Posted On 13/06/2014 By In Opinión, Psicología With 6463 Views

Las enfermedades, los enfermos y la Biblia

En este escrito vamos a considerar una problemática muy sería y al mismo tiempo francamente delicada. Se trata de abordar  el tema de las enfermedades, los enfermos y las actuaciones de Jesús de Nazaret como taumaturgo o sanador. Creo que en la mayoría de las Iglesias cristianas no ha existido, ni existe, una enseñanza adecuada sobre estas realidades. Se sigue escribiendo, hablando y predicando desde el punto de vista de una interpretación literalista de los documentos bíblicos (por supuestos maestros y evangelistas apegados a la letra y no al espíritu que informa a la misma), especialmente aquellos que corresponden al Nuevo Testamento. Para realizar una exégesis y una hermenéutica que sean dignas de tal nombre, hay que tener en cuenta los textos bíblicos mas antiguos que se conocen, su valor lingüístico y literario, la época en que fueron escritos y los conocimientos científicos que en esa época se tenían al respecto de las realidades de las que vamos a tratar. También es necesario conocer las circunstancias sociopolíticas, sociorreligiosas, socioeconómicas y psicosociales del momento histórico en que tales acontecimientos ocurren. En el evangelio de Mateo (en mi criterio el segundo evangelio escrito en el siglo primero, pero esto es más que discutible), nos encontramos con el siguiente relato, en relación con el inicio público del ministerio del Señor Jesucristo: “Y se difundió su fama por toda Siria, y le trajeron todos los que tenian dolencias, los afligidos por diversas enfermedades y tormentos (gr-sufrimientos), los endemoniados, lunáticos y paralíticos; y los sanó”(Mat. 4:24). En este texto existen elementos que no han sido bien entendidos y de los cuales se sacan conclusiones, hoy en dia, que no honran el contenido del mensaje del Evangelio del Reino de Dios, sino que, antes al contrario, lo desprestigian. No se puede llegar a la aseveración, como hacen algunos colectivos pentecostales y carismáticos (no cuestiono su derecho a pensar como piensan), de que todas aquellas personas que fueron sanadas por Jesús de Nazaret, fuesen las que fuesen sus manifestaciones clínicas, eran endemoniados. El texto de Mateo nos presenta una nosología (clasificación de las enfermedades) muy amplia y bastante diferenciada etiopatogénicamente (dolencias, diversas enfermedades, sufrimientos, endemoniados, lunáticos y paralíticos) para la época. En esta clasificación clínica nos encontramos con enfermedades de etiología (causa o causas que producen una enfermedad) orgánica (somática, física), psico-emocional (afectiva-emocional) y psicológicamente pura (anímico-espiritual).

En escritos anteriores, nos ocupamos de clarificar los conceptos que la Biblia sostiene sobre la estructura o tectónica de la personalidad  de los seres humanos y contrastarla con el conocimiento científico que sobre el hombre tenemos en la actualidad. Sin estos conocimientos básicos, de tipo teológico y científico, nos faltaría la infraestructura elemental imprescindible para entender cualquier trastorno mórbido que un ser humano pudiera padecer. En este documento, y en otros que le seguirán, vamos a ocuparnos, incisivamente, de los actos y hechos taumatúrgicos de Jesús de Nazaret. Vamos a plantear una cuestión que para algunos resultará espinosa y difícil de asimilar después de soportar el peso de una tradición de casi dos mil años. La cuestión es la siguiente: somos conscientes de cuestiones tan importantes, cristológicamente hablando, como que el Verbo se hizo (lit- gr- llegó a ser) carne, que Jesús de Nazaret era el Hijo de Dios; es más que era el hijo del Hombre, que era Dios sobre todas las cosas y que era y es el verdadero Dios y la vida eterna. Pues bien, a pesar de todas estas realidades trascendentes y trascendentales, yo sostengo (y lo digo con toda humildad) que muchos de los actos taumatúrgicos y sanadores del Señor Jesucristo  tienen, en el dia de hoy, una posible explicación científica. Naturalmente entiendo que esta posibilidad no le quita al hijo del Hombre ni grandeza ni gloria alguna, sino más bien todo lo contrario.

En el año 1970 se publicó en castellano, por Ediciones Ariel, S.A., la primera edición de la obra de Rudolf  Bultmann, Jesucristo y Mitología. En esta singular obra Bultmann explicitaba las bases de su desmitización o proceso de desmitologización de la revelación bíblica. Creo que su aportación para la exégesis y la interpretación de la Escritura es de un valor a tomar en consideración. Esta obra recoge las conferencias Shaffer que pronunció en la Divinity School de la Universidad de Yale y en la Universidad de Vanderbilt; el contenido de unas y otras es en parte idéntico. En la obra mencionada Jesucristo y Mitología, Bultmann empieza afirmando que “El reino de Dios constituye el núcleo de la predicación de Jesucristo”. Teniendo en cuenta la predicación de Juan el Bautista y del mismo Jesús, llegamos a la conclusión de que los judíos creían que el Reino de Dios vendría acompañado de señales. Sus creencias estaban basadas en pasajes muy importantes del Antiguo Testamento. Estando Juan en la cárcel, en el castillo de Maquero, y teniendo conocimiento de los dichos y hechos de Jesús de Nazaret, le surgen dudas sobre la identidad del mismo como el Mesias  largamente esperado por el pueblo judío, y envía a algunos de sus discípulos para preguntarle: “¿Eres tu aquél que había de venir, o esperaremos a otro? Respondiendo Jesús les dijo: Id, y haced saber a Juan las cosas que oís y veis. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio; y bienaventurado es aquel que no halle tropiezo en mi” ( Mat 11:2-5 ). Es de la mayor importancia notar que el Señor Jesucristo no califica como endemoniados a los diversos enfermos que se beneficiaron de su acción terapéutica.

En el evangelio de Lucas 4:16-20 tenemos recogido una cita mesiánica de la mayor trascendencia. Dice así el texto bíblico: “Vino a Nazaret, donde se había criado; y en el dia de reposo entró en la sinagoga, conforme a su costumbre, y se levantó a leer. Y se le dio el libro del profeta Isaías; y habiendo abierto el libro, halló el lugar donde estaba escrito: El espíritu del Señor está sobre mí (según la traducción de LXX), por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres (V.M.-evangelizar a los pobres). Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón (no consta en los manuscritos más antiguos); a pregonar (gr-proclamar) libertad a los cautivos, y vista a los ciegos (según LXX); a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor. Y enrollando el libro, lo dio al ministro (gr- asistente), y se sentó; y los ojos de todos en la sinagoga estaban fijos en él. Y comenzó a decirles: Hoy se ha cumplido esta escritura delante de vosotros”.

Es evidente que el Señor Jesús no ve detrás de cada entidad mórbida al Diablo. Él conoce la etiología de cada enfermedad y las causas que constituyen la infraestructura disarmónica que da a luz a los diversos trastornos sociopatológicos y psicopatológicos que dan al traste con la homeostasis y equilibrio de la salud física, social y mental de los seres humanos. A lo largo de la historia del cristianismo se han ido deviniendo diversas las interpretaciones de  la Biblia, y muy especialmente del Nuevo Testamento. Así nos encontramos con una interpretación literalista (que presta más atención a la letra de la Escritura, que al espíritu que la informa). Esta interpretación sigue vigente en nuestros días y ha dado como resultado la fosilización doctrinal de las iglesias que la practican y el empobrecimiento espiritual que caracteriza a los miembros que las componen. Los partidarios de la misma consideran que tienen, en su saber, el monopolio de la verdad y se consideran, a sí mismos, como “los de la sana doctrina”. Se trata de todos aquellos que han olvidado una aseveración (exegético – hermenéutica) del apóstol Pablo: “la letra mata, mas el espíritu vivifica” (2 Cor 3:6 b). Se ha dado, también, desde la época de los primeros padres de la Iglesia, una interpretación alegórica (se considera a Orígenes, de la escuela de Alejandría, como el padre de la misma). Dicha interpretación tiene muy pocos seguidores en la actualidad y su categoría científico-teológica queda a una gran distancia de los padres de la Iglesia de los primeros siglos y de los místicos del siglo XVI (Fray Luis de León, Teresa de Jesús, Sor Juana Inés de la Cruz, entre otros). Esta interpretación es más que respetable y ha sido crítica con las estructuras rígidas y anquilosantes de los detentadores del poder político-eclesiástico en distintos momentos de la Historia. Su metodología hermenéutica ha inspirado vidas llenas de un gran amor a Dios y a los hombres. Por otro lado la interpretación filológica y lingüística ha constituido una importante aportación al estudio científico de la Biblia, especialmente del Nuevo Testamento.

Finalmente me es imprescindible volver al principio de este escrito para recordar a uno de los más grandes exégetas del siglo XX: Rudolf Bultmann y su método desmitificador de la Escritura, especialmente del Nuevo Testamento. El propósito de este texto guarda una relación relativa con el método hermenéutico desmitificador de Bultmann, pero se apoya en bases más científicas y más comprensibles para la generaciones actuales, a la luz de los conocimientos científicos que tenemos sobre las causas que generan los trastornos patológicos de los seres humanos en general, y los psico-emocionales y psicopatológicos en particular. Nuestro método consistirá en traducir lo mítico a lo científico sin adulterar el verdadero sentido del espíritu de la Escritura y su mensaje subyacente.

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