Posted On 23/11/2020 By In Historia, portada With 1361 Views

La mujer elegida: Caterina von Bora | Diana Rocco Tedesco

Profesora Diana Rocco (1939-2020)

(Este artículo fue publicado en el 5 de octubre de 2011)

En junio de 1525 Caterina von Bora[1], una joven de 26 años, se casaba con un pretendiente que le llevaba 16 años, Lutero, un ex monje, como ella misma era ex monja. Lutero que había pensado dedicarse a la continencia a pesar de haber dejado el convento, decidió sin embargo, a los 42 años, hacer un gesto político y práctico, que demostrara que la Reforma no quería diferencia entre seglares y sacerdotes.

El sacerdocio universal de todos los creyentes debía demostrarse eliminando también las diferencias de dedicación de vida. Los sacerdotes se casaban, los monjes y las monjas, abandonaban sus monasterios de clausura y dedicaban su vida al servicio a la comunidad, pero “fuera” de los muros que los rodeaban, ya fueran sociales o de concreto.

La historia de la joven es parcialmente común: es dedicada todavía niña (10 años) a un monasterio por el padre, viudo que decide volver a casarse. Este era un hecho común, ya que todavía los padres eran los dueños de sus hijas, como siempre lo habían sido. Y así las mujeres seguían siendo propiedad de su padre, de su marido o de un convento, y no eran libres para elegir qué hacer con su vida…los varones decidían por ellas: adolescentes eternas, como la etiquetaban en otras épocas.

En realidad sí lo eran en general en la realidad, porque los varones enviudaban a menudo por muerte de sus mujeres-niñas en los partos prematuros, y se volvían a casar una y otra vez con verdaderas adolescentes, aumentando la distancia de edad entre los cónyuges.

Sin embargo, aunque la situación era esa, Lutero había decidido no casarse. Era necesario un gesto de aprobación del líder a lo que estaba pasando: los obispos, los monjes, los sacerdotes se casaban…¿por qué Lutero no?

Caterina, estaba libre…y en parte gracias a la ayuda que él mismo le había otorgado. Se había escapado de su convento en una maniobra que casi con seguridad fue planeada desde Wittenberg, por el mismísimo Lutero. Uno de sus proveedores la trajo escondida en su carro, junto con otras monjas que se escaparon del mismo convento, en Nimbschen. Algunos dicen que dentro de los barriles del pescado, otros, cubiertas con una lona, simulando ser los barriles…no importa. La decisión de escaparse fue suya y de sus compañeras, aún sabiendo que si las capturaban durante el hecho, podían terminar en la hoguera.

Pero las ideas de Lutero, así como siglos antes las de Valdo, recorrían Europa, y especialmente Alemania, aún en los länder católicos, donde encarnaban el sentimiento nacional alemán. Esta era una reforma alemana, así como la de Wycliff -la estrella matutina- el primero[2], lo fue de Inglaterra, o la de Valdo lo fue del sur de Francia, o la de Hus de la zona Checa. Los Estados naciones se iban conformando y la Iglesia católica ya no era la que unía a occidente.

Lutero mandó a algunas de estas ex monjas con sus propios familiares, casó a las que pudo, y a las que no, las ubicó en casas de familia “tutoras”. Caterina von BoraCaterina fue durante dos años huésped en la casa de la familia Cranach de Wittenberg. Pero Lutero quería que se casara, puesto que según parece y pese a los retratos estereotipados de la época, era muy bonita. Hubo ofertas de casamiento, pero Caterina las rechazaba…tal vez porque buscaba a Lutero, que no se decidía a casarse, hasta que como dijimos, su mismo entorno lo presionó para que lo hiciera.

La vida de Lutero, muy desordenada, cambió por completo. Su actuar fue cuidadosamente ordenado por Caterina, que buen trabajo tuvo. E iniciativa. Ella se sintió responsable de cuidar a este hombre, tan importante, y tomó su deber con dedicación…de monja.

Lutero se había caracterizado por el dispendio de sus haberes, por dedicarse días enteros a escribir sin descansar, por comer cuando se acordaba, por tirarse en la cama exhausto, sin preocuparse del estado en que estaba ni él ni su cama…era un solterón de 42 años. Caterina puso todo en su lugar. Y además administró la casa y fundó un albergue y una casa de huéspedes en el antiguo convento agustino que les había sido regalado como casa, por el hijo del protector de Lutero, ahora el príncipe elector Juan de Sajonia.

Administrar la casa, no era poca cosa: la granja, los animales, los estudiantes del albergue, los huéspedes, la administración del dinero…todo quedaba en sus manos, con sirvientes que la acompañaban, más que la servían, en un trabajo de dedicación increíble. Caterina le dio a Lutero el tiempo que necesitaba para desarrollar su obra y además 6 hijos. Como señala el Dr. Alejandro Zorzín,

“Los Lutero tuvieron seis hijos: Juan (junio de 1526), Elizabeth (diciembre de 1527), Magdalena (mayo de 1529), Martín (noviembre de 1531), Pablo (enero de 1533), y Margarita (diciembre de 1534). Elizabeth falleció antes de cumplir un año, y Magdalena murió en 1542, a los 13 años de edad, para inmenso dolor de sus padres.”[3]

Sin embargo debemos decir que la vida de Caterina era parecida –no igual en cuanto a responsabilidades- a la de la esposa de cualquier burgués de la época. Recuerda y mucho a la mujer descrita en Proverbios 31:10 y ss. En este caso particular, hacía falta una mujer de semejante talante, para que el marido pudiera atender los numerosos problemas que resultaron de ser el emergente alemán que expresaba la separación de Roma como necesaria.

Con todo, para una mujer que trabajaba tanto, tener un hijo cada año y medio, o dos, debe haber sido un gran esfuerzo… además de tener que preocuparse por su alimentación y cuidado, lo que era todo un reto, dado el descuido financiero de su marido.

Caterina era muy respetuosa de su marido, al que llamaba “Herr Doktor”, y quería aprender de sus palabras como cualquier alumno… ¿De dónde sacaba el tiempo para también querer esto? No lo sabemos. Ni con todas las comodidades modernas podríamos imitarla.

A Lutero le gustaba aguijonearla, desafiándola. P.e. le hacía notar que el A.T. permitía la poligamia. “Sí, le decía ella, pero Pablo dice que cada uno debe tener su mujer”. “Sí, le contestaba él, pero no la única” Y entonces ella explotaba: “Si llegamos a esto, vuelvo al convento”…desafiando una vez más la autoridad del marido, y ¡qué marido!, pero ¡qué mujer! No fue fácil su tarea, pero la desarrolló más que bien, incluso después de la muerte de Lutero, que murió antes que ella, dejándola sola y sin los ingresos de su cátedra.

Entre las pocas cartas de Caterina que se han conservado, la única que contiene un testimonio sobre ella misma es una redactada apenas seis semanas después de la muerte de Lutero. No dejemos de notar la profunda admiración de esta mujer por su marido:

«¡Afable y querida hermana! Nada me cuesta creer que usted sienta una misericorde compasión por mí y mis pobres niños. Pues ¿quién no habría de estar apesadumbrada y dolida por una hombre tan valioso, como lo fue mi querido señor? Que no sólo sirvió a una ciudad o a un único territorio, sino mucho a todo el mundo. (…) No soy capaz ni de comer, ni beber, tampoco puedo dormir. Y si hubiera poseído un principado o un imperio, no me hubiera dolido tanto el haberlos perdido, como ahora que nuestro amado Dios y Señor nos ha quitado este querido y caro varón, no sólo a mí, sino a todo el mundo.»

La muerte en 1546 de su esposo, provocó un cambio muy duro para toda la familia. Según la ley, que suele cambiar más lentamente que la sociedad, ella era la concubina de Lutero. Sabiendo esto, el reformador, ya en 1537 había redactado un testamento en el que la declaraba heredera de sus valores y bienes, y la nombraba tutora de sus hijos:

«Porque considero que la madre será e! mejor tutor para sus hijos, sin emplear los bienes muebles e inmuebles para desmedro o perjuicio, sino en provecho y beneficio de ellos, que son carne y sangre suya, que ella cargó debajo de su corazón.»

Sin embargo, la destrucción de sus propiedades durante la devastación ocasionada por la guerra de Esmascalda, hizo que los últimos años de Caterina fueran de una dura necesidad económica. En octubre de 1546 -ante el avance de las tropas imperiales- tuvo que huir con sus hijos a Magdeburgo y luego a Braunschweig. Melanchton la acompañaba.

De regreso a Wittenberg intentó volver a la pequeña economía doméstica, esta vez, basada prácticamente en sólo su trabajo, ya que casi no tenía ayudantes y no le quedaban animales. Pero cada vez se endeudaba más. Su cuerpo además, acusaba el resultado de una vida tan dura. Estaba muy delgada y envejecida.

Cuando la peste asoló Wittenberg[4], a comienzos del verano de 1552, y la universidad decidió trasladarse a Torgau, también Caterina fue para allá con sus dos hijos menores. Ya casi llegando, los caballos se desbocaron y ella, tratando de frenar el carro para evitar que se saliera del camino, saltó del mismo con tan mala suerte que cayó y rodó hasta caer dentro de un zanjón lleno de agua fría. Los golpes recibidos y el frío, la enfermaron. Falleció el 20 de diciembre de 1552.

En palabras del Dr. Zorzín:

“El día siguiente, con la presencia de los estudiantes y colegas de su esposo, fue sepultada en la iglesia parroquial de Torgau, donde una lápida hermosamente tallada recuerda su figura de cuerpo entero.”[5]

 


[1] Como siempre en estos casos, contamos mayoritariamente con fuentes masculinas, es decir debemos ver la protagonista desde el punto de vista de los varones que la rodean, a pesar de que en este caso puntual la protagonista sabía leer y escribir, y algo de latín…cosa no frecuente en las mujeres, ya desde tiempos del Imperio Romano, es decir, unos quince siglos de confinación en el silencio.

[2] Así llamará después Lutero a su esposa, ¿por ser la primera en tomar decisiones por sí misma que alterarían su vida? ¿Por qué se levantaba al alba y preparaba todo antes que los demás despertaran? Esto último era común en las mujeres, no lo primero, pero suele ser la explicación aceptada.

[3] Revista parroquial de la IERP, aparecida en nov. de 1999, pp.8-10

[4] Recordemos que desde la gran peste de 1348, las pestes volvían cíclicamente a devastar la población europea. Los que podían, huían al campo, los que no, debían quedarse en las ciudades infectadas.

[5] Op.cit.

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