estructuras eclesiales

Posted On 07/03/2014 By In Opinión With 1964 Views

La estructura que ahoga la Misión de la Iglesia

Recientemente tuve la oportunidad de asistir a un foro donde se discutía la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium del Papa Francisco. Los presentes en la actividad tuvimos la oportunidad de escuchar a teólogos católicos y protestantes exponer sus puntos de vista en relación a la composición y el mensaje que da vida al documento apostólico. Entre las temáticas abordadas, la que despertó cierto interés fue la que trataba de la nueva evangelización y el gozo que debería generar o tener dicha actividad. El Papa Francisco, muy sabiamente, expresó en palabras simples que la iglesia tenía la responsabilidad de salir y dejar de lado ciertas estructuras para alcanzar a aquellos a los que nos fue encomendado el mensaje de la Fe, y sobre todo hacerlo con complacencia.

No obstante, meditando en los análisis expuestos por los participantes, trate de visualizar por un instante las estructuras contemporáneas y programáticas que hemos creado alrededor de nuestras comunidades de Fe. Estas formas, procesos y liturgia impactan en la manera de hacer iglesia, ya que en ocasiones nos roban el tiempo y la dirección recomendada por la Escritura. Además, algunas de estas adquieren más importancia que la misión profética de la Iglesia tan necesaria en la sociedad actual.

En un análisis reflexivo me preguntaba: ¿Realmente las iglesias dirigen sus programas y ministerios hacia el propósito para el cual el evangelio ha sido diseñado? ¿Por qué se invierte tanto tiempo en resolver asuntos internos? ¿Por qué debe ser tan costosa la Fe?  Definitivamente, estas preguntas, y muchas más podrían iluminar una problemática en la iglesia contemporánea. Tan sólo es necesario echar una simple mirada y ver cómo muchas congregaciones se ven ahogadas con las mismas estructuras que ellas crearon,  secuestrando así su norte y su visión comunitaria y evangelística.

Otro fenómeno que ha invadido un gran sector de la cristiandad son los llamados seminarios de líderes o motivacionales con cierto matiz religioso. Con el desarrollo actual del liderazgo, hemos sido testigos de cómo la influencia capitalista empresarial, ha dado origen a la proliferación de seminarios, en los cuales se pretende educar con conceptos de mercado a pastores y líderes de iglesias para que puedan cumplir sus “sueños ministeriales”. Aunque estoy de acuerdo con la educación y el desarrollo del ministro, la contradicción se presenta cuando las ideas y los conceptos expresados en muchos de estos seminarios no se pueden considerar principios profundos y espirituales que ayuden en la dirección de las congregaciones.

Estos seminarios, algunos de ellos carentes de conceptos teológicos, se han convertido en una moda que pretende “transformar” la iglesia con ideas administrativas seculares.  A la vez, promueven e instan a la creación de estructuras organizativas que no son necesariamente evangelio, restándole así agilidad y visión hacia el más necesitado.   Aunque se podría decir que muchos lo hacen con muy buena intención, la realidad es  que es un engaño disfrazado de organización. Se trata de crear más estructuras, complicar agendas y presupuestos, y olvidar que se puede ganar a la gente con el poder de una Palabra bien expuesta y no necesariamente con la gama de ministerios y estructuras creadas.  ¿De qué vale una congregación con una estructura y una administración increíbles y un alcance pésimo para el mundo? ¿Realmente representa esto la Iglesia? Opine usted.

Por otro lado, son muchas las congregaciones y sus ministros los que confunden la verdadera misión de la Iglesia de Jesucristo con una agenda cargada de actividades y programas.  No obstante y aunque entiendo que la forma en la que muchas iglesias hacen acercamientos a la sociedad es a través de este medio, lo que no se debe perder de vista es el hecho de que la Palabra es lo suficientemente capaz como para convencer al hombre de su pecado. Definitivamente, cuando una congregación cree que necesita desarrollar más estructuras y ministerios para ganar al perdido, desconoce en realidad el poder que la Palabra tiene.

De todos modos, la falsa noción de que con meras actividades o formas de administración se retiene a la gente, ha llevado a muchos a crear programas apartados de los conceptos apropiados que mueven a la Fe y a sus comunidades a ser señaladas como lugares de entretenimiento. La herejía de un entrenamiento eclesial es una adicción que actualmente es promovido en un sinnúmero de iglesias. Además, lo que sucede con esto es que como toda adicción se convierte en una necesidad para mantener el ambiente, descubriendo como consecuencias inesperadas, que al desaparecer la “droga eclesial”, con ella también desaparece la congregación.

En el vocabulario eclesial reciente se escucha mucho la expresión “visión pastoral”. Este popularizado término conlleva la idea de que lo que sucederá en una iglesia estará necesariamente subordinado a las estructuras e ideas que un pastor pueda tener. Por favor, que no se me malentienda, la Iglesia necesita una estructura administrativa que la dirija y  un pastor/ministro que la guíe; lo que sucede es que esta dirección no debe estar basada en conceptos simplistas o ideas de vanguardia, sino que debe estar guiada por las dos fuentes que dan vida a la Cristiandad: las Sagradas Escrituras y la dirección del Espíritu Santo. Perder el equilibrio entre la Escritura y las ideas de alcance es uno de los peligros a los que se enfrentan muchas congregaciones, exponiéndose así a su extinción en el momento en que el pastor regente deje su posición. Si la visión fuera genuina o definitiva no debería morir por la salida del pastor o ministro de turno.

Para acabar, el falso gigantismo, vendido como éxito en los foros religiosos, ha ocasionado que pastores e iglesias adopten la idea de vanguardia y se implemente sin el rigor y discernimiento necesarios. Por eso, observamos movimientos de diversas clases y prácticas que no necesariamente  son símbolos de la cristiandad. El verdadero éxito de las iglesias es el resultado de la simple obediencia al mandato bíblico, de ocuparnos del necesitado, de exponer las verdades de fe sin el afán de llenar la congregación, y de fortalecer las prácticas propias de aquellos que dicen tener a Cristo en su vida.

El exceso de institucionalismo puede sobrecargar a una congregación, a sus líderes y presupuestos. Los diseños de nuestras agendas no deben ser confundidos con la misión de la Iglesia, sino como un complemento de ellas. Debemos comprender que la Iglesia no crece por proselitismos, sino por atracción.[1]  No debemos olvidar que lo que le da vida a la congregación es la virtud de Dios expresada por el Espíritu Santo a la Iglesia, no son las ideas, conceptos de moda o ideas de un mercado capitalista. Cumplir el propósito de Dios no es afanoso, pero sí responsable.  Definitivamente el evangelio  es una aventura que requiere únicamente sembrar y, como dice el Apóstol, “el crecimiento lo dará Dios”.


[1] Evagellii Gaudiun,  #10

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