Posted On 25/06/2015 By In Biblia, Teología With 6265 Views

“Levántate, resplandece…”: Preparados/as para el encuentro con Dios

  1. “Levántate, resplandece…”: el motivo divino de la luz 

¡Álzate radiante, que llega tu luz,
la gloria del Señor clarea sobre ti! […]
Ya no será el sol tu luz durante el día,
ni el resplandor de la luna te alumbrará,
pues será el Señor tu luz para siempre,
tu Dios te servirá de resplandor;
tu sol ya no se pondrá
y tu luna no menguará,
pues será el Señor tu luz para siempre
y se habrá cumplido tu tiempo de luto.
Isaías 60.1, 19-20, La Palabra (Hispanoamérica)

La gran realidad del origen divino de la luz, como primera creación de Dios, reaparece en Isaías 60 para reflejar y concentrar los nuevos rumbos que tomaría la esperanza en el pueblo que ya se encontraba disperso. La tercera parte del libro confronta al resto del pueblo con un futuro claro y preciso en medio de la incertidumbre del destierro y del regreso a la tierra antigua. De esta parte del libro procede la sección leída por Jesús en la sinagoga de Nazaret en Lucas 4 (Is 61.1-2a). El impulso que mueve al profeta a la exhortación tan diferente de ese capítulo transforma las cosas, las situaciones y los actores del precedente; ahora: “Aparece solamente una mujer, que es interpelada solemnemente por una voz no identificada, voz que uno imagina como viniendo de arriba”.[1] Esa mujer no puede ser otra que la ciudad de Jerusalén, cuya figura y simbolismo concentra el mensaje que se espera reciba el pueblo que ha de ver modificada su condición.

La luz divina es un motivo constante en todas las Escrituras, desde el Génesis hasta el Apocalipsis: “La rica simbólica de la luz entrecruza de principio a fin la historia de la salvación. La luz está presente desde, inserta al final del trabajo, el primer día de la creación (Gn 1.3-5) hasta la consumación escatológica (Ap 21.1-2, 23; 22.3, 5). Mediante la simbólica de la luz, la narración bíblica nos provee una manera de nombrar el Misterio de Dios. […] El símbolo de la luz destaca la continua manifestación del amor-ternura y gracia-fidelidad de Dios hacia toda su creación: naturaleza 3 y sociedad.[2] Ya la primera parte del libro, “retomando el símbolo de la luz-salvación, en un contexto de promesa de liberación, nos dice bellamente: ‘El pueblo que caminaba en oscuridad, vio una Luz intensa. los que habitaban en un país de sombras se inundaron de Luz’ (Is 9.1; cf. Mt 4.16)”.[3]

Los vv. 1-3 muestran una ciudad iluminada que recibe la exhortación a estar radiante, a resplandecer, pues la gloria de Dios clarea sobre ella. El primer verbo: “¡Álzate radiante…!”, “levántate…”, en contraste con 47.1, invierte las situaciones y de destinos para superar la postración ocasionada por el duelo o por haber bebido la copa de vértigo (51.17). El motivo de la luz domina los dos extremos del texto mientras que el de la oscuridad queda en el centro. “Se produce así un efecto-de-sentido especial: todo el mundo está en tinieblas, y la única cosa iluminada es Jerusalén. Esto hace que todos los pueblos necesariamente miren hacia esa ciudad, y sean impulsados a ponerse en marcha hacia ella”:[4] “Marcharán naciones a tu luz,/ y reyes al resplandor de tu brillo” (v. 3). La gloria de Dios (kabod) enlaza el poder benéfico de la luz con la energía, la densidad, la carga divinas. Enlaza también con la acción salvadora de Dios en medio de una historia que ahora es aciaga. Todo queda interpretado como luz, como una experiencia luminosa en medio de la oscuridad, tal como sucedió en el Génesis en los instantes creadores, porque como se verá cerca del final del libro, el simbolismo tiene que ver con una nueva creación.

Debido a que el pueblo se encontraba en un nuevo proceso de reconstrucción, como tantas veces, Yahvé se manifiesta como una luz re-creadora, re-iniciadora de todas las cosas. “En la simbólica universal la secuencia ‘tinieblas/luz’ expresa el cambio, la creación, lo nuevo, la salvación”.[5] Cada vez que el pueblo requiriera del poder regenerador de Dios, él podría reiniciar todas las cosas e Israel podrá ser un punto de referencia y de claridad para el mundo, como signo de la presencia bienhechora de Dios. Por eso se llama a la ciudad, al pueblo mismo, porque sus propios hijos regresan a ella: “Alza en torno tus ojos y mira,/ todos vienen y se unen a ti;
tus hijos llegan de lejos,/ a tus hijas las traen en brazos”.

La promesa es que el pueblo volverá a estar radiante, pletórico de luz, lleno de bonanza por todas partes. Todo ello por obra del Señor: “5 Entonces lo verás radiante,/ tu corazón se ensanchará maravillado,/ pues volcarán sobre ti las riquezas del mar,/ te traerán el patrimonio de los pueblos./ 6 Te cubrirá una multitud de camellos,/ de dromedarios de Madián y de Efá./ Llegan todos de Sabá,/ trayendo oro e incienso,/ proclamando las gestas del Señor”. El culto se restablecerá y las cosas recuperarán su curso normal en el plan original de Dios con un toque inquietante de universalidad: “7 Traerán para ti rebaños de Quedar,/ te regalarán carneros de Nebayot;/ aceptaré que los inmolen sobre mi altar,/ y así engrandeceré mi glorioso Templo”. De muy lejos llegarán a rendir pleitesía a Yahvé y traer de regreso a los exiliados: “8 ¿Quiénes son esos que vuelan como nubes,/ que se dirigen como palomas a su palomar?/ 9 Navíos de las islas acuden a mí,/ en primer lugar las naves de Tarsis,/ para traer a tus hijos de lejos,/ cargados con su plata y con su oro,/ para glorificar al Señor, tu Dios,/ al Santo de Israel que te honra./ 10 Extranjeros levantarán tus muros,/ sus reyes estarán a tu servicio;/ cierto que te herí en mi cólera,/ pero ahora te quiero complacido”.

Dios anuncia su intención de reconstruir siempre a su pueblo para reorientar sus caminos en función de sus planes mayores y así hacer sentir su presencia en todas la naciones. Israel, el pueblo de Dios, y ahora su iglesia, se unen en ese mismo destino común de testimonio fortalecido por la manera en que Él vuelve a moldear a su pueblo mediante la intensidad de su luz suprema, luz de vida, de esperanza y de paz. Sólo así podrá realizarse el tan ansiado encuentro al que Dios nos llama como parte de su comunidad., aquí y ahora.

  1. Dios se encuentra con su pueblo en la historia

Jacob llamó a aquel lugar Penuel, porque dijo: “He visto a Dios cara a cara y sigo vivo”. Salía ya el sol cuando Jacob atravesaba Penuel; y caminaba cojeando de la cadera. Génesis 32.31-32, La Palabra (Hispanoamérica)

Tarde o temprano es necesario abordar de nuevo un pasaje tan clásico como controversial, pero sumamente estimulante. El encuentro cara a cara con Dios por parte de Jacob, en un instante de grandes definiciones, coloca este relato en el centro mismo de la historia de la salvación debido a sus antecedentes, su conflicto concreto y sus enormes consecuencias para la vida del pueblo de Dios de todas las épocas. Las incontables interpretaciones que ha sufrido este episodio no agotan su riqueza y han contribuido al debate sobre las implicaciones efectivas de la interacción entre lo divino y lo humano. Ya el simple hecho de referirse a una “lucha con el ángel” abre las puertas para visualizar de antemano las dificultades de una lectura positiva (o positivista) de dicha interacción o encuentro, enmarcado como lo está en la sección del Génesis que reconstruye la existencia de Jacob, fundador de la nación israelita. El contexto nada amable de sus relaciones familiares y la decisión de enviar por delante a su familia para preparar el reencuentro con su hermano hacen de la historia una secuencia más de la extensa trama que resume la vida del pionero de un pueblo que habría de encontrarse en diversas ocasiones con Yahvé, el Dios que empecinadamente quiso hacer un pacto con él.

Leído como parte de un proceso de reconstrucción y afirmación de la masculinidad de Jacob, el relato contiene una serie de propuestas temáticas que se despliegan sólidamente como un esquema de nuevo relacionamiento con la divinidad, pero únicamente a condición de haber saneado sus relaciones previas, más directas, en el tiempo y en el espacio. Comenta Roland Barthes: “…si Jacob está solo, no es ya para preparar y realizar el paso, es para marcarse mediante la soledad (es el conocido apartamiento del elegido de Dios). […] Se trata […], de volver a casa, de entrar en la tierra de Canaán”,[6] como un Odiseo bíblico que regresa, 20 años después, de la guerra de Troya a Ítaca, pero con una Penélope muy distinta que lo está esperando, ¡nada menos que Yahvé! El “primer Jacob”, que traía “en sus lomos” (Éx 1.5) nada menos que a todo el pueblo tiene que ser sustituido por el “nuevo Jacob” quien, con otros ojos, verá de una manera diferente al Dios que lo llama a hacer un pacto. En Jacob, encontrarse con Dios en la historia no es solamente un acto de religiosidad tradicional sino un auténtica lucha consigo mismo y con la divinidad: es un auténtico “viaje a la semilla”, en la vida misma del fundador del pueblo. Así lo explica Hugo Cáceres desde un enfoque más actual:

La plenitud de la vida masculina es percibida por los varones como la cúspide de sus logros. Aún en un nivel puramente literario, los exegetas reconocen que esta es la parte central de la narración del ciclo de Jacob que utiliza deliberadamente modelos concéntricos. Nuestro personaje continúa su viaje de regreso cargado de riquezas y de responsabilidad por su clan. En realidad no espera de Dios ni más caudal, ni prole, sólo anhela volver a casa. La lucha con otros machos ha terminado. Este viaje de encuentro definitivo consigo mismo se caracteriza por encuentros humanos y divinos, todos con el signo de resolución de antiguos conflictos.[7]

En su primer encuentro, Jacob se topa con los ángeles de Mahanaim (Gn 32.1-2), “una visión espiritual del lugar de la anhelada comunión que todos los varones deseamos y que está tan lejos de nuestra naturaleza independiente”.[8] El segundo encuentro, con su hermano Esaú, se pospone, puesto que “la reconciliación […] no tendrá lugar hasta que experimente más profundamente a Dios”.[9] El temor que le causa saber que Esaú viene acompañado por 400 hombres hace que rugeue a Yahvé: “Sálvame, por favor, de la mano de mi hermano… pues le temo, no sea que venga a mí y hiera a la madre con los hijos…” [32.10-13]. Reconoce que es Yahvé quien le ordena regresar a su tierra natal: “Convertido en un jefe de tribu, Jacob ora por la supervivencia de la estirpe, función por excelencia del varón”.[10] Ya con esta nueva responsabilidad, Jacob asume una nueva perspectiva de la vida en el horizonte que Yahvé le está trazando sobre la marcha: no es que comprenda completamente las cosas, pero se encuentra en el camino de la iluminación espiritual y salvífica. Barthes sugiere algo aún más inquietante: “Sea lo que fuere, en este universo, marca a los hermanos menores, obra contra natura, su función (estructural) es constituir un contramarcador”.[11]

La historia y la geografía lo rodean y le van marcando la ruta de su reconstrucción como persona y como el pueblo que surgirá de sus entrañas. Se acercaba el encuentro más trascendental de su vida:

Después de asegurarse de colocar a sus cuatro esposas y once hijos del otro lado del torrente, es decir de preservar la vida como una opción esencial, Jacob se queda solo, la noche oscura se inicia, lo que provoca el encuentro con el ser misterioso – aún la Biblia es ambigua, primero un hombre (32.25), después Dios (32.29) —por medio de lo único que Jacob sabe hacer: luchar. En la penumbra y los horrores nocturnos, Jacob libra su última reyerta no con un individuo sino con todos los hombres con quienes ha peleado y a quienes ha engañado: su hermano Esaú, su padre Isaac, su suegro Labán. Esta es la noche espiritual masculina, su naturaleza se aferra, lucha, exige, pregunta por el nombre de su contrincante. Pero es noche del alma y no hay respuesta a su pregunta, está por nacer otro hombre, el hombre transformado por la superación de las experiencias de enfrentamiento y frustraciones y dar paso a la experiencia auténtica de paternidad: no esperar nada excepto la salvación de la prole.[12]

La condición para encontrarse con Dios y contribuir a que el pueblo que vendrá a partir de él se encuentre en una relación de pacto con Él es que Jacob sea una persona renovada, capacitada por ello para contemplar el rostro de Dios, quien está más allá de las mezquindades y querellas de género, de intereses, de resentimientos. Dios lo reconstruye por completo y le entrega una nueva humanidad para encarnar sus designios en la historia.

En la oscuridad ve el rostro de Dios y éste le revela un nuevo nombre, Israel el que lucha con Dios, (séarita = “has luchado”) nombre de una nación (Gn 32.24). Jacob ha tenido la experiencia de los místicos que reconocen que nada se parece más a Dios que la oscuridad. De allí puede regresar a reconciliarse a fondo con su hermano, a convertirse en verdadero padre y esposo, el varón liberado de oposición y temor. Pero esa noche deja su huella, Jacob sale herido a buscar a su hermano y cojeará el resto de su vida. Está herido en la articulación del muslo (ya’rak), una zona bíblicamente vinculada a la masculinidad. El camino de regreso a casa implica el doloroso reconocimiento de su humanidad y no volver a caminar erguido como el joven autosuficiente que partió sino como el hombre completo que vive plenamente su virilidad en el reconocimiento de sus miedos y limitaciones, sin embargo suficientemente dispuesto a vivir para los demás.[13]

  1. Cada encuentro con Dios genera bendición

Le concedes lo que su corazón desea,
no le niegas lo que sus labios piden;
con las mejores bendiciones te acercas a él,
ciñes a su cabeza una corona de oro fino.
Salmo 21.3-4, La Palabra (Hispanoamérica)

En el camino y la experiencia de la fe cristiana, la expresión “encontrarse con Dios” no es una bella metáfora ni un eufemismo para enmascarar ciertas inclinaciones religiosas individuales o colectivas. La frase encierra un conjunto de realidades a las que se ha tenido acceso mediante la mirada que el Espíritu Santo, esa persona que siempre está viniendo al corazón de cada seguidor/a de Jesucristo, refuerza y consolida con el paso del tiempo. Por ello, cada vez que un/afirma que se ha encontrado con Dios entra a un espacio de gracia en donde su intimidad y familiaridad con Él se vuelve motivo y motor de la esperanza que alberga para continuar adelante y participar de los designios de su Señor y Salvador. No otro era el horizonte que indagó, en un esfuerzo espiritual y humano, tan loable como necesario, la ya fallecida teóloga germano-mexicana Barbara Andrade (1934-2014), quien enfatizó el encuentro con Dios (en la historia, título de su tesis doctoral) como un “don creador”, como una comunión efectiva y regalo de vida. Estamos hablando de lo que ella preguntó en un momento dado: “¿Cuál es tu experiencia de Dios?”, que puede acontecer en momentos exaltados o espectaculares, para algunos, pero para otros en la intimidad más silenciosa y menos ostensibles. Para ella, la fe: “Tiene rasgos utópicos también, en cuanto que se basa en experiencias vividas, experiencias de encuentro, místicas, de acompañamiento en la fe y de experiencia en la comunidad, pero es sobre todo experiencia de perdón, perdón incondicional que es el punto de toque de lo que llamamos la gracia de Dios, o experiencia de Dios”.[14]

Los casos bíblicos de encuentro con Dios que generaron bendición son múltiples pues van desde la más profunda intimidad (como en el caso de Abraham al ser llamado a salir de Ur de los caldeos o Elías mediante el silbo apacible y tierno) hasta la manifestación teofánica más aparatosa (como el mismo Elías al derrotar a los sacerdotes de Baal o Josué al detener el sol en medio de una batalla). Pero esas realidades históricas de fe no pueden aplicarse automática o mecánicamente a otras personas en nuevos tiempos o circunstancias, pues Dios trata con cada uno de maneras muy diferentes: “Nadie fue ayer,/ ni va hoy,/ ni irá mañana/ hacia Dios/ por este mismo camino/ que yo voy./ Para cada hombre guarda/ un rayo nuevo de luz el sol…/ y un camino virgen/ Dios”. (León Felipe). O como dijo Vicente Leñero: “Jamás he tenido […] una experiencia espiritual como la que narran ustedes y los místicos. A mí Dios nunca me ha hablado. Me dan mucha envidia”.[15] Pero aun así, nunca dejó de creer ni dejó de estar “sediento de Dios”,[16] porque acaso a la inmensa mayoría nunca le sucederá lo que a Saulo de Tarso en las afueras de Damasco, pero eso no implica que Dios no salga a nuestro encuentro siempre: en las páginas de su palabra, en el amor vivido de manera auténtica, en la amistad verdadera, en los laberintos de la vida…

En el salmo 21, estamos ante la experiencia de fe del monarca, nada menos, que necesitaba, de verdad, experimentar frecuentes encuentros con Dios para gobernar con sabiduría a su pueblo. Sólo de un Dios que le saliese al encuentro podía proceder la sabiduría necesaria para conducir los destinos de una nación, especialmente al momento en que los propios súbditos ruegan por él. De ese modo, el poder entregado al rey podrá desdoblarse en formas de servicio de beneficio directo para el pueblo. El encuentro con Dios, descrito al inicio del salmo (“con las mejores bendiciones te acercas a él”, v. 4) ,abre las puertas para un comportamiento personal y político marcado por el temor de Dios (“Porque el rey confía en el Señor,/ por el amor del Altísimo no sucumbirá”, v. 8). La cadena de bendiciones descritas a continuación, todas de utilidad para la población gobernada, no está exenta de conflictos que se deben afrontar con energía, pero nunca separándose de los designios divinos (“Tu mano golpeará a tus enemigos,/ tu diestra golpeará a tus adversarios”, v. 9). Después de todo, en el rey verá la mano poderosa de Dios actuando en su favor (“Álzate, Señor, con tu poder;/ nosotros cantaremos y alabaremos tu bravura”, v. 10)

Cada encuentro con Dios genera bendiciones, las cuales deben ser evaluadas mesuradamente y con el paso del tiempo, con todo y la premura con que el carácter humano desea, casi siempre, aplicar los resultados de dichos encuentros. Encontrarse con Dios plantea, como se puede apreciar en tantas situaciones, que las prioridades o criterios aplicados para interpretar lo acontecido no sean los adecuados y se requiera tomar otro rumbo, como le sucedió a tantos personajes de la Biblia. Esa ruta del encuentro de Dios es, en verdad, inabarcable en sus dimensiones de conexión con lo eterno, pero al mismo tiempo es una forma de redención de la cotidianidad, que es justamente donde Dios sale al encuentro para otorgar bendición, siempre y cuando exista también una disposición para que ese encuentro se proyecte en todas las áreas de la vida de quien es objeto de esa visita.

  1. La iglesia resplandece luego del encuentro con su Dios

Al bajar Moisés del monte Sinaí, traía consigo las dos losas del testimonio y no se dio cuenta de que su rostro irradiaba luminosidad porque había hablado con el Señor. […] Los israelitas contemplaban cómo el rostro de Moisés irradiaba luminosidad; luego Moisés volvía a ponerse el velo en el rostro y se lo dejaba puesto hasta que entraba de nuevo a hablar con el Señor. Éxodo 34.29, 35, La Palabra (Hispanoamérica)

Inevitablemente es preciso cerrar esta temática con el tema de la luz divina que resplandece, o trata de resplandecer en su iglesia. A semejanza de Moisés, quien al descender del encuentro con Yahvé luego de recibir las tabla de la ley, tenía un rostro resplandeciente, el pueblo de Dios de todas las épocas enfrenta el grandioso desafío de reflejar la luminosidad de su Señor para encarnar su misión de servicio en el mundo. Ser “poseído por la luz” fue para Moisés una experiencia en el límite del conocimiento y de la comprensión de la voluntad de Dios que encarnó con su propia persona, puesto que al elevarse, física y espiritualmente, sobre sus hermanos/as y así palpar de manera inmediata la cercanía de lo sagrado, toda su realidad se colocaba al servicio de la luminosidad del Creador y Redentor.

La reposición de las tablas legales conteniendo los diez mandamientos propuesta por Yahvé implicaba que la reglamentación sagrada de la vida del pueblo abarcaría la totalidad de su existencia, sin resquicio alguno que fuera olvidado o dejado fuera por la sabiduría divina. Las palabra de Yahvé eran claras en el sentido de que se encontraría únicamente con Moisés, como intermediario del pueblo: “Prepárate para mañana, pues al amanecer subirás al monte Sinaí, y allí, en la cima del monte, me esperarás. Que nadie suba contigo. No dejes que nadie esté por los alrededores del monte; ni siquiera ovejas o vacas pastando por las cercanías” (Éx 34.2-3). Invadido por una auténtica teofanía, es decir, una presencia física y visible de lo sagrado, Moisés es introducido al ámbito de lo divino para participar de su plenitud y recibir directamente los designios de Dios (vv. 5-7). Su reacción ante tamaña realidad es la obligada, la adoración y la oración sobrecogida: “Señor, si de verdad gozo de tu favor, ven con nosotros, aunque seamos un pueblo testarudo. Perdónanos nuestras desobediencias y pecados, y acéptanos como propiedad tuya” (vv. 8-9).

A continuación, Yahvé reafirma su voluntad de avanzar en el pacto exclusivo con el pueblo (vv. 10-16) y renueva los mandamientos relacionados con las fiestas anuales y la afirmación del jubileo, el descanso y la entrega de ofrendas sinceras como componente principal de la vida social (vv. 18-27). El v. 28 destaca los 40 días y 40 noches en que Moisés permanece en un estado místico, casi beatífico, de contacto con la divinidad. Su descenso para reencontrarse con la vida histórica del pueblo estaba marcado por la manera en que reaparecía y cómo era visto por sus hermanos/as:

Su rostro era consecuencia directa del encuentro, señal poderosa de la presencia de Dios: manifestación. Su rostro iluminado hacía patente el quiebre entre lo sobrenatural y lo humano, entre lo sagrado y lo profano. La luz que enceguecía al pueblo de Israel y que los llenó de temor marcaba la ruptura propia de quien se hace consciente de la propia finitud y daba lugar a la emergencia de un temor santo, aquel del que cae en la cuenta de su insignificancia frente a la inmensidad del universo y, dentro del mismo temor santo, de la necesidad de que esa luz cegadora ilumine la vida y de que ese Dios todopoderoso salve.[17]

Ahora estaba en condiciones de comunicar la voluntad divina, al momento de estar dominado, traspasado por esa luz inimaginable. Como hijos e hijas de Dios que integramos su pueblo y que articulamos el edificio de la fe, nuestras vidas son como cuentas de vidrio o como vitrales que, al dejarse traspasar por la luz, la reflejan y la proyectan hacia el mundo para hacer sentir la presencia de lo divino en términos de bendición, de paz y de justicia. Como escribió Rubem Alves:

Hermann Hesse escribió un libro llamado El juego de los abalorios, que es la historia de una orden monástica en la que sus miembros, en vez de gastar su tempo con ejercicios religiosos, se dedicaban a un juego con cuentas de vidrio coloridas. Ellos sabían que los dioses prefieren la belleza a las monótonas repeticiones sin sentido. El libro no describe los detalles del juego. Pero sé de qué se trataba. Al escribir, escucho la Sonata núm. 27, op. 90, de Beethoven. Es hermosa.

Las cuentas de vidrio coloridas de Beethoven, en esa sonata, son las notas del piano.

Los vitrales también son juegos de cuentas de vidrio. Fue en la poesía de una amiga, ex-alumna, Maria Antônia de Oliveira, en su libro Cerigüela, que por primera vez vi la vida como un vitral.

La vida se retrata en el tiempo
Formando un vitral,
de diseño siempre incompleto
de colores variados, brillantes, cuando pasa el sol.
Acontecen pedradas al azar
que parten en pedazos y dejan agujeros
irreversibles. Los fragmentos se pierden por ahí.
A veces encuentro añicos de vida
que fueron míos, que estuvieron vivos.
Los examino atentamente tratando de recordar
de qué totalidad formaron parte.
Ya encontré uno amarillo y pequeñito
que resucitó de mentira, un viejo amigo.
Encontré otro, puntiagudo y azul, que reunió en las nubes
un viejo beso.
Había un pedazo rojo
que me hizo llorar mucho,
sin que pudiera recordar
dónde me perteneció.[18]

Esos pedazos de vitral, esas cuentas de vidrio coloridas aman mi cuerpo y mi alma, para siempre. El amor no se conforma con el veredicto del tiempo —los añicos de cristal perdiéndose dentro del mar, las cuentas de vidrio colorido hundiéndose para siempre en el río del tiempo.

Quiero que todo lo que amé y perdí me sea devuelto. Todas esas cosas viven en ese inmenso agujero adolorido de mi alma que se llama nostalgia.

Para eso necesito a Dios, para que me cure de la nostalgia. Dicen que el remedio está en el olvido. Pero eso es lo que menos desea alguien que ama. Se cuenta de un hombre que amaba apasionadamente a una mujer que se llevó la muerte. Desesperado, recurrió a los dioses pidiendo que le devolvieran a la mujer que tanto amaba. Compadecidos, le dijeron que no podían devolverle a su amada. No tenían poder sobre la muerte. Pero que podrían curar su sufrimiento logrando que se olvidara de ella. Él respondió: “Todo, menos eso. ¡Pues el sufrimiento el único poder que la mantiene viva a mi lado!”.

Tampoco quiero que los dioses me curen mediante el olvido. Más bien quiero que me devuelvan mis cuentas de vidrio. Así imagino a Dios: como un fino hilo de nylon, invisible, que busca mis cuentas de vidrio en el fondo del río y me las devuelve como un collar. No por él mismo (sobre quien nada sé), sino por aquello que él hace con mis cuentas…

Quiero a Dios como un artista que busca los pedazos de mi vitral, roto por las pedradas del azar, y los coloca de nuevo en la ventana de la catedral, para que los rayos de Sol pasen nuevamente a través de él.

Lo que quiero es un Dios que juegue el juego de las cuentas de vidrio, siendo yo una de las cuentas coloridas de su juego…[19]

_________________________

[1] J.S: Croatto, Imaginar el futuro. Estructura retórica y querigma del Tercer Isaías: Isaías 56-66. Buenos Aires-México, Lumen, 2001, p. 197.

[2] Victorio Araya, “La utopía de la luz”, en Pasos, segunda época, núm. 56, noviembre-diciembre de 1994, pp. 34-35.

[3] Ibid., p. 35.

[4] J.S. Croatto, op. cit., p. 202.

[5] Ibid., p. 203.

[6] R. Barthes, “La lucha con el ángel: análisis textual de Génesis 32.23-33”, en La aventura semiológica. 2ª ed. Buenos Aires, Paidós, 1993, p. 313.

[7] H. Cáceres Guinet, “Algunos elementos de la espiritualidad masculina vistos a través de la narración bíblica de Jacob”, en RIBLA, núm. 56, www.claiweb.org/ribla/ribla56/guinet.html.

[8] Idem.

[9] Idem. Segundo énfasis, agregado.

[10] Idem. Énfasis original.

[11] R. Barthes, op. cit., p. 317.

[12] Idem. Énfasis original.

[13] Idem. Énfasis original.

[14] Gregorio H. Chávez y Rafael Espino, “Teología de la esperanza. Entrevista a la teóloga Bárbara Andrade”, en Vida Pastoral, www.vidapastoral.com/index.php?option=com_k2&view=item&id=316

[15] Javier Sicilia, “Vicente leñero, mi amigo”, en El Diario de Coahuila, 7 de diciembre de 2014, www.eldiariodecoahuila.com.mx/notas/2014/12/7/vicente-lenero-amigo-470876.asp.

[16] Eduardo Garza Cuéllar, “Vicente Leñero, sediento de Dios”, en Este País, 1 de febrero de 2015, http://estepais.com/site/2015/vicente-lenero-sediento-de-dios/

[17] Raúl Zegarra, “Comentario de Ex 34, 29-35: Su rostro resplandecía por el encuentro”, en https://sagradaanarquia.wordpress.com/2011/07/30/comentario-de-ex-34-29-35-su-rostro-resplandecia-por-el-encuentro/.

[18] Oliveira , María Antonia de, Cerigüela

[19] R. Alves, “Os olhos de Camila”, en https://rubemalvesdois.wordpress.com/category/uncategorized/.

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