Posted On 19/12/2017 By In Biblia, portada With 650 Views

La libertad cristiana y la jerarquización en la Iglesia | Adrián Aranda

A mis amados hermanos en la fe, así como a todo el Cuerpo de Cristo en su integridad, quisiera dar cuenta de un fenómeno que se ha establecido sobre todo en nuestras iglesias neopentecostales, de las cuales me siento parte en carne y sangre:

En mis prematuros nueve años de conocer al Señor y de ser partícipe de Su amor y gracia, me he enfrentado a algo que me ha inquietado, desvelado e incluso me ha hecho pasar por largos períodos de depresión y confusión. Me refiero a la jerarquización en la Iglesia y a los problemas que dicha gradación trae a la libertad cristiana, ya que creo que la afecta de manera dañina.

Con mucho temor de caer en aires mesiánicos infundados he acudido a la Historia y a las Sagradas Escrituras para analizar este fenómeno y comprobar su legitimidad, la cual actualmente se nos presenta como algo incuestionable, de carácter absoluto.

En principio, encontré en la protocomunidad judeocristiana del primer siglo ciertas características sobre las que quisiera explayarme. Primeramente pude dilucidar un fuerte sentido de justicia, de igualdad y de abnegación. Las riquezas se depositaban “a los pies de los apóstoles” y se repartían “a cada uno según su necesidad”, (Hch.4:35). Cuando los apóstoles ya no pudieron atender con diligencia esta tarea propusieron al pueblo, a la grey, que eligieran siete diáconos para administrar los bienes y atender a las viudas y a los huérfanos con diligencia, y “agradó la propuesta a toda la multitud; y eligieron”, (Hch.6:5). Aquí vemos claros ejemplos de estos valores, de justicia en tanto que las ofrendas eran repartidas entre toda la grey según las necesidades y con un plus de protección para los más vulnerables , de igualdad en tanto fue la “multitud” quien escogió a los siete diáconos mediante una “propuesta” de los apóstoles y de abnegación ya que los apóstoles, de forma desprendida, no tuvieron reparo alguno en ceder el trabajo de administrar los bienes a creyentes “de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y sabiduría”, (Hch.6:3), pero no elegidos por ellos, sino por la “multitud” en tanto que “los doce convocaron a la multitud de los discípulos y dijeron: […] Buscad, pues hermanos entre vosotros, […] a quienes encarguemos de este trabajo”, (Hch.6:3).

Algo similar sucede cuando Pedro recibe la revelación de ir a predicar a los gentiles en la casa de Cornelio. El impacto para su mentalidad judía fue muy grande, debió desestructurarse y ceder a la revelación del Señor. Así y todo, “siendo considerado como columna” de la Iglesia, (Gá.2:9), al volver a Jerusalén tuvo que rendir cuentas, dado que lo increparon “diciendo: ¿Por qué has entrado en casa de hombres incircuncisos, y has comido con ellos?”, (Hch.11:3). Pedro, sin aires de imponer su liderazgo ni su nueva revelación, (que era la del Evangelio mismo en su totalidad), les contó todo “por orden lo sucedido”, (Hch.11:4). Aquí vemos al “máximo líder” de la Iglesia primitiva rendir cuentas sobre algo que había hecho, con humildad, sencillez y cautela y ni siquiera se trató de rendirles cuentas a los demás apóstoles solamente sino que lo hizo ante “los que eran de la circuncisión”, es decir, a toda la comunidad judeocristiana que se encontraba en Jerusalén.

Avanzada y desarrollada la Iglesia primitiva, consolidadas y bien distinguidas la comunidad cristiana judía y la comunidad cristiana gentil, surgió el asunto de si los nuevos conversos gentiles debían circuncidarse o no. Para ello se estableció un ámbito de diálogo y “mucha discusión”, (Hch.15:7), en lo que más tarde se conocería como el Primer Concilio de Jerusalén, en el cual se resolvió en conjunto, puesto que les había parecido bien al Espíritu Santo y a ellos, (a “nosotros” dice Hch.15:28), no imponer la circuncisión a los gentiles como condición para comulgar y a esos efectos elaboraron una carta que enviaron a Antioquía para divulgar su resolución.

Vemos, en el anterior relato, un espíritu “democrático”, en el sentido de que no existían imposiciones ni se concebían las arbitrariedades de los principales líderes como “la verdad” o como una orden vertical, sino que predominaba el diálogo, la búsqueda del consenso, la unidad en el “sentir” pero nunca en el “pensar”. Varias veces el apóstol Pablo exhorta en sus epístolas a los creyentes a tener un mismo “sentir”, “parecer, (Fil.2:2; 1Co.1:10), y a estar “unidos en una misma mente”, pero debemos destacar que esta palabra, “mente”, en el griego tiene como término más próximo “Noûs”, que no refiere a “pensar” ni a “razón”, dado que estos términos aparecieron siglos después, sino que refiere al “alma”. En ninguna parte del Nuevo Testamento se nos insta a “pensar todos igual”, sino más bien que la exhortación es a “sentir todos igual”.

La historia parece indicar que fue en siglo II cuando nació una estructura jerárquica dentro de la Iglesia. Según el teólogo Hans Küng constó de tres fases antes del ascenso del obispo de Roma, hecho que consolidó la jerarquización eclesial. Una primera fase se da cuando los obispos-presbíteros, durante los últimos años del primer siglo, luego de la muerte paulatina de los primeros apóstoles, fueron imponiéndose a los profetas, maestros, diáconos y a los cristianos que desempeñaban otros servicios dentro de la Iglesia. La segunda fase se produce al comenzar a imperar el episcopado monárquico, es decir, un solo obispo por ciudad. En la tercera fase el episcopado se extiende a un territorio eclesial más allá de una sola ciudad, lo que se llamaría luego “diócesis”, palabra que viene del latín “dioecĕsis” que deriva del griego “διοικησις” (dioikēsis), y significa “administración, dirección, gobierno”. Finalmente el episcopado monárquico en Roma surge a mediados del siglo II, personificado en el obispo Aniceto.

Ateniéndome al desarrollo señalado pareciera que la jerarquización no formó parte de la esencia de la cuna del cristianismo, sino que fue un producto elaborado y alimentado por la sed de poder de los hombres. Atendiendo a esto, ¿por qué estamos cometiendo los mismos errores? ¿No podemos aprender de la Historia? El protestantismo, simbolizado en Lutero, representa una ruptura con la verticalidad monárquica y una apología a la libertad cristiana mediante la legitimación del sacerdocio universal, a saber, el hecho de que todos podemos acercarnos directamente a Dios a través de Jesucristo, lo cual nos pone en igualdad de condiciones delante del Soberano Señor. Las Sagradas Escrituras no hacen distinción entre cristianos, las distinciones las introdujeron hombres que querían apartarse de la masa y formar una “élite eclesial”, (Lutero). El Reformador, en su carta sobre la Libertad cristiana, escribió que esto es hacernos “verdaderos esclavos de la gente más incapaz del mundo”.

¿Cómo podemos alegar ser protestantes y evangélicos y permitir estructuras piramidales que sólo pretenden dominar a los hombres y usurpar la libertad que Cristo nos ha dado? Gran parte de las Iglesias neopentecostales actuales promueven la idealización del líder, la obediencia ciega, prácticas que terminan creando creyentes sumamente infantiles e incapaces de tomar decisiones por sí mismos o en comunión con el Espíritu Santo, gente muy confundida, lastimada y oprimida por no “poder ser”, negando así la esencia de La Reforma: Sola scriptura, (“sólo por medio de la Escritura”); Sola fide, (“sólo por la fe ”); Sola gratia (“sólo por la gracia”); Solus Christus (“sólo a través de Cristo”) y Soli Deo gloria (“la gloria sólo para Dios”).

Alguien podría intentar refutar argumentando que la monarquía fue instituida por Dios y que como cristianos somos parte de un Reino, (el Reino de Dios), pero ésta es una mezquina interpretación. A este último respecto, el Señor dejó muy en claro: “Mi reino no es de este mundo”, (Jn.18:36), y con relación a la institución monárquica es menester volver a las Escrituras y recordar que antes de que Israel tuviera rey, las naciones circundantes ya lo tenían, por lo cual podemos deducir que la monarquía fue una constitución humana. También es importante recordar que Israel pide rey al profeta Samuel diciendo “constitúyenos un rey que nos juzgue, como tienen todas las naciones”, (1S.8:5), y la respuesta de Dios fue clara “no te han desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos”, (1S.8:7). Dios sabía que el hombre quería ser rey, ser divinizado, se repite la tentación del pecado original: “seréis como Dios”, (Gn.3:5). El resultado de la cesión de rey a Israel resultó en la gran desgracia de esta nación: un pueblo dividido, tribus desaparecidas, cautiverio, esclavitud y la diáspora que recién finalizó el siglo pasado. Alto precio han pagado por “querer ser como Dios”, alto precio hemos pagado por “querer ser como Dios”, mejor dicho, alto precio ha pagado el Señor con Su sangre por nuestra ambición de poder… ¿seguiremos por el mismo camino? Espero que no, quiero una novia de Cristo diferente para mis hijos, espero que mi corazón lata para que mis ojos lo vean “antes que la lámpara se apague”.

 

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