Política evangélica

Posted On 14/11/2019 By In Opinión, portada With 730 Views

Nada más engañoso que un político con la Biblia en la mano y un rezo en sus labios | Harold Segura

Sobre todo, el evangelismo no debe pretender conquistar una fuerza social o política. Ésta es otra forma de traicionar a Jesucristo.
Jacques Ellul (1)

¡Me da miedo! Lo confieso. Me atemoriza oír a los políticos citar con interés partidista los textos de la Biblia, oír una oración en sus labios, levantar una imagen religiosa ante sus seguidores o pronunciar el santo Nombre de Dios en vano. Para la muestra un botón (o varios):

Daniel Ortega, Presidente de Nicaragua: “No se puede tener la fuerza para luchar e ir adelante si no está uno bajo la Palabra de Dios, bajo la inspiración de Dios y agradeciéndole a Dios la oportunidad que nos da de ir saliendo poco a poco de la pobreza”.

Luis Fernando Camacho, presidente del Comité Pro-Santa Cruz (Bolivia).
“No estoy yendo con las armas, voy con mi fe y mi esperanza; con una Biblia en la mano derecha y su carta de renuncia en mi mano izquierda”.

Andrés Manuel López Obrador, presidente de México: “La mentira es reaccionaria y es del demonio. La verdad es revolucionaria y cristiana. No ayuda en nada, no quita los pecados el ir a la iglesia los domingos y olvidar los mandamientos”.

Jaír Bolsonaro, presidente de Brasil: “Dios encima de todos. No existe esa historita de Estado laico, no. El Estado es cristiano y quien esté en contra, que se mude. Las minorías tienen que plegarse a las mayorías… Esta misión de Dios no se escoge, se cumple”.

Rosario Murillo, vicepresidenta de Nicaragua:
“Seguimos de frente con el Frente, dándole gracias a Dios que nos da el privilegio de tener conciencia, de estar llenos de fe, de estar llenos de optimismo, de estar llenos de esperanza; de no cargar el veneno del odio. ¡Viva Nicaragua cristiana, socialista y solidaria!”.

Nayib Bukele, presidente de El Salvador: “Yo no soy una persona que crea mucho en la liturgia de las religiones, sin embargo, soy una persona que cree en Dios, que cree en Jesucristo, lo he aceptado. Creo en su palabra, creo en su palabra revelada en la Santa Biblia”.

Alvaro Uribe Vélez, expresidente y actual senador de Colombia: “El amor por esta patria sea la llama a través de la cual nuestro señor y la Santísima Virgen me iluminen para acertar… Por Colombia, gracias a Dios; Dios premia la buena fe”.

Nicolás Maduro, presidente de Venezuela: «Yo soy un hombre apegado a los valores espirituales… Un cristiano profundo, practicante, diario, un hombre de oración».

Me pregunto inquieto: obispos católicos y colegas pastores, pastoras y demás dirigentes evangélicos, ¿qué fue lo que hicimos mal? ¿qué dijimos y qué hicimos para que este continente terminara tan lleno de religión y tan carente de fe? Religión católica desde hace 500 años y evangélica (¿protestante?) desde hace más de 100. Abunda la religiosidad y escasea la espiritualidad servicial, desinteresada y humilde que nos enseñó Jesús (Mateo 20:26-28). Sobran las actitudes integristas y faltan los compromisos solidarios. Se le concede prioridad a la participación política partidista y se desconoce la urgencia de ser comunidades proféticas, de denuncia valiente y crítica política independiente.

¿Era esto lo que buscábamos cuando entre católicos hablaban de “la nueva evangelización”, propuesta por Juan Pablo II en Haití en 1983, y entre evangélicos, de “América será para Cristo”? Porque miremos lo que está pasando: la rancia izquierda, el ilusorio centro y la añosa derecha proclaman a Dios como su aliado (inspira golpes y justifica violencias), las Escrituras como su consejera (hasta de su estrategia electoral), la Cruz como su amparo y la Virgen como su protectora (de los motines estudiantiles y sus enemigos políticos).

Si esto era lo que queríamos, incluidas las victorias electorales de los candidatos evangélicos y los pírricos triunfos del conservadurismo católico, esto es lo que tenemos. A muchos les alegra. Lo digo pensando en mis colegas pastores que aplauden la presencia mediática de Cristo y la celebran alborozados (cual liturgia carismática). A mí, por el contrario, me acongoja y las razones están a la vista: manipulación electoral de los púlpitos, fanatismo teológico (la teocracia como sistema político), exaltación de la autoridad pastoral, instrumentalización de las causas morales para promover intereses partidistas y, como consecuencia, intolerancia social, entre otros desengaños.

El futuro político de las sociedades latinoamericanas, según lo vaticinan algunos, depende, en gran parte, de esta influencia de los grupos religiosos. Yo no estoy de acuerdo con esa afirmación, pero no tengo aún argumentos para contrariarlo. Creo que quienes así piensan, o pecan de optimismo (los políticos evangélicos que dicen que llegó el turno histórico para ellos, por ejemplo) o de pesimismo exasperado (los que juzgan a todo movimiento evangélico por el comportamiento de su rostro evangelical). Entre estos últimos Santiago Gamboa, admirado novelista colombiano (entre los mejores). Él ha dicho: «Las iglesias evangélicas son un problema de seguridad nacional en América Latina… En los países de lo que antes se llamaba el Tercer Mundo, el problema de las iglesias evangélicas y su suplantación del Estado en ciertas regiones a cambio de fidelidad política es brutal. Esas iglesias están poniendo en jaque la democracia” (2)

Sea como sea, “el tiro nos salió por la culata”, como decía mi abuela colombiana (paisa). En el caso evangélico, apuntamos a la conversión religiosa de América Latina y obtuvimos como resultado jugosos dividendos electorales. La politiquería venció a la evangelización. Ganaron las iglesias y sus candidatos (hay que aceptarlo) y perdió el continente. Perdió el Evangelio (3).

Ya decía Qohélet: “He observado otra desgracia bajo el sol, un desacierto propio de la autoridad: la necedad encumbrada en altos puestos, mientras los que valen se sientan abajo. He visto esclavos a caballo y príncipes que iban a pie, como esclavos. El que cava una fosa, cae en ella; al que derriba un muro, le muerde una serpiente. El que saca piedras, se lastima con ellas; el que corta leña, puede hacerse daño”. (Eclesiastés 10:5-9).

Notas:

1. Jacques Ellul, Dinero y poder, Quito: Oveja Perdida Ediciones, 2010, p.142. Citada en Twitter por @ignacio-simal
2. Artículo de Juan Carlos Pérez Salazar en: https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-50251069
3. Puede verse también una lectura de este mismo asunto desde el contexto hispano en los Estados Unido. Aqui: https://www.fuller.edu/posts/politiqueria-la-crisis-del-evangelicalismo/

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