Posted On 24/09/2014 By In Biblia With 3158 Views

La Palabra en la Iglesia del siglo XXI

Me llama mucho la atención el título que me han asignado: “La Palabra en la iglesia del siglo XXI” [1]. Este libro, cuyos primeros episodios se remontan hasta casi dos mil años antes de Cristo, y sus primeros escritos por lo menos mil años a.C, entra ahora en un nuevo milenio de su vida. ¡Que longevidad! ¿Qué otro libro de la antigüedad sigue vigente de manera remotamente parecida? Dudo que se estén realizando muchos simposios sobre “Los diálogos de Platón ante el tercer milenio” o “Las comedias de Aristófanes para el siglo XXI”. Pero aquí estamos reunidos, junto a millones de cristianos en todas partes del mundo, para reflexionar sobre el significado del antiguo Libro para nuestro moderno (y postmoderno) mundo. Y sin duda, esta misma mañana millones de personas, aun algunos no cristianos, han abierto las páginas del incomparable Libro para buscar fortaleza, orientación y consolación para sus vidas. ¿Con qué otro libro pasa eso?

Desde mediados de nuestro siglo ha crecido una sospecha de que nuestro mundo moderno ya estaba terminando. En 1950 una consulta sobre el siglo XX, en la que figuró el prominente Sr. Winston Churchill, analizó dicho siglo en términos similares. Desde esa década, autores como Kenneth Boulding, Peter Drucker, Karl Mannheim y otros comenzaron a percibir el nacimiento de una nueva civilización que dieron en llamar “postmodernidad” (o “la post-civilización”). En la esfera eclesial, extendiendo su análisis aun más atrás, algunos describieron el Concilio Vaticano II como “el fin de la era constantiniana”.

En las últimas décadas, los eventos dramáticos se han catapultado uno sobre otro. El más decisivo ha sido, por supuesto, el colapso de la Unión Soviética y sus aliados, y la caída del muro de Berlín en 1989. El presidente Bush anunció con gran triunfalismo el nacimiento del “Nuevo Orden Mundial”, por supuesto democrático y capitalista, pero lo que ha seguido resultó ser un “Nuevo Desorden mundial” con trágicas guerras locales,  en su mayoría étnicas. También ocurrieron peligrosísimos accidentes nucleares como Chernobyl en Rusia y Three Mile Island en EEUU, la explosión de una planta química en Bhopal, India, el accidente del barco petrolero Exxon Valdez en Alaska, y los gravísimos daños ecológicos de la guerra del Golfo. En estas mismas semanas (mayo 1999) somos testigos de los repetidos errores de los bombardeos contra Serbia para darnos cuenta de que los supuestos avances de la ciencia están cargados de peligro para la humanidad. Y en 1981 identificaron por primera vez una misteriosa enfermedad a la que llamaron “Sida”.

Era casi inevitable que el cambio, no sólo de siglo, sino de milenio despertara una gran curiosidad y no poca preocupación. Pero la fecha es lo de menos. Lo indiscutible, y lo más importante, es que estamos viviendo una de las mega-transiciones más importantes de la historia humana. Este momento que nos toca vivir puede compararse con la transición de la pre-historia al mundo antiguo, del mundo antiguo a la medieval, y de la medieval al mundo moderno. Tienen razón los que hablan de un mundo radicalmente nuevo, que llaman “la postmodernidad”. ¿Qué significado tendrá nuestra fe y nuestra Biblia en ese nuevo mundo? ¿Cómo tendremos que leer la Biblia en el nuevo siglo, y cómo podremos dar testimonio de nuestra fe?

(1) Conceptos básicos de la modernidad:

(a) Dualismo: Descartes (1596-1650) formuló la distinción básica entre «res extensa» (materia) y «res cogitans» (alma, espíritu), con una separación entre Sujeto y Objeto (Grenz 1996:166). Creció el culto a la supuesta objetividad, mientras la religión se remitía a la esfera de la propia subjetividad.

(b) Racionalismo: fe en la omnicompetencia del intelecto humano. Al racionalismo escéptico de la incredulidad, muchos teólogos respondieron con una apologética también racionalista.

(c) Fe en el progreso inevitable: alimentada en parte por el evolucionismo. El siglo XX se bautizó como «El siglo cristiano», pero resultó ser todo lo contrario.

(d) Fe en la ciencia y en la tecnología: en el optimismo del progreso inevitable, la modernidad confiaba mucho en la capacidad de la ciencia y de la tecnología para resolver los problemas humanos.

Es importante reconocer que la modernidad no sólo terminó, sino que fracasó. No cumplió sus promesas; no satisfizo las esperanzas que inspiró. Esa desilusión es muy evidente en el mundo artístico: Guernica, Dalí, el teatro del absurdo, La naranja mecánica, Star Trek. Esas actitudes prevalecen especialmente entre los jóvenes (Salinas 1997, pp.3,11).

(2) Posibles características de la postmodernidad, según estos futurólogos:

(a) Rechazo del racionalismo (u otra racionalidad); apelar a la intuición para persuadir y forjar convicciones (sin creer que es la única verdad sino «mi verdad»). Toda verdad humana es relativa, pues sólo Dios posee la verdad absoluta. Ninguna verdad humana es pura y totalmente objetiva; se da siempre desde un determinado punto de vista (perspectivismo).

b) La afirmación de «verdades» suele vincularse, de una u otra manera, con el factor del poder, otro elemento sujetivo en el conocimiento y en la interpretación. Si el discurso se construye alrededor de los intereses y el poder del sujeto, hay que analizar todos esos intereses para deconstruir el discurso.

(c) Como no existen dos personas idénticas (¡ni aun gemelos siameses!), tampoco existen dos verdades idénticas. Por eso, una verdad mayor se encuentra en la variedad complementaria de las diversas opiniones y puntos de vista en «el jardín de las pluralidades» (Salinas 1997).

(d) Con una especie de «inmediatismo», en la postmodernidad “se goza en lo efímero,  fragmentario, discontinuo, caótico…Vivir es sentir sensaciones, cuánto mas fuertes, intensas y rápidas mejor. Nada de culpa ni valores” (Salinas 3, 34). Kearney lo describe como el “culto postmoderno de superficies eufóricas” de “instancias orgásmicas discontinuas” (citado en Brueggemann 1993 p.28).

(3) La Biblia en un mundo postmoderno (opiniones personales muy provisionales):

Debemos reconocer muchos elementos de verdad en el análisis postmoderno, pero también evitar sus extremismos y abusos. Debemos recordar «el Principio Protestante» (Paul Tillich) que «solo Dios es absoluto». Todo conocimiento humano es parcial, relativo e imperfecto (1 Cor 13:12). «Los que se creen dueños de la verdad absoluta, están absolutamente equivocados». decía un profesor mío.

Más que una amenaza, la postmodernidad es un desafío a nuestra fe. En los anteriores cambios de época, la teología y la iglesia han tenido que adaptarse al nuevo contexto sin traicionar a su fe en el proceso, y ha redundado en bendición. Los humanistas del Renacimiento desarrollaron métodos bastante acertados para interpretar textos antiguos (Platón, Aristóteles, etc.), y los Reformadores aplicaban esos métodos histórico-gramaticales a la exégesis bíblica. De manera parecida, toda esta nueva hermenéutica, empleada de forma inteligente y crítica, podrá enriquecer nuestra interpretación de las Escrituras. Entre otras cosas, tenemos que agradecer a la postmodernidad el habernos liberado del racionalismo y de la ilusión de recuperar el significado exacto y completo del autor bíblico.

Donde la postmodernidad exigirá mayores cambios es en la teología sistemática. Desde Justino Mártir y la escuela de Alejandría, la teología cristiana nació y creció muy grecorromana, en busca del Sistema al estilo de la filosofía neoplatónica. Ahora la teología debe volver a su tarea original de contextualizar el evangelio para la misión de la iglesia. En cuanto a la apologética, la más racionalista de las disciplinas teológicas, su futuro en la postmodernidad parece bastante oscura.

Nuestra exégesis tendrá que ser menos pretenciosa, más narrativa que doctrinal, siempre fiel tanto al relato bíblico cómo a la enseñanza. Aun más que ahora, tendremos que interpretar las escrituras en función del discipulado radical y de la vida en comunidades de personas transparentes y convincentes, comprometidas con el Reino de Dios y su justicia en un mundo de graves conflictos sociales. Debe ser un lugar donde se vive una esperanza contagiosa en un mundo que no la ofrece.

Que no haya la menor duda, la Palabra del Señor permanece para siempre – ¡también en tiempos postmodernos Él seguirá siendo el Señor de la historia con toda exousía (autoridad)!. El que dijo: «de seguro estaré con ustedes todo el tiempo», y todos los tiempos (Mat 28:20), estará entrando con nosotros en esta nueva era de la historia humana.

BIBLIOGRAFIA

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Thiselton, Anthony C, INTERPRETING GOD AND THE POSTMODERN SELF (Grand Rapids: Eerdmans 1995)

[1] Charla patrocinada por Sociedades Bíblicas de Costa Rica, en mayo de 1999. Por «la Palabra» se entendía específicamente la Biblia.

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