Posted On 12/01/2021 By In Cultura, Ética, Opinión, portada, Psicología With 551 Views

LA PORNOGRAFÍA NO ES SUCIA: POR EL CONTRARIO ES PURITANA Y REPRESORA | Ivka Itzak

Tres escenas:

-Hugh Hefner, el fundador de Play Boy y poseedor de una mansión en la que mantiene a numerosas “conejitas” (mujeres de cuerpos hegemónicos con las “medidas adecuadas” para gustar a un hombre), canta los primeros versos de “Cheek to cheek” mientras baila dentro de un jacuzzi con las mejillas pegadas a dos conejitas a las que les lleva unos 40 años a cada una. “Heaven, I am heaven…”(Cielo, estoy en el cielo…).

-En el televisor de una casa está puesto “Acapulco Shore”, se trata de un reallity en el que un grupo de personas se la pasa tomando y bailando en Acapulco por varias semanas. Uno de los participantes, conoce a una chica unos diez años menor que él, muy bonita, y bajo los parámetros mediáticos, muy “por fuera de su liga”, externa al grupo del programa. El joven en cuestión dice estar “enamorado”, luego de 24 horas de haberla conocido. Los amigos comentan: “Al fin una mujer decente, wey.” Pregunto a qué se refieren con “decente”, y me dicen que anteriormente, este joven se acostaba con cualquier chica, por más fea que esta sea. A eso se referían en este programa con una mujer “decente”. La decencia, es un parámetro estético al parecer. Se puede estar de juerga, vomitándose todos los días y peleando de manos muchos de ellos, pero si eres bello, eres decente.

-Estoy charlando con mi pastor sobre la necesidad de que existan psicólogos dentro de la denominación. Me cuenta que acaba de ir a una conferencia donde le dijeron que el 70% de los pastores son adictos al porno. Le pregunto en dónde, la respuesta no me sorprende: La encuesta es sobre pastores protestantes en Estados Unidos.

Ahora bien ¿qué tienen en común estas escenas? Si nos fijamos existen factores comunes entre las tres:

-La alusión a figuras de ideales sociales: El cielo de las conejitas, la decencia de una mujer joven, inexperimentada y bella y…pastores que supuestamente sostienen ideales hipócritas en su vida.

-Una moral binaria: donde a los hombres les está permitido el exceso, la locura, la cuasi pedofilia, y a las mujeres se les exige la suavidad, la ternura, el mostrarse niñas. Con las carnes muy margas, controladas y en sus lugares exactos. Sin excederse en nada. Justamente, para que los hombres tengan permitido el exceso.

Pese a que la pornografía existe casi desde que el mundo es mundo, la pornografía como la conocemos hoy, aparece en la década del ‘50. Década en la que resurgen, en Estados Unidos, paradójicamente (o no tanto, como veremos más adelante), los ideales de las mujeres dentro de las cocinas. Habían tenido que trabajar durante la guerra, cuando los hombres salieron a pelear. Ahora, en tiempos de paz, el sistema las necesitaba adentro, nuevamente. Devotas, santas, madres virginales que cocinaban delicioso y mantenían la casa bellísima para el hombre que, vuelto a las fábricas luego de la guerra, necesitaba reconstruir su masculinidad para incorporarse al mercado laboral.

En ese ambiente forzado, hipócrita, asfixiante, aparece la revista “Playboy” para dar aún más comodidad al hombre que seguramente no estaba satisfecho con las caricias de una esposa tan pura y santa que, seguramente sería incapaz de complacer a nuestro héroe.

Freud descubre, ya a principios de siglo, que el neurótico nervioso, moralista, reprimido, timorato y cobarde, no es otra cosa que un sujeto que padece de sus perversiones. Pero a diferencia del perverso, posee un sentido moral y vive angustiado por la culpa. “La perversión es el negativo de las neurosis, diría”.

Pero ¿qué ocurría allí? Al igual que la década del ‘50, el victorianismo padecía de una moral que aplastaba sentimientos, sexualidades y subjetividades. Entonces, decía Freud, al no poder ejercer la sexualidad de una manera sana, amorosa y tierna (sí, así hablaba Freud, la solución para él era lo que llamaba “el matrimonio normal” ¿cómo les quedó el ojo?), el sujeto vuelve a sus fijaciones infantiles, que son pequeños actos perversos. Actos en los que “se come” al otro o “Se defeca” en el otro. En donde el otro, básicamente no importa.

De la misma manera, las revistas porno, llegan para satisfacer a varones tan neuróticos y nerviosos como los que Freud atendía. Tan hipócritas e incapaces de hablar de sus dolores atravesados por la guerra: y no solo por la que habían pasado. Pronto aparecerían Corea y Vietnam, y la revista Playboy acompañaría a las tropas del otro lado del Pacífico para sostener el ánimo de las tropas.

Esas son las subjetividades, esas son las sociedades, que necesitaron engendrar la pornografía. Sociedades que necesitan de la violencia y la guerra para producir y arrasar con todo. De las películas hollywoodenses y el porno. El circo que sostiene a los soldados romanos que llegan de dejar colonias y tierra arrasada.

Ahora bien ¿por qué los pastores también? ¿Por qué especialmente, los pastores? Es que es simplemente la cara de la otra moneda. El porno es también una religión. Con sus pecados, sus personas parias, su pureza moral y sus cielos. El porno se acomoda muy bien al discurso protestante. Es un discurso autoritario, machista, racista. Casi nazi.

Y más aún: El porno es el ejercicio de una sexualidad limpia y segura, casi por definición. Los encuentros son a distancia. No hay peligro de enfermedades de transmisión sexual, no hay sudor, no hay casi olores siquiera. Todo está donde debe estar. Todo es, como debe ser. No hay sorpresas. Todo está controlado. Todo está bien. No hay angustias con el propio cuerpo, ni el cuerpo del otro. No hay decepciones con el propio cuerpo, y el cuerpo del otro. Tampoco hay encuentro.

El porno se adecúa a nuestro sistema de vida porque tiene la ilusión de control que nos dan también las computadoras y las granjas asépticas. El pornógrafo, es el equivalente a la gallina alimentada, drogada y llena de antibióticos de las granjas industriales. Un ser criado seguro y limpio, con muchísimo sufrimiento. Pero seguro.

Por eso, para los pastores es mucho más fácil acudir al porno que cuestionar lo recibido. La sexualidad es una construcción que se hace todos los días, nos guste o no. Con aquello que hacemos y que no hacemos, estamos construyendo nuestra sexualidad.

La sexualidad empática, requiere mucho cuestionamiento. Mucho dolor porque es un área vulnerable. Mucho preguntarse sobre las propias necesidades, el propio deseo, el propio placer y los ideales sociales. Las iglesias no quieren tomarse este trabajo: revisar lo recibido, pensarlo, entenderlo, y tomar decisiones en base a ello. Todo eso requiere de muchísimo trabajo. Lo sé como analista y como paciente.

Pero claro, mucho más fácil es odiar a las mujeres que abortan, perseguir a los homosexuales o maltratar a las mujeres que tienes a tu lado. No es casual que los varones más tradicionales tilden de “gordas” y “sucias” a las mujeres feministas. La mayoría no son gordas, y casi a ninguna se las ve sucias. Pero somos sucias para el sistema. Por más que haya muchas que sean delgadas o estén en su peso, se escapan de quedar atrapadas en el deseo del varón: su deseo excede la presencia o no de un hombre. Entonces es gorda, es excesiva. Porque los cuerpos de las feministas, han logrado ser mediáticos, sin ser porno. Y eso no puede perdonarse.

El porno es el lugar que le dice al hombre que las cosas son como deben ser y que todo está bien. El porno estará allí esperándote todas las noches, y el fin de semana podrás ir en paz a la iglesia.

Ya puedes dejar de sentirte sucio por el porno, lo que eres en realidad es un moralista bien reprimido.

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