Posted On 02/02/2012 By In Opinión With 1596 Views

La última cima. Un testimonio personal

“Gracias a todos por venir esta noche a ver mi película. Pero sobre todo, gracias a Dios, porque Él está aquí. Y no creáis que ha venido como un invitado… ha venido para hablar a cada uno de nosotros”

Así nos habló Juan Manuel Cotelo, director del documental  “La última cima”, antes de proyectar su película en una residencia universitaria, dentro de un ciclo dedicado al cine promocionado por la Universidad Politécnica de Cartagena.  Y después vino un conmovedor derroche de creatividad, de chispeante humor, en un largometraje soberbio dónde las voces de los que conocieron a Pablo Domínguez – sacerdote católico que murió hace dos años en un accidente de montaña-  hacen vibrar al espectador por su cruda autenticidad.  Magia de la buena en la sala de proyección. Sin efectos especiales ni trucos de cámara, sólo las caras de la gente que amó a Pablo Domínguez porque con él se sintieron más cerca de Dios.

David Buendía“Yo no quería hacer ninguna película acerca de un cura. No quería de veras… pero Dios tenía otros planes” Así de franco nos contaba el director su resistencia, incluso su disgusto, de hacer nada que tuviera que ver con un sacerdote.  Pero era verdad que Dios tenía sus propios planes, y con sorpresa para todos, está siendo un absoluto éxito. “La gente ve la película y después quieren conseguir una biblia para saber más, o manifiestan su deseo de cambiar su vida, de reconciliarse con su padre, de seguir a Jesús” Eso se llama conversión, “y aunque todos nosotros pudiéramos juntar todos nuestros recursos, no tendríamos la capacidad de convertir a uno sólo… esto sólo puede ser cosa de Dios”, repetía en varias ocasiones Juan Manuel Cotelo. “Porque la santidad no es algo inalcanzable, reservado tan sólo para unos privilegiados, sino para todos, porque es Dios quien la concede a aquel que le abre su vida, que lo reconoce en cualquier lugar, que se despierta y se acuesta teniéndolo en su corazón y en su mente”

-Una pregunta difícil –refirió alguien del público- ¿cómo se encontró con Dios?

-Muy fácil, yo no me encontré con Él. Él fue quien me buscó, El me encontró a mí.

La película y el coloquio posterior se acabaron alrededor de las nueve y media. Los espectadores rompieron en un sonoro aplauso, y una vez que todos se marcharon, todavía se podía percibir en la sala una electricidad estática que me recordaba y mucho a las experiencias que con el Señor he podido disfrutar a lo largo de mi vida. Pero no estaba en un ambiente evangélico, sino católico… ¿pero qué está pasando?

Educado en una familia evangélica, miembro de una iglesia evangélica, convertido en un entorno evangélico, sinceramente, nunca me hubiera imaginado que lo que sucedió la otra noche pudiera pasar. Palabras como conversión, encuentro con Dios, santidad, Biblia, siempre las había escuchado a la hora del culto, pero siempre creí que fuera de un entorno protestante sencillamente ni existían ni podían pronunciarse: los católicos, los que adoran a las imágenes, que tienen por madre a María, que sólo obedecen a su Papa, esos fueron los que nos persiguieron en otros tiempos…

Pero parece que el Señor no está demasiado de acuerdo  con mis convicciones, y Su Espíritu se mueve dónde quiere. Y me ha hecho ver que mis convicciones son sólo prejuicios, porque como a Pedro, sólo puedo decir que mientras me encontraba entre esos católicos, mi imagen de ellos cambió por completo:

“Y Dios, que conoce el corazón humano, ha mostrado que los acepta al concederles el Espíritu Santo lo mismo que a nosotros. No ha hecho ninguna diferencia entre ellos y nosotros, y ha purificado sus corazones por la fe” Hechos 15:8,9

Sé que no es fácil comprenderlo. Yo mismo tengo muchas preguntas. Pero el Señor estaba en esa sala de cine, llamando a todos los que nos encontrábamos allí a que nos convirtiéramos a El. Ni judío ni gentil, ni católico ni protestante, un mismo mensaje de salvación para todos.

Muchos pensarán que las diferencias son enormes, insalvables. Pero en el Concilio de Jerusalén las diferencias entre los cristianos judíos y los cristianos gentiles no eran menores. Ni circuncisión, ni sometimiento a la Ley, ni nada que se parezca a tener que hacerse judío: los gentiles que crean en el Mesías Jesús estarán exentos de ningún requisito añadido, salvo la inmoralidad sexual, comer animales ahogados, alimentarse de sangre y abstenerse de lo sacrificado a los ídolos. Creo sinceramente que los cristianos católicos no suelen practicar ninguna de las excepciones señaladas. No veo porque tendríamos que poner otras condiciones para verlos como lo que son: hermanos en Cristo.

Por supuesto, no me refiero a que las distancias que median entre la Iglesia Católica y los protestantes en general –o evangélicos en particular- se hayan de ignorar, y abogue por una unión de Iglesias, de instituciones y jerarquías. Nada de eso. Pero sí de discernir en el Espíritu que todos aquellos que proclaman que Jesús es su Señor, y así lo viven, son de Cristo. Los protestantes siempre han rechazado,  frente a la pretensión absolutista romana, que fuera de la Iglesia Católica no había salvación. Y esto era de particular relevancia porque ponían su acento en el encuentro personal del pecador con su Dios. Pero en la práctica creemos igual, y pensamos para nuestros adentros que fuera del mundo evangélico no hay cristianos.

Sin embargo, reconocer lo que Dios está haciendo en el mundo fue uno de los primeros pasos que tuvo que dar y aprender la iglesia primitiva, a pesar de las resistencias y disputas que provocaron aquellos que pensaban que el Señor sólo se manifestaba en el ámbito de su comunidad. Pero Dios estaba más allá de Judea y de la congregación apostólica de Jerusalén, soplando con una fuerza imparable. A Pedro le fue preciso una visión celestial por triplicado y una poderosa unción pentecostal particular sobre el gentil Cornelio para tenerlo claro… aunque parece que titubeó  más tarde –Gálatas 2:11ss-.

¿Qué necesitaremos nosotros entonces?

“Así pues, ¿por qué queréis poner a prueba a Dios, imponiendo a los creyentes una carga que ni vuestros antepasados ni nosotros mismos hemos podido soportar? No ha de ser así, pues estamos seguros de que es la gracia de Jesús, el Señor, la que nos salva tanto a nosotros como a ellos” Hechos 15: 10,11

He descubierto que tengo una familia en Cristo entre los católicos que han entregado su corazón al mismo Señor que yo. Sí, creen en muchas otras cosas que yo no comprendo ni comparto. Pero ninguna de ellas pertenecen al contenido básico del evangelio: Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeras en tu corazón que Dios lo levantó de los muertos, eres salvo. Tal vez algunos quieran añadir más requisitos, más conocimientos, más doctrina. Pero Pablo se paró justo en ese punto. Y yo no soy quién para rebasarlo.Ya sé que la empresa parece extraordinariamente difícil, como subir una imponente y escarpada montaña. Pero yo quiero intentarlo, quiero esforzarme por enterrar las armas usadas por demasiados siglos. Deseo escalar más arriba, hasta “la última cima».

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