Posted On 05/11/2020 By In Columna, Espiritualidad, Opinión, Pastoral, portada With 289 Views

La necesaria resurrección del pueblo de Dios | Ignacio Simal

 

«Nuestra tarea es crear aquí y ahora el espacio posible para aquello por lo cual estamos luchando» (Martin Buber)

Si transformar lo pequeño nos parece imposible, ¿cómo es que aspiramos a cambiar lo que tiene proporciones ciclópeas? Diciendo “lo pequeño”, digo pueblo de Dios, señalando a “lo ciclópeo”, significo nuestra aldea global.

En más ocasiones de las que podemos pensar, ocuparnos en la transformación del mundo es una huida de nuestra responsabilidad de construir pueblo de Dios, la ciudad sobre un monte imposible de ocultar a los ojos de todos los que habitan en el mundo (Mt. 5:14).

Curiosamente, el apóstol Pablo, liga la resurrección del mundo a la manifestación de los hijos e hijas de Dios (Ro. 8:21). De ahí, que clamemos por dicha manifestación, la manifestación del pueblo de Dios. Su resurrección, aquí y ahora, por la gracia y el poder del Resucitado. En mi opinión, la misión del pueblo de Dios está ligada a serlo. Y ello a luz de la teología cristiana del bautismo, “porque somos sepultados juntamente con Cristo para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva” (Ro. 6:4).

Hoy, el pueblo de Dios está profundamente fragmentado, dividido, y esa es la muerte de la que necesita resucitar, de la que necesita volver a la vida. De ahí que, la misión que hoy se nos requiere es trabajar por la renovación del pueblo de Dios en la fuerza del Espíritu. No hay otra. La función profética de la Iglesia pasa por la proclamación del Evangelio, sí. Pero también requiere la visibilización del mundo distinto según Dios en sus espacios comunitarios.

Es mi convicción que tanto el pueblo de Dios como el mundo en el que vivimos necesita comunidades-levadura que, en primer lugar, obren su labor leudante en el pueblo de Dios, y en consecuencia sean levadura eficaz en el mundo (Mc. 13:20). Así se manifestará el reinado de Dios aquí y ahora, hasta su eclosión en la manifestación del Mesías Jesús como Señor la historia.

Esa es la convicción, según entiendo, que recorre todos los textos de las Escrituras, de Génesis a Apocalipsis. No podemos rehuir de anunciar todo el consejo de Dios, atravesado de parte a parte por el interés de construir pueblo, construir iglesia que irradie por todos sus poros la luz de la sabiduría de Dios, —que es Cristo—, a todos los hombres y mujeres que pueblan nuestro mundo (Mt. 5:16). Ingente tarea a la que nos debemos dedicar, profundamente arraigados en la esperanza del Evangelio. Sembremos pues el mundo de comunidades-semilla, tal vez entre lágrimas, teniendo la esperanza luminosa que llegará el día, en que segaremos el producto de nuestro trabajo en el Señor, envueltos en sones y cánticos de alegría. Nuestro trabajo no es en vano, si lo realizamos confiados en la gracia del Señor.

Regreso a las líneas con las que di inicio a esta breve reflexión. Si transformar lo pequeño nos parece imposible, ¿cómo es que aspiramos a cambiar lo que tiene proporciones ciclópeas…? Necesitamos resurrección, resurrección del pueblo de Dios.

¡Aleluya, amén!

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