Posted On 18/11/2015 By In Opinión, Pastoral, Teología With 4692 Views

¿Sirve de algo la oración?

Muchas cosas están mal mamá y no se pueden arreglar rezando”. (Jennifer Lawrence a su madre Kim Basinger en la película “Lejos de la tierra quemada”).

La oración es uno de los temas más desconcertantes a los que se pueda enfrentar un cristiano. Éste, por un lado, reconoce que su Maestro Jesús la practicaba, que enseñó a sus discípulos la importancia de hacer de ella un hábito saludable para el alma, pero por el otro, conoce por propia experiencia que no suele haber respuesta. Esto posteriormente puede ser explicado de diversas formas: tal vez Dios ha hablado, pero no de la forma que esperábamos, a lo mejor es que el silencio de Dios equivale a esa respuesta. Pero se entienda como se entienda, como consecuencia de lo anterior, no pocas dudas aparecen y una importante carga de frustración se lleva sobre los hombros.

En primer lugar, conviene hacer una aclaración: la oración no es petición, no se trata de pedir sin cesar. La oración es hablarle a Dios y, en esa actividad, aparecen las peticiones. Por supuesto que existen oraciones en las que el elemento de súplica es el esencial, el predominante, pero esto se debe al estado del creyente, al trance por el que esté pasando. Tampoco debemos olvidar que se trata de un recogimiento interior, de una forma de meditación en donde nuestros pensamientos son dirigidos hacia Dios y nos dejamos iluminar por su luz[i].

Para hablar con Dios uno debe creer que es escuchado. Por ello, la oración únicamente tiene sentido dentro de un cristianismo que no se concibe a sí mismo como “moderno”. Si pensamos que Jesús compartía palabras con su Padre sencillamente porque era un judío palestino del siglo I la pregunta con la que abría este artículo no tiene sentido. Esta concepción estaría más cerca del deísmo, pero claramente Jesús era teísta, fue él quien incidió de forma reiterada en la oración, la practicaba. “Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, después de cerrar la puerta, ora a tu Padre, que está allí, en lo secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará”, les dijo a sus seguidores.

Por tanto, la oración forma parte de una relación, y esta es de carácter personal, íntima. Se trata de hablarle a nuestro Padre, a nuestro Salvador, al que nos rescató. Tengo la necesidad de acercarme a Él, de saberme escuchado. El valor terapéutico de la oración es indiscutible.

Con esto no digo que orar sea sencillo. La mayoría de las veces tengo la sensación de que le estoy hablando a la pared, que mis pensamientos, a veces vocalizados, comienzan y terminan en mí y sería precisamente por este motivo por el que no existe una respuesta de parte de Dios. Sin embargo, como decía al principio, Jesús hacía de ella una parte esencial de su espiritualidad. Sus seguidores, mantenía, debían hacer lo mismo.

Pero los interrogantes permanecen. Al mismo tiempo, la oración de intercesión, de petición, es de una enorme relevancia para el creyente. En ella descarga su corazón, entre lágrimas solicita ayuda en los momentos más amargos. Son situaciones extremas en las que nadie, excepto Dios, puede actuar y, entonces, es cuando aparece la frustración como un golpe en el estómago, el derrumbe anímico le sigue. La recuperación de esta decepción puede llevar tiempo, algunos creyentes incluso pueden necesitar terapia y, en la mayoría de los casos, es indispensable entrar en contacto con otro tipo de teología de la oración.

¿Para qué orar cuando he comprobado como muchas de estas oraciones, posiblemente las más importantes, las que más necesitaba que se contestaran, se estampaban contra el techo? ¿Por qué orar a un Dios que es Soberano, que todo lo tiene controlado y que me reserva lo mejor? ¿Puedo acaso variar su voluntad que siempre se traducirá en que suceda lo que es más conveniente para mí?

Las preguntas se siguen agolpando. ¿Por qué Dios no me escuchó en mi más angustiosa necesidad y sí contestó a otro hermano, al que oí un domingo, y que decía que Dios le proveyó de un trabajo? ¿Es que no he pedido con fe? ¿Por qué no me concedió a mí ese puesto de trabajo cuando estoy al borde del desahucio? ¿Tengo algún pecado escondido?

Ante esta cascada de interrogantes varias son las respuestas que se han presentado.

Un caso particular son aquellos cristianos que sencillamente “poseen” tanta fe que son impermeables a los hechos. Siempre están por las nubes, Dios les habla continuamente, los dirige, los consuela y los guía. Las anteriores cuestiones les resbalan. Es lo que se llama fe en la fe. Creen lo que desean creer, una falta de respuesta divina se suple con sentir la “presencia” de Dios en los cultos.

También he podido comprobar como otros creyentes se colocaban en el polo opuesto.

Una ola de escepticismo rompió en sus playas y ya no saben qué decir acerca de este tema. Aunque reconocen que Jesús es su Salvador, su Maestro, quedan tan perplejos ante la ineficacia de la oración que se mantienen muy cautos ante la misma. De hecho, rara vez hablarán de ella.

Un tercer tipo de personas son las que han propuesto que, más allá de la respuesta divina, lo que siempre hay que tener presente es que a Dios no podemos moverlo de su santa voluntad, Él siempre hará lo que es mejor para nosotros. Por ello, el problema residiría en aquél que ora, el balón vuelve a estar en nuestro tejado. Somos nosotros los que tenemos que cambiar cuando las circunstancias no lo hacen, se argumenta.

El silencio divino se convierte así en una respuesta para esta última postura. Hemos de avanzar en la formación de nuestro carácter, crecer en nuestra fe, madurar.

Esta idea se presenta como poseedora de más seriedad que las dos anteriores, tiene un cierto halo de respetabilidad y parece contestar las preguntas esenciales que hacíamos más arriba. Pero esta propuesta no es mejor, de hecho, plantea unas cuestiones terribles sobre la moralidad divina que no pueden ser solventadas con aquello de que Dios sabe lo que hace y a nosotros nos toca callar. Tiene razón Walter Wink cuando dice:

“Ante ese Dios inmutable, cuya completa voluntad está fijada por la eternidad, la oración de intercesión es ridícula. No hay lugar para la intercesión con un Dios cuya voluntad es incapaz de cambiar. Lo que los cristianos han adorado por tanto tiempo es el Dios del estoicismo, ante cuya voluntad inmutable no nos queda otra que rendirnos nosotros mismos, conformar nuestras voluntades con la voluntad inalterable de la deidad.[ii]

Un adolescente maltratado por su padre ora a Dios para que esas continuas palizas acaben de una vez… pero no terminan, ¿tiene que pensar que es él el que debe cambiar? Otro intento. Una mujer cristiana ha sido raptada por musulmanes fanáticos y está siendo violada cinco veces al día y entonces ora a su Padre celestial y nada ocurre, ¿es que debe comprender algo? Voy de nuevo. Un padre está orando por su hija que tiene cáncer, pero finalmente ella muere, ¿en qué debió cambiar? ¿Debe pensar que Dios ha hecho que su hija muera para que él comprenda algo?

La crueldad de estas propuestas me parece muy clara y me doy cuenta de que algunos cristianos llegan a enfadarse con Dios no por lo que Él es o hace, sino por cómo se les presenta. Muchos predicadores tienen una enorme responsabilidad a este respecto.

Me decía una amiga creyente que durante mucho tiempo ella había creído esto mismo. Además, en la congregación a la que asistía así se enseñaba y si escuchaba a cristianos de otros lugares no parecía haber una mínima variación. Pero su vida había sido un verdadero infierno desde niña y la de adulta no había sido mejor. Llegó a pensar que ella debía ser una especie de hija bastarda ya que Dios le mandaba tanto sufrimiento.

Su vida como creyente había sido un auténtico despropósito. Se le había negado el consuelo que necesitaba y, además ante el dolor insoportable y dilatado a lo largo de tanto tiempo, debía pensar que Dios tenía algo que enseñarle, que era ella finalmente la razón por lo que todo aquello pasaba. La argumentación, por muy popular que sea, es de locos.

El problema esencial de las tres anteriores propuestas es que todas parten de una determinada idea de lo que es la soberanía divina y de lo que Dios puede, o no, hacer en un mundo caído. Pero esta tierra está habitada por seres humanos libres, que toman decisiones que afectan a otros y todo ello en medio de una naturaleza alterada por lo que la Biblia denomina pecado.

El Todopoderoso respeta voluntades lo que implica que la suya no siempre se hace. Él desea que las palizas al hijo adolescente acaben, que la mujer cristiana raptada deje de ser violada, que la hija no muera de cáncer, pero mientras este mundo caído permanezca lo anterior se dará y no tiene relación alguna con que Dios quiera enseñarnos algo usando estas enormes tragedias. Sencillamente no puede saltarse su propia creación, no puede hacer círculos cuadrados, no puede crear un mundo de seres libres y continuamente coartarles esa libertad cuando la misma se traduce en acciones moralmente reprobables. Hace unos meses que dediqué un artículo en dos partes explicando esta postura[iii].

Pero hay una perspectiva, que es la que defiendo, en donde la oración se muestra como algo real y nos llega como una imposición moral. Siguiendo las mismas enseñanzas de Jesús se puede afirmar que sí que se puede afectar a Dios con nuestras peticiones. No se trata de un Dios que coloca sobre las espaldas de sus hijos pesos que los abaten. Su yugo es fácil y ligera su carga.

Nuestro Padre celestial escucha atento, siente nuestro dolor, nuestras dudas, hace suyas nuestras lágrimas. En la medida de lo posible actúa, pero no deshace o coarta la libre voluntad humana. Él convence por persuasión, pero nunca por imposición.

No se trata de sostener un dualismo moral, sino colocar a Dios en su lugar. Debemos pedir, por ejemplo, para que el hambre en el mundo acabe, que influya en hombres y mujeres para que se pongan a trabajar para paliar, en la medida de lo posible, esta epidemia. Pero seamos claros, mientras este mundo permanezca tal cual el hambre seguirá existiendo por mucho que nosotros oremos. La razón no habrá que buscarla en la voluntad específica o permisiva divina, ni en que Él quiera enseñarles a esos pobres niños alguna lección ya que no tienen futuro ni para aprenderla, la muerte les alcanzará antes. Nuestra oración será, como decía, una responsabilidad moral, de identificación con el necesitado (en muchas ocasiones seremos nosotros mismos) y que será escuchada sin ninguna duda por nuestro Padre. Tal vez gracias a la súplica de los santos, estos días de angustia en la tierra serán acortados, es posible que otras personas sean sensibilizadas por la acción del Espíritu divino y en determinados casos que Dios pueda actuar de manera milagrosa y nosotros ni siquiera nos enteremos.

La oración así tiene sentido, creemos que le afecta a Dios y tiene consecuencias dentro de un mundo que se mueve por una serie de “reglas de juego” que el Creador respeta, la colocó Él. Confiar en Dios pase lo que pase es la esencia, el corazón, de la verdadera fe.

Pero no olvidemos que Dios es un Padre amoroso y que jamás agrede a sus hijos ni aún para enseñarles alguna supuesta lección.

¿Quién de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide pescado, le dará una serpiente? Pues si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¡cuánto más vuestro Padre que está en los cielos se las dará también a quienes se las pidan!” (Jesús, en Mateo 7:9-11).

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[i]  Por falta de espacio no puedo entrar en detalles sobre este aspecto de la oración tan olvidado por los creyentes. Es más, considero que es central y no únicamente un componente más, pero debo abordar en este artículo la desviación en su sentido y significado que ha sufrido la oración. De todas formas, a modo de ejemplo, coloco aquí unas palabras de la Madre Teresa de Calcuta: “Hoy más que nunca, necesitamos rezar para que la luz nos haga percibir la palabra de Dios, para que el amor nos haga aceptar la voluntad de Dios, para que encontremos el camino que nos permita hacer la voluntad de Dios. Dios es amigo del silencio. Si de veras queremos rezar, primero hemos de aprender a escuchar, porque Dios habla en el silencio del corazón”. Citada en K. SPINK, Madre Teresa (Barcelona, Plaza & Janés, 1997) 231.

[ii]  Citado en G. BOYD, Satanás y el problema de la maldad (Miami, Editorial Vida, 2006) 258.

[iii]  http://www.lupaprotestante.com/blog/jesus-frente-al-sufrimiento-i/ http://www.lupaprotestante.com/blog/jesus-frente-al-sufrimiento-ii/ No hace mucho este artículo ha salido también publicado en el número 26 del mes de octubre de la revista “Renovación”. La diferencia es que ambas partes han sido unidas. http://revistarenovacion.es/Revista.html

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