saltando y danzando en presencia de Dios (2º Sam 6.14) y fue menospreciado por Mical, hija de Saúl. Cuando una persona está alegre se expresa sin tapujos, con todo su ser. He sido testigo de algunos cultos de alabanza que parecían más un entierro que una celebración. Por supuesto, todo tiene su tiempo y su espacio pero, en mi opinión, cuando la iglesia se reúne para dar gracias a Dios y ensalzarle por su obra redentora, la alegría y la celebración han de predominar sobre cualquier otra cosa.

En sexto lugar, hemos de alabar y adorar adaptándonos a nuestro tiempo. Todavía existe la discusión de si en los cultos ha de entonarse cantos clásicos o modernos. A mí me parece una cuestión vana y sin sentido. Los himnos clásicos tienen su lugar, sin ser desterrados, pero tampoco debemos otorgarles el estatus de canto inspirado.

Todo depende del objetivo que persigamos. No me imagino a un grupo de jóvenes en una fiesta y que lo pasen bien escuchando música clásica para bailar. Si queremos llegar a nuestra generación, la música y la himnología han de ser adaptadas a nuestro contexto sociocultural. Podríamos establecer un símil con la literatura y el lenguaje. Solo los expertos disfrutan leyendo El Quijote en el castellano original con que lo escribió Cervantes; para nosotros sería harto aburrido. Sugiero que se haga la prueba (http://quijote.bne.es/libro.html, en este URL podemos leer en el idioma original y su transcripción). Andrés Trapiello acaba de presentar El Quijote traducido al castellano actual después de 14 años de trabajo. Si somos sinceros, habremos comenzado muchas veces a leer El Quijote y al cabo de unas pocas páginas hemos desistido de continuar leyendo la obra literaria más traducida de todos los tiempos después de la Biblia. ¿Por qué? Sencillamente porque no nos dice nada o nos dice muy poco.

Para mí es agradable escuchar y entonar himnos compuestos en el siglo XIX a cuatro voces; son inspiradores. No obstante, en los tiempos que vivimos, han de ser adaptados con otros ritmos mientras se mantiene su esencia. Nuestro cerebro ya no está preparado para un canto de 6 estrofas entonadas a un tempo lento moderato; vivimos tiempos en los que la información se procesa a una velocidad de vértigo por lo que los himnos clásicos están siendo arrinconados para dejar vía libre a cantos más cortos, modernos y con un tempo allegro o vivace.

No es mejor lo de antes; tampoco es mejor la música de ahora. Simplemente es diferente. Lo importante es saber adaptarse a los tiempos que corren y encontrar la fórmula para que la alabanza sea viva y eficaz, capaz de convertirse en un medio de transmisión de las verdades eternas sobre cómo es el Dios en el que creemos y lo que ha hecho a favor de la humanidad.

Alabar es más que cantar; es tener un encuentro con el Señor que nos impulsa a reconocerle con todo nuestro corazón y eso incluye nuestra mente, nuestro cuerpo, nuestros sentimientos… Todo nuestro ser.

Consciente de dejar muchas cosas en el tintero, solo he pretendido dar unas pinceladas que nos ayuden a recordar la importancia que se le daba a la alabanza en las Escrituras y que eso nos anime a construir iglesias cimentadas en la Palabra y agradecidas al Señor por su obra redentora; la mejor forma de hacerlo es a través de la voz y la música que, bien conjuntadas, convertirán el culto a Dios en una experiencia de encuentro con el Señor y de celebración y, además, llenará el corazón de alegría y esperanza. Que así sea.

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