Consejo Evangélico de Madrid

Posted On 22/10/2014 By In Opinión With 1964 Views

Sobre la increíble historia de la intolerancia

Una vez más volvemos sobre el inmortal poema del pastor protestante alemán Martin Niëmoler:

         Primero vinieron a buscar a los comunistas,
         Pero no dije nada porque yo no era comunista.
         Luego vinieron a por los judíos,
         Y no dije nada porque yo no era judío.
         Luego vinieron a por los sindicalistas,
         Y no dije nada porque yo no era sindicalista.
         Luego vinieron a por los católicos,
         Y no dije nada porque yo era protestante.
         Luego vinieron a por mí,
         Pero para entonces, ya no quedaba nadie que dijera nada.

Yo no soy ni comunista, ni judío, ni sindicalista, ni católico. Tampoco soy homosexual. Soy, como Niëmoler, protestante. Pero, por encima de cualquier otra cosa, me identifico como persona, dispuesto a renunciar a cualquier otro apellido que pretenda desvincularme del colectivo de personas con las que me cruzo por la calle, comparto plaza en el autobús, coincido en el super haciendo la compra o me congrego los domingos.

A lo largo de mi vida he sido, o he trabajado en muy diversos oficios: administrativo, pastor bautista, profesor, jefe de personal de una gran empresa, asesor de empresas, escritor y, por no hacer esta referencia excesivamente prolija,  he estado al frente de algunas entidades religiosas, entre otras, como secretario ejecutivo y presidente del Consejo Evangélico de Madrid (CEM) durante un buen número de años, a título absolutamente honorífico, en lo que a salarios se refiere.

Hecha esta necesaria presentación para saber en que terreno nos movemos, quiero dejar constancia de mi total repudio a que entidades como el CEM, un organismo de configuración no eclesial sino administrativa, creado para representar y gestionar ante la Administración al amplio espectro de las iglesias protestantes, haya derivado su gestión hacia derroteros en los que jamás pensé que pudiera caer.

Hablamos de una entidad que fue promovida por la federación que aglutina a todo el protestantismo español, en su base original formada por iglesias históricas, como la IERE, la IEE, la UEBE, las Asambleas de Hermanos y otras que se habían ido añadiendo con el paso del tiempo, mostrando de esa forma su pluralidad y vocación integradora; un organismo que tuvo el arrojo de afrontar una crisis interna por reiterar su identidad abierta, admitiendo en su seno a las iglesias adventistas, cuando los radicales de siempre se oponían frontalmente (incluso a costa de sufrir la baja de alguno de ellos); un cuerpo federativo que no ha mostrado reparo en admitir como miembros con pleno derecho a congregaciones fronterizas identificadas con exorcismos y prácticas eclesiales extremas, muy distantes de la ortodoxia histórica protestante; un cuerpo no eclesial, repetimos, sino administrativo y de gestión, que en el único congreso que ha celebrado tuvo la sensibilidad de unir en su lema, con clara intencionalidad integradora, los términos evangélico y protestante, para que nadie se sintiera excluido.

Pues bien, esta entidad, organismo, federación o ente representativo de iglesias, que no iglesia, ha invadido la esfera de las iglesias que la integran para definir, como si de un concilio se tratara, aspectos de fe y práctica, con la no confesada intencionalidad de expulsar de su seno a quienes no se identifican con la ortodoxia radical y sectaria de algunos de sus dirigentes que, a juzgar por lo acordado, deben ser mayoría.  En este caso su campo de batalla se ha centrado en la doctrina de la Trinidad (tema que a los padres de la Iglesia les costó algunos siglos definir) y con las iglesias que asumiendo el mandato evangélico de no hacer acepción de personas, admiten con pleno derecho en sus congregaciones a quienes se manifiestan como homosexuales. “¿Quién soy yo para juzgarlos?”, respondió el papa Francisco a un grupo de periodistas que le pusieron en el aprieto de hacer juicio sobre los gays. Pero los ultraortodoxos evangélicos que se avergüenzan de ser conocidos como protestantes, sí se sienten capaces de hacerlo, aunque sea en ámbitos impropios.

Las iglesias, cada una de ellas, están en su derecho de elaborar la doctrina y las prácticas inclusivas o excluyentes que consideren oportunas y que afecten a su propia congregación, denominación o confesión religiosa, pero una federación como es el CEM no tiene ningún derecho a hacerlo, al margen de la opinión que sobre el tema pudiera tener el papa Francisco o el que esto escribe. Hoy lo hacen en torno a un tema de gran enjundia teológica o sobre un asunto de moral que, como su propia raíz indica, mor- moris, es, o puede ser, algo cambiante; mañana lo harán por la forma en la que se practica el bautismo y si ha de ser de infantes o de adultos, o como se administra y qué sentido tiene la santa cena, o a causa de la forma en que se gestiona una iglesia, o por no aceptar o aceptar determinadas formas de bautismo del Espíritu Santo, o por ser o dejar de ser de orientación carismática, etcétera, etcétera.

Siempre podemos decir: no pasa nada. Yo estoy en una iglesia ortodoxa, que no se sale de los cauces conservadores. Yo estoy seguro. Pero lo único seguro es que, ante el silencio de quienes deberían elevar un grito de rabia y rebelarse contra los fanatismos excluyentes, ninguno de nosotros estamos realmente seguros.

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