Posted On 28/11/2013 By In Opinión, Teología With 9362 Views

Los signos de los tiempos: definición, convicciones y praxis

Introducción

La presente publicación abordará el tema de la Teología de los Signos de los tiempos, movimiento y paradigma que se presenta con fuerza en el Vaticano II, especialmente en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes, la cual trata sobre la misión de la Iglesia en el mundo actual. Lo primero que haremos será establecer las correspondientes definiciones sobre lo que constituye el signo del tiempo, además de ofrecer su fundamento bíblico. Luego, y siguiendo el pensamiento del dominico francés Marie-Dominique Chenu, estableceremos algunas características de estos signos. Después, señalaremos las condiciones que un evento histórico debe tener para ser signo de los tiempos. Con esta base teórica, estableceremos la realidad existencial o vivencial del signo en la vida personal y comunitaria, además de presentar cuales son las directrices para llevar a cabo la praxis mesiánica inherente al signo.

Definición de los Signos de los Tiempos

¿Qué son los signos de los tiempos? Los signos de los tiempos “son procesos históricos generalizados que anticipan tiempos mejores e implican un consenso colectivo”[i]. El concepto de la historia es esencial para comprender esta teología, la cual presenta el devenir humano y social como un lugar teológico, un espacio en donde Dios actúa y se revela al hombre. Que sea lugar teológico, quiere decir que cuando se lee la Escritura, “aquello ha de ser leído y comprendido en la historia en cuanto tal, porque en ella hay revelación, presencia e indicación de la voluntad de Dios, que se descubre a la luz de la fe de la Iglesia”[ii].

En relación al pensamiento de M.D Chenu,  los signos de los tiempos son “fenómenos que, por su significación y su frecuencia, caracterizan a una época y a través de los cuales se expresan las necesidades y las aspiraciones de la humanidad presente”[iii]. Las necesidades o las aspiraciones de la humanidad presentes en estos signos, se comprenden a la luz de los signos del Reino de Dios (Basilea tou Theou), ya que “es Dios mismo quien, expresando su señorío a través de determinados acontecimientos, los convierte en signos del Reino, los que permiten su participación en aquello que necesita de ellos para ser participado: el Reino de Dios”[iv], Reino que ya vino en la persona, en el mensaje y en las acciones de Jesús, pero que todavía no llegará a su plenitud, sólo lo hará en el tiempo final.

Los Signos de los Tiempos en la tradición judeocristiana

La tradición judeocristiana ha comprendido y ha sabido escuchar la voz de Dios y de su Espíritu a lo largo de una historia que comienza con la elección por parte del Creador. Se establece la predilección por un pueblo específico en un momento específico de su historia y por personajes determinados. Con esto, la historia adquiere un sentido soteriológico, salvífico, transformándose en Historia de Salvación. Se establece una economía sagrada, en el cual la revelación se torna progresiva. Y así llega un momento de la historia en donde el Hijo de Dios toma carne humana, sometiéndose a las categorías de espacio y tiempo, y llegando a ser el Emmanuel, el Dios-con-nosotros.

La expresión “signos de los tiempos” la encontramos en el Evangelio de Mateo: “Se acercaron los fariseos y saduceos y, para ponerle a prueba, le pidieron que les mostrase una señal del cielo. Mas él les respondió: Al atardecer decís: Va a hacer buen tiempo, porque el cielo tiene un rojo de fuego, y a la mañana: Hoy habrá tormenta porque el cielo tiene un rojo sombrío. ¡Con que sabéis discernir el aspecto del cielo y no podéis discernir las señales (signos) de los tiempos” (Mt 16,1-3). El discernnimiento que se presenta como tarea al creyente, acontece por medio del Espíritu, el cual “es el que permite descubrir la acción y pasión del Dios de Jesucristo, las huellas y signos en el presente”[v], con lo que se puede sostener sin temor a equivocarse que “el ejercicio de reconocer a Dios en la historia sufre una concreción cristológica y una expansión universal y concreta del Espíritu”[vi], lo que nos lleva a la conclusión de que el signo del tiempo es trinitario.

La teología de los Signos de los Tiempos en la reflexión de Marie-Dominique Chenu

Ahora, queremos establecer y siguiendo la teología de Marie-Dominique Chenu, cuáles son las convicciones que se establecen en relación a estos signos temporales. M D Chenu (1895-1990), dominico francés, llevó a cabo una revalorización de la historia y su relación con la teología, y desde allí expone su reflexión sobre los signos de los tiempos.

La primera de estas convicciones es el “sentido de la historia”. Por éste, el hombre comprende que “el tiempo, realidad de la historia, no es un receptáculo amorfo e insignificante, por el contrario, tiene una trama, un sentido, una extensión dirigida, es decir, que su futuro, sus fines están ya presentes en cierto modo, confiriéndole el carácter de una esperanza, de una promesa, de una tensión mesiánica”[vii]. Con esto se establece una diferencia capital entre la tradición judeocristiana y las religiones míticas. El judeocristianismo es teleológico (telos: fin, logos: estudio), es decir, se proyecta positivamente hacia un futuro que funciona como garantía de una promesa (tierra, descendencia, Reino de los cielos, Resurrección) la cual posee una dynamis propia, comenzando por la protología (proto: primero, logos: estudio) hasta su teleología. Además es escatológico (esjaton – eschaton: los fines, logos: estudio), comprendiéndose esto no como una apocalíptica que espera pasivamente el fin, sino que se produce una praxis de lo último, por lo cual  se comienza a trabajar en función de las condiciones plenas que son prometidas. Por el contrario, las religiones míticas o de la naturaleza, son cíclicas, es decir, se utiliza el mito del eterno retorno, por el cual siempre ocurrirá lo mismo (por ejemplo la Reencarnación), sin haber una superación clara.

La segunda convicción es que la historicidad posee un rasgo esencialmente “antropológico”. Por ésta, “el hombre está en la historia, la historia es su obra, y es haciendo la historia como llega a ser él mismo, es el ser-en-el-mundo”[viii]. Esto se comprende a la luz de la Encarnación. Jesucristo también se ubica como un ser-en-el-mundo, como el Emmanuel. Por esto, “Dios está implicado en el devenir histórico de Israel, y lo estará doblemente en el total devenir humano con el mesianismo de la Encarnación”[ix]. Es lo que el Vaticano II expone cuando dice que el misterio del hombre se comprende a la luz del Verbo Encarnado, imagen más eminente de hombre. Con la Encarnación, se “reconoce en el acontecimiento de Jesús de Nazaret, el Mesías muerto y resucitado, la máxima cercanía y la mayor revelación posibles de Dios, como criterio fundamental a través del cual la Iglesia reconoce en su acontecer histórico las señales mesiánicas de la anticipación del Reino”[x]

Finalmente la tercera convicción es que “Dios ha venido en la historia”. A partir de este principio comprendemos que “tenemos una religión de la historia, en la que el pueblo humano, mediante la comunión con un Dios encarnado, realiza su destino colectivo, con lo cual se tiene una visión histórica del destino del mundo, ciertamente más allá de esta historia, pero con ella”[xi]. Con esto, se establece la visión escatológica, la cual llama a no desatenderse de las realidades terrenas, sino que se debe intervenir en ellas mediante las diferentes acciones humanas, ya sea la política, la cultura, la ciencia, pero en todas ellas hacer presente los valores que trae consigo el Reino de Dios. Valores que moralmente provocan una revolución en el ordo amoris (en palabras de Max Scheler), en la escala de prioridades o valores, colocando a la persona como centro y fin en sí mismo (en palabras de la moral de Inmanuel Kant).

Condiciones y principios de discernimiento de los Signos de los Tiempos

Teniendo en cuenta las convicciones que Chenu presenta para abordar y tener una base teórica de lo que constituyen los signos de los tiempos, quisiéramos presentar las condiciones históricas que deben presentar estos acontecimientos para ser considerados como signos temporales. Lo primero que hay que decir es que “no todo hecho que irrumpa y trastoque mi visión de las cosas es automáticamente un signo de los tiempos. Ahora bien, en una teología de los signos de los tiempos como la que proponemos, se trata primeramente de cambios de paradigmas”[xii] Esto quiere decir que se deben producir cambios sustanciales en la teoría o en la praxis de una comunidad que se deben mantener en el tiempo. Son voces que se alzan pidiendo cambios en relación a los derechos inherentes al hombre o en relación a otros niveles socio éticos, políticos o culturales. Un segundo momento en este discernimiento, es comprender y reconocer “la acción de Dios en la humanidad a través de la manifestación de los valores mesiánicos: dignidad, justicia, paz, fraternidad, sacrificio, cuidado de la creación, existencia por los otros, libertad, etc”[xiii]. Con esto, tenemos las herramientas sociológicas y teológicas del signo. Ahora solo nos queda sostener la misión y su actuación en la vida cristiana, tanto personal como de la comunidad.

La teología de la escucha y su función en el discernimiento de los Signos de los Tiempos

Algo importante que debe ser considerado en la apertura de la fe a la revelación divina, es una capacidad concreta y una actitud de escucha y de lectura de la presencia de Dios. En relación a la escucha, es interesante el texto que nos ofrece Isaías, a saber “mañana tras mañana despierta (el Señor) mi oído para escuchar como los discípulos” (Is 50,4). La actitud del discípulo era la de sentarse a los pies de su maestro para aprender de él. Quien permite esta disposición interna es el Espíritu. El “oído despierto”, denota un claro signo de fidelidad. Es poner nuestra atención en la revelación, en el signo que estamos presenciando. Quizás será sutil o velado, pero aun así debemos tener la voluntad de prestar nuestra obediencia al plan de liberación y de praxis de la buena nueva fundada en la caridad. La sociedad actual nos va colocando en la contrapartida de la escucha. Permanecemos sordos ante la voz del Dios actuante, y no asociamos nuestra vida a la suya. Es él la actitud que debemos mejorar. O también lo que Pablo sostiene cuando dice a los Corintios: “lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman” (1 Cor 2,9), lo que se presenta como una invitación a presentarnos ante la sabiduría que Dios otorga a quienes están dispuestos a auscultar su voz en los signos del tiempo y en la historia, lugares de encuentro con Dios.

La escucha atenta del discípulo se presenta también como un arte, a saber “como arte, la escucha requiere ejercicio, aprendizaje, tiempo paciencia y, sobre todo, una serie de condiciones”[xiv], entre las cuales están el comprender que la palabra de Dios se presenta como buena noticia. Luego, la capacidad de la conversión personal y social para comprender la resonancia de esta noticia en mi vida. Y finalmente el reconocernos limitados, en donde “la paciencia, el deseo de aprender, y sobre todo la humildad, la capacidad de autocrítica, son condiciones esenciales de toda escucha”[xv].

Conclusiones

A modo de conclusión, hemos visto que el signo del tiempo no es solo una experiencia teórica, sino que debe concretarse en la experiencia cotidiana del hombre, de la mujer y de los pueblos. No podemos desconocer que el Espíritu continua hablando en el hoy de nuestra historia. El compromiso mesiánico que la comunidad escatológica posee, debe socializarlo, es decir, comprometer a otros en la construcción del Reino utópico que espera transformarse en tópico. La acción de las comunidades eclesiales de base, de los movimientos apostólicos y de los hombres y mujeres de buena voluntad, es la creación de condiciones dignas de humanidad, frente a los gritos que se elevan pidiendo justicia e igualdad frente al atropello del que son víctimas los más humildes. Si permanecemos pasivos ante la actuación de Dios en nuestra realidad personal y social, muy difícilmente podremos emprender la tarea de ser testigos vivos de la historia, asumiendo en nuestra condición terrena la praxis mesiánica que Jesucristo por la Encarnación nos ofrece y a la que nos invita a ser sus continuadores en cada espacio vital en el que nos desarrollemos.

[i] Casale, C. (2011). “Discernir la acción de Dios en la historia”, Mensaje Agosto 2011, pp. 39.

[ii] Costadoat, J. (2010). “Trazos de Cristo en América Latina”. Santiado: Universidad Alberto Hurtado, pp.89

[iii] De Pedro, A. (1998). “Diccionario de términos religiosos y afines”. Madrid: San Pablo, pp. 255

[iv] González-Carvajal, L. (1987). “Los signos de los tiempos”. Santander: Sal Terrae, pp. 55

[v] Casale, C. (2011). “Discernir la acción de Dios en la historia”, Mensaje Agosto 2011, pp. 38.

[vi] Idem.

[vii] AAVV, (1996). “Grandes teólogos del siglo XX”. Chile: San Pablo, pp. 133.

[viii] Idem.

[ix] Ibid pp. 135.

[x] Costadoat, J. (2010). “Trazos de Cristo en América Latina”. Santiago: Universidad Alberto Hurtado, pp.89

[xi] Idem.

[xii] Casale, C. (2011). “Discernir la acción de Dios en la historia”, Mensaje Agosto 2011, pp. 39.

[xiii] Idem.

[xiv] “Escuchar la voz y el silencio de Dios”, Gelabert M, Revista Veritas vol III, nº19 (2008), pp. 387.

[xv] Ibid pp. 388.

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