cuidado de Dios

Posted On 27/12/2019 By In Opinión, portada With 405 Views

¿Me viste así, Señor? | Isabel Pavón

Acabo de recoger a mi hijo pequeño del colegio y nos hemos encontrado, al borde de la carretera, dos crías de gorriones abandonadas a su suerte. Fernando estaba indeciso, esperando que yo le diese el visto bueno para acercarse. Enseguida le he animado a cogerlas. Quizá podamos salvarlas.

Sus cuerpecillos, aún sin plumas, estaban fríos. Probablemente hacía un buen rato que se hallaban sobre el asfalto de esta calle solitaria. No sabemos cómo han podido llegar hasta ahí pues, aunque hay árboles, ninguno se hallaba cerca. En cierta ocasión oí decir que cuando nacen demasiadas crías, los padres empujan a los más débiles hasta echarlos fuera del nido. Me pregunto cómo se puede ser tan cruel. A saber si es eso lo que ha sucedido, si hemos rescatado de la muerte a dos indeseados.

Nada más entrar en casa nos fuimos a buscar el nido que quedó vacío el invierno pasado en uno de nuestros algarrobos. Mientras templábamos su nueva morada al calor de la cocina, les hemos dado de comer. Notaba su indefensión, su hambre, su desamparo, su tristeza. Ahora mi hijo y yo somos sus protectores, su consuelo. ¡Qué contentos estamos!

Abrían el pico confiados en que el alimento que les dábamos era bueno. Sus ojos aún permanecen cerrados, ignoran dónde se encuentran. Todavía no saben si están a salvo o si siguen condenados a su suerte. Son tan pequeños, tan débiles ante nosotros.

En estos momentos ya duermen tranquilos. Los hemos colocado uno junto al otro, de nuevo cerca la lumbre. Creo que la cocina, donde la familia pasa más tiempo, es el mejor lugar de la casa.

Otro de mis hijos acaba de llegar saludando a gritos. Le hemos dicho que baje la voz, no sea que despierte a los pequeños.

Sé que lo único que podemos hacer es observarlos, mirar si están bien. Estamos  deseosos de volver a alimentarlos en cuanto se muevan un poco. Sólo hemos pasado una hora juntos y ya los queremos como si fuesen parte de nuestro hogar, aunque somos conscientes de que cuando crezcan podrán marcharse, si quieren. Son libres. Hasta entonces, les daremos todo lo que necesiten, alimento, calor y seguridad. No contentándonos con eso, para evitar confundirlos, les hemos puesto un nombre.

Cuando hace poco rato los sostenía entre mis manos me puse en su lugar. Me acordé del cuidado que Dios tiene de nosotros y no pude evitar ponerme en su presencia y hacerle esta pregunta: Cuando me encontraste, ¿me viste así, Señor?

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