Lidia Rodríguez

Posted On 03/11/2011 By In Biblia With 1490 Views

Los enfados de Jonás (Homilía IV)

 

Llegamos al final de esta maravillosa historia donde los monstruos marinos se tragan a las personas sin causarles daño, las vacas y las ovejas ayunan y se cubren con ceniza, las plantas nacen y mueren en un solo día, y el viento, el mar y los gusanos están bajo las órdenes de Dios. Una historia donde suceden terribles tormentas en el mar, los marineros ofrecen sacrificios en un barco, los hombres más crueles de la historia antigua se convierten al único Dios, y un profeta de extraño nombre es el único personaje que se niega a someterse a la voluntad de Dios.

Como veíamos en los capítulos anteriores, la historia de Jonás está llena de lugares extraños e insospechados donde actúa la gracia de Dios, o mejor dicho, donde no puede dejar de actuar Su gracia y su perdón: en medio de la tormenta perfecta en un mar embravecido que pone en peligro la vida de los que viajan en el barco; dentro del vientre de un monstruo marino que en lugar de convertirse en una tumba se convierte en el refugio de Jonás; y en la mismísima capital del imperio más cruel y sanguinario que haya conocido la antigüedad, Nínive.

En el capítulo 1, los marineros del barco, paganos e idólatras, han mostrado mejores sentimientos que Jonás; se han esforzado por salvar la vida de los que viajaban en el barco; han mostrado una gran piedad y confianza orando a sus dioses con todas sus fuerzas; se ha horrorizado al conocer la desobediencia y la altanería de Jonás hacia Yahvé, y finalmente se han convertido a Dios.

En el capítulo 2, el antes profeta desobediente, el judío que dormía mientras los paganos oraban, que ha preferido arrojarse al mar en lugar de obedecer a Yahvé, se transforma en un creyente piadoso. Jonás reconoce que Dios ha estado atento a su oración, que le ha escuchado y que en Él ha encontrado perdón y salvación. Toda la oración es un reconocimiento de la misericordia que Dios ha mostrado hacia su profeta rebelde, pero sigue siendo una misericordia de una sola dirección. Jonás la ha recibido, pero como demostrará la segunda parte del libro es incapaz de donarla a su vez.

En el capítulo 3, Jonás cumple por fin con el anuncio de la destrucción inminente de la pecadora Nínive, pero sorprendentemente, ¡hasta las vacas y las ovejas se arrepienten y ayunan esperando que, quizá, Dios cambie de parecer! Y Dios deja claro que su misericordia también alcanza a los habitantes arrepentidos de aquella ciudad.

Pero el libro no termina con el increíble éxito de la misión de Jonás. Todavía queda un asunto pendiente, y en este caso no tiene que ver con “la ciudad sanguinaria”, sino con el profeta mismo. Jonás necesita aprender todavía una gran lección acerca de cómo es Dios y qué le mueve… ¿la aprenderá?

El primer enfado de Jonás (Jonás 4:1-4)

1 Pero Jonás se disgustó en extremo, y se enojó. 2 Así que oró al Señor y le dijo: — ¡Ah, Señor!, ¿no es esto lo que yo decía cuando aún estaba en mi tierra? Por eso me apresuré a huir a Tarsis, porque yo sabía que tú eres un Dios clemente y piadoso, tardo en enojarte y de gran misericordia, que te arrepientes del mal. 3 Ahora, pues, Señor, te ruego que me quites la vida, porque mejor me es la muerte que la vida. 4 Pero el Señor le respondió: — ¿Haces bien en enojarte tanto?

Por fin descubrimos las razones de la extraña actuación de Jonás, de por qué habiendo recibido la orden de dirigirse a Nínive se había marchado en dirección opuesta a Tarsis. No es que la paloma tuviera miedo de ser devorada por los halcones; Jonás no temía por su vida. Tampoco temía por la vida de los ninivitas, no sentía ninguna lástima al anunciar el desastre sobre Nínive; de hecho, deseaba la destrucción de la capital de aquel imperio sanguinario que había arrasado el reino del Norte, Israel, y había deportado a sus hermanos judíos.

Lo que realmente temía era que su predicación fuera en favor de aquellos hombres y mujeres, niños y mayores; no quería convertirse en un instrumento de la misericordia de Dios. Porque, en el fondo de su ser, sospechaba que Dios, siendo como es, no cumpliría su amenaza sobre Nínive.

Uno de los mayores placeres consiste en pronunciar estas palabras: “No, si ya lo sabía yo…” Suele suceder cuando hemos avisado a alguien de un riesgo, de un peligro, de un fracaso, y esa persona no ha hecho caso de nuestra advertencia. Cuando sucede la desgracia, en el fondo nos regodeamos recordando a la persona que ya le habíamos advertido, y que por supuesto nosotros teníamos razón. Pero en este caso nos encontramos con otra ironía más de la historia: la buena noticia de la conversión de Nínive es una mala noticia para Jonás, que le corrobora en sus peores temores. ¡Si ya lo sabía yo! ¡Así es como Dios es en realidad!

Pero, ¿cómo era Dios? La célebre formulación del versículo 2, “Dios clemente y misericordioso, tardo a la cólera y rico en amor”, era conocida ya en otros lugares de la Biblia Hebrea. Aparece en los profetas Joel, Jeremías y Ezequiel y en los salmos para referirse a la relación entre Dios e Israel.[1] Todos diríamos que es una buena noticia: nuestro Dios es un Dios misericordioso, dispuesto a personar. Pero Jonás está sorprendido al comprobar que la salvación se abre a otros pueblos, y lo que es todavía peor, a un pueblo malvado y violento para con los judíos.

Mitad enfadado, mitad deprimido, Jonás prefiere morir a seguir viviendo (v. 3). No entiende nada de lo que está sucediendo. Ya no puede soportar más haber sido puesto en ridículo al no cumplirse su oráculo de destrucción, y lo que es todavía peor, al verse decepcionado en sus más firmes convicciones. Dios le pregunta por primera vez:

¿Te parece bien enojarte así?

Jonás no responde. Su primer enfado le lleva a callar ante Yahvé. Evidentemente, él cree tener razones suficientes para eso, y mucho más: se ha visto defraudado por su Dios. Pero no cree que Dios tenga razones suficientes para perdonar a Nínive.

Jonás vive una profunda contradicción que también puede ser la nuestra: a un tiempo acepta y rechaza cómo es Dios. Reconoce que la misericordia es lo que mueve en última instancia a Dios, y eso es una buena noticia para el profeta y para Israel; pero no le gusta a lo que conduce aplicar con todas sus consecuencias esa verdad a la vida, porque semejante afirmación le obliga a abrir sus miras estrechas, y no está dispuesto a ello. Por eso sufre con su misión y, paradójicamente, le irrita el éxito de su predicación.

La experiencia de Jonás nos enseña la importancia, en primer lugar, de “dejar a Dios ser Dios”, por emplear el título de un libro de Carlos G. Vallés, donde leemos:

Dime a qué Dios adoras y te diré quién eres. […] Dime cómo concibes a Dios, cómo lo llamas, cómo le oras, cómo te lo imaginas cuando le hablas, cómo interpretas sus mandamientos y reaccionas cuando los quebrantas; dime qué esperas de él en esta vida y en la otra, qué sabes de él y has leído de él y crees de él… dime todo eso y me habrás contado la biografía de tu alma. La idea que una persona tiene de Dios es el compendio de su propia vida.” [2]

Pero, como reverso de la misma moneda, la experiencia de Jonás nos habla también de la importancia de dejarnos construir y, si es necesario, derribar por Dios. Porque solo en el encuentro auténtico con Dios reconocemos nuestras insuficiencias, nuestros límites y nuestro pecado. Es en oración cuando podemos discernir nuestras verdaderas  motivaciones, cuando podemos evaluar lo que hicimos y lo nos faltó por hacer, y qué es lo que estamos haciendo con la vida que Dios nos ha regalado.

Pero volvamos a la historia de Jonás, que todavía tiene algo más que enseñarnos. Decíamos que el primer enfado de Jonás le lleva a callar ante Yahvé. Veamos qué sucede la segunda vez que nuestro profeta se enfada…

El segundo enfado de Jonás (Jonás 4:5-9)

5 Jonás salió de la ciudad y acampó hacia el oriente de ella; allí se hizo una enramada y se sentó a su sombra, para ver qué sucedería en la ciudad. 6 Entonces el Señor Dios dispuso que una calabacera creciera sobre Jonás para que su sombra le cubriera la cabeza y lo librara de su malestar. Jonás se alegró mucho por la calabacera. 7 Pero, al amanecer del día siguiente, Dios dispuso que un gusano dañara la calabacera, y esta se secó. 8 Y aconteció que, al salir el sol, envió Dios un fuerte viento del este. El sol hirió a Jonás en la cabeza, y sintió que se desmayaba. Entonces, deseando la muerte, decía: — Mejor sería para mí la muerte que la vida. 9 Pero Dios dijo a Jonás: — ¿Tanto te enojas por la calabacera? — Mucho me enojo, hasta la muerte — respondió él.

Todavía obstinado en su deseo de reivindicarse, a Jonás aún le quedan esperanzas de que Dios cambie de nuevo de parecer. Puede que los habitantes de Nínive sean inconstantes, que tan pronto como se han arrepentido vuelvan de nuevo a las andanzas –¿acaso no era eso lo que había hecho el pueblo de Dios durante siglos?–. Entonces Yahvé hará caer fuego del cielo sobre Nínive y así hará justicia, al menos, lo que Jonás cree que es hacer justicia. Así que se construye una sencilla cabaña y se sienta a esperar la tan deseada desgracia sobre la ciudad opresora; pero la destrucción de Nínive no llega.

Lo que sí sucede es que comienza a crecer una mata –algunos traducen enredadera, otros calabacera, otros ricino– que, sea cual fuere esa planta, le ofrece cobijo y sombra en el desierto. Una pequeña alegría que alivia el enfado y la tristeza de Jonás, que no ve realizarse sus deseos.

Jonás está cegado por el enfado con Dios, necesita salir de sí mismo para darse cuenta de su verdadero problema, que es la imagen distorsionada que se había construido de Yahvé y de su misión como profeta. Así que Dios trata de que Jonás aprenda de una sencilla experiencia de la vida cotidiana. Una plantita crece y le da sombra, pero dura muy poco tiempo. Un gusano mata la planta; el cálido viento del desierto arrecia, como en el capítulo 1 arreciaba el viento de la tormenta. La sombra había alegrado a Jonás por un tiempo, pero el calor le hace volver de nuevo a sus oscuros pensamientos y pide de nuevo morir. Ahora Jonás estalla: ya no aguanta más. La segunda vez que Dios le pregunta:

“¿Te parece bien enojarte así…?”

Jonás lo tiene claro. ¡Por supuesto! El enfado por la salvación de Nínive y por la muerte de la planta se mezclan creando sentimientos que le incapacitan para reflexionar y aprender de su propia experiencia. Está viviendo una intensa contradicción entre lo que dice creer –lo que proclamaba con buen judío en 2:3-10 y 4:2– y lo que vive. Obviando los muchos ejemplos de la bondad divina, le reprocha lleno de disgusto su perdón y su misericordia.

La situación resulta muy cómica, y el pobre Jonás aparece ante nosotros como un histérico. Es lo que tiene este libro cargado de humor e ironía. Pero, una vez que nos hemos reído del pobre profeta, es el momento de volver la mirada hacia uno mismo para descubrir que también nosotros podemos estar incapacitados para aprender de la experiencia. No sin ironía, el apóstol Pablo hablaba así a sus contemporáneos, orgullosos de ser judíos y de poseer la Ley:

Tú te llamas judío, te apoyas en la Ley y te glorías en Dios; conoces su voluntad e, instruido por la Ley, apruebas lo mejor; estás convencido de que eres guía de ciegos, luz de los que están en tinieblas, instructor de los ignorantes, maestro de niños y que tienes en la Ley la forma del conocimiento y de la verdad. Tú, pues, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? (Rom 2:17-21a R95)

¡Qué fácilmente nos convertimos en maestros de la humanidad, y al mismo tiempo olvidamos que somos los primeros alumnos de debemos seguir aprendiendo del Maestro! Que nos queda mucho por aprender de cómo es Dios, y de cómo actúa su gracia en este mundo.

¡Qué fácil resulta dar lecciones a otros, y sin embargo cuánto cuesta aprender de nuestros propios errores y fracasos! Pero es ahí donde podemos desprendernos de nuestras equivocadas concepciones de Dios y dejar, por fin, a Dios ser Dios.

¡Qué fácilmente caemos en la autocompasión, como Jonás, y qué difícil nos resulta compadecernos de otros!

Finalmente, Dios cierra el librito de Jonás con unas palabras que nos invitan a reflexionar sobre la historia del profeta rebelde…

Conclusión. La respuesta de Dios (Jonás 4:10-11)

10 Entonces el Señor le dijo: — Tú tienes lástima de una calabacera en la que no trabajaste, ni a la cual has hecho crecer, que en espacio de una noche nació y en espacio de otra noche pereció,  11 ¿y no tendré yo piedad de Nínive, aquella gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su mano izquierda, y muchos animales?

La comparación entre una pequeña planta y la vida de miles de inocentes resulta ridícula y desproporcionada. Dios aprueba la pena y la compasión que su profeta siente por aquella planta muerta, pero eso no hace más que exagerar todavía más la falta de misericordia de Jonás hacia los asirios. Dios le recuerda la multitud de niños y de animales que pueblan Nínive y que habrían muerto sin remedio. Si su profeta tuvo lástima de un efímero ricino que ni plantó ni hizo crecer con esfuerzo, ¿cómo no va a cuidar Dios de tantos seres vivos?

Estos últimos versos del libro son una especie de moraleja sapiencial, a la que Jonás no responde, pero la respuesta parece evidente. ¿Habrá aprendido Jonás la lección? Quizá no. Le toca responder al lector.

¿No será verdad que todos somos o seremos en algún momento de nuestra vida un poco como Jonás? ¿Y si fuera cierto que Dios es más y mejor de lo que hemos creído?

 

Lidia Rodríguez



[1]Cf. Ex 34:6; Jer 3:12; 31:20; 32:18; Ez 34:6; Jl 2:13; Sal 103:8; Ne 9:17.

[2] Carlos G. Vallés, Dejar a Dios ser Dios (Santander 1995) 16.

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