Posted On 13/12/2017 By In Biblia, portada With 807 Views

La vida es una lucha | Ignacio Simal

Tiempo estimado de lectura: 4 minutos

Que los fieles exulten triunfantes, que en sus lechos griten de alegría, con himnos a Dios en sus gargantas y espadas de dos filos en sus manos; se vengarán así de las naciones, castigarán a los pueblos, apresarán a sus reyes con grilletes, a sus poderosos con cadenas de hierro. Se cumplirá de este modo la sentencia escrita, y será un honor para todos sus fieles. ¡Aleluya! (Sal. 149:5-9 BTI)

La vida es una lucha. Ya Jesús de Nazaret nos lo advirtió: “No creáis que he venido a traer la paz al mundo. ¡No he venido a traer paz, sino guerra! (Mat. 10:34 BTI). Y esta verdad parece entrar en contradicción con el himno que en Navidad cantamos, “al mundo paz, nació Jesús…” Pero no, no es así, porque mientras el mundo nuevo no llega en su plenitud, luchamos constantemente con nosotros mismos, y con el sistema injusto que pretende gobernarnos.

Todavía estamos a la espera de ese momento en el que se cumplirá lo que María de Nazaret entonó en el “Magníficat”: “Derribó a los poderosos de sus tronos y encumbró a los humildes. Llenó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías” (Luc. 1:52-53 BTI). De ahí que estemos en lucha mientras dura el tiempo de nuestra peregrinación. Estamos en lucha contra los “príncipes de este mundo”, aquellos que no reconocieron al “Dios-con-nosotros” en Jesús de Nazaret, y lo asesinaron. Poderosos de la tierra que asientan sus tronos sobre la violencia contra los empobrecidos y humildes. Violencia que visten de la única “justicia” posible. Prometen prosperidad, si somos pacientes y confiamos en ellos, y nos dan pobreza a manos llenas.

Estamos en lucha, pero en una lucha incruenta. Ya que nuestras únicas armas son la alegría y la Palabra. La alegría que surge de la certeza de saber que un día amanecerá en el que los mansos recibirán la tierra por heredad (Mat. 5:5), y los poderosos de la tierra no tendrán la última palabra. Por ello decimos con el salmista, ¡que los fieles exulten triunfantes, que en sus lechos griten de alegría, con himnos a Dios en sus gargantas!

Ante la esperanza certera que Dios nos propone en su Cristo, tarareamos constantemente una canción que que surge de la alegría, y provoca más alegría, a pesar de las inclemencias del tiempo que padecemos. Inclemencias como las que padecieron Pablo y Silas cuando fueron encarcelados por causa del Mesías Jesús. Lucas nos informa que ellos, a pesar de su dramática circunstancia, cuando llegó la “medianoche, oraban y cantaban himnos a Dios; y los presos los oían” (Hch. 16:25 RVR1960). Si nos quitan la alegría y la acción de gracias a Dios, nos sentiremos derrotados, y no seremos capaces de ser artesanos del mundo nuevo de Dios.

Y mientras cantamos alegría y esperanza, nuestras manos empuñan una “espada de dos filos”. Espada que nos refiere a la Palabra viva de Dios. Palabra que proclamamos públicamente, y que pone en evidencia lo más íntimo del sistema, poniendo al descubierto su más secretos pensamientos e intenciones contra sus víctimas (Heb. 4:12). Somos convocados a ejercer como profetas desde el lado de los que sufren la injusticia de los “faraones” y “Herodes” de este siglo. Profetas que anuncian alegría y esperanza a los expulsados por el sistema de su dignidad como seres humanos.

Y mientras luchamos contra el Imperio, de forma incruenta, con las armas de la alegría y la Palabra, debemos anudar a nuestro brazo izquierdo y nuestra frente sendas filacterias donde atesoremos las palabras de Jesús de Nazaret cuando declaró: “Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados sois cuando por mi causa os vituperen y os persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo. Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros”(Mat. 5:10-12 RVR1960).

Nos hallamos, como cristianos y cristianas, celebrando el Adviento, que nos permite otear en el horizonte ese día en el que los empobrecidos e indefensos serán vindicados por el Dios del Éxodo frente a los causantes de su sufrimiento. En ese día -por el que estamos en lucha- se cumplirán el Magníficat de María de Nazaret, y los sueños de los antiguos profetas: los empobrecidos serán vindicados, y será un día de honor para todos los que lucharon a favor del mundo nuevo de Dios y la justicia que le es inherente. En ese día las pesadillas acabarán ¡Aleluya!

Soli Deo Gloria

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