Miguel de Unamuno

Posted On 15/11/2019 By In portada, Teología With 3351 Views

La condición religiosa de Miguel de Unamuno | Máximo García

*Fue publicado el 22 de mayo de 2012

Como lector devoto de Unamuno, afición que se remonta a mis años de adolescencia, subyugado especialmente por su San Manuel Bueno, mártir y Vida de don Quijote y Sancho, por mencionar las dos obras que mayor impacto me produjeron y sobre las que he vuelto y vuelvo con cierta frecuencia, no dejan de extrañarme ciertas afirmaciones que aun en nuestros días continúan vertiéndose acerca de la condición religiosa del escritor y filósofo español, tanto si se planeta desde una perspectiva católica como protestante.

Yo mismo he dejado dicho y escrito en alguna conferencia y publicación lo siguiente: “Su aproximación [la de Unamuno] al  protestantismo fue intensa y agitada, si se quiere muy próxima a lo que podríamos considerar como una conversión. Es de suponer que de haber vivido en otro contexto en el que ser protestante no hubiera supuesto un estigma tan lacerante, habría habido muchas posibilidades de que Unamuno terminara formalmente identificado con alguna de las iglesias protestantes”. Sin desdecirme en absoluto de lo dicho, sí debo matizar, como veremos más adelante, que la inestabilidad religiosa y emocional de Miguel de Unamuno difícilmente le hubiera permitido identificarse con la eclesiología protestante, aunque sí tal vez con una buena parte de su teología, como sin duda alguna ocurrió, si hacemos caso de sus propias manifestaciones.

Es evidente que Unamuno no solamente conocía extensamente el pensamiento teológico protestante más avanzado de la época, sino que era un asiduo lector y exegeta de los Evangelios. Lo que resulta más dudoso, siguiendo su obra, es que fuera un hombre de fe, tal y como esta idea pudiera ser definida desde la práctica eclesial de la Reforma; es decir, una fe serena, confiada.

Nos atrevemos a afirmar que el personaje más representativo de lo que era el propio Unamuno en su vida real fue Manuel Bueno, al que termina convirtiendo en santo. Se trata del alter ego del vasco universal. Queda suficientemente diáfano que el protagonista de la novela es bueno en su doble condición: por su apellido y por sus dones personales; pero lo que deja igualmente nítido Unamuno es que en manera alguna es un hombre de fe transcendente; si la tuvo en algún momento, se queda en la nebulosa. Es evidente que si algo define tanto a Manuel Bueno como al postrer Unamuno es su agnosticismo; un agnosticismo tozudo contra el que lucha recurriendo a las enseñanzas maternas y a la dirección espiritual de su amigo y confesor, el cura Juan José de Lecanda, unos años más joven que él, también oriundo de Bilbao, a quien visitaba con cierta frecuencia en el Oratorio de San Felipe Neri de Alcalá de Henares, viajando a tales efectos desde Salamanca.

Si en algo se distingue don Miguel, además de por su calidad como pensador y escritor, es en su permanente agonía, en su angustia vital, en su búsqueda insatisfecha, hasta que nos sorprenden sus editores poniendo en nuestras manos, bastante tiempo después de su fallecimiento,  en el año 1970, su Diario Íntimo[1], en cuyo texto aparece el filósofo y ensayista todavía joven pero maduro intelectualmente, el hombre atormentado, mostrando a un Unamuno que desnuda el alma en el seno de “la Iglesia madre”. El Diario Íntimo lo escribe Unamuno precisamente en Alcalá de Henares, en medio de una de sus profundas crisis existenciales, cuando contaba 33 años de edad, refugiado bajo la protección espiritual del cura Lecanda. El Diario muestra no tanto una preocupación como una obsesión: encontrar la Verdad, pero encontrarla en el seno de la Iglesia católica, volver a sus ancestros como un recurso desesperado de resolver el eterno dilema que le atormenta entre fe y razón, no ya solamente como una disquisición filosófica, intelectual, sino en un afán desesperado de buscar a Dios. En esas páginas, que es muy probable que el propio Unamuno nunca hubiera autorizado publicar, precisamente por lo íntimo y espontáneo que se producen, incluso revela que en su afán de encontrar la Verdad, había pensado en tomar los hábitos, siguiendo el ejemplo de su amigo Lecanda; aunque también confiesa ser perseguido por la idea del suicidio.

En el Diario Íntimo encontramos “joyas” que incluso nos hacen dudar que fueran escritas por el propio Unamuno. Y seguiríamos dudándolo a no ser porque el grueso de  su obra nos pone ya en antecedentes de que la lucha íntima que muestra en sus obras maestras no puede proceder de una persona espiritualmente estable, sino de alguien que vive una recóndita e insaciable convulsión interna. En el último tramo de su vida,  cinco años antes de su muerte, parece curado, recuperado el estado de serenidad, aunque no sea en la fe por la que tanto ha bregado sino en el agnosticismo; así se percibe en una de sus obras maestras: San Manuel Bueno, mártir, escrita en el año 1931.

De la crisis de 1897, enclaustrado en San Felipe Neri, una de las etapas en la que buscaba afirmar una fe huidiza, son estas reflexiones volcadas en su Diario Íntimo:

Con la fe buscaba un Dios racional, que iba desvaneciéndose por ser pura idea, y así paraba en el Dios Nada a que el panteísmo conduce, y en un puro fenomenismo, raíz de todo sentimiento de vacío […] Debo tener cuidado con no caer en la comedia de la conversión.

Tal vez huye de su inclinación a dejarse convencer por los argumentos de la teología protestante.

Padezco una descomposición espiritual, una verdadera pulverización bajo la cual palpita la voluntad de mi mente, su fuerte deseo de creer […]. Lo que lloré al romper la crisis fueron lágrimas de angustia, no de arrepentimiento. He llegado hasta el ateísmo intelectual… [pero] siempre conservé una oculta fe en la Virgen María […] Hay que buscar la libertad dentro de la Iglesia, en su seno.

En ese proceso se agarra desesperadamente a la necesidad de creer; creer en algo que su propia reflexión intelectual le hace percibir como irracional.

Al encontrarme vuelto al hogar cristiano heme hallado con una fe que más que en creer ha consistido en querer cree,

para desear con rabia:  “No quiero querer; quiero obedecer. Que me manden”.

Y muestra su mala conciencia por sus primeros escarceos con el mundo protestante:

El protestantismo oscila entre la esclavitud de la letra y el racionalismo, que evapora la vida de la fe […] El protestantismo tiene que cumplir su ciclo todo, ir a perderse en el racionalismo que mata toda vida espiritual.

Avanzados los años y superada la crisis, volvería a bucear en la teología protestante, sin remordimiento alguno.

No es sencillo hablar ni escribir acerca de Unamuno. Parece que a estas alturas todo estuviera ya dicho, pero quedan muchos matices, muchos flecos que hilvanar. María Dolores Bobón Antón recopiló a finales del siglo pasado un volumen con la correspondencia hasta entonces inédita de Unamuno con Ramón Menéndez Pidal y Delfina Molina y Vedía de Bastianiani[2], además de ofrecernos algo realmente original en el bilbaíno internacional: un análisis de la presencia de la mujer en la obra y en la vida de Unamuno. Se asoma uno al pensamiento de un hombre o de una mujer a través de sus  escritos formales (artículos, ensayos, novelas, poesía), pero para penetrar en su alma necesitamos conocer sus pensamientos íntimos, sus confidencias.

Al Diario Íntimo y a las aportaciones de Delfina Molina, hay que añadir el resto de su abundante correspondencia, mucha de ella aún desconocida para el público. Merece la pena explorar en la correspondencia que nos brinda Bobón, a través de la cual apreciamos la dimensión de la amistad entre dos insignes creadores del siglo veinte, en algún momento competidores en concursos literarios, pero mutuos admiradores el uno del otro, sin perder de vista ni menoscabar la dimensión ciclópea desde el punto de vista intelectual de su obra en conjunto, destacando: Del sentimiento trágico de la vida (1912), donde hace una profunda incursión en los problemas existenciales del hombre contemporáneo; La agonía del cristianismo, uno de sus ensayos capitales (1931 en castellano y, anteriormente en francés) que reproduce gran parte de lo expuesto en Del sentimiento trágico de la vida en forma más concreta;  o su primera obra, En torno al casticismo (1895), un esfuerzo por definir lo eterno y universal del espíritu español, junto a las para mí insuperables, ya mencionadas, La vida de don Quijote y Sancho (1905), reivindicando, fiel al patriotismo de la Generación del 98, la identidad española frente al empeño de europeización reinante en algunos sectores de la épocay San Manuel Bueno, mártir (1931), una novela en la que da tributo a sus dos grandes obsesiones: la inmortalidad y la fe, por no referirnos a su poesía, entre la que destaca la dedicada al Cristo de Velázquez (1920) o al teatro, como Fedra (1910) y El hermano Juan (escrita en 1929, publicada en 1934 y estrenada en 1954), siempre girando en torno a su eterna pesadilla: el conflicto íntimo del individuo ante la inmortalidad.

El Diario Íntimo merece una atención especial que por razones de espacio no podemos dedicarle ahora.

Mayo  de 2012.


[1] Miguel de Unamuno, Diario Íntimo, Alianza Editorial (Madrid: 1970).

[2] Mª Dolores Dobón Antón, Correspondencia inédita de Unamuno, Ediciones Escurialenses (San Lorenzo del Escorial: 1998).

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