Posted On 13/01/2015 By In Filosofia, Opinión With 1071 Views

Respuestas a preguntas no formuladas

Una de las características de la postmodernidad es haberse alejado de los grandes relatos de la modernidad que habían despertado expectativas de alcanzar, por fin, el mundo feliz preconizado por Aldous Huxley. El viaje a Ítaca, iniciado en el origen de los tiempos, estaba a punto de finalizar. El hombre estaba cerca de su mayoría de edad.

La primacía de la razón, a partir de las ideas del racionalismo y la ilustración, desarrolló una cosmovisión en la que el universo era explicado a partir de las leyes de la física sin necesidad de recurrir a factores extranaturales, como la idea de Dios.

Jean-Jacques Rousseau defendía la bondad natural del hombre y la educación como postulados en los que se fundamentaría una nueva realidad social de libertad, progreso, justicia e igualdad.

Para los ideólogos de la modernidad, el desarrollo de la ciencia y la tecnología permitiría alcanzar cotas de bienestar como la humanidad no había conocido hasta entonces. La tecnología facilitaría una vida más cómoda, las comunicaciones democratizarían el conocimiento, la medicina pondría fin a la enfermedad…

Pero todos estos relatos entran en crisis en el siglo XX. Crisis económica de 1929, dos guerras mundiales, el holocausto judío, crisis de los proyectos políticos: socialismo y capitalismo.

En paralelo, se produce un desencanto frente al progreso técnico. No podemos negar el impacto positivo sobre el bienestar y el incremento de la esperanza de vida por parte de la ciencia; pero no se percibe que el desarrollo moral progrese en la misma proporción.

El hombre y la mujer postmodernos han descubierto que las esperanzas de un mundo mejor depositadas en la razón, la ciencia, la tecnología, la economía o el zafarse de la idea de Dios no se han cumplido y su reacción ha sido alejarse de tales relatos.

Otra característica de la postmodernidad, derivada de cuanto antecede, es la ausencia de absolutos. La idea de verdad absoluta pertenece al pasado. La verdad ha dado paso a las verdades relativas y personales. Nadie puede arrogarse el monopolio de la verdad en ningún campo: ideológico, político, económico o religioso. La verdad es poliédrica, subjetiva y mutable.

Todo ello nos ha conducido al concepto de sociedad líquida en expresión, ya generalizada, del sociólogo y pensador Zygmunt Bauman, uno de los principales analistas de la postmodernidad. Escribe este autor, en una de sus obras de referencia, que «los sólidos conservan su forma y persisten en el tiempo: duran, mientras que los líquidos son informes y se transforman constantemente: fluyen». La idea de lo líquido se convierte en metáfora del cambio y la transitoriedad.

La postmodernidad es un tiempo sin certezas. «Hoy nuestra única certeza es la incerteza» es otro de los axiomas de Zygmunt Bauman. Todo es cada vez más imprevisible, cambiante… El individualismo convierte, asimismo, en precarias, transitorias y volátiles las relaciones interpersonales, los compromisos y las lealtades. Las sociedades postmodernas son frías y pragmáticas.

Todo es resbaladizo, acuoso, inestable, líquido: las relaciones de pareja, el amor, los afectos, los contratos de trabajo, la persistencia de los negocios, la política… Nada dura para siempre. Surfeamos en las olas de una sociedad líquida siempre cambiante.

Todo ello va configurando los marcos mentales (frames) de las personas, en los que difícilmente tienen cabida aspectos ideológicos alejados de la cosmovisión postmoderna. Es en esta realidad sociológica en la que la iglesia debe desarrollar su misión. Las preguntas se imponen: ¿Hasta qué punto nuestros relatos tradicionales hallan cabida en unas configuraciones mentales que, a priori, los han rechazado? ¿Cómo son entendidos? ¿Qué credibilidad se les concede? ¿Qué impacto producen?

¿Es posible mantener una presentación literal de las Escrituras sin distinguir los registros del lenguaje? ¿Puede la persona, mínimamente preparada, aceptar como históricos o científicos los primeros capítulos del Génesis u otros relatos míticos del primer testamento cuya finalidad no es otra que hacer presente el testimonio de fe del pueblo de Israel?

¿Qué incidencia puede tener un discurso atiborrado de presupuestos dogmáticos en quienes carecen de las bases conceptuales y lingüísticas para su comprensión? ¿Qué efecto pueden tener nuestras respuestas a supuestas preguntas que nuestros conciudadanos no se formulan? Es prácticamente imposible el encastre de un modelo moderno de presentación del evangelio en los marcos mentales de la postmodernidad.

El teólogo alemán Johann Baptist Metz señala que «no existe un cristianismo preexistente a la cultura y a la historia, un cristianismo culturalmente desguarnecido, culturalmente desnudo». El mensaje cristiano debe tener en cuenta, pues, el sustrato social al que se dirige en cada momento, actualizando el mensaje de Jesús de Nazaret. Persistir en relatos innecesarios por no ser nucleares a la fe, emplear un lenguaje críptico en la predicación, mantener la pretensión de exclusividad, rechazar acríticamente otras opciones confesionales… comporta incluso el riesgo de ser percibidos como sectarios.

Quizá, antes de formular nuestras afirmaciones, sea necesario escuchar las preguntas del hombre y la mujer postmodernos. Las preguntas de la modernidad surgían de una mente analítica y apuntaban a la necesidad de sentido (eran las denominadas preguntas últimas); las preguntas postmodernas son más vitales e inquieren acerca de realidades disfuncionales y, en muchos casos, frustrantes y hostiles. Son preguntas como las de Job y Habacuc que demandan respuestas a las críticas situaciones actuales (paro, precariedad laboral, dificultades económicas, violencia de género, enfermedad, corrupción de la casta política y financiera…).

Todo ello suscita nuevos interrogantes. ¿Cuál es el efecto de nuestras respuestas a hipotéticas preguntas de sentido cuando la demanda se halla en torno a la teodicea? ¿Qué ocurre cuando la pregunta cercana al grito, la protesta… recibe una lección moralizante? ¿O es que no seguimos contestando, con demasiada frecuencia, con palabras y fórmulas estereotipadas las preguntas, inquietudes, angustias y preocupaciones de nuestros coetáneos? ¿No será más adecuado colocarse junto a la persona en su situación concreta, empatizar y, hasta donde fuera posible, transmitir esperanza?

La empatía con las situaciones de los demás caracteriza la nueva manera de vivir inaugurada por Jesús. Sólo de este modo nuestra proclamación responderá a preguntas formuladas. Lo contrario es como pretender encastrar una figura triangular en un espacio cuadrado o circular.

En la resolución Nuestra Esperanza del sínodo colectivo de las diócesis de la República Federal Alemana del año 1976 ya se señalaba que «solo si la iglesia consigue tener bien presentes estas preguntas (las que realmente se formula el hombre y la mujer de cada tiempo histórico) evitará producir la impresión de que a menudo solo da respuestas que no surgen de ninguna pregunta, o de que dirige su mensaje a los hombres del pasado».

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