Posted On 03/06/2014 By In Opinión, Pastoral, Teología With 1824 Views

Lenguaje defectuoso, evangelio defectuoso

Recientemente tuve la oportunidad de participar en un servicio religioso carismático al que fui invitado.  Ya en el lugar, comenzó a darse un fenómeno sumamente interesante que me dio la impresión de que algo no estaba bien.  Para empezar,  el que realizaba la apertura del servicio comenzó a pedirle a la gente que levantara sus manos para que la presencia de Dios bajara en ese momento.  Acto seguido, el ministerio de música comenzó a cantar solicitando que la presencia de Dios volviera a bajar y que el Espíritu Santo soplara sobre los presentes.  Ante el asombro por lo que estaba presenciando, otro feligrés ora y declara “cielos abiertos” y “aceite de Dios derramándose”; y a esto se añaden todas las ideas triunfalistas y de prosperidad que estuvieron presentes.  Pueden imaginarse, aunque sea sólo por un momento, la confusión de sentimientos y mi asombro ante semejante escenario: se había realizado todo un proceso “litúrgico” y para ellos Dios no había llegado aún.

Estoy seguro de que el escenario descrito no es algo nuevo para ustedes.  No obstante, el hecho de que se perciba de esta manera no significa que deba ignorarse, ya que los peligros y malformaciones que se suscitan en estos ambientes son evidentes, puesto que la “fraseología” utilizada en estos lugares atenta contra el creyente con ideas que no necesariamente reflejan  la realidad del mensaje de Jesús.  Asimismo, existen otros riesgos cuando el vocabulario utilizado en los servicios religiosos responde a ideas mundanas y no necesariamente a la Escritura, entre las cuales nos encontramos con la distorsión del evangelio, un marcado desequilibrio escritural y una pobre o inexistente hermenéutica, que exponen a la feligresía a expectativas irreales, a frustraciones, cargos de conciencia y a perder las perspectivas del valor global y de la significación real de la obra de Jesucristo para el mundo y la Iglesia. Todo esto contrasta con la realidad salvífica y liberadora de Cristo, ya que su mensaje no incluía la riqueza, las expectativas irreales, o la prosperidad económica, sino más bien un marcado interés por los marginados de la sociedad y por ser “La voz de los sin voz”, como diría Jon Sobrino.

Este tipo de vocabulario o forma de expresión tuvo sus comienzos a finales del siglo pasado, gracias a los movimientos de palabra de fe (Word-Faith) originados en los EE.UU, que encontraron un terreno fértil en los movimientos carismáticos pentecostales y todas sus vertientes, los cuales, debido a la carencia de profundidad teológica, se han convertido en los grandes promotores de estas ideas sin el más mínimo rigor.  Esto ha llegado a ser un gran desafío para la Iglesia, ya que su propagación es la norma de muchos predicadores, cantantes cristianos, medios televisivos  y, de forma sorprendente, ministros de corte tradicional de los que jamás hubiéramos pensado tal cosa.

Este es un “evangelio de expectativas” que carece de resultados, produce inercia, una fe estática y una similitud con la astrología asombrosa. Esta jerga, en vez de liberar,  oprime al que la escucha con ideas inalcanzables y expectativas gloriosas que nunca se harán realidad,  y en la que la fe y Cristo son sólo pretextos para alimentarla. Se propaga con frases como “Dios hará algo grande”, “El propósito de Dios aún no se ha cumplido”, “Hay algo que viene”,  entre otras,  dejando al azar lo que pueda suceder y haciendo creer a las personas que recibirán un bien material o económico.

Sin embargo, el problema de esto no es sólo lo que se dice, sino el efecto que  tiene en los creyentes.  Además, sabemos que muchos de ellos no tienen el conocimiento apropiado para discernir lo que escuchan.  Por ese motivo, en algún momento se verán envueltos en una vorágine de dudas y de zonas oscuras que, de no cumplirse lo prometido, les podrían provocar las siguientes preguntas: ¿Quién es el culpable,  Dios que no lo escuchó?  ¿Él o  ella por no tener fe? ¿Pensará que le mintieron?  ¿Se equivocó el predicador? Estas cuestiones provocarán, sin duda, ansiedades y frustraciones que no tienen nada que ver con la realidad del evangelio. Además,  el resultado final y fatal podría ser la resignación de que en algún momento sucederá lo que se ha predicado, o bien que la persona, frustrada y decepcionada, abandone la fe. Y todo por un evangelio mal expuesto.

Estos temas son muy delicados porque ponemos en riesgo a muchas personas por la pobre hermenéutica que se utiliza desde los altares y desde los medios. Los movimientos neo-pentecostales arrastran a miles con este pseudo-lenguaje religioso y esta supuesta fe.  Cuando estas ideas se ignoran o se pasan por alto, creamos ambientes de gran ansiedad religiosa, colocamos a los creyentes en un estado de expectativas que los pueden llevar a vivir grandes frustraciones que no son propias de la Iglesia. En una sociedad en la que el entretenimiento y el interés económico se han convertido en norma, la Iglesia debe ser cuidosa con su lenguaje y con el vocabulario que asume.

Esto me recuerda la perícopa de Felipe y el etíope. Según el texto bíblico,  Felipe es llevado por el Espíritu a unirse al carro del etíope. Al ver que leía el libro de Isaías le pregunta: “¿Entiendes lo que lees?”; a lo que el etíope contestó: “¿Como entender sin alguien que lo explique?” Reflexioné por un segundo e imaginé la catástrofe de una respuesta incorrecta por parte de Felipe, y me surgieron algunas cuestiones: ¿Qué mensaje habría llevado el etíope a su país? ¿En qué habría apoyado su fe? y muchas más.

Hermanos, todos los días tenemos “etíopes” sentados en nuestras iglesias esperando una sana y correcta explicación de la verdad bíblica.  Esto responsabiliza a cada ministro de un buen discernimiento y de una hermenéutica correcta que proyecte el verdadero mensaje de Jesús, puesto que errar en esa misión sólo nos llevará a favorecer un lenguaje defectuoso que publicará un evangelio defectuoso.

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