christian feminism

Posted On 10/09/2018 By In Opinión, portada With 605 Views

Ser heroína bíblica, creyente y feminista | Jael de la Luz

Algunas mujeres nacidas en las tradiciones protestantes, llevamos algún nombre bíblico porque nuestras madres, nuevas abuelas, nuestras pastoras y hermanas en la fe, al leer la biblia se identificaron con mujeres que protagonizan relatos bíblicos que se convirtieron en sus favoritos. Al nombrarnos María, Eliza, Dorcas, Jael, Débora, Betsaida, Eva y demás, seguramente las mujeres de nuestros linajes familiares descubrieron en esas historias un cierto sentido de redención y un reflejo de sus propias vidas, de sus propias aspiraciones, de sus propias frustraciones y sus propias victorias como mujeres de fe. A su manera, ellas tomaron la Biblia para hacer sus propias lecturas y se apropiaron de esas historias como mantras, haciéndonos saber que nuestra vida como mujeres ya era una bendición…

Al salir de esos espacios sagrados, de esas narrativas bíblicas que tomaban sentido dentro de nuestras comunidades locales de fe, enfrentarse a la sociedad como mujer y como protestante, teniendo un nombre por que cual siempre se preguntaba y al que se debía de dar respuesta, descubrimos que en la bendición llevábamos la opresión. Algunas mujeres que nacimos en países donde ser protestante es ser minoría, nos colocaba en un espacio de exclusión del cual luchamos por salir y demostrar a la sociedad que ser hija de Dios no era atentar contra la nación; luchamos porque en la escuela y en los vecindarios, no se burlaran de nuestros nombres, de nuestras creencias y de nuestras apariencias físicas. Y no siempre ganamos la batalla. Y luego, al crecer descubrimos que nuestros cuerpos infantiles dejaron de serlo cuando nuestros senos y caderas crecieron. Entonces María, Eliza, Dorcas, Jael, Débora, dejaban de ser las heroínas bíblicas para ser mujeres del siglo XXI donde ninguna mujer está a salvo…. Y por más que oramos y releimos la biblia en busca de consuelo, repasando las historias que de niñas nos contaron, no bastó cuando en la calle nos acosaron o nos violaron dentro y fuera de la iglesia, no basto cuando la pobreza obligó a nuestros padres y hermanos a migrar al norte… Tal pareciera ser que el espíritu guerrero de nuestras heroínas nos abandono…

Pero María, Eliza, Dorcas, Jael, Débora siguieron abriendo camino y releyeron la biblia con ojos y experiencias nuevas. Decidieron que creer y a quién creer para alimentar su espiritualidad. Comenzaron a buscar espacios y conocimientos para sanarse y restaurarse. Cuestionaron lo que les enseñaron de niñas y rompieron los silencios que en nombre de Dios se les impuso. Algunas Marías, Elizas, Dorcas, Jaels, Déboras, Evas, comenzaron a deconstruir a ese Yahvé, Jehová y Dios porque fue capaz de sacrificar a sus propias hijas y ponerlas como moneda de cambio por salvar a sus patriarcas. Se rebelaron contra ese Dios que en momentos dejó vacíos sin suplir. Y aún así, lo buscaron con otros rostros reencontrandolo en la vida cotidiana. Al reencontrarlo, algunas Marías, Elizas, Dorcas, Jaels, Déboras, Evas escucharon historias de otras mujeres fuera de la iglesia, y comprendieron que las violencias hacia las mujeres van más allá de la identidad religiosa. Y abrazaron a otras hermanas no de fe, sino de lucha.

Estas mujeres creyentes del siglo XXI comenzaron a cambiar sus maneras de mirarse a sí mismas, cambiaron sus maneras de relacionarse con sus linajes familiares y las mujeres de su comunidad de fe, y algunas nos autonombramos feministas porque encontramos como un evangelio que “el feminismo es la idea radical que las mujeres somos personas.” Esta idea me suena muy en consonancia con algunos principios de la Reforma, que al pensar el papel del hombre -hoy decimos las feministas, la humanidad-, le pensaron como personas que gozan de la libertad para acercarse Dios sin intermediarios (Lutero); o como la humanidad siendo la gloria de Dios (Calvino), o bien, haciendo énfasis sobre el momento en que “nuestras hijas e hijos tendrán sueños y visiones y todx aquel que invoque el nombre de Dios será salvx” (Pentecostalismo clásico).

Muchas Marías, Elizas, Dorcas, Jaels, Déboras, Evas nacerán y seguirán creciendo en nuestras comunidades de fe. Yo espero que quienes les antecedimos y sobrevivimos a las diversas violencias que vivimos por ser creyentes, mujeres y feministas, no se repitan en ellas. Yo espero para ellas un cielo lleno de estrellas donde la Biblia sea un libro de esperanza y liberación, donde su voz sea escuchada y no silenciada en nombre de sus ministerios, que sean libres al vivir su fe y alimentar su espiritualidad, que luchen dentro y fuera de las iglesias por su vida, por su autonomía, por sus derechos como mujeres y que se opongan a todo lo que en nombre de Dios les impongan. Espero que abracen su vulnerabilidad y sean amorosas consigo mismas, que rompan las dicotomías de lo sagrado y lo profano y que si el feminismo las hace libres, sigan donde su discernimiento les lleve que siempre una comunidad nos espera.

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