Jorge Zijlstra Arduín

Posted On 17/10/2011 By In Biblia With 708 Views

La esperanza de un cambio global

A la hora de preparar el mensaje para esta mañana todavía no había llegado el momento de saber cuán importante o no resultaría el sábado 15 de octubre de 2011 para el mundo en el cual vivimos. La mayoría de ustedes se preguntarán qué acontecimiento especial se esperaba que pasara ayer, sábado 15 de octubre de 2011 como para general tal expectativa. Me refiero a la manifestación convocada a nivel mundial bajo el lema “Unidos por el cambio Global”. De antemano sabía que algunos esperaban que no pasara nada, otros esperaban que pasara mucho y en nuestro medio la mayor parte de la gente no le dio mayor relevancia a la historia, quizás porque hay una sensación de que nada va a cambiar. Por eso quiero contarle brevemente de qué se trata la historia, para que comprendan el por qué de mi interés en ella.

Jorge Zijlstra ArduínMe interesó esta manifestación mundial porque en diversos lugares del planeta ha pasado algo imaginable solo por unos pocos”la movilización de los indignados. No en pocos lugares se están levantando grupos más o menos grandes de personas que se autodefinen como “indignados”.  Personas sensibles al estado de situación del mundo que entienden que la situación debe cambiar, que debe aspirarse a una democracia más real donde no sean las grandes corporaciones y los bancos los que definan el futuro del mundo, sino las gentes. En España, en Egipto, en Chile y en otras partes del mundo estos movimientos han sido multitudinarios. (Ahora ya habiendo pasado el evento sabemos que en Europa se movilizaron millares de personas, varias manifestaciones de 60 y 70 mil personas en España, movilizaciones de 40 a 50 mil en Alemania, unos pocos en Puerto Rico, algunos más en Wall Street, una decena en Tokio, pocos o mucho se dejaron sentir en unos 100 países alrededor del mundo).

Un mensaje común de l@s indignad@s es que el cambio necesario es “un cambio de conciencia, es necesaria una revolución ética, un cambio de valores, una democracia real porque este sistema nos trata como números, juntos podemos cambiarlo: no somos mercancía en manos de políticos y banqueros, somos seres humanos. Es hora de hacer algo nuevo. Juntos podemos cambiarlo”, afirman. O como dice otro slogan tomaremos las calles y nos manifestaremos porque “si no nos dejan soñar, no los dejaremos dormir”.

Este fenómeno de movilización por un cambio global es interesante por la amplitud de la manifestación, de alcances mundial (se dice que será la mayor de toda la historia) como así también por la temática. Al decir de un querido amigo y profesor de la UBL en Costa Rica, Dr. Francisco Mena “Esta marcha expresa algunos de los principios éticos más significativos del siglo XX: la no violencia activa, la desobediencia civil, la solidaridad entre los seres humanos, la compasión y el respeto a la vida. No es un deber asistir, es una necesidad profunda de expresar la indignación contra los señores que dominan la tierra y la usan en su solo beneficio. Es un acto de amor por la vida. Una proclama espiritual”. Me gusta esto.

Y también lo dicho por el inspirado escritor uruguayo Eduardo Galeano (en entrevista de Jorge Gestoso) cuando aclara que  “Ellos se llaman a sí mismo los indignados. Ese movimiento que ahora está cobrando dimensión universal es el movimiento de los indignados que, bueno, por lo menos yo he coincidido con ellos desde mucho antes de que ellos se llamaran así, porque yo creo que es la única frontera digna de fe y de respeto en el mundo la que separa a los indignos de los indignados.”

Y usted, ¿Qué cree? ¿Cree usted que somos llamados a distinguirnos de los indignos de todos los tiempos y  mostrar nuestra indignación? ¿Cree que vale la pena movilizarse en favor de un mundo que funcione diferente? ¿Cree que un cambio así es realizable? ¿Cree que otro tipo de mundo es posible?

Eh ahí la pregunta sobre la fe y sobre la esperanza y he allí la constatación de la realidad de que solo quienes tienen esperanza pueden creer, o dicho al revés solo quienes creen de verdad pueden tener esperanza, y por tanto movilizarse.  Confiar e involucrarse en el cambio del mundo en el cual vivimos, y en el que Jesús vino a nacer y a transformar radicalmente, es entonces una cuestión de fe. Así lo trasmite el Apocalipsis cuando moviliza la esperanza en medio de la opresión precisamente desde la visión de otro mundo posible en el que no habrá llanto, ni lagrima ni dolor y donde toda opresión será cuestión del pasado.

Pensar en el presente y en el futuro del mundo, de la sociedad, soñar y construir un mundo mejor, debe ser para el creyente un tema de la fe, porque el pueblo de la fe es, por identidad, por origen y por fundamento, el pueblo de la esperanza en un mundo nuevo, no tanto en el más allá, sino en el más aquí de la vida en donde Dios quiere que seamos instrumentos de su voluntad de plenitud para tod@s.

En un libro que estuve repasando estos días, “Teología de la Esperanza” de Jurgen Moltmann, Recordemos que Moltmann vivió la experiencia del nazismo y de los campos de concentración en Bélgica. Este destacado teólogo alemán afirma algo muy interesante en cuanto a las cosas que se dicen de Jesús: “Todos los predicados adjudicados a Cristo, dicen no sólo quién fue y quién es, sino que implican afirmaciones acerca de quién será y qué hay que aguardar de él. Todos esos predicados afirman: «El es nuestra esperanza» (Col 1, 27). En la medida en que, de este modo, tales predicados anuncian al mundo, en promesas, el futuro de Cristo, insertan la fe en éste (en Cristo, agregado mío) en la esperanza en su futuro no sobrevenido aún.”

Y es así, el centro de nuestra fe es nuestra esperanza y Él es nuestra esperanza porque nos ha asegurado desde el principio la realización de un mundo nuevo donde los pobres serán bienaventurados, donde los tristes serán consolados y donde el ingreso al llamado “cielo” estará supeditado al principio ético de haber cumplido o no con la responsabilidad hacia el que tiene hambre, necesidad de un techo, carencia de ropa, del afecto de una visita o hasta un simple baso de agua. Jesús es nuestra esperanza por su triunfo, porque nuestras fuerzas no son las nuestras sino la de Él, pero especialmente porque reconocemos que Él a definido que somos su familia más cercana en la medida que hacemos la voluntad de quien le envió. Mi padre y mis hermanos son los que hacen la voluntad de mi padre, le dijo a sus discípulos. Y su voluntad es de un mundo más fraterno y justo donde el amor al prójimo y a Dios moje todos los tejidos de la sociedad.

Esta es nuestra esperanza, pero ciertamente se espera lo que no se ve, lo que no se puede palpar aún como realidad plena y aveces lo que no puede, prácticamente, ni ser soñado. Moltmann sabe de esto y describe ampliamente la realidad de que ese otro mundo esperado y prometido que nos habla de esperanza se choca, “entrar en colisión con la realidad experimentable en el presente.” Sin embargo, en esa confrontación entre realidad circundante y promesa, tan cruda a veces, ahí mismo es que vive y se arraiga la esperanza cristiana, porque “La esperanza cristiana es esperanza de resurrección”.

Calvino vio muy bien el desafío que tenemos de seguir creyendo en la resurrección cuando “Se nos promete la vida eterna; pero se nos promete a nosotros, los muertos. Se nos anuncia una resurrección bien aventurada; pero entretanto estamos rodeados de podredumbre. Se nos llama justos; y, sin embargo, el pecado habita en nosotros. Oímos hablar de una bienaventuranza inefable; pero entretanto nos hallamos oprimidos aquí por una miseria infinita. Se nos promete sobreabundancia de todos los bienes; pero somos ricos sólo en hambre y en sed. ¿Qué sería de nosotros si no nos apoyásemos en la esperanza, y si, en este camino a través de las tinieblas, iluminado por la palabra y por el espíritu de Dios, no se apresurase nuestro entendimiento a ir más allá de este mundo?” (Ad Hebreos, 211,1).”  (cita de Calvino en Moltmann)

Por eso en esta mañana debemos celebrar que el y la creyente tiene un mensaje para compartir, para consolar y para alentar al “mundo”, es el mensaje de la esperanza que moviliza y motiva al cambio.

EL texto de esta mañana nos recuerda que el profeta Jeremías recibió por segunda vez la Palabra y el mensaje de Dios: “mientras él estaba aún preso, en el patio de la carcel” (vs1). Y así no encontramos en esta etapa de la vida del mundo, como en una cárcel, la cárcel de la pobreza de muchos y de los privilegios de algunos pocos, la cárcel de un mundo sumido en el sinsentido, en la crisis de valores y de esperanzas,  donde todo cambia, donde todo es nuevo, donde a cada paso se habla de Evolución, más sin embargo y paradójicamente, en la realidad nada profundo cambia realmente y ni siquiera se promociona el que se pueda soñar en un mundo mejor y en una realidad diferente a la actual.

Y en este contexto es que viene palabra de Dios a recrear la esperanza en esa y en cada cárcel en que la persona y el género humano estén aprisionados. Viene palabra de esperanza también a la cárcel de los que centran su vida en el dinero y en lo material, a los que se han transformados en egoístas y avaros, también a los que están perdidos y a los que sufren terriblemente por no encontrarle color a la vida, a los que están en desesperanza, a ellos también viene el Señor con su palabra. Y dice el Texto que a Jeremías y a todos Dios nos dice que “Él es quien creó la tierra y la formó, para afirmarla y declaró… (vs2) esperanza para la vida.

Dios declaró, Él es el que declara. No somos nosotros. Dios declara: clama a mi y yo te responderé…. Clama a mi desde tu cárcel, desde tu mundo en ruinas, desde el corazón de todos los indignados e indignadas de la tierra con el estado actual de mundo. Clama a mi y yo te responderé y te daré a conocer cosas grandes y maravillosas, que tú no conoces.

Ahí, en Él, en sus decretos para la vida y para la tierra, ahí está el motor de nuestra esperanza, esperanza que no falla ni desalienta. El Señor nos dice ante el estado de mundo, de política, de vida, de violencia, Dios nos dice: clama a mi y yo, no solo te responderé, sino que, más aún, te daré a conocer cosas grandes y maravillosas que tú no conoces…

Y la gente aquí es donde piensa en las cosas grandes de tipo individual, bendiciones, milagros, posesiones mejores de las planeadas, negocios más prósperos de los esperado, etc etc etc. Pero Dios dice más. Dice yo declaro acerca de casas de esta ciudad y de los palacios de los reyes de Judá que han sido derrotados….

Y declara también sobre casas con cadáveres y con un pueblo amedrentado por la opresión… Pero Dios dice en el versículo 6 que Dios aunque antes había ocultado el rostro de su pueblo a causa de su maldad, ahora dice: Yo les traeré salud y medicamentos y los sanaré y les haré experimentar una paz abundante y duradera. 7 Haré volver a los cautivos de Judá y de Israel, y los restableceré como al principio. 8 Los limpiaré de toda la maldad que los llevó a pecar contra mí, y les perdonaré todos los pecados que cometieron contra mí, y también sus rebeldías. 9 Entre todas las naciones de la tierra, que sabrán de todo el bien que les haré, Jerusalén será para mí motivo de gozo, alabanza y gloria.

Y las naciones temerán y temblarán al ver todo el bien que les haré y toda la paz que les haré. 10 »Yo, el Señor, declaro: En este lugar, del cual dicen que está desierto y sin gente ni animales, y en las ciudades de Judá y en las calles de Jerusalén, que ahora están en ruinas, sin gente ni animales, 11 volverá a escucharse la voz de gozo y de alegría, la voz del novio y de la novia, la voz de los que dicen: “¡Alabemos al Señor de los ejércitos, porque el Señor es bueno, porque su misericordia es eterna!”, la voz de los que traen a mi casa ofrendas de acción de gracias. Porque yo haré que cambie la suerte de esta tierra, la cual volverá a ser lo que antes fue. Yo, el Señor, lo he dicho.

Esta es la razón de nuestra esperanza, Dios ha prometido una realidad muy distinta a la actual para nuestro mundo. Dios ha prometido vida a un mundo que ha sido desertificado por las avaricias e injusticias. Él es la razón de nuestros sueños y de nuestra alegría y esta es la razón por la que esperamos que cada día más haya hombres y mujeres alrededor del mundo que proclamen que otro mundo es posible, porque Dios así lo ha declarado. A su nombre sea la gloria.

Termino invitándolos a leer un artículo del periódico El Nuevo Día de hoy, en el que se entrevista a Benjamin Ferencz, un transilvano que con solo 28 años fue el fiscal que llevó adelante la acusación de 22 militares acusados por el genocidio orquestado por Hitler durante la Segunda Guerra Mundial. El periodista le pregunta al ex fiscal:

– Al cabo de noventa años ha visto tanta muerte y tanta miseria en el espíritu humano… ¿cómo es que mantiene encendida la llama de esperanza?

No tengo alternativa. Desde luego que he visto mucho sufrimiento… demasiado, pero no puedo hacer una pausa ni dejar de cumplir con mi credo mientras tenga un soplo de vida para mejorar la manera como los seres humanos se relacionan mutuamente. No tengo vacaciones, no tengo días de fiesta, no tengo un salario… y todo porque lo único que me alienta a seguir vivo es hacer lo que mi conciencia me dicta que debe ser hecho.

Que así sea también en nosotros. Amén.

Oremos:

Gracias Señor por alentarnos a la esperanza y por llamarnos al compromiso con tu mundo tan dolido. Permítenos una vez más experimentar el gozo de la salvación y la seguridad de que tú nos permitirás ver cosas grandes y maravillosas que hoy no podemos ni creer como posibles, un mundo más humano, relaciones fraternas, paz en lugar de odios y una vida con calidad y plenitud para todos y para todas donde todos podamos sentir lo que somos: iguales, hijos e hijas tuyos. Gracias Dios por permitirnos celebrar tu presencia y tu visión para el mundo. Nosotros también nos unimos a las voces de júbilo y esperanza del pueblo de la fe porque sabemos que tú quieres que cambie la suerte de esta tierra, por eso te damos gracias, porque hoy como ayer, el pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz, luz que alumbra la esperanza de esta sufrida tierra.

En Cristo, por Cristo y para Cristo nuestra vida y nuestra esperanza.

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