Ley de santidad

Posted On 17/04/2016 By In Teología With 5253 Views

La ley de la santidad frente a la ley de la compasión

“Según esto, el misterio de Dios consiste en que el Padre ha desclavado a su Hijo de la cruz y lo ha resucitado; en que el Hijo le ha servido en fidelidad hasta la cruz, para hacer visible y palpable la misericordia incondicional de su Padre…”. Barbara Andrade. [[1]]

El judaísmo con el que se topó Jesús se regía especialmente por lo que podemos llamar “la ley de la santidad”. Esta ley era la designación más fiel de Dios a la que podían llegar. Por supuesto que también hablaban del amor de Dios, de su justicia o de su poder, pero todo ello enmarcado en lo anterior.

Para ellos, su religiosidad se enfocaba en conseguir ser un pueblo santo, apartado del pecado y ello significaba evitar tocar ciertas cosas, de guardar o de cumplir tantas otras. A su favor debemos decir que no habían llegado hasta aquí en el vacío. Por el contrario, se habían tomado muy en serio una enorme cantidad de textos veterotestamentarios que hablaban en este sentido. Para ellos Dios era santo y su pueblo debía salvaguardar esta santidad costara lo que costara.

“Di a toda la comunidad de los israelitas: Sed santos, porque yo el Señor vuestro Dios, soy santo” (Levítico 19:2).

Es cierto que comprendían que la santidad se vivía en el interior, pero no lo era menos que en el exterior debía ser expresada. Apoyados por la ley mosaica habían compartimentado la vida en lo que se podía o no hacer, en lo que se debía comer, en cómo tratar a determinadas personas. El pecado no era únicamente algo que nacía en el corazón, sino que también se transmitía al tocar ciertas cosas, al no llevar a cabo ciertos rituales. En este sentido eran muy consecuentes con el Pentateuco, lleno de estas leyes de santidad, con sus advertencias y condenas. Conocían que las transgresiones acarreaban serias consecuencias, en no pocas ocasiones hasta la muerte.

También estaban los casos en los cuales una persona se convertía en impura sin que ella quebrantara ninguna de las anteriores leyes. Caso de determinadas enfermedades, ciertos defectos físicos, por ejemplo. Estas personas eran vistas como castigadas por Dios y así eran excluidas de las prácticas religiosas, puestas al lado de la comunidad. Aquí también se obedecían los antiguos textos.

El sufrimiento, el dolor o la profunda soledad provocada por esta forma de actuar eran secundarios. Lo relevante era preservar los mandamientos divinos, evitar este tipo de pecado, practicar la santidad.

Es este el enfoque prioritario que nos da el Antiguo Testamento y no debe sorprendernos que cuando se abre el telón para dejarnos ver lo que pasaba en el Nuevo la forma de ser farisaica estuviera presente, plenamente desarrollada.

Esta concepción de Dios había creado un enorme orgullo en no pocos, a otros los habían hundido en la desesperanza y la desolación. Los primeros creían poder cumplir con los requisitos divinos, los segundos sabían que no podían. Unos se enfrentaron orgullosamente a Jesús, los segundos lo buscaron. Pero, ¿qué ocurrió para que esto sucediera? ¿Por qué se dividieron en seguidores y opositores? La respuesta es que el Maestro introdujo la “ley de la compasión”. Esta ley debía ser la base sobre la cual comprender a Dios y, a la par, regir las relaciones humanas. Con esta «ley» desplazó la anterior y en no pocos sentidos la dio por finalizada. Se dice en Juan 1:17:

“Porque la ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad vinieron por Cristo Jesús”.

No es por medio de Moisés, Josué o el rey David que vino la gracia y la verdad sino por medio de Jesús. Aquí se marca uno de esos puntos de inflexión más determinantes para conocer el mensaje del Galileo. No se trata en muchos casos de un punto y seguido con la anterior alianza sino de un punto y aparte, algo distinto. Por ello, en la llamada Santa Cena instauró un nuevo trato de Dios para con el ser humano. No se trataba de una síntesis de lo antiguo y de lo nuevo, sino de la irrupción de una novedosa concepción de Dios. No se puede echar vino nuevo en odres viejos.

Por supuesto que ya había algunas huellas de ello en el Antiguo Testamento, pero estaban ahogadas, relegadas entre tantas leyes y violencia en nombre de Dios.

Cuando Jesús resumió toda la ley anterior en el primer y más grande de los mandamientos, como era el amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo, le acababa de dar la vuelta a toda la revelación anterior. Tomando un texto de Deuteronomio[[2]] estableció que el amor a Dios, a partir de entonces, no se demostraría lavándose las manos antes de comer, exterminando a algún pueblo en su nombre o expulsando de todo contacto y relación a los leprosos. Ahora se debía actuar, precisamente, de forma contraria. Se trataba de amar al enemigo, acoger al leproso y de dar gracias por todos los alimentos. Y es que este mandamiento dividido en dos partes es el centro, la clave de toda religiosidad genuina.

Jesús conocía que el ser humano es experto en negar lo evidente, en buscar excusas para no hacer lo que debe y así es que dispuso de la manera infalible para comprobar si de verdad se amaba a Dios sobre todas las cosas: hacerlo con cualquier otra persona, sin distinción.

Me es fácil decir que el Creador es lo más importante para mí, no lo es cuando el respeto, el cuidado y el aprecio debe ser practicado para con otro. Por tanto, el Galileo no continuó con la anterior línea de santidad, colocó una ley por encima de cualquier otra, la de la compasión. Claro que para Jesús Dios era santo, pero esta designación ahora había que entenderla desde su misericordia.

Cuando a Jesús se le intentó hacer mesías al estilo davídico esta idea popular se debía precisamente a la forma de entender el mensaje divino. Pero fue entonces cuando Jesús se negó en redondo a aceptar este trato, a dar por buena esta visión. Él se vio a sí mismo como el Siervo sufriente de Isaías, como el Hijo del Hombre que había venido a servir. El poder de Dios ahora se evidenciaría en la cruz. Es en esta debilidad en donde se encuentra su grandeza. Con Jesús el distante Dios del Antiguo Testamento es concebido ahora como el Padre cercano… y este Padre es bueno.

“En la encarnación, Dios revela toda su empatía y simpatía para con la humanidad pervertida; asume nuestra carnalidad pecadora y las consecuencias que el pecado ha producido en nuestra historia en forma de enfermedad, limitaciones de la vida, violencias, incomprensiones y muertes. Mediante la encarnación del Hijo, Dios hace de esta anti-realidad su propia realidad; y lo hace por pura gratuidad (Rom. 5, 10. 15), haciéndose maldito con los malditos, condenado con los condenados, crucificado con los crucificados.” Leonardo Boff. [[3]]

Cuando el Maestro define a Dios como bueno no está indicando que la bondad está en el centro del ser humano, en su interior, sino todo lo contrario. Afirma que únicamente Dios es verdaderamente bueno y cualquier bondad que se tenga o se ponga en práctica proviene de Él[[4]].

Al presente, ante esta forma de presentar a Jesús y su mensaje, aparecen dos reacciones contrarias. Una es realizar una síntesis interpretativa de toda la Biblia y tan pronto saltan de un lugar a otro de las Escrituras sin tener como centro y punto de orientación el mensaje de Jesús. De esta forma defienden sin problemas algunos textos que hablan de, por ejemplo, apedrear adúlteras y sin más pasan a considerar la enorme ternura de Jesús al rodearse de otros niños. Es una determinada concepción de lo que es la Biblia lo que no les permite ver que ambos textos están en tensión.

En el polo opuesto están los que han rechazado totalmente la Biblia, incluso entre ellos hay antiguos creyentes. Lo sorprendente es que tanto unos como otros interpretan las Escrituras de igual forma, son literalistas. No han sabido ver la gracia y la verdad como claves para comprender el mensaje evangélico.

Pero algunos, es cierto, dicen que sí que lo entienden pero que no pueden aceptarlo. La razón es principalmente moral y así sostienen que un Dios que fuera verdaderamente bueno jamás dejaría que sucediera tanto mal y sufrimiento entre los seres humanos. Ante, por ejemplo, la tortura de un niño o la enfermedad genética de una pequeña, la respuesta no puede ser otra que aseverar que Dios no existe, y que si existe no se puede afirmar nada de Él, es el Misterio indefinible. Jesús no sería más que un varón judío del siglo I que vivió su fe dentro de los parámetros de su tiempo, eso sí, marcó un antes y un después con, precisamente, mostrar esa compasión y misericordia para con el otro.

Reconozco que yo, de haber sido Dios, habría realizado las cosas de otra forma. Tampoco permitiría el cáncer en niños o las enfermedades sin control, dicho lo cual, lo que no puedo afirmar es que Jesús no diera una respuesta ante el sufrimiento humano. No puedo sostenerlo porque sencillamente es falso. Esta respuesta es la encarnación para sufrir y salvar, se trató de padecer con nosotros y por causa nuestra. Por tanto, no estamos ante una falta de intervención divina sino de una intervención que a nosotros nos parece insuficiente. Permitidme la reiteración, una cosa es admitir esto y otra es decir que el Dios de Jesús no ha dicho una palabra al respecto. ¿Actúa o no actúa el Dios cristiano? Sí, aunque no como nosotros esperaríamos.

Jesús se encontró en esta misma situación. Él vivió en la peor de las condiciones posibles, en medio de una sociedad que se movía en la miseria, la violencia, la enfermedad y el desprecio por el desvalido. Su respuesta fue que con él irrumpía el Reino de los Cielos y sus actos milagrosos eran señales de que cuando el mismo fuera instaurado plenamente el dolor humano sería erradicado. La fe en su Padre le llevaba a afirmar, vez tras vez, que la comprensión de todo pasaba por él como mensaje viviente. La tragedia humana no fue lo que le impidió actuar en nombre de su Padre bueno, sino lo que le impulsó a seguir adelante.

Personalmente sostengo que Jesús fue un reformador del judaísmo, alguien que creía en la revelación veterotestamentaria pero que consideró que ese código de santidad que reinaba en su época era un error. Lo cambió en uno de misericordia. Él apuntaba a que su tradición y fe provenían del Antiguo Testamento, pero añadió el elemento central de la compasión, del perdón sin medida, totalmente novedoso tal y como lo planteó. Sí, la teología cristiana ha afirmado desde siempre que Dios ha respondido en Cristo a los interrogantes más profundos que posee el ser humano, pero también ha reiterado que esta respuesta tiene dos fases. La primera se cumplió con la vida y obra de Jesús y la segunda se cumplirá cuando regrese.

Jesús mostró cómo era Dios, actuó en el centro de la miseria humana y fue capaz de crear esperanza. Murió porque creía en la compasión de su Padre, pero no en las de las personas ya que fue crucificado precisamente por ellas. Jesús todavía sigue siendo la propuesta del Dios bueno al ser humano perdido.

 “Nosotros, los cristianos ortodoxos, no deberíamos eliminar con excesiva rapidez un Jesuanismo de ese tipo en sus manifestaciones más variadas. Se podría uno preguntar si un ser humano detentador de un amor absoluto y puro, libre de todo género de egoísmo, no ha de ser algo más que mero hombre”. Karl Rahner citado por Jon Sobrino. [[5]]

___________

[[1]] B. ANDRADE, Pecado original ¿o gracia del perdón? (Salamanca, Secretariado Trinitario, 2004) 77.

[[2]] Deuteronomio 6:5.

[[3]] L. BOFF, Teología desde el lugar del pobre (Santander, Sal Terrae, 1986) 133.

[[4]] Mateo 19:16-17a: “En cierta ocasión se acercó uno y le preguntó:

  • Maestro, ¿qué he de hacer de bueno para obtener la vida eterna?

Jesús le contestó:

  • ¿Por qué me preguntas acerca de lo bueno? Uno sólo es bueno.”

[[5]] K. RAHNER citado en J. SOBRINO, Jesús en América Latina (Santander, Sal Terrae, 1982) 47.

 

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