Posted On 08/01/2014 By In Biblia, Ética, Opinión With 1416 Views

La Identidad de una nación: definidos por la integridad ante las injusticias imperiales

«Y Daniel propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey, ni con el vino que él bebía; pidió, por tanto, al jefe de los eunucos que no se le obligase a contaminarse.» (Daniel 1:8 – RVR 60)

Cuando hablamos de identidad, es posible que lo asociemos con nuestros nombres y apellidos o con nuestras peculiares formas de ser, y quizá tengamos razón. Sin embargo, una identidad definida incluye mucho más que saber cuáles son nuestros nombres y el tipo de comportamientos que tenemos.

No obstante, la identidad no es otra cosa que lo que nos hace ser lo que somos y que incluye aspectos de nuestra vida, personalidad y razón existencial. Una persona no está centrada en una identificación definida hasta que no sintoniza con aspectos generales y originales de sí misma; es entonces cuando debemos entender que no hay otra cosa que nos pertenezca y más humana que la interiorización de nuestros valores y nuestra información moral.

Por eso, no hay sentimiento más profundo que la búsqueda del bien. El Dalai Lama decía: “El mantenimiento de la paz comienza con la autosatisfacción de cada individuo”,  así que no hay nada que produzca mayor felicidad en un ser humano que hacer el bien y sentirse satisfecho por ello. Cada persona debe buscar en su interioridad, más allá de su animalidad, en eso que llamamos conciencia, la profundidad humana que nos distingue de los demás seres vivos. Se trata de esa persona que sabiendo distinguir entre lo bueno y lo malo, siempre tiende a buscar la integridad e intenta hacer el bien, que es  razonable,  piensa y en su interior, y siempre de acuerdo con su identidad, busca hacer lo correcto, ser justa ante las injusticias, ser honorable ante las deshonras, ser fiel ante la infidelidad y optar por el bien más que por los hechos que causan mal a quienes la rodean.

Eso fue lo que sucedió exactamente con Daniel. La historia nos cuenta que un príncipe culto, estudiado, letrado, definido, fue hecho prisionero por un gobierno enemigo de Israel. Este personaje solo es una representación apocalíptica de muchos jóvenes que fueron víctimas de los cautiverios de Israel a manos de pueblos extranjeros. Según la narración, Daniel formaba parte de la nobleza, lo cual propició que fuera objeto de ciertos privilegios que, en su cautiverio, le obligaron a estar cerca de la corte real del gobierno opresor.

Así que este joven, consciente de quién era, qué representaba, qué principios distinguían a su sociedad israelita y cuáles eran las razones existenciales de su pueblo, decidió mantenerse fiel a los principios identitarios de su país, cultura y nación, los cuales le definían y le identificaban. Los opresores trataron de cambiar su idioma, su nacionalidad, su cultura,  es decir, quisieron cambiar todo lo que le definía como persona, de robar su identidad. Sin embargo, Daniel no solo conocía su nombre, sino que también era muy consciente de quién era en realidad; no se permitió a sí mismo  hacerse vulnerable a las apetitosas propuestas imperialistas babilónicas y se mantuvo en sus convicciones tomando la decisión de seguir siendo quien era en realidad.

La  identidad de esta nación incluía una fe, unas costumbres, una ideología religiosa, social, económica, política, solidaria, etc., y la historia de Daniel quería enseñar a todos los que se encontraban en el cautiverio que era posible tomar la decisión de no vender los propios principios a la propuesta individualista y opresora de la corte real Babilónica.

Esto nos enseña que la solidez de nuestros principios identitarios se construye en los momentos difíciles, en las situaciones en las que hay que tomar una decisión. Ante la situación de seguir los patrones de una cultura globalizada que discrimina a los pobres porque no forman parte de un sistema consumista que solo incluye a unos pocos: los ricos; un imperio que promueve el patriarcado y que impide a las mujeres puestos de poder; una monarquía con una política insuficiente, incapaz de actuar y que abandona a los más desprotegidos de su sociedad, de tal manera que tenemos mujeres que pierden su dignidad en trabajos de prostitución u hombres vagando por las calles sin alimento ni refugio; cuerpos eclesiásticos que todavía apartan a los que se deciden por la diversidad sexual, etc. ¿Ante qué situaciones necesitamos ser íntegros y buscar el bienestar humano en la actualidad? ¿Cómo y ante qué propuestas imperialistas deberíamos ser como Daniel? ¿Cuántos deberíamos decir NO a la exclusión y a la marginación que propone nuestra cultura neoliberal?

En los momentos en que Daniel podía vivir conforme a lo que ese imperio, muy generosamente, le regalaba –y, por cierto le convenía- éste decidió, de forma valiente, ser coherente con sus convicciones y actuar de acuerdo con ellas, cosa que, a veces, a muchos de nosotros como pastores, maestros y teólogos nos hace falta: seguir siendo fieles a nuestra identidad (lo que pensamos y lo que somos), y caracterizarnos por la integridad, por la búsqueda del bienestar de todos y todas, sin vender nuestra predicación o nuestra filosofía de vida a la falacia globalizante de nuestro imperio.

Un día alguien me enseñó que «somos lo que elegimos ser». Tú decides: la golosina del rey y su proyecto imperialista opresor, o la fidelidad a tus convicciones de paz, inclusión, amor y compañerismo, la lucha por una cultura de libertad femenina y, sobre todo, de solidaridad con los débiles y los pobres.

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