Samuel Lagunas

Posted On 27/03/2014 By In Cultura, Libros, Poesía With 1954 Views

Palabras y silencios: «Todavía Mañana», de Samuel Lagunas

Presentación en el Instituto Queretano de la Cultura y las Artes, ciudad de Querétaro (20 de marzo, 2014)

La ya veterana editorial Mantis (18 años), dirigida por el poeta Luis Armenta Malpica, lanzó a fines de 2013 Todavía mañana, primer volumen poético de Samuel Lagunas, escritor queretano nacido en 1990, como parte de su colección Terredades, en la que han publicado también autores como Félix Suárez, Benjamín Valdivia, Rogelio Guedea, Ángel Ortuño y Gabriela Cantú Westendarp, es decir, de diversas zonas del mapa literario del país. Destaco el año de nacimiento de Lagunas porque, en sentido estricto, pertenece al cierre de la generación nacida en los años ochenta, precisamente la que ahora está descollando en el panorama poético mexicano cartografiado, entre otros, por Ernesto Lumbreras, Hernán Bravo Varela y Luis Felipe Fabre. También, porque las nuevas promociones de poetas, aun cuando se dejan leer en algunos espacios, han estado, por así decirlo, tardándose un poco en conformar la franja más actual de la lírica en el país.

No dejo de ver en la portada una viñeta sumamente discreta, cuyo autor no se consigna, que recuerda, sin remedio, las tablas mosaicas de la ley. Es un guiño, ciertamente, hacia la orientación religiosa de Lagunas, quien en estos meses estudia teología después de titularse en Lengua y Literaturas Hispánicas con una tesis sobre El Evangelio de Lucas Gavilán, de Vicente Leñero. Además, ha publicado en un par de antologías recientes (2011 y 2013), un material para uso eclesiástico y ha incursionado en la narrativa (“El cadáver de Sarita”) gracias a un concurso internacional (XXVII Certamen González-Waris de la Alianza de Escritores y Comunicadores Evangélicos, 2012) en el que participó y obtuvo mención. Imagino y espero que, con este nuevo logro, su afición por la poesía se decantará y proyectará sus horizontes hacia una fecunda práctica del “oficio mayor”. Saludo y celebro la presentación de este volumen el día internacional de la poesía y a escasos 10 días de conmemorar el centenario del nacimiento del autor de Libertad bajo palabra, tan atento como fue siempre hacia las nuevas generaciones de poetas, los que seguían su huella y los que no.

Cobijado por las voces tutelares de T.S. Eliot y el Eclesiastés, aunque al final advierte la influencia de una docena de autores (Borges, Lezama, Pound, Cardenal…), entre ellos el profeta Jeremías, Lagunas divide su poemario en cuatro partes bien definidas. La primera, que lleva prácticamente el peso del volumen, es una serie de poemas biográficos sobre María su madre extinta. Elegía, celebración y homenaje al mismo tiempo, estos poemas recuerdan de algún modo, por afinidad onomástica, la Vida de María, de Rilke, pero con la salvedad de que la reconstrucción vital del contacto familiar es capaz de alcanzar varios registros. Los 14 textos que conforman esta primera sección se mueven desde “sus años mozos” hasta “mi manera de decirte hasta pronto”, pasando por “su manía de callar”, su nombre a secas y “su magisterio”, sin olvidar el toque vanguardista de incluir la imagen de la lápida, en la que bien puede leerse la cita de Apocalipsis 14.13. Su tono es narrativo en ocasiones, anecdótico incluso y permite acompañar los momentos entrañables del hablante imaginando al personaje: “acaso tu boca/ era un muro/ donde temías perder/ las ilusiones/ tu instinto lo presentía/ y el alma oculta/ tenía que acumularse/ en tinieblas…/ […] todo aquello/ respiraba en ti/ cumplía su tarea/ de ausencia” (“María, su manía de callar”, p. 15).

Cuando es lacónico, también toca vetas sensibles para el recuerdo de muchos, como lo hace al recordar el terrible terremoto de 1985: “Padre nuestro,/ ¿con qué dedo escribiste los temblores?,/ ¿con qué lágrima. Si lloraste?,/ nos hundiste?” (“María, 1985”, p. 16). Y la voz de talante sabinesco-gelmaniano y atrevido con resonancias reflexivas no se hace esperar: “entonces llamo a la casualidad/ destino:/ un hombre y una mujer/ que hacen/ el amor en una noche/ invertebrada/ ominosa”. La búsqueda verbal casi lo lleva al aforismo: “no es la felicidad/ aunque sí la coincidencia” (“María, su vientre”, p. 17). Y la concisión lo asalta subrepticiamente mientras juega con la distribución espacial:

¿              te acuerdas
del corazón en blanco
que dejaste
en la
libreta                          ?

             (“María, sus amores”, p. 19)

Los versos sincopados van “diciendo” su palabra entrecortada y la respiración se agolpa por momentos para dosificar la expresión: “la realidad pule/ sus abismos/ los ahonda/ o elimina/ y en un ruido/ en un hato de luces/ sobre el patio de servicio/ reúne/ todo lo que tiene de innombrable…” (“María, sus encuentros con lo extraterrestre”; p. 21). Las batallas de esta mujer con Dios son referidas también como eso mismo, como esas luchas a las que conduce la fe significativa y efectiva. El poeta se despide sin dar cuartel a la iniciativa de hablar, no sólo “con el corazón en la mano” sino con un proyecto que se sostiene en medio del dolor y la nostalgia. Al hablar de su desnudez, no ceja en su empeño elegiaco: “te comenzó a doler/ mi nombre// lo pronunciaste/ igual que si vomitaras espinas// y luego Señor/ ya no quisiste dejar más/ que su cuerpo desnudo en una cama” (p. 29). Y dice adiós en clave de fe poética y de satisfacción cumplida también: “satisfechos por es/ luz completa/ me sostendrás el rostro[tú]/ como en un paisaje irradiado/ de una infancia feliz/ y será todo” (p. 34).

En la segunda parte (“Redundancias/ Lamentaciones”), hay una inmersión en la historia, un pretexto para regodearse en varias formas de sufrimiento. El poema se retuerce después de observar y se analiza a sí mismo: “uno escribe/ pero en realidad/ calla// cumple un movedizo/ y errante/ conjuro// uno escribe/ y lo que hace/ es trepar los remordimientos// […] uno escribe/ para tomar un lugar/ que no le corresponde” (“Sesentaiséis”, p. 43). Jugando con el seis y sus repeticiones, la observación poética y humana no se detiene. “cuando la muerte/ toma forma/ de millones de hombres// la vida/ torna en cárcel/ sus paredes// y el suicidio/ es más bien/ una muerte retrasada” (“Seiscientos sesentaiséis”, p. 49).

La tercera sección, “Melancolía”, poema dividido en nueve partes, explora, tantea, una nueva situación, y se pregunta, inicialmente: “cómo arar/ entonces/ con qué fugaz/ insignia/ volver a buscarte” (p. 53). Y sigue indagando: “el cuerpo desnudo/ cruje/ como un pulmón amordazado/ la soga/ de sus ojos” (p. 54). Las imágenes se suceden y exploran el mundo visto con otros ojos, con una mirada colectiva que se interpreta a sí misma ante el acecho de lo divino: “pero no diremos nada porque estarán las flores el rostro de Dios/ velará encima arengará nuestra voz hacia su boca será la luz/ tendida en las montañas” (p. 57). Hay un desahogo que busca resarcir el dolor y se atisba un camino diferente que impacta al lenguaje y el verso y se hace sentir en ellos:

todo a cuanto dijimos nuestro aquello

que el tiempo iba separando como si las distancias

nunca envejecieran todo incluso las

coincidencias los grandes temas del

mundo

habrán perdido la capacidad de templar las

regiones anímicas que templaban ay un pabilo

extinto una cumbre

desgajándose en las ramas:

el proyecto de sobrevivir

fue fallido (p. 59).

Y Dios vuelve a asomarse a este destino reconstruido lentamente, con una parsimonia segura, cierta, desplegada en el momento preciso, accediendo a cierta suntuosidad en el lenguaje:

el deseo el ansia la urgencia de cambiar el mundo desde la cama

la habremos perdido cuando el fuego nos pruebe los

miembros nos obnubile con el humo —el Leteo supongo— y los ojos

de Dios nos ahonden con otro amor y todo el polvo enamorado lo consuman (p. 60).

Un poema suelto constituye el cierre del poemario, el que da título: “Todavía mañana”, juego de palabras (de tres en tres versos) en donde algo se anuncia mediante la trampa que intenta someter al tiempo. Acaso se ve a sí mismo en un futuro irremplazable, pero cierto, quizá un tanto vago, pero firme. Sólo que aquí estamos ante una suerte de oración transformada, de una serie de abordajes a la presencia de Dios en la vida: “todavía mañana Señor/ estarás conmigo// cuando el eco/ del estallido/ ya sea nada// y no haya/ palabra más/ para decirte// ” (p. 65), desdoblada en experiencias sensoriales y una búsqueda por vencer lo efímero, “dueños de/ un amor implacable” (p. 68). “Todavía mañana” es un cajón de sastre que concentra el asombro de “estar-para-la-vida”.

Finalmente, hay que hacer varias observaciones: Lagunas no se acartona en el papel de poeta-creyente, no se somete a la dictadura doctrinal que lo obligue a sólo referirse a Dios y abandonar el lirismo ni tampoco ofrece un catecismo de manera unilateral. Esos son sus méritos, no pocos para su edad y experiencia. Y esa fue la razón por la que pudo pasar el filtro de los lectores que decidieron incluirlo en esta nómina de poetas a los que ahora acompaña. Pero tampoco renuncia a poetizar su fe, aunque sin ánimo propagandístico y es capaz de someter su voz en curso a los caminos de un proyecto lírico en marcha.

Lagunas se une también a un grupo aún no muy visible de poetas (Leticia Martínez de León, David Rosales Aragón…) que, en la estela de Concha Urquiza, Javier Sicilia o Gabriel Zaid, no vacilan en negociar líricamente con su fe y salir airosos del intento.

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