Posted On 19/06/2010 By In Biblia, Opinión With 762 Views

Saramago: En lucha titánica con Dios

«Dios es el silencio del universo, y el ser humano el grito que da sentido a ese silencio». Esta definición que daba Saramago de Dios es la más bella que nunca haya leído o escuchado. La leí en sus libros y la escuché en varias ocasiones de sus labios. Merecería aparecer entre las veinticuatro definiciones -con ella, veinticinco- de otros tantos sabios reunidos en un Simposio que recoge el «Libro de los 24» (Siruela, Madrid, 2000), cuyo contenido fue objeto de un amplio debate entre filósofos y teólogos durante la Edad Media. Para un teólogo dogmático, definir a Dios como silencio del universo quizá sea decir poco. Para un teólogo heterodoxo como yo, seguidor de las místicas y los místicos judíos, cristianos, musulmanes como el Pseudo
Dionisio, Rabia de Bagdad, Abraham Abufalia, Algazel, Ibn al Arabi, Rumi, Hadewich de Amberes, Margarita Porete, Hildegarda de Bingen, Maestro Eckhardt, Juliana de Norwich, Juan de la Cruz, Teresa de Jesús, Baal Shem Tov; cristianos laicos como Dag Hammarskköld, indúes como Tukaram y Mohandas K. Gandhi, y no creyentes como Simone Weil, es más que suficiente. Decir más sería una falta de respeto para con Dios, se crea o no en su existencia. «Si comprendes -decía Agustín de Hipona- no es Dios».

Saramago compartió con Nietzsche la parábola de Zaratustra y el apólogo del Loco sobre la muerte de Dios y quizá pudiera poner su rúbrica bajo dos de las afirmaciones nietzschianas más provocativas: «Dios es nuestra
más larga mentira» y «Mejor ningún dios, mejor construirse cada uno su destino». Quizá coincida también con Ernst Bloch en que «lo mejor de la religión es que crea herejes» y en que «un buen ateo puede ser un buen cristiano, y un cristiano puede ser un buen ateo». Su vida y su obra fueron una lucha única con Dios a brazo partido que terminó en tablas, sin vencedor ni vencido.

En su novela Caín recrea la imagen violenta y sanguinaria del Dios de la Biblia judía, «uno de los libros más llenos de sangre de la literatura mundial», al decir de Norbert Lohfink, uno de los más prestigiosos biblistas del siglo XX. Imagen que continúa en algunos textos de la Biblia cristiana, donde se presenta a Cristo como víctima propiciatoria para reconciliar a la humanidad con Dios y que vuelve a repetirse en el teólogo medieval Anselmo de Canterbury, quien presenta a Dios como dueño de vidas y haciendas y como un señor feudal, que trata a sus adoradores como si de siervos de la gleba se tratara y exige el sacrificio de su hijo más querido, Jesucristo, para reparar la ofensa infinita que la humanidad ha cometido contra Dios.

El Dios asesino de la última novela de Saramago sigue presente en no pocos de los rituales bílicos de nuestro tiempo: en los atentados terroristas cometidos por falsos creyentes musulmanes que en nombre de Dios practican la guerra santa contra los infieles; en dirigentes políticos autocalificados cristianos, que apelan a Dios para justificar el derramamiento de sangre de inocentes en operaciones que llevan el nombre de Justicia Infinita o Libertad Duradera; en políticos israelíes que, creyéndose el pueblo elegido de Dios y únicos propietarios de la tierra que califican de «prometida», llevan a cabo operaciones de destrucción masiva de territorios, muros carcelarios y asesinatos, calculados impunemente, de miles de palestinos.

Tras estas operaciones, Saramago no podía menos que estar de acuerdo con el testimonio del fillóisofo judío Martin Buber: «Dios es la palabra más vilipendiada de todas las palabras humanas. Ninguna ha sido tan mancillada, tan mutilada… Las generaciones humanas han hecho rodar sobre esta palabra el peso de su vida
angustiada, y la han oprimido contra el suelo. Yace en el polvo y sostiene el peso de todas ellas. Las generaciones humanas, con sus partidismos religiosos, han desgarrado esta palabra. Han matado y se han dejado matar por ella. Esta palabra lleva sus huellas dactilares y su sangre… Los hombres dibujan un
monigote y escriben debajo la palabra «Dios». Se asesinan unos a otros, y dicen: «lo hacemos en nombre de Dios»… Debemos respetar a los que prohíben esta palabra, porque se rebelan contra la injusticia y los excesos que con tanta facilidad se cometen con una supuesta autorización de Dios». Yo también pongo mi rúbrica bajo esta afirmación de Buber. Por eso muy raras veces oso pronunciar el nombre de Dios.

La lucha contra los fundamentalismos, los religiosos y los políticos, es el mejor antídoto contra el Dios violento y contra la violencia en nombre de Dios. En esa lucha no violenta estuvo comprometido Saramago de pensamiento, palabra y obra. Su vida fue todo un ejemplo de ética solidaria, -apoyo a Aminatu Haidar y destino
de los derechos de su último libro para Hait;- e iconoclasta de todas las idolatrías. Bien merece nuestro reconocimiento. ¡Gracias, José Saramago por tu huella!

Lupa 
ProtestanteJuan
José Tamayo, España

(Publicado en El País – Enviado por el autor a Lupa Protestante)

“Dios es
el silencio del universo, y el ser humano el grito que da sentido a ese
silencio”. Esta definición que daba Saramago de Dios es la más bella que
nunca
haya leído o escuchado. La leí en sus libros y la escuché en varias
ocasiones de
sus labios. Merecería aparecer entre las veinticuatro definiciones –con
ella,
veinticinco-  de otros tantos
sabios reunidos en un Simposio que recoge el Libro de los 24
filósofos
(Siruela, Madrid, 2000), cuyo contenido
fue objeto de un amplio debate entre filósofos y teólogos durante la
Edad
Media. Para un teólogo dogmático, definir a Dios como silencio del
universo quizá
sea decir poco. Para un teólogo heterodoxo como yo, seguidor de las
místicas y los
místicos judíos, cristianos, musulmanes como el Pseudo-Dionisio, Rabia
de
Bagdad, Abraham Abufalia, Algazel, Ibn al Arabi, Rumi, Hadewich de
Amberes,
Margarita Porete, Hildegarda de Bingen, Maestro Eckhardt, Juliana de
Norwich, Juan
de la Cruz, Teresa de Jesús, Baal Shem Tov) cristianos laicos como Dag
Hammarksjlöd, indúes como Tukaram y Mohandas K. Gandhi, y no creyentes
como
Simone Weil, es más que suficiente. Decir más sería una falta de respeto
para
con Dios, se crea o no en su existencia. “Si comprendes –decía Agustín
de
Hipona- no es Dios”.







Saramago compartió
con Nietzsche la parábola de Zaratustra y el apólogo del Loco sobre la muerte
de Dios y quizá pudiera poner su rúbrica bajo dos de las afirmaciones
nietzschianas más provocativas: “Dios es nuestra más larga mentira” y “Mejor ningún
dios, mejor construirse cada uno su destino”. Quizá coincida también con Ernst
Bloch en que “lo mejor de la religión es que crea herejes” y en que “sólo un
buen ateo puede ser un bueno cristiano, sólo un cristiano puede ser un buen ateo”.
 Su vida y su obra fueron una lucha
titánica con Dios a brazo partido que terminó en tablas, sin vencedor ni
vencido.

En su
novela Caín recrea la imagen violenta
y sanguinaria del Dios de la Biblia judía, “uno de los libros más llenos de
sangre de la literatura mundial”, al decir de Norbert Lohfink, uno de los más
prestigiosos biblistas del siglo XX. Imagen que continúa en algunos textos de
la Biblia cristiana, donde se presenta a Cristo como víctima propiciatoria para
reconciliar a la humanidad con Dios y que vuelve a repetirse en el teólogo
medieval Anselmo de Canterbury, quien presenta a Dios como dueño de vidas y
haciendas y como un señor feudal, que trata a sus adoradores como si de siervos
de la gleba se tratara y exige el sacrificio de su hijo más querido, Jesucristo,
para reparar la ofensa infinita que la humanidad ha cometido contra Dios.

El Dios
asesino de la última novela de Saramago sigue presente en no pocos de los
rituales bélicos de nuestro tiempo: en los atentados terroristas cometidos por falsos
 creyentes musulmanes que en nombre
de Dios practican la guerra santa contra los infieles; en dirigentes políticos autocalificados
cristianos, que apelan a Dios para justificar el derramamiento de sangre de
inocentes en operaciones que llevan el nombre de Justicia Infinita o Libertad
Duradera; en políticos israelíes que, creyéndose el pueblo elegido de Dios y únicos
propietarios de la tierra que califican de “prometida”, llevan a cabo
operaciones de destrucción masiva de territorios, muros carcelarios y
asesinatos, calculados impunemente, de miles de palestinos.   

Tras estas
operaciones, Saramago no podía menos que estar de acuerdo con el testimonio del
filósofo judío Martin Buber: “Dios es la palabra más vilipendiada de todas las
palabras humanas. Ninguna ha sido tan mancillada, tan mutilada… Las
generaciones humanas han hecho rodar sobre esta palabra el peso de su vida
angustiada, y la han oprimido contra el suelo. Yace en el polvo y sostiene el
peso de todas ellas. Las generaciones humanas, con sus partidismos religiosos,
han desgarrado esta palabra. Han matado y se han dejado matar por ella. Esta
palabra lleva sus huellas dactilares y su sangre… Los hombres dibujan un
monigote y escriben debajo la palabra ‘Dios’. Se asesinan unos a otros, y
dicen: ‘lo hacemos en nombre de Dios’… Debemos respetar a los que prohíben
esta palabra, porque se rebelan contra la injusticia y los excesos que con
tanta facilidad se cometen con una supuesta autorización de ‘Dios’  Yo también pongo mi rúbrica bajo esta
afirmación de Buber. Por eso muy raras veces oso pronunciar el nombre de Dios.

La lucha
contra los fundamentalismos, los religiosos y los políticos, es el mejor antídoto
contra el Dios violento y contra la violencia en nombre de Dios. En esa lucha
no violenta estuvo comprometido Saramago de pensamiento, palabra y obra. Su
vida fue todo un ejemplo de ética solidaria – apoyo a Aminatu Haidar y destino
de los derechos de su último libro para Haití- e iconoclasta de todas las
idolatrías. Bien merece nuestro reconocimiento. ¡Gracias, José Saramago por tu
huella!

Juan José
Tamayo es teólogo y autor de La crisis de
Dios, hoy (Verbo Divino, Estella, 2008, 3ª Ed.)

Lupa 
ProtestanteJuan
José Tamayo, España

(Publicado en El País – Enviado por el autor a Lupa Protestante)

“Dios es
el silencio del universo, y el ser humano el grito que da sentido a ese
silencio”. Esta definición que daba Saramago de Dios es la más bella que
nunca
haya leído o escuchado. La leí en sus libros y la escuché en varias
ocasiones de
sus labios. Merecería aparecer entre las veinticuatro definiciones –con
ella,
veinticinco-  de otros tantos
sabios reunidos en un Simposio que recoge el Libro de los 24
filósofos
(Siruela, Madrid, 2000), cuyo contenido
fue objeto de un amplio debate entre filósofos y teólogos durante la
Edad
Media. Para un teólogo dogmático, definir a Dios como silencio del
universo quizá
sea decir poco. Para un teólogo heterodoxo como yo, seguidor de las
místicas y los
místicos judíos, cristianos, musulmanes como el Pseudo-Dionisio, Rabia
de
Bagdad, Abraham Abufalia, Algazel, Ibn al Arabi, Rumi, Hadewich de
Amberes,
Margarita Porete, Hildegarda de Bingen, Maestro Eckhardt, Juliana de
Norwich, Juan
de la Cruz, Teresa de Jesús, Baal Shem Tov) cristianos laicos como Dag
Hammarksjlöd, indúes como Tukaram y Mohandas K. Gandhi, y no creyentes
como
Simone Weil, es más que suficiente. Decir más sería una falta de respeto
para
con Dios, se crea o no en su existencia. “Si comprendes –decía Agustín
de
Hipona- no es Dios”.







Saramago compartió
con Nietzsche la parábola de Zaratustra y el apólogo del Loco sobre la muerte
de Dios y quizá pudiera poner su rúbrica bajo dos de las afirmaciones
nietzschianas más provocativas: “Dios es nuestra más larga mentira” y “Mejor ningún
dios, mejor construirse cada uno su destino”. Quizá coincida también con Ernst
Bloch en que “lo mejor de la religión es que crea herejes” y en que “sólo un
buen ateo puede ser un bueno cristiano, sólo un cristiano puede ser un buen ateo”.
 Su vida y su obra fueron una lucha
titánica con Dios a brazo partido que terminó en tablas, sin vencedor ni
vencido.

En su
novela Caín recrea la imagen violenta
y sanguinaria del Dios de la Biblia judía, “uno de los libros más llenos de
sangre de la literatura mundial”, al decir de Norbert Lohfink, uno de los más
prestigiosos biblistas del siglo XX. Imagen que continúa en algunos textos de
la Biblia cristiana, donde se presenta a Cristo como víctima propiciatoria para
reconciliar a la humanidad con Dios y que vuelve a repetirse en el teólogo
medieval Anselmo de Canterbury, quien presenta a Dios como dueño de vidas y
haciendas y como un señor feudal, que trata a sus adoradores como si de siervos
de la gleba se tratara y exige el sacrificio de su hijo más querido, Jesucristo,
para reparar la ofensa infinita que la humanidad ha cometido contra Dios.

El Dios
asesino de la última novela de Saramago sigue presente en no pocos de los
rituales bélicos de nuestro tiempo: en los atentados terroristas cometidos por falsos
 creyentes musulmanes que en nombre
de Dios practican la guerra santa contra los infieles; en dirigentes políticos autocalificados
cristianos, que apelan a Dios para justificar el derramamiento de sangre de
inocentes en operaciones que llevan el nombre de Justicia Infinita o Libertad
Duradera; en políticos israelíes que, creyéndose el pueblo elegido de Dios y únicos
propietarios de la tierra que califican de “prometida”, llevan a cabo
operaciones de destrucción masiva de territorios, muros carcelarios y
asesinatos, calculados impunemente, de miles de palestinos.   

Tras estas
operaciones, Saramago no podía menos que estar de acuerdo con el testimonio del
filósofo judío Martin Buber: “Dios es la palabra más vilipendiada de todas las
palabras humanas. Ninguna ha sido tan mancillada, tan mutilada… Las
generaciones humanas han hecho rodar sobre esta palabra el peso de su vida
angustiada, y la han oprimido contra el suelo. Yace en el polvo y sostiene el
peso de todas ellas. Las generaciones humanas, con sus partidismos religiosos,
han desgarrado esta palabra. Han matado y se han dejado matar por ella. Esta
palabra lleva sus huellas dactilares y su sangre… Los hombres dibujan un
monigote y escriben debajo la palabra ‘Dios’. Se asesinan unos a otros, y
dicen: ‘lo hacemos en nombre de Dios’… Debemos respetar a los que prohíben
esta palabra, porque se rebelan contra la injusticia y los excesos que con
tanta facilidad se cometen con una supuesta autorización de ‘Dios’  Yo también pongo mi rúbrica bajo esta
afirmación de Buber. Por eso muy raras veces oso pronunciar el nombre de Dios.

La lucha
contra los fundamentalismos, los religiosos y los políticos, es el mejor antídoto
contra el Dios violento y contra la violencia en nombre de Dios. En esa lucha
no violenta estuvo comprometido Saramago de pensamiento, palabra y obra. Su
vida fue todo un ejemplo de ética solidaria – apoyo a Aminatu Haidar y destino
de los derechos de su último libro para Haití- e iconoclasta de todas las
idolatrías. Bien merece nuestro reconocimiento. ¡Gracias, José Saramago por tu
huella!

Juan José
Tamayo es teólogo y autor de La crisis de
Dios, hoy (Verbo Divino, Estella, 2008, 3ª Ed.)

Lupa 
ProtestanteJuan
José Tamayo, España

(Publicado en El País – Enviado por el autor a Lupa Protestante)

“Dios es
el silencio del universo, y el ser humano el grito que da sentido a ese
silencio”. Esta definición que daba Saramago de Dios es la más bella que
nunca
haya leído o escuchado. La leí en sus libros y la escuché en varias
ocasiones de
sus labios. Merecería aparecer entre las veinticuatro definiciones –con
ella,
veinticinco-  de otros tantos
sabios reunidos en un Simposio que recoge el Libro de los 24
filósofos
(Siruela, Madrid, 2000), cuyo contenido
fue objeto de un amplio debate entre filósofos y teólogos durante la
Edad
Media. Para un teólogo dogmático, definir a Dios como silencio del
universo quizá
sea decir poco. Para un teólogo heterodoxo como yo, seguidor de las
místicas y los
místicos judíos, cristianos, musulmanes como el Pseudo-Dionisio, Rabia
de
Bagdad, Abraham Abufalia, Algazel, Ibn al Arabi, Rumi, Hadewich de
Amberes,
Margarita Porete, Hildegarda de Bingen, Maestro Eckhardt, Juliana de
Norwich, Juan
de la Cruz, Teresa de Jesús, Baal Shem Tov) cristianos laicos como Dag
Hammarksjlöd, indúes como Tukaram y Mohandas K. Gandhi, y no creyentes
como
Simone Weil, es más que suficiente. Decir más sería una falta de respeto
para
con Dios, se crea o no en su existencia. “Si comprendes –decía Agustín
de
Hipona- no es Dios”.







Saramago compartió
con Nietzsche la parábola de Zaratustra y el apólogo del Loco sobre la muerte
de Dios y quizá pudiera poner su rúbrica bajo dos de las afirmaciones
nietzschianas más provocativas: “Dios es nuestra más larga mentira” y “Mejor ningún
dios, mejor construirse cada uno su destino”. Quizá coincida también con Ernst
Bloch en que “lo mejor de la religión es que crea herejes” y en que “sólo un
buen ateo puede ser un bueno cristiano, sólo un cristiano puede ser un buen ateo”.
 Su vida y su obra fueron una lucha
titánica con Dios a brazo partido que terminó en tablas, sin vencedor ni
vencido.

En su
novela Caín recrea la imagen violenta
y sanguinaria del Dios de la Biblia judía, “uno de los libros más llenos de
sangre de la literatura mundial”, al decir de Norbert Lohfink, uno de los más
prestigiosos biblistas del siglo XX. Imagen que continúa en algunos textos de
la Biblia cristiana, donde se presenta a Cristo como víctima propiciatoria para
reconciliar a la humanidad con Dios y que vuelve a repetirse en el teólogo
medieval Anselmo de Canterbury, quien presenta a Dios como dueño de vidas y
haciendas y como un señor feudal, que trata a sus adoradores como si de siervos
de la gleba se tratara y exige el sacrificio de su hijo más querido, Jesucristo,
para reparar la ofensa infinita que la humanidad ha cometido contra Dios.

El Dios
asesino de la última novela de Saramago sigue presente en no pocos de los
rituales bélicos de nuestro tiempo: en los atentados terroristas cometidos por falsos
 creyentes musulmanes que en nombre
de Dios practican la guerra santa contra los infieles; en dirigentes políticos autocalificados
cristianos, que apelan a Dios para justificar el derramamiento de sangre de
inocentes en operaciones que llevan el nombre de Justicia Infinita o Libertad
Duradera; en políticos israelíes que, creyéndose el pueblo elegido de Dios y únicos
propietarios de la tierra que califican de “prometida”, llevan a cabo
operaciones de destrucción masiva de territorios, muros carcelarios y
asesinatos, calculados impunemente, de miles de palestinos.   

Tras estas
operaciones, Saramago no podía menos que estar de acuerdo con el testimonio del
filósofo judío Martin Buber: “Dios es la palabra más vilipendiada de todas las
palabras humanas. Ninguna ha sido tan mancillada, tan mutilada… Las
generaciones humanas han hecho rodar sobre esta palabra el peso de su vida
angustiada, y la han oprimido contra el suelo. Yace en el polvo y sostiene el
peso de todas ellas. Las generaciones humanas, con sus partidismos religiosos,
han desgarrado esta palabra. Han matado y se han dejado matar por ella. Esta
palabra lleva sus huellas dactilares y su sangre… Los hombres dibujan un
monigote y escriben debajo la palabra ‘Dios’. Se asesinan unos a otros, y
dicen: ‘lo hacemos en nombre de Dios’… Debemos respetar a los que prohíben
esta palabra, porque se rebelan contra la injusticia y los excesos que con
tanta facilidad se cometen con una supuesta autorización de ‘Dios’  Yo también pongo mi rúbrica bajo esta
afirmación de Buber. Por eso muy raras veces oso pronunciar el nombre de Dios.

La lucha
contra los fundamentalismos, los religiosos y los políticos, es el mejor antídoto
contra el Dios violento y contra la violencia en nombre de Dios. En esa lucha
no violenta estuvo comprometido Saramago de pensamiento, palabra y obra. Su
vida fue todo un ejemplo de ética solidaria – apoyo a Aminatu Haidar y destino
de los derechos de su último libro para Haití- e iconoclasta de todas las
idolatrías. Bien merece nuestro reconocimiento. ¡Gracias, José Saramago por tu
huella!

Juan José
Tamayo es teólogo y autor de La crisis de
Dios, hoy (Verbo Divino, Estella, 2008, 3ª Ed.)

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