Posted On 05/03/2018 By In Cine, Cultura, portada With 298 Views

Posesiones demoniacas: visiones cinematográficas del adversario | Samuel Lagunas

“La tierra está llena del gorjeo de demonios amargados […]
¿Una maldición? Este mundo es una maldición.”

Jigo, La princesa Mononoke (Mononoke-hime, Hayao Miyazaki, 1997)

Desde sus orígenes, la cámara ha mantenido un ambivalente romance con el diablo. Aquél predicador fundamentalista que a finales del siglo XIX arremetió contra la fotografía y afirmó que la cámara era una “artefacto diabólico” porque ninguna máquina humana debía “fijar la imagen divina” halló eco en los evangélicos norteamericanos que fomentaron la censura y en los fundamentalistas cuyo puritanismo exacerbado les prohíbe en la actualidad entrar a una sala de cine por motivos de conciencia: la cámara es una ventana indiscreta, una puerta a lo prohibido; y es que desde su más remoto antecesor, la linterna mágica, tiene la virtud de aproximarnos de un modo inusitado –desde el espectáculo– al misterio de la perversidad absoluta y su personificación estratificada: el diablo y sus demonios.

Sin embargo, no podemos obviar la elegancia de las etimologías. En el idioma hebreo satán (hb. ןטָשָּׂ) significa llanamente “adversario”; en el griego, demonio (gr. δαίμων daimôn) alude a “algo no humano” y diablo (gr. διάβολος) es un hermoso antónimo de símbolo que, in stricto sensu, se refiere a aquello que divide o impide el consenso.

1. “Yo es otro”: de cómo el diablo se acerca al hombre

El diablo es un sujeto incómodo y le encanta relacionarse con la humanidad. O eso es lo que se cree desde que fue oficialmente reconocido como agente histórico en el IV Concilio de Letrán (1215-1216). Entre los evangélicos aficionados al tema circula hoy una taxonomía clara que especifica las formas en las que el adversario y su séquito interactúa con los hombres: la tentación, la influencia y la posesión. El cine, avalado por documentos tan aciagos y creativos como el Malleus Maleficarum, ha explorado con fascinación un momento más: la cópula. Finalmente, la industria de los efectos especiales ha hecho posible una remitologización y una construcción épica del combate primigenio de Dios y su ejército contra Lucifer y sus huestes caídas.

i. Tentación

En La última tentación de Cristo (The last Temptation of Christ, Martin Scorsese, 1988) el diablo presenta dos de sus ofertas a Jesús (William Defoe) en forma de animal: una serpiente le ofrece la posibilidad de una familia; un león, la satisfacción de sus ambiciones políticas. Finalmente Satanás aparece como una llama de fuego y le propone compartir el gobierno absoluto. Jesús vence a los tres y, más tarde hará lo mismo, aunque con mayores dificultades, con su presunto ángel guardián (Juliette Caton) encarnado en un ser infantil andrógino. Para Francisco J. Rubia, representante de esta rara y nueva ciencia que es la neuroespiritualidad, los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto sin alimento ni agua son el escenario idóneo para que el cerebro ingrese en un estado alterado de conciencia. El neurocientífico español sostiene que el cerebro es el creador de todas las realidades y que las experiencias espirituales son completamente fisiológicas: aumenta la actividad en el lóbulo frontal y disminuye en la parte posterior y superior del lóbulo parietal.

Ver al diablo, entonces, no es cosa tan rara como lo han demostrado los experimentos de Persinger y es una experiencia que puede reproducirse sin muchas complicaciones en un laboratorio. Más allá de los aportes neuroteológicos, el cine se ha decantado en esta rentable “huida hacia lo sobrenatural”, como la describe Roman Gubern, incluso desde la animación.

La última tentación de Cristo

Un claro ejemplo de cómo se representa la tentación en los dibujos animados lo ofrecen el ángel y el diablo del perro Pluto dentro del universo de Mickey Mouse. En ¡Pluto!, ¡echa una mano! (Lend a Paw, Clyde Geronimi, 1941) Pluto encuentra a un gato en la nieve. Cuando regresa a casa, descubre que el animalito lo ha seguido hasta allí y Mickey lo ha recibido con alegría. Entonces su conciencia se divide: mientras el ángel lo aconseja a ser un buen perro, el diablo lo incita a deshacerse del recién llegado de cualquier manera, incluso lo arroja a un pozo. En ese momento crucial, el ángel aparentemente derrotado logra zafarse de las cuerdas con que el diablillo lo había atado y ordena a Pluto salvar al animal. La aventura tiene un final feliz. El diablo no ha hecho más que insinuarse pero al final nada le ha resultado bien.

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