Posted On 31/07/2014 By In Cultura, Testimonios With 1924 Views

Rubem Alves

Hay personas que dan gusto a la vida por su disposición a recibir los dones que el misterio de vivir trae a sus existencias. Son personas que tienen fuerza suficiente para compartir con los demás la vitalidad que los habita. Poseen cualidades que les otorgan notas distintivas en la manera de existir. Rubem Alves es una de ellas. Hago esta afirmación en presente, porque si bien Rubem ha dejado de existir físicamente entre nosotros, sigue al lado de muchos de nosotros. Lo sentimos a nuestro lado, abriendo sendas que nos alientan, que nos sorprenden y encantan. Nuestro primer encuentro fue en 1963, en la Chacra Flora, San Pablo, Brasil. Richard Shaull, que fue su profesor en el Seminario de la Igreja Presbiteriana do Brasil, en Campinas, nos convocó a un pequeño grupo de teólogos y científicos sociales para reflexionar sobre el ser de las comunidades de creyentes en sociedades que experimentaban rápidas mudanzas sociales. La última vez que tuvimos oportunidad de estar juntos fue hace poco más de dos años, en Campinas. Quienes se preocupaban por su salud le habían informado que el mal de Parkinson le acompañaría. Con el humor que siempre lo acompañó, hizo sentir a quienes nos reunimos en esa ocasión, que el gusto de vivir sería siempre una flor en su existencia.

En todo ese periodo (1963-2012) fue un compañero y un maestro. Un mentor que me ayudó a transitar por caminos insospechados, un amigo querido que tuvo la capacidad de ir siempre hacia adelante, dispuestos a ser sorprendidos por la aventura de la libertad, cuyos elementos discernía en seres sencillos. A través de la opacidad de las cosas simples sabía ver gérmenes de libertad. Para él, eran gérmenes de libertad. Los que —consciente o inconscientemente— son movidos por ellos, son portadores del Espíritu porque, recordando las palabras del apóstol Pablo, “donde está el Espíritu hay libertad” (2 Corintios 3:17). El Espíritu sopla donde quiere: fiel al aliento que nos mueve, Rubem hizo valer su libertad en las manifestaciones de la vida; en el llanto del niño que aspira a un mañana en el que el Espíritu “ponga libertad”. Eso puede manifestarse de  innumerables maneras: en la flor de jabuticaba que engalana un jardín, en las luchas por la libertad que mueven a las mujeres y a los hombres, en la práctica de una educación como lamentable expresión de aburrimiento, hastío y desencanto que acepta a los agentes, instituciones y estructuras a través de las que ella se transmite.

Son muchas las imágenes de Rubem que guardo conmigo. Ellas no me abandonan. Recuerdo la reunión de grupos ecuménicos que tuvo lugar en Piriápolis, Uruguay, en diciembre de 1967, cuando Rubem expuso algunos elementos clave de lo que por ese tiempo comenzó a ser llamado “teología de la liberación”. Fue un período difícil, poblado de asperezas para quienes  tomaban conciencia de que el paradigma que se impuso en la manera de hacer teología en América Latina no era fiel al Evangelio de Jesús; era (y es aún) una negación del Evangelio y la afirmación de un dogma que es contrario a la práctica de la libertad. Los militares y las elites latinoamericanas quisieron imponer su régimen: fueron años de plomo y de violación flagrante de los derechos humanos. Por haber defendido posiciones de justicia social, Rubem tuvo que exiliarse. La Igreja Presbiteriana do Brasil —su propia comunidad de fe— lo denunció por dar testimonio del mensaje liberador del Evangelio de Jesús de Nazaret. La exposición que Rubem Alves hizo en esa ocasión mostró la fuerza renovadora que dinamizó a una generación: Gustavo Gutiérrez, Juan Luis Segundo, Hugo Assmann, Jether Pereira Ramalho, Luis Alberto Gómez de Sousa, Sergio Torres, Ivone Gebara, Ronaldo Muñoz, Pablo Richard, Elsa Tamez,  José Míguez Bonino, Juan Bautista Libanio, Frei Betto, José Comblin y otros participaron en debates que contribuyeron a plasmar la teología de la liberación. Rubem Alves estuvo entre los pioneros que elaboraron esta corriente: afirmó que el pensamiento teológico tiene necesidad de una práctica que, para la teología de la liberación, se manifiesta en la vida y compromiso de la comunidad de los pobres.

Aquella reunión que tuvo lugar en Piriápolis dio lugar a agrias polémicas. Éstas se relacionaron con una nueva manera de ser “iglesia”. En el transcurso de los años 1968 y 1969, Rubem Alves y Jether Pereira Ramalho orientaron un programa ecuménico auspiciado por el movimiento “Iglesia y Sociedad en América Latina” (ISAL), que tuvo como objetivo formar agentes y animadores en la educación popular, siguiendo las ideas de Paulo Freire. Tuve el privilegio de participar en seminarios de este proyecto llamado “Educación para la Justicia Social”. Con Rubem fuimos a Bolivia, Perú y Ecuador, donde celebramos estos seminarios y encuentros con quienes buscaban sendas renovadoras en el campo de la educación. La reacción de quienes se oponían al cambio se manifestó rápidamente: los sectores reaccionarios y conservadores denunciaron ese programa de ISAL. Rubem Alves fue considerado hereje por su pensamiento teológico. En los grupos que adherían a ISAL se decía, irónicamente, que la acción emprendida podía ser comparable “a la de un mosquito, que molesta a un paquidermo”: el mosquito, con sus picaduras, obliga a los animales grandes a moverse. Esto tuvo lugar en circunstancias que, en algunos casos, tuvieron lugar de manera tensa y dramática. Rubem, exiliado en Estados Unidos, terminó su disertación teológica en el Seminario de Princeton y regresó a Brasil.

Con su esposa Lidinha, y sus dos hijos (Sergio y Marcos) volvió a Brasil. Fue docente de Filosofía en la Universidad de São José doRío Preto, en el Norte del Estado de São Paulo. Poco tiempo después nació Raquel, niña de sus ojos. Dedicó  grandes cuidados y atención a la atención de su hija, afectada por problemas neurológicos. La lucha por la vida de Raquel condujo a Rubem y Lidinha a volcar su celo en cuidar la salud de su hija (hoy arquitecta de interiores). Esos esfuerzos se desarrollaron en un periodo en el que probó su gran fertilidad intelectual. Varios campos fueron cubiertos; no solo teología, sin además filosofía, ciencias sociales y otros. Su interés por ayudar a quienes padecen problemas espirituales y morales lo llevó a trabajar su propio psicoanálisis y a practicar las disciplinas conexas con quienes buscaban consejo e inspiración para sus existencias. Fue alguien que escuchaba, que dialogaba con los que buscaban  sentido y paz.

Puedo dar fe del valor profesional de Rubem en este plano. Trabajé en Brasil durante poco más de diez años, tiempo en el que recibí mucho de mi amigo. Al poco tiempo de estar viviendo en Sao Paulo, le consulté sobre un psicoanalista con quien pudiese trabajar algunos de mis problemas. Me indicó uno de los mejores terapeutas, que supo orientarme y a quien agradezco las orientaciones que supo darme. Fue durante la segunda mitad de los 1980. Por esos años, servía como profesor de posgrado en Ciencias de la Religión, y también participé en el lanzamiento del Centro Ecuménico de Servicios a la Evangelización y a la Educación Popular (CESEP). Las experiencias que compartí con quienes participaron en los Cursos del CESEP me ayudaron a percibir cuestiones que propuse a quienes eran estudiantes que se interesaban por cuestiones más académicas. Tuve alumnos que buscaron ser guiados para dar un sentido válido a sus comportamientos, que sin embargo no podían satisfacer sus intenciones por no poder disponer de recursos suficientes. Dada mi condición de docente les aconsejé que tuvieran un contacto con Rubem, y que recibiesen su asesoramiento. Varios entre ellos recurrieron al amigo; pasado un lapso compartieron conmigo cómo recibieron ayuda del terapeuta, que en la mayoría de los casos la dispensó graciosamente. El tiempo pasó, y su preocupación por los demás fue concretándose. Descolló como educador. Fue profesor visitante en universidades de Estados Unidos y Europa, apreciado por aquéllos que recibieron el don de los conocimientos y del interés que Rubem invirtió en ellos. El intelectual, no obstante su modestia, brillaba cuando sugería caminos a través de los cuales buscaba hallar senderos innovadores, transformadores.

Aproximándome a cerrar esta nota, podemos preguntar: ¿quiénes son algunos que inspiraron a nuestro amigo? Quien ha podido hacer el bien a los demás, en muchos sentidos debe su interés por servir a quienes contribuyeron e inspiraron su existencia. De manera indiscutible, afirmo que corresponde citar la lectura frecuente de la Palabra de Dios. La tradición bíblica, que no necesita ser nombrada para ser discernida y reconocida, es constante en la vida y práctica de Rubem Alves. Nacido en el seno de una familia evangélica, en el sur del Estado de Minas Gerais, hizo una referencia constante en su pensamiento a las historias bíblicas. Esa tradición permaneció en su espíritu, que buscó la relación que pudiese existir entre las Escrituras y la belleza. Movido sin cesar por la búsqueda empecinada de la belleza, quiso hallarla y disfrutar de ella: en la plástica, en la buena música, en el plano de la formulación de las ideas. Los poemas de Fernando Pessoa, de Guimarães Rosa, de Rilke, de Cecília Meireles, de Adélia Prado, tienen la fuerza propia de lo bello. Como también las composiciones de Buxtehude, de Bach, de Vivaldi, Mozart…

Desde hace muy pocos días, el amigo Rubem, nuestro amigo Rubem, vuela por el espacio. Cuando escribo, pienso o digo: “el amigo Rubem”, no me refiero sólo a mi persona. Integro en este giro de lenguaje a compañeros y compañeras que tuvimos el privilegio de gozar de la hermosura de la vida. Gracias, Rubem, por el don que te condujo a compartir la belleza. “Gracias a la vida” (como canta la canción de Violeta Parra).

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