Posted On 14/09/2020 By In Biblia, Columna, Espiritualidad, Opinión, portada With 234 Views

La misión evangelizadora y la necesaria experiencia de encuentro con el Resucitado | Ignacio Simal Camps

La experiencia de encuentro con Jesús resucitado es el motor de la misión evangelizadora del pueblo de Dios. Y, en ocasiones, su importancia, central para la proclamación del Evangelio de Jesús, la ignoramos, y soslayamos. Sin mística puede existir misión, pero no misión cristiana.

Cuando leemos el texto del Evangelio según Mateo, ese que hemos dado en llamar “la gran comisión” (Mt. 28:16-20), centramos nuestra atención a partir del versículo 18, y dejamos a un lado, o no ponemos el debido énfasis en los versículos iniciales:

Pero los once discípulos se fueron a Galilea, al monte donde Jesús les había ordenado. Y cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaban.” (28:16,17)

Creo que en esos versículos esta el meollo de la cuestión, el fundamento de la recepción del mandato misionero: encontrarse con Jesús, “ver” a Jesús, en la “montaña”; no en otro lugar, sino en la montaña del encuentro con el otro lado de la realidad que palpamos a diario. “La montaña del encuentro” la leo como la expresión de la “mística” que nos abre la posibilidad del desarrollo de una misión que pueda calificarse como cristiana.

En la experiencia de encuentro nos debatimos entre la adoración y la duda, entre la duda y la adoración. Pero sabemos que algo ha sucedido, algo que, si bien no podemos poner en palabras, sabemos que hemos sentido el toque de la gracia del cielo, ¡las puertas del cielo se han abierto delante de nuestros ojos!

A través de esa experiencia discernimos que Jesús de Nazaret, resucitado, tiene autoridad sobre toda la creación, en el cielo y en la tierra (28:18), y percibimos que nos está acompañando, y lo seguirá haciendo hasta la eclosión del mundo nuevo (28:20b).

Reitero que, sin esa experiencia de encuentro (sí, digo “experiencia”) puede existir misión, actividad misionera, pero no misión cristiana. Sin “ver” al Resucitado, sintiéndole, todo nuestro esfuerzo consistirá en recorrer tierra y mar para ganar un adepto, y cuando lo logramos, conseguimos, no personas seguidoras de Jesús, sino personas fanatizadas, seguidoras de nuestras ideas, de nuestras normas, de nuestra moral, y no me atrevo a decir en qué se convierten (Mt. 23:15).

De ahí que nos convenga, a ti y a mí, cultivar constantemente la mística del encuentro con el Resucitado o, si queréis, el encuentro “al alba con el Resucitado”. Con ello quiero significar la meditación pausada, reflexiva y orante en el Evangelio, del diálogo silente que propicia dicha meditación, y surgirá en nuestros corazones la alegría de los sucesivos encuentros con la esperanza. Y así, ahora sí, somos capacitados por la fuerza del Espíritu para llevar a cabo la misión: hacer discípulos a todos los pueblos. Una tarea ingente, sí, pero posible cuando nos encontramos constantemente con Jesús en “la montaña de la transfiguración”. Ánimo, Dios en Cristo nos espera en nuestro recinto sagrado, ¡entremos en él! (Mt. 6:6).

 

Soli Deo Gloria_

 

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