Posted On 29/02/2012 By In Cultura, Libros, Opinión With 1654 Views

Nuevos desafíos para la literatura cristiana en la iglesia contemporánea

El título de este artículo tiene que ver con los desafíos para la literatura cristiana a los que se enfrenta la iglesia contemporánea. Desde mi punto de vista de lector y editor, y una larga experiencia pastoral, el desafío más grande es, para decirlo claramente y desde el principio, que las iglesias se tomen en serio la literatura cristiana. Que no estén tranquilas cuando los creyentes no leen ni lo mínimo imprescindible para su formación como cristianos que conozcan lo que la Biblia enseña y lo que implica su enseñanza en los distintos campos en que cada cual se mueve y los retos que la cultura moderna plantea a la fe y ética cristianas.

Alfonso Ropero

Alfonso Ropero

El desafío de la literatura cristiana en las iglesias es hacer entender nadie tiene excusas, y menos que nadie los pastores y responsables de la predicación y enseñanza en todos los niveles, de una formación continua y actualizada en la fe cristiana. Que no valga como excusa la falta de tiempo, cuando se domina hasta el mínimo detalle el funcionamiento de los nuevos cachivaches electrónicos. Es una gracia sin gracia que muchos pastores se contenten con los libros y apuntes que tomaron en su día de estudiantes. Mal médico sería el que no está al día de los progresos de la medicina; mal maestro es el que no se preocupa de mantenerse informado de los avances pedagógicos; y el pastor que es médico, maestro, consejero, padre y amigo a la vez, si se contenta con menos que profesionales de otros oficios difícilmente podrá desempeñar bien su ministerio, no el ministerio que se espera de él, sino aquel para el que Dios le ha llamado. Calvino decía que si el pastor se contenta con hacer lo que debe hacer sin esforzarse en ir más allá, será descalificado para el ministerio.

Pero no vamos a extendernos en acusaciones. Ya hay bastantes profetas del mal humor y de la condenación. Nos interesan las soluciones. Los desafíos son ocasiones para replantearse rutinas y avanzar hacia algo mejor.

A mí me parece que las iglesias no se toman en serio la literatura cristiana simplemente por ignorancia, porque no han captado la importancia de la literatura y la cultura que esta transmite, o debería transmitir. Cuando la literatura es cristiana juega un papel muy importante en la vida de la iglesia y su misión en el mundo.

Por eso, antes de nada, hay que comenzar preguntándonos si hay un fundamento bíblico para la existencia de editoriales, encargadas de la producción de literatura cristiana, o si simplemente las editoriales y su labor obedece a un movimiento mercantil, un negocio más con vistas a las ganancias, en cuyo caso que ellas se apañen por su cuenta como mejor puedan, con campañas de publicidad y marketing.

Pero si la Biblia tiene que decir algo al respecto, la cosa cambia. No es lo mismo que la empresa editorial se vea reflejada, e incluso apoyada en la Biblia, o no. Si es ajena, caería en la categoría de los adiaphora o “asuntos indiferentes”, que da lo mismo que existan o que desaparezcan —los más radicales dirían que lo que no se puede probar con la Biblia es contrario a ella, y aquí meten por igual a Colegios y Seminarios Bíblicas, Escuelas Dominicales, Agencias Misioneras…

Pero si la empresa editorial se ve refrendada por la Biblia, esto significaría que hay elementos para tomársela en serio y apoyarla como se merece, individual y comunitariamente. Si la empresa editorial forma parte integrante de la misión cristiana, entonces hay motivos morales y espirituales para preocuparse de ella más allá del éxito o fracaso en las ventas. Importa saberlo, porque la motivación correcta es una de las claves del éxito en todo tipo de actividades. La motivación correcta nos puede ayudar a esquivar los peligros a los que actualmente se enfrenta el mundo de la edición y de la literatura cristiana.

Estamos en una época de cambios económicos transcendentales que ponen en riesgo el futuro de la edición cristiana. Todo esto en el marco de una gran crisis, resultado de una estrategia financiera a escala planetaria que está sumiendo al mundo en el caos y la destrucción más absolutos. Tal es así que estamos retrocediendo un siglo en niveles logros sociales y de humanidad. La codicia lo devora todo y el dios Mamón se ríe en las alturas confiado en su victoria total.

Pero volvamos a nuestra pesquisa:

¿Qué fundamentos bíblicos pueden iluminar la empresa editorial de modo que ésta pueda desarrollarse de un modo eficaz en armonía con los fines a los que sirve?

El Evangelio de Lucas tiene la respuesta: “…después de haber investigado con diligencia todas las cosas desde su origen, escribírtelas por orden, oh excelentísimo Teófilo, para que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido” (Lc. 1:3-4; cf. Hch. 1:1).

Aquí tenemos al autor que escribe y el lector en el que el autor piensa y al que dirige. De momento nos falta el editor. Parece que no existe, todo da a entender que se trata de una intercambio privado entre Lucas y Teófilo. Sin que intervenga nadie más. Pero el editor está ahí, aunque no lo veamos. Es cierto que el texto bíblico sólo menciona a un escritor, Lucas, que se dirige a una persona individual, con carácter privado y con una preocupación muy definida: “que conozcas bien la verdad de las cosas en las cuales has sido instruido”. Sin embargo, aquello no quedo en secreto. Bien pronto, aquel escrito dirigido a Teófilo fue conocido por muchas otras personas y comunidades, hasta el punto de convertirse en un libro que fue aceptado por la iglesias como parte del canon cristiano. ¿Cómo fue así? Sabemos que los libros no se producen solos. En el caso de Lucas intervino, indudablemente, un editor anónimo, gracias al cual su Evangelio ha sido leído por miles y miles de lectores a lo largo de los siglos.  Y lo que decimos de Lucas se hace extensible al resto de escritos del Nuevo Testamento. Ahí tenemos al editor en el texto bíblico como correa transmisora del mismo.

La edición consiste esencialmente en un autor que escribe, un lector que lee lo que el autor le escribe —a veces, todavía hoy, el autor tiene en mente un solo autor ideal—, y un editor que hace extensible a todos los posibles interesados esa comunicación.

En la antigüedad, el editor solía ser el mismo escritor, ayudado por sus siervos o esclavos que hacían copias de sus escritos para los amigos y posibles clientes. Estos son los orígenes del trabajo editorial. A partir de aquí, todo muy rudimentario y artesanal, surge la empresa editorial. El escritor metido a editor ya no publica sólo sus propias obras, sino de aquellos que le confían sus escritos para que los de a conocer mediante el sistema de copias y que él acepta como dignos de darse a conocer. El editor abrirá una pequeña tienda donde anuncia los nuevos títulos a disposición del pública y se encargará mediante mensajeros de hacer conocer a sus clientes la publicación de nuevos volúmenes. El editor es al mismo tiempo el impresor, el anunciante y el librero, y curiosamente esta asociación a permaneció durante muchos siglos, incluso después del invención de la imprenta.

Gracias al editor, el escrito dirigido en principio a un reducido número de interesados, se amplía para alcanzar a un número indefinido y extenso, disperso en el tiempo y el espacio, al que también interesa lo que un determinado autor en un determinado momento escribe para un determinado lector. Esta es la magia de la edición, y en eso ha cambiado muy poco.

Toda la producción literaria de los primeros siglos de la era cristiana tiene ese carácter individual y sin falsas pretensiones de impresionar a un público extenso o de buscar clientes o admiradores. Su motivación primaria es comunicar ideas inmediatas a un lector inmediato, mediante un proceso de estudio diligente. El gran y prolífico san Agustín, por ejemplo, escribe libros y tratados porque un individuo o un pastor preocupado le ha preguntado su opinión sobre este o aquel tema, ya sea la herejía donatista, la doctrina de la Trinidad o la creación del mundo. Y como resulta que lo él respondió a ese individuo concreto responde a la vez al interrogante e inquietudes de muchos otros individuos anónimos que se interesan por las mismas o parecidas cuestiones, la obra de san Agustín, escrita en principio por motivos privados, se convierte en dominio público gracias a la multiplicación de copias puesta en marcha por la empresa editorial, contribuyendo así a la creación de la cultura cristiana, que ha forjado Occidente en estos dos últimos milenios.

La demanda de libros era tan grande por los estudiantes, las iglesias, los monasterios, el público culto, que una y otra vez los editores buscaron la mejor manera de acelerar el proceso de copiado para satisfacer la demanda, hasta que Guttenberg, en una carrera a contra reloj contra sus competidores, dio con la imprenta de tipos móviles que revolucionó el mundo de la edición. Los impresores jugaron un papel muy importante en la edición y distribución de libros y durante siglos ellos fueron los que dominaron el negocio editorial. Todas las grandes editoriales del pasado eran a la vez imprentas que competían por la calidad de sus textos, de su encuadernación y de su distribución.  Publicar en los talleres de tal o cual firma decía mucho sobre la calidad del texto y del contenido.

Los cristianos fueron desde el principio un pueblo lector. A veces tenemos imágenes deformadas y muy negativas de la Edad Media y los siglos anteriores a la Reforma, como un tiempo de tinieblas e ignorancia. Nada más lejos de la realidad. Fue un tiempo de universidades y de pasión por el conocimiento, de discusión teológica sin fin.

En nuestros días es común hablar de las grandes obras de la Patrística, los escritos de la Padres Apostólicos, de Ireneo, de Clemente, de Orígenes, de Agustín, de Juan Crisóstomo, de Tertuliano, de Cipriano de Cártago, etc. Todavía hoy se siguen publicado y estudiando. Eso está bien, pero si nos conformamos con ella, nos da una imagen incompleta de lo que significó el mundo del libro en el cristianismo antiguo. La Patrística es el resultado de una labor de teólogos y clérigos dirigida a su propio círculo, mientras que en la base, entre el vulgo y el pueblo floreció una literatura cuyo éxito sólo es equiparable a los libros de caballería de los que nos habla Cervantes y a las novelas policíacas de nuestros días.

Me refiero a las historias y leyendas de los mártires, donde se mezcla la fantasía y la verdad. Son la precursoras de la novela histórica. Y durante siglos gozaron del favor del público, forjando la mentalidad y el espíritu de los pueblos. Su ecos llegan hasta santa Teresa de Jesús. Un anécdota nos cuenta que se fugó de su casa en compañía de su hermano pequeño Rodrigo para ir a morir como mártires en tierra de moros, a imitación de los santos mártires de los que le leían la vida. Y no hay que irnos tan para atrás, en mis días de colegial, nos instruían con esas mismas historias de mártires, y más de uno pensamos seriamente en apuntarnos a las misioneros para entregar nuestra vida por Cristo.

Así, pues, y para abreviar, el libro no sólo un objeto de consumo para rellenar los momento de ocio o de aburrimiento, es un instrumento eficaz para forjar el carácter, cambiar vidas e incluso el curso de la historia. Bien pensado, son objetos peligrosos, por eso a lo largo de la historia han sido prohibidos y quemados, pero ese es otro tema.

Vayamos ahora a por el siglo XXI que es en el que estamos.

En el los últimos años el mundo editorial ha experimentado cambios muy importantes. Para ilustrarlos me remitiré, no a mi experiencia, que es reducida, sino a la de André Schiffrin, de quien se ha dicho  que no debe de haber muchos hombres que conozcan mejor el mundo de la edición que él. Le viene de familia. Su padre, Jacques Schiffrin, de origen judío, fundó la mítica colección de La Pléiade, que luego se integraría en Gallimard.

André Schiffrin fue contratadó por Pantheon Books en la década de los 60, que recién había sido comprada por Random House. Estuvo al frente de la empresa los siguientes 30 años.

En los 80, Pantheon cambió de dueño: primero la compró la RCA y luego S.I. Newhouse, grupo empresarial de Condé Nast. Nombraron director de la empresa a un banquero que se vanagloriaba de estar siempre demasiado ocupado como para leer un libro: «Su despacho se hallaba higiénicamente libre de esos objetos ofensivos que acumulan polvo y adornado solo con una foto de su yate». A pesar de ser el responsable de dos grandes éxitos comerciales -Los Simpson, de Matt Groening y Maus, de Art Spiegelman- Schiffrin dejó Pantheon y fundó The New Press, su última aventura editorial en Estados Unidos.

“El modelo empresarial estadounidense ha enterrado el principio que antes regía a las empresas editoriales: los libros exitosos subvencionan a los que producen ganancias menores. Ahora la máxima exige que cada libro tenga beneficio inmediato y sea rentable individualmente”.

“Ya no estábamos en el período de McCarthy, pero nuestra lucha contra la nueva ideología del beneficio, y contra la insistencia de que cada libro tenía que producir un lucro inmediato, se consideraba como una nueva forma de subversión y se nos atacaba con muchos de los mismos tipos de presiones y difamaciones. Nuestros antiguos colegas no estaban literalmente amenazados, como lo habrían estado en los años cincuenta, pero se les dejaba claro que se esperaba que se atuviesen a la línea de la empresa… Había que defender el capitalismo no de los comunistas, sino de los enemigos internos que afirmaban que la maximización del beneficio no era el objetivo adecuado. Se dejaría claro a la industria, además de al público en general, que estos «intelectuales» eran propagadores de una doctrina peligrosa, que aseguraba que valores distintos al beneficio no sólo podían existir sino ser igual de importantes. No nos amenazaban con audiencias del Congreso, pero el sector privado y la prensa consiguieron transmitir que no sólo éramos incompetentes sino que era peligroso contratarnos” (André Schiffrin)

La gente compraba empresas no porque le importara lo más mínimo lo que producían, sino porque comprándolas podría ganar más dinero, a menudo, vendiendo partes de lo que había comprado, o despidiendo a un gran número de empleados que «ya no eran necesarios». Los editores se compraban unos a otros no porque necesitasen realmente nuevas empresas, sino porque ése era el medio de mostrar las cifras de crecimiento anuales requeridas.

“Si comprabas empresas, podías integrar su fondo en el tuyo y despedir a gran parte del personal, si es que no a todo. Lo que había hecho Newhouse con Random no había sido más que un ejemplo de muy poca monta de lo que estaba pasando a una escala mucho mayor en el conjunto de la economía, en todo el mundo. Eso no sólo afectaba a la edición, sino al resto de las profesiones liberales, como se las llamaba en aquellos tiempos. Mis condiscípulos de Yale, que eran ahora abogados y médicos, se quejaban de transformaciones similares en sus papeles. Se esperaba de los abogados que se convirtiesen en «triunfadores» y aportasen clientes muy rentables, y las empresas de servicios jurídicos se harían increíblemente lucrativas. Los médicos se encontraban con que estaban tomando decisiones médicas que les imponían las compañías de seguros o las administraciones de los hospitales, cuyo objetivo primordial era el dinero, no la salud. Sus salarios aumentaron vertiginosamente, pero su libertad desapareció” (André Schiffrin).

En su libro La edición sin editores, traducida y publicada por Destino (Barcelona 2000), se preguntaba: ¿Está la edición de calidad amenazada en Europa después de haber sido diezmado al otro lado del Atlántico? ¿Están las librerías en vías de desaparición y los verdaderos editores a punto de ser sustituidos por gerentes, contables y directores de marketing?

“En Nueva York, cuando yo era joven, había más de trescientas librerías. Hoy quedan treinta”, incluidas las cadenas.

La falta de ética y la búsqueda de grandes beneficios, la consideración del libro como una mercancía más y el hecho de que la decisión de publicar o no un título recaiga en los responsables financieros o comerciales ha convertido el mercado en un nuevo censor que hace difícil la supervivencia del trabajo intelectual, la innovación y la calidad.

A La edición sin editores le sigue El control de la palabra, publicado por Anagrama (Barcelona, 2006). “Durante casi todo el siglo XX el negocio editorial se mantenía prácticamente igual que durante el XIX. Apenas se produjeron cambios. Pero en los 80 comenzó el proceso de concentración  editorial en los Estados Unidos, los años en que comenzaron a mandar los que no tenían ni idea de lo que era una editorial, ni les importaba. En este país el 80% del mercado lo acaparan cinco grandes grupos, lo mismo en Alemania y en España dos editoriales, Planeta y Random House Mondadori, se reparten la mayor parte del pastel».

En opinión de Schiffrin fue en ese momento cuando la edición dejó de ser un oficio para convertirse en puro negocio. «Los accionistas de las editoriales se conformaban con unos márgenes de rentabilidad del 2% y el 3%. Pero entonces empezaron a exigir unos beneficios de entre el 12 % y 15%. Cada sello del grupo tenía que ser rentable. Cada libro de cada sello tenía que dar réditos». Si Sartre no vendía, no había motivo para mantenerlo, por mucho prestigio intelectual que tuviera. Igual con otros autores…

Tocando al desafío que supone el libro digital, Schiffrin cree que, “digital o en papel, la catástrofe del sector editorial es el beneficio que se exige a los libros. Antes, el editor tenía pasión por su oficio, no codicia por un negocio”.

Su último ensayo, El dinero y las palabras, ha sido publicado por Península (2011), en un mismo volumen, junto con La edición sin editores. En él denuncia que «los editores verdaderos han sido arrinconados por los departamentos financieros y de marketing». Los contables han ido desplazando a los editores.

Mientras tanto, ¿qué pasa con las editoriales cristianas, más en concreto, con las evangélicas? Me temo que muchos, por influencia de esa mentalidad capitalista tan típica de Estados Unidos cuya dinámica es el crecimiento sin fin, la producción y los beneficios cada vez mayores, han entrado en la dinámica denunciada por Schiffrin, y no sólo en las empresas editoriales, sino en la misma iglesia, ahí tenemos como ejemplo el caso de las megaiglesias, parece que sólo lo grande vale la pena y que lo pequeño es menospreciable. Todo lo contrario a lo que hace ya unas décadas nos decía el economista germano-británico E.F. Schumacher (1911-1977) en Lo pequeño es hermoso (Akal, Madrid 2011), obra publicada en 1973, traducida a más de veinte idiomas, considerada uno de los libros más influyentes de la segunda mitad del siglo XX.

Es triste comprobar cómo la Iglesia, en lugar de ser luz y sal del mundo, se deja llevar por las modas del mundo, las imita y las hace suyas, con lo pierde su papel de signo del Reino de Dios y de voz profética frente a los abusos, injusticias y mentiras de los poderosos.

Los mismos que se han dado cuenta del creciente número de “nacidos de nuevo”, evangélicos, carismáticos y neocarismáticos, y de su potencial consumista y, con su potente y bien engrasada maquinaria, han entrado al negocio del libro cristiano, interesados sólo en fabricación de superventas, que producen fabulosos beneficios, en lugar de crear pensamiento, cultura y educación cristiana de excelencia.

Lo que a nosotros nos interesa saber y tener en cuenta, es que un verdadero editor, cristiano y responsable, debe publicar, además de lo que los lectores quieren, lo que deben leer. Esa es su contribución al mundo del pensamiento, de la cultura y de la educación cristiana. El editor auténtico quiere poner remedio a la preocupación del autor bíblico cuando dice: “Porque debiendo ser ya maestros, después de tanto tiempo, tenéis necesidad de que se os vuelva a enseñar cuáles son los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tenéis necesidad de leche, y no de alimento sólido. Y todo aquel que participa de la leche es inexperto en la palabra de justicia, porque es niño” (Heb. 5:12). Preocupación que también se encuentra presente en el apóstol Pablo: “Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños en la malicia, pero maduros en el modo de pensar” (1 Cor. 14:20).

Ya hemos visto que Lucas, antes de ponerse a escribir, “investigó con diligencia todas las cosas desde su origen” (Lc. 1:1). Un escritor responsable, ciertamente. En correspondencia, el editor también tiene que ser responsable y no publicar cualquier cosa, que desprestigia la literatura cristiana. Pero el texto bíblico, las exhortaciones apostólicas, también se dirigen a los cristianos para que ellos pongan “toda diligencia” en su fe, de modo que no permanezcan en una eterna infancia indolente. A la fe hay que “añadir virtud, y a la virtud conocimiento” (2 Pd. 1:5).  Hay tiempo para el esparcimiento, y a ello obedece cierto tipo de literatura, y tiene que haber para la formación, y a ese fin debe servir la buena literatura teológica que el editor debe publicar, independientemente de su éxito o no.

Poner en contacto buenos autores, diligentes y responsables, con lectores que, más por ignorancia y desinformación que otra cosa, pasan de largo de aquellas obras que pueden enriquecer su vida espiritual e intelectual, contribuyendo a su formación integral como creyentes y como personas.

Una canción se escucha y gusta o no gusta, y en base a eso se adquiere o no. Un libro es distinto, porque uno no sabe si le va a gustar o no hasta que no se introduce en su lectura. Por eso las editoriales tienes que poner todos los recursos a su alcance para dar a conocer el contenido de sus obras, de modo que el lector sepa si una libro dirigido a un tal Teófilo tiene algo que decirle a él también.

Pero solas pueden avanzar poco si los más interesados en la creación de pensamiento y cultura cristianos no colaboran con reseñas y actos de animación a la lectura.

En un momento cuanto todo se reduce a mercancía, producción, rendimiento y beneficio, la empresa cristiana del libro debe dar ejemplo de ética, principios y valores propios de su fe y profesión cristiana, y no dejarse llevar por la seductora música del mundo que al final le llevará a la ruina. No hay ídolo, y Mamón lo es, que no destruya a su adorador, como el Moloc denunciado por los profetas hebreos: el ídolo que todo lo destruye y no contenta con algo menos que el sacrificio de la vida humana. La venta del alma al diablo es un mal negocio a largo plazo. Aquí, como en todas las áreas de la vida, economía incluida, lo más sabio, lo más inteligente, la apuesta más segura por el futuro, es buscar primero el reino de Dios y lo demás vendrá por añadidura (Mt. 6:33).

Esto significa, entre otras muchas cosas, que la gente tiene que importarnos, que no puede tratarse como un medio sino como un fin, que ella es el último criterio de nuestra actividad. La que nos salvará o condenará.

Hace muchos años, invité a mi iglesia local a predicar a un conocido personaje evangélico, un gran amante de los libros, un bibliófilo. En un momento de la conversación, mientras yo le enseñaba mi propia biblioteca, su esposa dijo a la mía: “Cada vez que miro los libros de mi esposo, veo los juguetes que mis hijos nunca tuvieron”.  Aquello llegó a mi alma. Y me hizo pensar. En aquella época no podía ni pasar por mi mente que un día llegaría a ocupar el puesto de editor en CLIE —ante todo me considero un lector entusiasta, pero aprendí bien la lección. El consumidor de libros, de cultura, es ante todo una persona que da lo mejor de su tiempo y de sus ahorros por adquirir conocimientos, por mantenerse informado de todo lo que sea cierto respecto a lo que cree y piensa. Y a veces lo hace con grandes sacrificios. En mis días jóvenes muchos días me quedé sin comer porque todo me lo había gastado en libros.  No me pesaba, naturalmente. Todavía no me arrepiento.

Pero es triste pensar que directivos desaprensivos jueguen con el pan de la gente para ellos llevar un vida de lujo, a costa de vender productos a los que se puede aplicar el texto de Isaías:  “¿Por qué gastáis el dinero en lo que no es pan, y vuestro trabajo en lo que no sacia?” (Is. 55:2).

En la presente crisis orquestada y mantenida por la codicia financiera y la política corrupta, la empresa editorial tiene que mantenerse firme en la decisión de publicar obras que contribuyan a la madurez de la persona, haciéndolas accesibles a todos los bolsillos, para el bien general. No se debe abusar de la buena fe de la gente. Ella es nuestro mejor tesoro y hay que cuidarlo.

El editor de hoy, como el de ayer (y al decir editor, incluyo a todos los relacionados con el libro y su distribución), no tiene otro cometido que poner en contacto, del modo más beneficioso para todos, a los Lucas diligentes de hoy y de siempre con los Teófilos actuales, para que no deje de producirse el milagro de la comunión de mentes y corazones, de modo que se produzca la creación de una generación de hombre y mujeres que “conozcan bien la verdad de las cosas en las cuales han sido instruidos”.

Alfonso Ropero

I Jornada Europea de Literatura Cristiana

Distribuidora Abba, Barcelona 18-2-2012

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