Posted On 09/09/2014 By In Ética, Historia With 5320 Views

La indígena raptada y violada

“La Chingada es la Madre violada… la atroz encarnación de la condición femenina. Si la Chingada es la representación de la Madre violada, no me parece forzado asociarla a la Conquista, que fue también una violación, no solamente en el sentido histórico, sino en la carne misma de las indias.” El laberinto de la soledad (Octavio Paz)

Alberto Flores Galindo ha aseverado que para los nativos americanos, en el siglo dieciséis, “el encuentro con los europeos fue sinónimo de muerte.” Algo similar afirmó, en 1576, el franciscano Bernardo de Sahagún, en su famosa y prohibida obra Historia general de las cosas de Nueva España, quien tras observar que al llegar los españoles a la India Occidental, encontraron “diversidades de gente… innumerable gente…, asevera que de éstas ya muchas se han acabado y las que restan van en camino de acabarse.”

El problema con algunas excelentes obras que estudian la filosofía moral de los intensos debates acerca del Nuevo Mundo es que se mantienen al nivel de la abstracción teórica, sin preguntarse por los efectos concretos para la vida y existencia de los moradores originales, de las comunidades autóctonas. Autores de incisivo sentido crítico, que desmenuzan los tratamientos tendenciosamente apologéticos y panegíricos del imperio hispano, concluyen, en última instancia, con una elegía al espíritu trascendente de libertad y justicia en la teoría española del justo gobierno indiano, sin someter esa visión al crisol de fuego de sus consecuencias históricas para la existencia de los seres a cristianizarse y civilizarse. Estos permanecen siempre como objetos de las diatribas y debates; nunca logran emerger como sujetos y protagonistas históricos. La historia es, empero, más cruel que los debates sobre la crueldad. Mientras se llevaban a cabo las disputas teóricas entre teólogos, juristas, oficiales de la corte y de la iglesia, procedía irreversiblemente el trágico quebrantamiento de las antiguas culturas indígenas y el aniquilamiento de los pobladores autóctonos.

Punto clave en cualquier apreciación de los intensos debates que acompañaron la conquista de América tiene que ser la experiencia histórica concreta, real, de los vencidos. Es difícil sustentar la peregrina tesis de que los relatos de sus vejaciones no son sino una «leyenda negra» creada falazmente por los enemigos protestantes, ingleses y holandeses, de España. Los testimonios contemporáneos que vinculan estrechamente la muerte de los nativos y la codicia violenta de los recién llegados son innumerables y abrumadores. Reiteran lúgubremente las distintas maneras en las que la sangre de los primeros se transforma en riqueza para los segundos.

Una dimensión de la dignidad humana en disputa en los textos españoles de las postrimerías del siglo quince y la primera mitad del decimosexto, relativos a la conquista ibérica de América, es la condición de la mujer indígena. La concupiscencia sexual acompaña la violencia bélica y el despojo de la riqueza. Aunque para algunos especialistas, en su mayoría varones, constituye un tema a lo sumo marginal, no considero apropiado dejarlo en el tintero, por la importancia que tuvo en la traumática confrontación entre europeos y nativos. De acuerdo con un historiador actual, “las formas más originarias de la esclavitud de los indios las encontramos en los raptos de mujeres indígenas.”

Bartolomé de las Casas, al narrar la misteriosa muerte de los hombres que Cristóbal Colón había dejado, al final de su primer viaje, en el Fuerte Navidad, en la Española, insinúa que una causa principal de su asesinato fue la ofensa cometida contra los indígenas “tomándoles sus mujeres y hijas, que es con lo que más se injurian y agravian…” Este es uno de los pocos eventos en que coincide plenamente el relato del fraile dominico con el de su rival, Oviedo y Valdés. Dice este último sobre el asunto: “Los treynta y ocho hombres que dexó el almirante en el primero viaje quando descubrió esta tierra é isla; á los quales todos avian muerto los indios, no pudiendo sufrir sus exçessos, porque les tomaban las mugeres é usaban dellas a su voluntad, é les haçian otras fuerças y enojos, como gente sin caudillo é desordenada.”

Las Casas atribuye los encontronazos violentos entre españoles y nativos, en el contexto del segundo viaje del Almirante, a los “sensuales viciosos” de los primeros al “tomarles las mujeres y las hijas por fuerza, sin haber respeto ni consideración a persona ni dignidad ni a estado ni a vínculo de matrimonio…” También menciona la ofensa que constituyó la violación de la esposa del cacique Guarionex. Igualmente entiende que una de las causas de la famosa rebelión del cacique Enriquillo, en la Española, fue que el español al que estaba encomendado “procuró de violar el matrimonio del cacique y forzalle la mujer…”

Como parte de la campaña propagandística que hace Colón para enaltecer ante la corona castellana las islas antillanas y, por tanto, su propia proeza, destaca la belleza fabulosa de las mujeres aborígenes. “Es tierra de los mayores haraganes del mundo, e nuestra gente en ella no ay bueno ni malo que no tenga dos y tres indios que lo sirvan… y mujeres atán fermosas, que es maravilla.” Fue tema que prendió; Pedro Mártir de Anglería lo reitera.

“Al aproximarse [Bartolomé Colón y sus hombres] saliéronles primeramente al encuentro treinta mujeres… desnudas por completo, excepto las partes pudendas que tapan con unas como enaguas de algodón. Las vírgenes, en cambio, llevan el cabello suelto por encima de los hombros, y una cinta o bandeleta en torno a la frente, pero no se cubren ninguna parte de su cuerpo. Dicen los nuestros que su rostro, pecho, tetas, manos y demás partes son muy hermosas y de blanquísimo color, y que se les figuró que veían esas bellísimas Dríadas o ninfas salidas de las fuentes, de que hablan las antiguas fábulas.”

Américo Vespucio no puede quedarse atrás y añade a la fabulosa belleza descrita por Colón y Mártir la pimienta de una extrema concupiscencia femenina aborigen. Su descripción, incluida en la popular epístola Mundus novus, debe haberle subido la temperatura a muchos lectores. “Siendo sus mujeres lujuriosas hacen hinchar los miembros de sus maridos de tal modo que parecen deformes y brutales y esto con cierto artificio suyo… Andan desnudas y son libidinosas… Cuando con los cristianos podían unirse, llevadas de su mucha lujuria, todo el pudor de aquellos manchaban y abatían.” Es parte de la literatura fantasiosa de ese florentino aventurero y poco veraz cuya imaginación conocía pocos límites.

Más allá, o más acá, sin embargo, de esos textos fantasiosos, estaba la realidad de la brutal violencia ultrajadora de los conquistadores e invasores. Un relato quechua afirma que el inca Manco II se sublevó contra Pizarro “por los malos tratamientos y burlas que se chocarreaba del Inca y de los demás señores de este reino. A vista de todos les tomaban sus mujeres e hijas y doncellas con sus malas opiniones y con poco temor de Dios…” El cronista, acompañante de Cortés en la conquista de México, Bernal Díaz del Castillo admite que “les habíamos tomado muchas hijas y mujeres de algunos principales [indígenas]…” La conquista erótica de las indias era la fiel sombra de la militar, la religiosa y la social.

Abundan las declaraciones y cédulas reales que pretenden inútilmente, en la tradición de la ficción jurídica que intenta regular la violencia colonial, evitar el rapto de mujeres nativas. Los Reyes Católicos ordenan a Nicolás de Ovando, gobernador entonces de las Indias, el 16 de septiembre de 1501, que: “Porque somos informados que algunos cristianos de las dichas Islas, especialmente de La Española, tienen tomadas a los dichos indios sus mujeres e hijas y otras cosas contra su voluntad, luego como llegáredes, daréis orden como se les vuelvan… y si con las indias se quisieren casar, sea de la voluntad de las partes y no por de fuerza.”

El rey Fernando, en sus instrucciones a Pedrarias Dávila (11 de agosto de 1513) le advierte que evite la repetición en la tierra firme de los abusos cometidos en la Española contra las nativas. “Porque soy informado que una de las cosas que más les ha alterado en la ysla Española y que más les ha enemistado con los christianos ha seydo tomarles las mugeres e fijas contra su voluntad y husar dellas como de sus mugeres aviendolo de defender que no…”

Son innumerables los relatos y testimonios sobre tales abusos. Quizá uno de los más dramáticos es el incluido en una misiva que un grupo de frailes dominicos y franciscanos enviaron a un consejero de Carlos V: “Cada minero se tenía por uso de echarse indiferentemente con cada cual de las indias que a cargo tenían y le placía, ahora fuese casada, ahora fuese moza; quedándose él con ella en su choza o rancho, enviaba al triste de su marido a sacar oro a las minas, y en la noche, cuando volvía con el oro, dándole palos o azotes, porque no traía mucho, acaescía muchas veces atarle pies y manos como a perro, y echarlo debajo de la cama y él encima con su mujer.”

El dominico fray Pedro de Córdoba, testigo del trato recibido por los nativos durante las primeras décadas del dominio hispano, escribe a la corona en 1517 una epístola en la que se manifiesta el vía crucis de sus mujeres: “Las mujeres fatigadas de los trabajos han huido el concebir y el parir; porque siendo preñadas o paridas, no tuviesen trabajo sobre trabajo, en tanto que muchas, estando preñadas, han tomado cosas para mover e han movido las criaturas, e otras después de paridas, con sus manos han muerto sus propios hijos, por no los poner ni dejar debajo de tan dura servidumbre.”

Carlos V, en una capitulación de 1521 concedida a Francisco de Garay para lograr el dominio de cierta región americana, le insta a que respete a las mujeres de los indígenas, utilizando el mismo lenguaje que siete años antes usase su abuelo: “Una de las cosas que más les ha alterado en la isla Española y que más les ha enemistado con los cristianos ha sido tomarles las mujeres…” Igual amonestación hace el emperador a Hernán Cortés, en sus instrucciones acerca del tratamiento a recibir los indígenas mexicanos recientemente sometidos: “Porque soy informado que una de las principales cosas que más les ha alterado en la isla española y que más les ha enemistado con los cristianos ha sido tomarles las mujeres e hijas o criadas que tienen en sus casas contra su voluntad, y usar de ellas como de sus mujeres, habéis de defender que no se haga en ninguna manera…”

A pesar de todas esas amonestaciones, en 1539, un grupo de frailes protesta en misiva a Carlos V que en la evangelización de la Florida hay que evitar la entrada de españoles seglares, los cuales además de alimentarse mediante el saqueo de las haciendas de los nativos intentan “tomarles las mujeres y hijas, lo cual es en grandísima manera aborrecible… como dicen indias que de allá trajeron los españoles y agora llevamos.”

Alvar Nuñez Cabeza de Vaca, en su relación sobre su infeliz gobernación de la provincia del Río de la Plata, alega que una de las causas para que los oficiales hispanos se sublevaran contra él y lo depusieran del mando fue su negativa a permitirles aprovecharse de “cien muchachas” que los nativos les habían entregado para su servicio yque hiciesen de ellas lo que solían de las otras que tenían.” La prohibición, alega, tuvo como objetivos “evitar la ofensa que en esto a Dios se hacía y por no dejar a sus padres descontentos y la tierra escandalizada a causa de ellos…”

Lo dicho hasta ahora no niega el que los mismos indígenas en ocasiones entregasen a los españoles mujeres, algo que algunos etnólogos tildan de prostitución hospitalaria y otros de préstamo hospitalario. Cortés relata que “Mutezuma… [le dió] una hija suya, y otras hijas de señores a algunos de mi compañía…” Esto aparenta haber sido un esfuerzo por parte de caciques y señores aborígenes de entablar relaciones de alianza con los poderosos recién llegados (cosa que no era, por otra parte extraña a las cristianas cortes de Europa, como queda revelado por los matrimonios, de prioritarios objetivos políticos, impuestos a las hijas de los Reyes Católicos, María, Isabel, Juana y Catalina, entre ellos los famosos enlaces de esta última con Arturo y Enrique, los dos herederos de la corona inglesa, de trágicos resultados para la infeliz princesa e insospechadas consecuencias internacionales). La más famosa de estas mujeres regaladas fue la azteca Malintzin (la Malinche, para los mexicanos, Doña Marina para los españoles). Cortés no tuvo problema alguno en aceptar tan generosos presentes. Su escrúpulo religioso consistía exclusivamente en asegurarse que tales mujeres fuesen bautizadas.

Se trató de contener los abusos contra las nativas de manera legislativa y como parte de las Leyes Nuevas, de 1542, encontramos el siguiente apartado: “Cualquiera persona que… [a un] indio o le tomare su mujer o hija o le hiciere otra fuerza o agravio, sea castigado…” La reiteración de decretos y pronunciamientos oficiales que insisten en el buen trato a las mujeres indígenas son buena clave del poco respeto y acatamiento que recibían en la práctica. La mujer indígena y vencida, víctima del acoso del vencedor, se enfrentó múltiples veces al trágico dilema de rechazar el hostigamiento del macho conquistador y sufrir el castigo correspondiente, que podría incluso ser la muerte, o someterse y reducirse al nivel ínfimo de objeto promiscuo de gratificación sexual.

Fray Diego de Landa, dominico inquisidor de los nativos de Yucatán, relata el via crucis de una orgullosa mujer maya que aceptó como su destino personal la primera alternativa. “El capitán Alonso López de Avila prendió una moza india y bien dispuesta y gentil mujer, andando en la guerra de Bacalar. Ésta prometió a su marido, temiendo que en la guerra no la matasen, no conocer otro hombre sino él y así no bastó persuasión con ella para que no se quitase la vida por no quedar en peligro de ser ensuciada por otro varón, por lo cual la hicieron aperrear.”

Miguel de Cuneo, por su parte, describe, en carta a un amigo, de «macho a macho», la corrupción moral que ha efectuado en una bravía mujer caribe. “Estando yo en el bote tomé a una caníbala bellísima, que el señor Almirante me regaló; y teniéndola yo en mi cuarto, estando ella desnuda según su costumbre, se me abrió la gana de holgar con ella. Y queriendo poner en ejecución mi deseo, ella no quería y me trató de tal manera con las uñas, que yo, entonces no hubiese siquiera querido ha comenzado. En vista de lo cual, para contaros en qué paró todo aquello, tomé una soga y la azoté muy bien, por lo que lanzaba gritos inauditos, que nunca podréis creer. Finalmente, nos pusimos de acuerdo de tal forma, que en el ‘hecho’ parecía amaestrada en la escuela de las rameras.”

En ocasiones, la mujer indígena peleó con valentía y fiereza por su libertad y dignidad, incluso en ocasiones desesperadas y sin perspectiva alguna de victoria. Un autor anónimo de Tlatelolco destaca el arrojo final de las nativas en el triste momento en que el asedio de Tenochtitlán llegaba a su culminación. “Fue cuando quedó vencido el tlatelolca, el gran tigre, el gran águila, el gran guerrero. Con esto dio final conclusión la batalla. Fue cuando también lucharon y batallaron las mujeres de Tlatelolco lanzando sus dardos. Dieron golpes a los invasores; llevaban puestas insignias de guerra. Sus faldellines llevaban arremangados, los alzaron para arriba de sus piernas para poder perseguir a los enemigos.”

Luego sobrevino la trágica derrota y la tristeza, profunda y amarga, se apoderó del alma de la mujer indígena.

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