Posted On 04/06/2020 By In portada, Teología With 791 Views

Pensar en la providencia en tiempos del Coronavirus | Alfonso Pérez ranchal

Las grandes tragedias del siglo XX supusieron un antes y un después en el pensamiento teológico sobre la teodicea. Fueron especialmente las dos guerras mundiales las que hicieron que la posición tradicional sobre este tema se derrumbara. Esto tal vez es desconocido para cierto sector del cristianismo que suele vivir y pensar muy encerrado en sí mismo, sin mucha apertura a un pensamiento cristiano más amplio que desde hace tiempo ha superado ciertas propuestas.

Al presente el mundo vive en medio de una terrible pandemia, está en shock, y de nuevo se hace las mismas preguntas de siempre en relación a Dios y a su bondad, a su soberanía y omnipotencia, y a la libre voluntad humana. Como si nada se hubiera escrito o reflexionado en el siglo anterior se da el fenómeno de saltarlo y volver a posiciones decimonónicas para responder a cuestiones del siglo XXI.

La teología se vio obligada a realizar una intensa revisión de la imagen o concepto de Dios. Es más, cayó una gran interrogante sobre el mismo concepto de Dios. Un Dios bueno y todopoderoso no era, ni es, compatible con lo visto y vivido.  El mal moral humano ponía además otro interrogante sobre la santidad divina y su aparente permisividad, ¿cómo es posible conciliar todo esto?

Al presente muchos son los que rezan, los que oran. Una buena parte de ellos creen sinceramente que serán escuchados en su dolor si «saturan» a Dios con sus oraciones. No faltan los que ven la mano de Dios en determinadas circunstancias; y también están los que creen que Dios en realidad lo controla todo y además ha sido él el responsable directo de lo que estamos viviendo. ¿Cómo, por extensión, encaja en todo esto la libertad humana, o tal vez la misma no existe y este mundo se trata de una especie de parque temático para el disfrute de la deidad?

La respuesta clásica había sido apuntar a que el mal moral provenía de la libertad humana y la providencia divina se desarrollaba teniéndola presente. En cuanto al mal físico, al sufrimiento o al dolor, la apologética clásica daba dos respuestas. Por un lado, el sufrimiento es consecuencia de la transgresión de un mandamiento divino y sirve precisamente para poner freno al mal moral que lo provocó. De análoga forma se razonaba para un desastre natural cuando se llevaba la vida de centenares o de miles de personas: es algo bueno ya que le recuerda al ser humano su lugar, condición y el reconocimiento y dependencia que le debe a Dios. Por el otro lado, el sufrimiento obliga a la persona a que se ejerza en la virtud. Lo acepta como procedente de Dios para expiar su pecado, le provee méritos y se asemeja a Cristo en sus sufrimientos.

Muchos cristianos del presente ya no aceptan estas respuestas. La razón es que estas dos explicaciones clásicas no se ajustan a la realidad, en demasiadas ocasiones los que sufren son los inocentes y los más desvalidos. Pero ante esta respuesta se volvía a argumentar que mientras estemos en este mundo las calamidades afectan tanto a unos como a otros; o que incluso que Dios sí que guarda más a unos que a otros –en este caso a sus hijos- lo que ocurre es que nosotros no entendemos o no tenemos acceso al conocimiento de sus pensamientos. Ya lo comprenderemos todo, se seguía apuntando, cuando estemos con él, mientras, tengamos en cuenta que los padecimientos del presente no son nada comparados con lo que Dios nos tiene reservado, y no faltaba un texto bíblico como podría ser el de Romanos 8:18.

La posición tradicional puede ser aceptada si realmente le encontramos sentido a un sufrimiento, si se ven incluso beneficios en la persona que lo padece. Pero esto en gran cantidad de ocasiones no sucede, es más, la realidad lo contradice y además en los casos más significativos, en los más trágicos.

Hans Jonas, filósofo judío, tras afirmar que el sufrimiento anterior de su pueblo a lo largo de la historia podría explicarse como resultado de su infidelidad o como martirio –siguiendo la perspectiva bíblica-, lo que había sucedido en los campos de concentración nazi hacía estallar todo intento de comprensión, así escribió lo siguiente:

«Nada de todo esto tiene ya validez después de Auschwitz donde no tuvieron cabida ni la fidelidad y la infidelidad, ni la fe ni la increencia, ni la falta ni su castigo, ni la prueba, ni el testimonio, ni la esperanza de redención, ni siquiera la fuerza o la debilidad, el heroísmo o la cobardía, el desafío o la sumisión. No, de todo esto Auschwitz, que devoró incluso a los niños, no supo nada; ni siquiera tuvo la menor ocasión de saberlo. No fue por amor a su fe por lo que murieron aquellos seres (como todavía mueren los testigos de Jehová); tampoco fueron asesinados a causa de tal o cual orientación voluntaria de su ser personal. La deshumanización por medio del extremo abajamiento o despojo precedió a su agonía; a las víctimas destinadas a la solución final no se les dejó el menor ápice de nobleza humana: nada de todo esto era ya reconocible en los supervivientes, en los fantasmas esqueléticos de los campos liberados […] Y Dios dejó hacer. ¿Quién es ese Dios que pudo dejar hacer?[1]».

Es por ello que el providencialismo rechina tanto. El providencialismo es la creencia de que Dios actúa en cada uno de los detalles de nuestra existencia. Esta creencia por muy popular que sea en algunos círculos, desfigura a Dios y lleva a una serie de desviaciones.

Esta actuación a menudo se presenta como permisividad divina, si algo ocurre es porque Dios así lo ha querido, no ha actuado en sentido contrario para evitarlo.  Realmente se trata de una interpretación que provee cierta tranquilidad psicológica ya que suprime el azar cuando las causas que producen una desgracia se entrecruzan sin más explicación aparente. Este azar provoca angustia y ansiedad, así que se inserta en la cadena de sucesos a Dios. Pero hay situaciones, como ya he apuntado más arriba, que es del todo imposible aceptar que vengan de Dios a menos que neguemos su bondad. Ante ellas los providencialista suelen callar y remitir a los misteriosos caminos de Dios, o que Dios es soberano y hace lo que quiere, confundiendo de esta forma soberanía con tiranía. Pero el Getsemaní nos muestra que Dios no actúa en base a milagros, las heridas y los fracasos son parte de la vida y el Evangelio nos ayuda a asumir todo ello y a trabajar en favor de los desdichados. La teodicea tiene el rostro de Jesucristo.

En la misma Biblia hay textos sorprendentes. Muchos Salmos muestran la perplejidad ante el silencio de Dios, ante la realidad de que a los justos no les llega la felicidad ni a los impíos la desdicha. Es el tema bíblico del «Dios escondido», así aparece en Isaías 45:15 cuando el profeta tiene que enfrentar el desastre de la caída de Jerusalén en el 587 a. C. y del exilio.

La fe debe reconocer tanto la presencia como la ausencia de Dios. En los Salmos la fórmula «Dios esconde su rostro» aparece bastante (10:11; 13:1; 30:8; 51:11) y muestra el alejamiento de Dios por un tiempo que se desconoce. Si vamos al Nuevo Testamento en el mismo no se indica que Dios nos vaya a librar de los infortunios, sino que en medio de ellos nos sostiene, nos acompaña.

Dios respeta el azar y la fabilidad humanas y aun así sigue siendo providente ya que cumple sus propósitos contando con estos límites. Esto se debe a que ha creado al ser humano con autonomía. Dios busca relacionarse con alguien que sea libre, quiere que colabore de esta forma con él y así llevar adelante sus designios. Y esta relación se basa en la confianza, esto es en la fe por nuestra parte. Esta confianza no significa que se está esperando que Dios realice una actuación maravillosa, sino que es una espera en Dios, aunque todo parezca que va en contra de sus designios.

Si Dios es verdaderamente bueno no puede esclavizar a nadie, todo lo contrario, crea y respeta la autonomía. Dios desea que la persona se le adhiera por decisión propia. Dios, por tanto, tiene una intervención discreta ya que actúa por causas segundas para no violentar la libertad humana. Pero es por esto también que sus acciones no son evidentes. Sin duda actúa en la historia humana, pero no la predetermina. Influye en la persona, pero respetando su fragilidad y decisiones, tanto que permitió la propia caída del ser humano. Es aquí en donde la fe tiene su razón de ser, su finalidad: poder “ver” y considerar así la realidad que parece que apunta en dirección contraria.

Ante las tragedias que sucedieron en el siglo XX y la que vivimos al presente, parece que Dios está en silencio de forma indefinida. La respuesta del creyente debe ser un llamado a la confianza y a la esperanza para no desmayar. Es esta perspectiva la que nos hace madurar como personas y la decisión de tomarnos muy en serio nuestra responsabilidad ante Dios y el prójimo. La providencia está en mí, en la forma en la cual yo entiendo e interpreto lo que me pasa y rodea. Lo concibo desde Dios, tengo que aceptar el mundo tal cual es, y esto se logra por medio de la fe y de la oración, una oración que me remite a mí mismo.

La oración que no cae en infantilismos no pretende hacer cambiar a Dios ni moverle para que actúe en un desastre como si Él estuviera mirando desde su trono de forma impasible. Por supuesto, pedimos por sanidad, para que nos libre de la angustia de la pérdida, pero debemos saber que muy posiblemente nada de esto ocurra. Es por ello que la oración lo que hace es crear en nosotros más dependencia de Él, de ser conscientes de que estamos ante un Dios bueno y soberano, no ante un tirano. A la par, nos hace sensibles, nos une al dolor y llanto de tantos otros, somos cambiados interiormente.

Es precisamente por un acto de fe que se puede aceptar la providencia divina, ya que la misma, como hemos indicado, no es en absoluto evidente. Cuando en el Padrenuestro se pide que se haga la voluntad de Dios es claro que eso significa que en esta tierra mucho de lo que ocurre no es de acuerdo a ella.

Y es que en esencia la oración de intercesión es un acto de esperanza. Este acto también libera del egoísmo de una relación individual centrada en nosotros y en nuestras necesidades.

Recordemos que nuestro Dios no es un Dios guerrero, tribal o cruel. Por el contrario sabemos que fue crucificado… pero la historia no acabó ahí, al tercer día todo cambió y en esa esperanza esperamos.

[1] Citado en LISON, JACQUES. ¿Dios proveerá? Cantabria: Editorial Sal Terrae, 2009, p. 47.

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