Posted On 22/04/2020 By In Opinión, portada With 551 Views

Si es así, entonces que los templos sigan cerrados | Adolfo Céspedes

Las circunstancias obligaron a millones de templos religiosos a cerrar sus puertas, las iglesias de cualquier denominación, por salud pública, debieron dejar de lado sus congregaciones y la reunión con sus miembros, e ir a casa a confinar su familia, amigos o con quienes vivieran. Aunque no es la primera vez que sucede esto en la historia de la iglesia por una enfermedad a nivel mundial, acatar el aislamiento social es lo más sabio, prudente y amoroso que se puede hacer.

Ha sido muy duro verse en la necesidad de cerrar sus puertas en plena «semana santa», sobre todo en la conmemoración de la pasión, muerte y resurrección de Jesús; tener la demanda de tomar el distanciamiento entre unos y otros, dejar los abrazos, la estrechez de manos y el compartir la mesa o el pan en plena Pesaj (pascua) ha sido muy difícil, no solo para los fieles, que firmemente se hacían cita en los lugares más ‘sagrados’ del mundo, sino para los líderes religiosos que están al frente de estas comunidades. No hay personas que aglomerar, no hay aplausos, no hay palmadas de aliento en la espalda o besos de celebración, se terminaron, por ahora, encuentros o eventos masivos que estaban en la agenda de las iglesias.

Una esperanza mezquina.

Desde luego, las preguntas son muchas, las respuestas muy pocas, algunas de ellas envueltas en la simpleza e indiferencia, pues recaen en la búsqueda absurda de pecados ajenos. Sin embargo, es curioso notar que la esperanza de miembros, líderes y congregantes ha sido que esto en algún momento acabe, pero para volver a congregarse o reunirse. Dicen que necesitan volver a encontrarse en celebración a Dios. Sea cual sea el motivo por el que quieren volver a encontrarse, puede parecer mezquino frente a la realidad que se vive, donde la muerte ronda las calles de las grandes urbes, llevándose consigo hasta dos mil personas por día en un solo país y, digo mezquino, porque reunirse «para volver a la normalidad» no debe ser la esperanza que se debe tener en este momento y eso debe pensarse.

Mientras que lo anterior sucede, en la virtualidad se encuentran los feligreses con sus líderes, quienes exponen, comparten textos sagrados y hasta viralizan sus cultos, sus rituales y sus enseñanzas, no solo a sus miembros sino a todos los que pudiesen escucharlos. Los cultos no han parado, a pesar que ya no son presenciales, estos no se han detenido, al contrario, algunos se han convertido en escenarios para engrandecer el miedo con un: «esto también está en la Biblia; vivimos los últimos días; el apocalipsis está por cumplirse y la iglesia será raptada; debemos predicar arrepentimiento y juicio a las naciones», como si no fuera suficiente con la ansiedad que provoca el encierro. Por donde navegues en las redes sociales, si hay algún practicante cristiano o no, hay un post de alguien orando, predicando, opinando y abriendo su Biblia para desplegar sus teologías frente al Covid-19, que no está mal, son las redes de cada quien, pero en su mayoría, no hay una disposición al profundo cambio que urge a nuestra fe.

Entonces, es cuando se me ha ocurrido preguntarme, frente a la omnipotencia que alardeaban algunas iglesias o congregantes, y que en gran porcentaje algunas fueron focos de contagio ¿no les deja algunas enseñanzas esto que se está viviendo? considero que no es posible ser iglesia o profesar una fe y simplemente cerrarse a las cifras con tal de no escuchar «malas noticias», pero sin cuestionarse tan solo un poco sobre qué lugar ocupa mi fe en esta pandemia, sin preguntarnos, frente a la cantidad de muertos que salen de los hospitales ¿dónde está Dios? Porque si, no es posible que lo único que deje este cierre de iglesias sea el manejo adecuado de redes sociales, aplicaciones virtuales y el buen manejo de cámaras y escenario para seguir haciendo y diciendo lo mismo sin ningún cambio de fondo. Si la fe, por lo menos lo digo desde mi fe cristiana, no tiene ningún cambio y alguna idea de reformarse a sí misma, la fe seguiría asistiendo a su propia muerte. Hay una sola cosa segura, la fe, las religiones y las iglesias no pueden ser las mismas luego de esta desgarradora realidad.

El viejo virus de la iglesia.

Ahora, estamos seguros que Dios no tiene la culpa de lo sucedido, y seguramente esto sea un desafío a tener que afrontar que somos nosotros los culpables y responsables ante el cuidado y muy mala administración de la naturaleza y amor al prójimo. En este sentido, solo queda por afirmar que, si los templos van a seguir igual que antes de su cierre completo, pues que no se vuelvan a abrir, si no hay una configuración de la iglesia dentro de ella misma, pues que se cierren para siempre. Pues eso sí, muy bonitos sus servicios y cultitos virtuales, pero algunos, han mostrado la crisis y virus que las carcome hace mucho tiempo, el virus de poder que las envuelve, ya que si seguimos generando la necesidad del templo como único lugar de reunión y búsqueda de Dios, pues se seguirá desvirtuado por completo las enseñanzas de Jesús frente a lo que significa ser templo o lugar de reunión con Dios. El virus de sentirse únicas e indispensables frente a cualquier crisis, de creer que son las únicas emisoras y que el lugar de reunión es el único lugar para mostrar a Dios a las personas. Hay que descentralizar el encuentro del ser humano con Dios y la forma de acercarnos a éste.

Está claro que, ahora que todas están cerradas, encontrar a Dios más allá de las paredes de un lugar es un imperativo. Tuvo esta crisis que derrumbar todo ese activismo que caracterizaba a los líderes religiosos y que los llevaba a sacrificar tiempo con ellos mismos y familias; tuvo esta situación que pausar el espectacularismo en el que se había convertido muchas de las iglesia de corte evangelicalista, pues creían que tener tantos ítems dentro de  sus cargados horarios los haría agradar más a Dios o tener a Dios más cerca, pues claro, se está «haciendo algo para Dios» ¿Qué significa eso hoy en tiempos de una pandemia? ¿Chatear sobre Jesús con alguien que no practica tu misma fe? ¿realizar un facebook live hablando o acomodando el contexto de varios textos bíblicos que posiblemente no tienen ninguna concordancia, relevancia o relación y creer que se está brindando esperanza? Posiblemente, la verdad no sé y si, a veces lo dudo. Tuvo una crisis que demostrarnos que los pastores no deberían vivir completamente de los aportes de la congregación, demostrando una realidad lamentable que sospechábamos hace mucho tiempo, una gran cantidad de pastores no hacen pastoral, son empresarios. No todos(as), pero algunos de ellos(as), no les preocupan sus feligreses y su situación frente a esta realidad, sino el templo y la cantidad de dinero que perderían sin asistencia al culto.

La vida como sagrada.

Con certeza debemos reafirmar que no necesitamos un lugar sagrado para encontrar a Dios, porque no podemos seguir pensando que no hay salvación fuera de la iglesia, cuando para la reforma no hay salvación, pero fuera de Cristo y éste se encuentra donde siempre estuvo, en las calles con los necesitados. El texto de Juan 4:20-21 nos deja una gran enseñanza frente al tema de los lugares privilegiados que hemos sacralizado para encontrar a Dios; cuando esta mujer samaritana habla sobre los lugares de adoración, que lleva implícita la pregunta sobre ¿cuál debería ser adecuado para adorar?, en otras palabras ¿Cuál es la fe verdadera? Jesús, a pesar de tener clara su posición Judía, no invalida el lugar del otro, no considera como ilegítima la fe del otro, curiosamente a pesar del contexto intolerante de la fe Judía, la iniciativa de Jesús fue un diálogo profundo y muy controversial con esta mujer, en el que a pesar de que destaca el monte y el templo como posible lugar de encuentro de fe comunitaria, explica que hay algo más allá del lugar y reglas religiosas de cualquiera de las dos formas de creer. Está convencido que para encontrar a Dios no necesitamos de un lugar, entonces se hace necesario replantear la forma en cómo hemos hecho sagrado los lugares y no la vida misma.

Incluso, las palabras de Jesús son una invitación a mirar dentro de la profundidad de nuestro ser el lugar apropiado para encontrar a Dios, así que no necesitamos ni a Jerusalén ni a Gartizim, que era el lugar donde estaba el pozo de Jacob; pues adorar a Dios no depende del lugar sino de los comportamientos y las actitudes, el lugar nunca ha sido lo esencial de acercarse a Dios, sino que lo esencial siempre ha sido el propósito, nuestra espiritualidad. Ambos lugares, corrompidos por la explotación e injusticia, en el caso del templo de Jerusalén, o llenos de conflicto e idolatría como lo ha sido el monte en el que se reunían los samaritanos -por eso el detalle de los cinco maridos y el que tenía no lo era, ya que era falso, refiriéndose a los cinco dioses característicos de los samaritanos- son una muestra de que hemos hecho sagrado a lugares, hemos idolatrado los templos y los lugares de reunión, pero profanamos la vida de las personas sin entender que cada vida, sin distinción alguna, es en sí un lugar de encuentro divino.

Sobre la base de lo dicho, lo que ha retrasado un cambio real ha sido la falta de disposición, la iglesia no desea repensarse y ese ha sido un grave problema, pues le interesa más su construcción jerárquica y la obsesión por mantener su autoridad, se ha impuesto a sí misma a través de declaraciones y decretos incesantes que los alejan de la realidad o que los ayudan a escapar de todo el mal que vivimos o sufrimos. La empatía y la asertividad no han sido sus mayores logros en esta crisis, por eso,  si todo sigue así, que se queden cerradas, pues hoy más que nunca Dios mismo nos ha dicho que él no está ni en el templo, ni en el monte.

Dios en el otro(a).

Finalmente, en este tiempo, no necesitamos respuestas de Dios a través de sus administradores aquí en la tierra,  creo que lo que menos necesitamos son respuestas como: «Dios sabe cómo hace sus cosas», porque claramente eso deja muy mal a Dios y a quienes creen conocerlo. Nos encontramos clavados en nuestras cruces, teniendo claro que somos culpables de estar aquí, que somos responsables de la realidad que vivimos y si, sentimos el dolor, la aflicción y el duro sufrimiento, por eso preguntamos ¿por qué parece que nos has abandonado? Porque cuestionarse frente al dolor no está mal, cuestionar a Dios y a su iglesia en su respuesta frente al dolor que vive la humanidad, no está mal.

Quizás, nos daríamos cuenta que deberíamos tener la osadía de poder derrotar nuestra imagen del Dios de amor al sufrimiento, ese que nos enseñaron desde nuestra vieja iglesia, ese que nos dijeron que probaba y nos sometía a enfrentar las prueba de su amor y hasta las tentaciones del estúpido «diablo», respuestas que lastimosamente siguen siendo planteadas por algunas comunidades, pues todo ayuda para bien, pero ¿qué bien puede haber después de más de ochenta mil muertes, al día de hoy, en el mundo? Mientras, seguimos expuestos al dolor y sufrimiento, nos preguntamos en ocasiones ¿cuándo parará? El desafío hoy más que nunca, aunque soy bastante pesimista frente a ese cambio, va a ser encontrar a Dios en el otro(a), como templo sagrado y dejar de ver a Dios solo en el lugar de reunión, sino ver a Dios en lo ancho y largo de este planeta tierra, hacer de esta naturaleza nuestro verdadero lugar sagrado, a ver si de una buena vez dejamos de destruirlo.

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