Máximo García Ruiz

Posted On 17/11/2011 By In Biblia, Opinión With 9378 Views

Mujer y Derechos Humanos: ¿Qué dice la Biblia? (II)

 

Quienes siguen defendiendo la necesidad de discriminar a las mujeres con respecto a los hombres en el ejercicio de los roles eclesiales, no dudan en sustentar su postura precisamente en los textos bíblicos, especialmente en la teología tradicionalmente atribuida al apóstol Pablo, Máximo García Ruiza los que se sitúa por encima de otros textos evangélicos y, más aún, por encima de las palabras atribuidas directamente a Jesús y a su propio ejemplo que, si bien no incluyó a ninguna mujer en el círculo más íntimo de los apóstoles, sí aceptó mujeres en primera línea de actuación entre sus discípulos, como también las hubo en el entorno inmediato del propio Pablo, a quien se atribuye toda la carga misógina que ha dado lugar a situar a la mujer teológicamente en un plano secundario. Dados los antecedentes a los que hemos hecho referencia, consideramos de interés hacer una breve incursión en el terreno neotestamentario que nos permita establecer un punto de referencia bíblica sobre este tema.

Las condiciones de vida de la mujer judía en tiempos de Jesús respondían al tipo de mujer recluida en su hogar, permaneciendo excluida de la vida pública, aunque no es extraño observar situaciones discrepantes con este modelo. En su análisis sobre la situación social de la mujer en los tiempos neotestamentarios, el teólogo protestante Joaquín Jeremías[1] hace algunas precisiones sobre el tema: “La mujer que salía sin llevar la cabeza cubierta, es decir, sin el tocado que velaba el rostro, ofendía hasta tal punto las buenas costumbres que su marido tenía el derecho, incluso el deber, de despedirla”. Según esto, las mujeres debían pasar en público inadvertidas. “La mujer”, recuerda Jeremías, “estaba obligada a obedecer a su marido como a su dueño (el marido era llamado rab de donde se deriva rabí) y esta obediencia era un deber religioso”. En el servicio religioso la mujer se limitaba a escuchar. Y, sin ánimo de agotar el tema, no olvidemos que la oración diaria prescrita para todo judío piadoso era: “Dios, te doy gracias que no nací ni gentil, ni esclavo, ni mujer”.

Tan solo partiendo de este trasfondo religioso de la época, podemos apreciar y valorar plenamente la postura de Jesús ante la mujer al renunciar a la conducta normalmente asumida y aceptar a mujeres entre los discípulos, colocándolas en un nivel de igualdad con el hombre. El texto de la resurrección (Lucas 24: 1-12) muestra cómo Jesús reconoce la igualdad social del hombre y de la mujer. Las mujeres de este relato rompen con las costumbres sociales de la época saliendo de sus casas solas y relacionándose con hombres desconocidos.  Evidentemente, el relato de Lucas fue transmitido a las nuevas generaciones de creyentes, mostrando el papel protagonista de algunas de ellas en el plan de la salvación, al tomar la iniciativa de ir a la tumba. Ellas son las que transmiten el mensaje de la resurrección a los apóstoles.

Por otra parte, la forma de conducirse las mujeres del relato de Lucas no debió ser ajena ni única al fomento de esa corriente integradora, ya que muchas de esas mujeres, como Lidia en Filipos, Febe en Cencreas, Priscila, firme colaborada del Apóstol, Trifena, Pérsida, Junia (cfr. Romanos 16:1-16) fueron líderes de las iglesias nacientes, convirtiéndose en un elemento importante para la expansión misionera.

La sociedad farisaica era patriarcal y la mujer se movía en un terreno de subordinación al hombre. Jesús rompe esa tendencia y trata a la mujer en un plano de igualdad, aunque bien es cierto que, como ya hemos indicado más arriba, no introduce a ninguna de ellas en el grupo de los Doce, lo cual hubiera supuesto un verdadero escándalo. La sociedad helena era más abierta, y había mujeres emancipadas, aunque sigue habiendo dos planos de relación en los que la mujer ocupa el plano inferior. Pablo era judío, convertido al cristianismo, pero expuesto a las influencias culturales del mundo grecorromano y se mueve en una sociedad cargada de prejuicios y tradiciones. ¿Cómo armonizar la postura judía y las nuevas pautas marcadas por Jesús?

El propio Jesús fue revolucionario en esta materia, no tanto por lo que dijo sino por la manera en que se relacionó con las mujeres. Las trató como plenamente humanas, iguales al hombre en cada aspecto. De los diferentes textos en los que Jesús se relaciona con las mujeres, pueden inferirse cuatro enseñanzas básicas: 1) Jesús reconoce la igualdad social del hombre y de la mujer; 2) significa un reconocimiento del derecho de la mujer a comunicarse y actuar como persona; 3) rompe con la tradición que sitúa a la mujer en un nivel de dependencia o inferioridad, respecto al hombre; y 4) a partir del mensaje liberador de la mujer, ésta puede ocupar un papel activo en la historia de la salvación.

La mujer fue aceptada en la Iglesia neotestamentaria sin aparentes restricciones, participando en diversas áreas. Esto explica que desde fecha muy temprana se vea en las iglesias a mujeres procedentes de diferentes esferas de la sociedad que encuentran en las comunidades  cristianas un ambiente de liberación consecuente con las palabras y con la conducta de Jesús, que les proveía espacio participativo. La conducta de las mujeres del relato de Lucas no debió ser ajena al fomento de esta corriente integradora. Hay evidencias de esa aceptación, al comprobar su participación en diferentes áreas de responsabilidad. En el libro de los Hechos (1:14; 5: 14; 8: 3, 12; 9:2), se muestra como algo natural la incorporación plena de la mujer a la Iglesia, sin ningún tipo de distinción. Ambos, hombre y mujer, son considerados en idéntico plano de dignidad, identificados como “creyentes”, y eso cuando el protagonismo no está ejercido enteramente por la mujer, como es el caso de Lidia de Tiatira, a la que hemos hecho referencia más arriba, co-fundadora, juntamente con Pablo, Timoteo y Silas, de la iglesia en Filipos, la primera iglesia de Europa, que se instala en su propia casa. Y en todo ese proceso, la figura de Pablo es decisiva, mostrando una apertura total hacia la mujer.

En lo que al apóstol Pablo se refiere, se muestra, por una parte, heredero de las ideas del judaísmo rabínico, asumiendo el punto de vista de subordinación femenina, si bien apreciamos en sus escritos una cierta incongruencia. En 1 Corintios 11:7 establece una jerarquía asignando al varón el ser la gloria de Dios, mientas a la mujer la reduce a ser la gloria del hombre, para matizar sus palabras en el versículo 11, afirmando: “En el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón”. Su argumento parece indicar que, con independencia de que en la cultura judía la situación establezca un cierto nivel de dependencia, “en el Señor”, es decir, en la nueva condición de miembros de la comunidad cristiana, el hombre y la mujer son iguales. Por otra parte, al margen del condicionante del velo y del pelo largo, que se presenta como un tributo cultural que las mujeres deben tener en cuenta, en los versículos 4 y 5 de dicho capítulo el apóstol concede a la mujer las mismas prerrogativas que al hombre a la hora de orar y exhortar a los miembros reunidos en la Iglesia, que es tanto como decir que ambos pueden ejercer las funciones pastorales o sacerdotales sin ningún tipo de restricción. No obstante, más adelante, en el capítulo 14: 34 y 35 de la misma carta, dice que las mujeres deben guardar silencio en las congregaciones, sujetándose de esa forma a lo marcado por la ley, pero nadie ha sido capaz de determinar a qué ley se refería Pablo. Es muy probable que el apóstol haga referencia a ciertas tradiciones rabínicas, que imponían silencio a las mujeres en la sinagoga como señal de sujeción. Hasta tal punto es evidente la contradicción que plantea este pasaje que algunos eruditos han sugerido plausiblemente que se trate de una interpolación de una mano posterior[2]. Un texto semejante al de 1 Corintios 14:34-35, lo encontramos en 1 Timoteo 2: 11-15[3], pasaje en el que se expresan las razones correspondientes a la prohibición a la mujer de hablar en las congregaciones, que son: 1) haber sido la segunda en el orden de la creación; y 2) que fue ella, y no el hombre, la engañada por el tentador. Con independencia de que sea discutida a Pablo la autoría de esta epístola, es de señalar que en ningún otro de sus escritos habla el apóstol en términos semejantes de las mujeres, razón por la que el pasaje ha sido puesto igualmente en cuarentena.

Una vez más, es preciso insistir en el peso tan decidido que ha tenido en la Iglesia la cultura. Pablo está dando por sentado el concepto rabínico tradicional del segundo relato de la creación (Génesis 2:18ss)[4], en el que, a diferencia de Génesis 1:27, se concede la primacía del hombre sobre la mujer. Resulta evidente la inconsecuencia del segundo relato con respecto al primero, así como se hace visible el contraste con el estilo de vida de Jesús y con la clara afirmación del apóstol de que en Cristo no hay varón ni hembra de Gálatas 3:28, epístola indiscutiblemente paulina, de cuyo texto nos ocupamos a continuación.

Sin embargo, a pesar de los muchos tics  que presentan sus escritos tendentes a no modificar el statu quo, nos encontramos con una declaración de Pablo realmente revolucionaria en 1ª Corintios 11: 11,12, cuando afirma: “Pero en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón; porque así como la mujer procede del varón, también el varón nace de la mujer”, lo cual no impide que reafirme la necesidad de sujetarse a las costumbre sociales, como es que el varón no se deje crecer el cabello (¡!) o que la mujer ore sin cubrirse la cabeza (cfr. 1ª Corintios 11: 13-15).

En este mismo contexto encontramos el mandato de que la mujer guarde silencio en la iglesia, expresando así su sujeción al varón, lo cual vuelve a poner de manifiesto, por una parte, la preocupación de Pablo por no contravenir las normas sociales y, por otra, la subordinación intelectual a las tradiciones rabínicas, que imponen silencio a las mujeres en las sinagogas. Con todo, es obvio que las mujeres en Corinto hablaban y profetizaban (cfr. 1ª Corintios 11:2-16). Pablo se mueve en un terreno dual, en el que, en ocasiones, parece mostrar ciertas contradicciones entre sus postulados teológicos, en los que se muestra contundente: “Ya no hay judío ni griego; no hay ni esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3:28), y su respeto a las tradiciones y costumbres sociales para evitar el escándalo, tan agresivo a su configuración rabínica. En realidad, Pablo introduce la idea de que el ser humano completo es, esencialmente, el conjunto hombre/mujer, varón y hembra, recuperando la idea central del segundo relato de la creación en Génesis 2: 18-25: “serán una sola carne”.

La afirmación que Pablo, rabino judío, realiza sobre este tema se enmarca dentro de las grandes declaraciones de la Humanidad. Jesús mismo nunca dijo nada que fuera más allá de lo que Pablo manifestó a los gálatas. El argumento que utiliza es contundente: “Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos”. Consecuentemente: “Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gálatas 3: 26, 27).  Ni la raza, ni la clase, ni el sexo tienen  lugar para establecer planos de supremacía o dependencia de unas personas con respecto a otras.

Sin embargo, es preciso admitir que la Iglesia se ajustó más al patrón machista imperante que a las enseñanzas innovadoras de Jesús o a las de Pablo en su etapa más liberal. Por otra parte, no son infrecuentes las expresiones misóginas en los Padres de la Iglesia como Tertuliano (160-230), quien afirmó aquello de que “los cristianos se hacen, no nacen”, en clara alusión a la conversión y que es el mismo que escribe: “Mujer, eres la puerta del diablo. Has persuadido a aquél a quien el diablo no osaba atacar de frente. Por tu culpa ha debido morir el Hijo de Dios; deberías ir siempre vestida de luto y harapos”; o San Ambrosio (340-397): “Adán fue inducido al pecado por Eva y no Eva por Adán. Aquél a quien la mujer ha inducido al pecado justo es que sea recibido por ella como soberano”. Más contundente aún es San Juan Crisóstomo (345-407): “Entre todas las bestias salvajes, no hay ninguna más dañina que la mujer”. Y en esa misma línea se expresaron San Jerónimo (340-420), San Agustín (35-430) y, más tarde Santo Tomás de Aquino (1225-1274) y otros renombrados líderes o padres de la Iglesia.

No obstante, nos encontramos con una especie de resarcimiento teológico hacia la figura de la mujer cuando en el año 431 el Concilio de Éfeso proclama a María como Theotókos (madre de Dios) y se inicia el culto a la madre de Jesús, mediante rituales y fiestas en su honor. Una especie de desagravio hacia la figura de la mujer, que estaba recibiendo un trato tan inapropiado. El Concilio de Éfeso declaró que, en la encarnación, la humanidad y la divinidad estaban tan íntimamente relacionadas que era apropiado hablar de María no sólo como su madre carnal, sino también como Madre de Dios. No corresponde entrar aquí en el trasfondo teológico; tan solo señalar la postura protestante contraria a esta definición que, desde la perspectiva de la Reforma, no tiene ningún fundamento bíblico. Sírvanos únicamente a los efectos de señalar el valor que encierra una declaración de este tipo en cuanto a reivindicar el papel de la mujer en una época en la que era ostensiblemente discriminada con respecto al lugar que ocupaba el varón en la Iglesia; bien es cierto que se refiere a una sola mujer.

 

(Coninuará).



[1] Joaquín Jeremías, “Situación social de la mujer” en Jerusalén en tiempos de Jesús, Cristiandad (Madrid: 1977), pp. 371-387.

[2] Paul K. Jewett, El hombre como varón y hembra, edición en castellano Editorial Caribe (Miami: 1975) pp.120ss.

[3] No entramos aquí en discutir o no la autoría de Pablo de este y otros libros tradicionalmente atribuidos al Apóstol.

[4] Para un análisis del segundo relato de la creación, en el que se analiza a fondo el sentido del Génesis 2: 18-23, que habla de la mujer como creada a partir del hombre para ser el ayudante idóneo de éste, véase Jewett, op. cit., pp. 127ss.

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