Posted On 15/07/2010 By In Teología With 1390 Views

Sobre la ordenación de las mujeres

Réplica, aclaración y cuestionamientos de forma y fondo al texto de Éver Gutiérrez Ovando

Diles que no se sigan por una sola parte de la Escritura, que miren otras, y que si podrán por ventura atarme las manos.[1]

Teresa de Jesús

 

El asunto de la ordenación de las mujeres no es una cuestión de oficios, sino de la correcta relación entre hombre y mujer en Cristo, ya sea que ello se aplique a la tarea política, el servicio social, la profesión, la vida en el hogar, el ministerio o el episcopado.[2]

Krister Stendahl

 

1. El apoyo a la contrarreforma

Como parte de una contra-ofensiva para orientar el ánimo de la feligresía y de los representantes oficiales de la Iglesia Nacional Presbiteriana de México (INPM) con miras a la reunión que se realizará en los próximos días (19-23 de julio) en Toluca, Estado de México, la revista El Faro ha publicado, en su número más reciente (mayo-junio de 2010) una parte de la ponencia que expuso el Pbro. Éver Gutiérrez Ovando ante el consistorio de una iglesia de la capital.[3] Desde la portada, la revista anuncia pomposamente que el texto en cuestión presenta argumentos “a favor y en contra” de la ordenación de las mujeres al ministerio pastoral, algo que, por supuesto, no se cumple, pues las “conclusiones” del artículo son previsiblemente contrarias a que las mujeres tengan acceso a los ministerios. Por ello, es necesario desmantelar los argumentos de este texto, y mostrar la forma en que se le utiliza para servir a semejante despropósito. (La revista incluye también otros artículos contra el aborto, la homosexualidad y la violencia intrafamiliar.[4])

En primer lugar, uno esperaría que Gutiérrez siguiera una línea similar a la de Bonnidell y Robert G. Clouse (Mujeres en el ministerio. Cuatro puntos de vista. Terrassa, CLIE, 2005, Colección teológica contemporánea, 15, edición original de Inter-Varsity Press, 1989), quienes efectivamente incluyen los argumentos a favor y en contra de la ordenación de las mujeres en igualdad de circunstancias, con la debida tolerancia y respeto ante las posturas en juego. La introducción de este libro, que merece tomarse en cuenta para el debate actual en la INPM, termina como sigue:

 

Esperamos que estos ensayos y debates ayuden a los lectores a desarrollar sus propias posturas sobre el papel de la mujer en la Iglesia. Como se ha dicho anteriormente, se trata de uno de los problemas más graves que enfrentan los creyentes de nuestro tiempo. Los seguidores de Jesucristo deben buscar entender su voluntad en relación con los derechos de la mujer. Independientemente de la necesidad de adaptarse al tiempo en el que vivimos, los cristianos tenemos el deber de tratar de forma justa a los demás, sin importar la raza, clase social o género”.[5]

 

Lamentablemente, Gutiérrez no actuó así, y puso por delante sólo un ejemplo “a favor” del ministerio de la mujer en la iglesia tomado del número especial (en español) de Mundo Reformado (marzo-junio de 1999),[6] revista de la Alianza Reformada Mundial (ARM; dato que no se consigna), dedicado íntegramente a “Las mujeres y el ministerio ordenado” (y no como se afirma: “la mayor parte de su contenido”, Gutiérrez, p. 4). El epígrafe de la introducción es muy elocuente y necesario de citarse:

 

Dado que se es “llamado por Dios” al ministerio, no se elige simplemente ser ministro tal como se opta por una profesión. Se debe recibir el llamado y la iglesia debe confirmar el llamado. Las cuestión es, pues, si Dios llama a las mujeres, tal como lo hace con los hombres, a ser ministros en su nombre […] Dejemos que quienes tienen escrúpulos que sólo consideren lo que ha costado a la iglesia no servirse de los talentos de la mujer. Cualquiera puede consultar el libro de los himnos y ver lo que las poetisas [sic] […] han enseñado a cantar al pueblo de Dios. Que luego pregunte qué significaría si a esas mujeres se les permitiera pasar del relativo anonimato de los himnos a la plena visibilidad de la que han gozado los hombres en la iglesia como evangelistas, predicadores y maestros.[7] 

Gutiérrez se basó únicamente en la experiencia de la Iglesia Presbiteriana Independiente de Brasil (IPIB), pero únicamente habla de los aspectos legales tomados de la constitución brasileña, y no incluye detalles del testimonio de Leciane Goulart Duque Estrada, quien hace un recuento de la lucha que se dio en esa iglesia hermana desde 1972 hasta alcanzar la ordenación de las mujeres en 1999. Allí se lee lo siguiente:

 

La historia de esta lucha puede ser descrita como una construcción cuyas bases son sólidas. Poco a poco las mujeres fueron movilizándose, ganando espacios y haciendo que sus voces fueran escuchadas. Se creó el Grupo de Reflexión sobre el Ministerio de la Mujer, donde pastoras ordenadas de otras denominaciones fueron invitadas a enseñar y dar testimonio de sus experiencias. […].Hubo también encuentros de mujeres para divulgación y discusión de ese asunto desde la perspectiva bíblica, enfatizando el papel de la mujer en la iglesia y en la sociedad, donde se elaboraron estrategias de actuación con vistas a la aprobación del ministerio ordenado de la mujer.[8]

Queda claro que se oculta una lucha eclesiástica de las mujeres en todos los niveles (espiritual, teológico, educativo y cultural) por el reconocimiento de sus derechos, pues parecería que Gutiérrez desea reforzar la idea de que solamente con argumentos ajenos a la Biblia y a la doctrina cristiana pudieron las mujeres de la IPIB “presionar” a sus dirigentes. Mucho del pánico que existe en la INPM acerca de la eventual “aprobación” de la ordenación femenina proviene del miedo al futuro, al cambio y a una nueva situación en la que las mujeres ejerzan sus ministerios a plenitud. Goulart escribe al respecto:

 

Los que argumentan que la apertura de espacio para el ministerio ordenado de la mujer o para una vida profesional causaría serios problemas sociales […], describen un análisis extremadamente simplista de la realidad actual […] ¿no son los presbíteros y pastores, maridos y padres, hombres con responsabilidades dentro del hogar que deben orientar a sus hijos e hijas? El buen testimonio de incontables pastoras y presbíteras ya ordenadas desmiente muchos de los argumentos en contra de la ordenación y, a pesar de los traumas y desafíos enfrentados, desempeñan plenamente sus ministerios.[9]

 

2. Otras lecturas de la misma tradición

Además, lo que Gutiérrez tampoco dice es que uno de los artículos principales de dicha revista Mundo Reformado es “En busca de aceptación y reconocimiento. Las luchas de las mujeres en el ministerio», del doctor Salatiel Palomino (antiguo profesor suyo, graduado del Seminario de Princeton, ex rector del Seminario Presbiteriano y ex moderador de la Asamblea General de la INPM), en el que expone con lujo de detalles algunas de las humillaciones de las que han sido objeto muchas mujeres que ejercen el ministerio cristiano sin ninguna esperanza de reconocimiento oficial y lleva a cabo un sólido ejercicio de análisis exegético-teológico de los pasajes bíblicos más controvertidos, advirtiendo que “en el estudio y la discusión de la enseñanza bíblica en torno a la ordenación de la mujer, ‘un argumento, independientemente de cuán ‘lógico’ sea, que se desvía de los valores bíblicos de igualdad, respeto mutuo, la dignidad y la interdependencia entre seres humanos y la dependencia de Dios, para enfatizar la superioridad y la dominación de un grupo de personas sobre otro, no es un argumento bíblico ni un argumento válido’”.[10] Este artículo puede leerse íntegramente en Lupa Protestante (www.lupaprotestante.com/index.php?option=com_content&task=view&id=2182&Itemid=129).

Obviamente, Gutiérrez tampoco informa que, para discutir tales problemas de marginación contra las mujeres, en su texto Palomino desmenuza y pone, literalmente, en su lugar un panfleto del actual vicepresidente de la directiva de la Asamblea General que desde 1988 ha sido utilizado para atacar despiadadamente y sin respeto alguno a las mujeres y a quienes apoyan sus ministerios con “lindezas” como éstas: “¿Qué pensaríamos si una mujer embarazada de siete meses subiera al púlpito a predicar? La verdad es que lo consideraríamos antiestético, antibíblico, anti… todo”,[11] y “Si bien es cierto que Dios concedió muchos privilegios a la mujer, también es cierto que le puso limitaciones; por eso afirmo categóricamente que la palabra de Dios, la historia, la psicología, la razón y la idiosincrasia mexicana, no permiten que la mujer ocupe puestos oficiales (de pastoras, ancianas gobernantes o diaconisas) dentro de nuestras iglesias presbiterianas”.[12] Asimismo, para destacar la fortaleza de sus “argumentos bíblico-teológicos”, el autor de ese pasquín llegó al extremo de utilizar mayúsculas como muestra de su violencia verbal.

La metodología usada en este artículo, que esconde información y llega al extremo de manipular el contenido de una publicación que tiene como propósito todo lo contrario de lo que se afirma como conclusión, puesto que la ARM siempre promovió el ministerio de las mujeres, al igual que la Comunión Mundial de Iglesias Reformadas (CMIR), organismo recién formado (a cuyo concilio de organización asistió el Pbro. Samuel Trinidad, secretario de la directiva de la Asamblea General de la INPM). En la sección 6 (Justicia de género) de las resoluciones finales de la CMIR se establece:

 

1. Ordenación

La Sección ve la ordenación como un elemento central para la comprensión de la comunión. La verdadera unidad no puede realizarse en un contexto donde no es reconocido el llamado de Dios a las mujeres para actualizar sus dones en el ministerio de la Palabra y de los Sacramentos.

 

Metodología

a)      La CMIR promueve la ordenación de las mujeres y trabaja hacia el momento en que su ordenación sea vinculante para la comunión.

b)   La CMIR desarrolla un mapa de Iglesias miembros para indicar dónde no están bien resueltos los asuntos relacionados con la ordenación de las mujeres y la justicia de género, a fin de trabajar con y apoyar a estas iglesias miembros.

c)   La CMIR fortalece el programa de acompañamiento para las mujeres en el ministerio ordenado al incluir este tema en la agenda de los dirigentes de la CMIR cuando visiten a las Iglesias miembros.

d)   La CMIR continúa ofreciendo su apoyo y acompañamiento a la educación teológica de las mujeres, especialmente jóvenes, y el Fondo de Educación Teológica se utilizará para estos fines.[13]

3. No sólo es cuestión de metodología

La estructura del artículo de Gutiérrez y su distribución en las páginas de El Faro sirven también para conducir el ánimo de los lectores/as: el segundo caso expuesto es el de la iglesia católico-romana (sin señalar sus fuentes), acerca del cual habla de siete razones “por las que las mujeres pueden recibir las órdenes sagradas” (p. 5): un solo [así, sin acento] sacerdocio en Cristo; con poder de presidir; desviaciones culturales; mujeres diaconisas hasta el siglo IX; posibilidad de que las mujeres sean ordenadas; la Iglesia amplia acepta mujeres en el sacerdocio; y las mujeres también son, de hecho, llamadas a ser sacerdotes (usar la palabra sacerdotisa sería, evidentemente, un sacrilegio). La menos clara es la relativa a las “desviaciones culturales”, pues aunque se habla de prejuicios en contra de las mujeres, éstos no se especifican. En la misma página se muestran, resaltados, los argumentos en contra, siete también: “Jesús no estableció la ordenación de las mujeres; Pablo prohibió a las mujeres enseñar (1 Tim 2.12); no es un elemento básico para la fe; las mujeres no pueden representar a Jesús porque Él es varón; la Iglesia antigua y antes y después de la Reforma no ordenaba mujeres; el ministerio presbiterial va contra la naturaleza de las mujeres; y Cristo es el esposo, la Iglesia la esposa. En el ministerio sacerdotal un hombre debe representar a Cristo”.

Como Gutiérrez no explica ni desarrolla estos argumentos y sólo los presenta por separado, puede darse por sentado que los acepta, dadas las conclusiones a las que llega al final. Cada uno de ellos puede ser refutado con base en estudios serios, algunos de los cuales han sido muy divulgados. El primero cae por su propio peso: si Jesús no ordenó mujeres, tampoco lo hizo con los discípulos varones, pues es hasta el libro de los Hechos en que surge una especie de “reconocimiento” a su seguimiento de, aproximadamente, tres años, pero ello en ninguna manera constituye una ordenación. Sólo metafóricamente se puede aceptar que esos años con Jesús fueron equivalentes a sus “estudios teológicos formales”, los cuales no desembocaron en ningún acto eclesiástico equivalente a la ordenación. Habría que estudiar qué hizo la iglesia cristiana en los siglos posteriores en relación con la ordenación y cómo la instituyó al momento de jerarquizar los ministerios.[14] Osiek y Madigan escriben:

 

Examinando los testimonios hemos encontrado varias suposiciones que resultan ser falsas. La primera de esas falsas suposiciones es la de que nunca hubo mujeres con oficios eclesiásticos en occidente. A pesar de que es en oriente donde claramente se da una preponderancia de testimonios de mujeres diáconos, occidente no carece de ellos, siendo normalmente prohibiciones conciliares, presumiblemente promulgadas para controlar o suprimir la práctica existente. Existen inscripciones en occidente, aunque son mucho menos habituales que en oriente. Muchos de estos testimonios se pasan por alto normalmente y se deben tomar en serio. […]

La segunda falsa suposición es que el título de diaconisa sustituyó al de mujer diácono a finales del siglo III. A pesar de que los testimonios sobre la función de esas mujeres son poco precisos, el título de diakonos para las mujeres existe durante el siglo VI. […]

La tercera falsa suposición es que todas las mujeres con oficios eclesiásticos eran célibes, bien vírgenes o viudas. […]

No hay duda de que existen muchos menos testimonios de mujeres presbíteros, pero no se restringen a grupos marginales o heréticos. Lo que resulta intrigante es el hecho de que la cantidad de referencias es mayor en occidente que en oriente, a pesar de los grandes esfuerzos de varios concilios para eliminarlos.[15]

 

El segundo argumento es reforzado por Gutiérrez con una frase de antología, digna de los tiempos en que se hablaba de la inerrancia bíblica con un absolutismo categórico, negando, de paso, los contextos culturales de la escritura del Nuevo Testamento y la comprensión de la evolución textual del mismo: “Pablo no escribió porque estuviera cegado por prejuicios, ni contradice al Señor Jesús, ni el Señor contradice al Antiguo Testamento [¡hay que leer con más atención el Sermón del Monte completo!]. En todo hay perfecta armonía porque el autor es el mismo Espíritu Santo” (p. 7, nota 3, énfasis agregado). Para empezar, es muy probable que Pablo no fuera el autor de esta carta y, además, como se ha demostrado fehacientemente, las orientaciones de la misma están dirigidas a restar poder e influencia al creciente liderazgo femenino. Véase, en apoyo de esta interpretación lo que escribe Elsa Tamez, autora de un comentario completo a la misma carta:

 

Para las mujeres cristianas, la carta de 1 Timoteo ha sido un problema. En ella se les prohíbe explícitamente que enseñen (2.12) y que opinen (2.11). También se recomienda con fuerza que las mujeres se casen y procreen; y si enviudan, que no se queden sin marido (5.14). Las jóvenes viudas organizadas en la iglesia, son descritas negativamente (5.13). El interés de que la mujer asuma el rol tradicional de ama de casa es tan desesperado que lo pone como requisito para la salvación (2.15). […]

Posiblemente el autor tiene temor de que se socave la casa patriarcal con la participación activa de estas mujeres visitando las casas. Las otras enseñanzas que valoran el celibato (“prohíben el matrimonio…”, 4.3) son una amenaza para el autor, pues éstas pudieran ser muy atractivas para las mujeres, especialmente las viudas, que no quieren casarse y volver a someterse a la casa patriarcal. […]

si bien pudo ser que el autor tenía en mente a las mujeres ricas, su discurso lo elevó a un grado de universalidad tal que cualquier particularidad quedó casi borrada. Por esa razón, el ejercicio hecho aquí de estudiar el tema de la visibilidad, exclusión y control de las mujeres tiene como objetivo subrayar la particularidad de un hecho circunstancial que corresponde a un tiempo y espacio, que ocurrió en los orígenes del cristianismo, y que no es el nuestro. Quien universaliza el mandato del autor con la intención de aplicarlo hoy día, no sólo es un mal lector de la Biblia, sino que está irrespetando las Escrituras.[16] 

Sobre que este asunto no es un elemento básico para la fe, habría que discutir detalladamente cuáles aspectos lo son o no, puesto que la doctrina de la imagen de Dios en el ser humano (imago Dei) viene inmediatamente a cuento a la hora de que esté en entredicho la dignidad humana, como en este caso del de la mujer. Minimizar el problema de que la Iglesia no acepte sus ministerios es también un asunto grave. Lo mismo sucede con el argumento sobre la representación de Jesús: al negársela a las mujeres, la salvación se reduce, para ellas, a un seguimiento sumiso e indigno mediado por la supuesta superioridad del género masculino. Este punto lo discute así:

 

Aunque el uso de términos en masculino con referencia a Dios es significativo, y la encarnación de Jesús como hombre era teológicamente necesaria, la Escritura nunca ofrece este argumento. De hecho, no hay evidencias que indiquen que el ministro representa a Cristo para la congregación. Es más, cuando se usa este argumento de la naturaleza de Dios en contra de la ordenación de mujeres para el ministerio podemos contestar desde el mismo principio: ambos, hombre y mujer, fueron creados a imagen de Dios.[17]

 

Acerca de los demás argumentos, en general, bien valdría la pena que Gutiérrez y sus lectores nos acercásemos a un libro escrito por Jürgen Moltmann y su esposa Elisabeth, especialmente el capítulo “Ser hombre en una nueva comunidad de mujeres y hombres”, en donde ambos teólogos reformados discuten críticamente las posibilidades de compartir los ministerios dignamente y con plena disposición a la colaboración entre ambos sexos.[18]

Gálatas 3.28 tiene un lugar muy especial en el texto de Gutiérrez, pues se centra en su intención de refutar que el texto paulino se refiere a la desaparición de las diferencias entre hombres y mujeres. Para él, al reconocer que “hay diferencias en una áreas, queda abierta la puerta a la admisión [de] que también existan diferencias en otras áreas, como de hecho ocurre”, lo que lo lleva a decir que Gálatas no habla del servicio, “donde claramente se dice que no todos somos iguales”. Schüssler Fiorenza cierra así el comentario a este famoso versículo:

 

Mientras los escritores patrísticos y gnósticos sólo podían expresar la igualdad de las mujeres cristianas con los hombres como “virilidad” o como abandono de su propia naturaleza sexual, Ga 3,28 no ensalza la masculinidad, sino la unicidad del cuerpo de Cristo, la iglesia, donde son superadas todas las divisiones y diferencias sociales, culturales, religiosas, nacionales y sexuales y donde todas las estructuras de dominación son rechazadas. No es el amor patriarcalizante de la escuela post-paulina, sino el ethos igualatorio de la “unidad en Cristo” predicado por el movimiento misionero paulino y pre-paulino lo que proporcionó a Pablo la ocasión para sus recomendaciones a propósito de la conducta de las mujeres profetas en la comunidad cristiana.[19]

 

En otro apartado que se resalta en la p. 6, Gutiérrez incluye una especie de glosario (“Algunas distinciones”) para aclarar el significado de algunos términos: posición, sacerdocio, talento, don y ministerio. Sobre el sacerdocio, llama poderosamente la atención que no se refiera a las implicaciones del sacerdocio universal de los creyentes, con todo y que cita I Pedro 2.9. Justamente, Palomino trabaja este asunto en el artículo citado, donde escribe al respecto:

 

Al convocarnos a todos a la salvación, al unirnos a todos en el Cuerpo de Cristo, al concedernos a todos los dones del Espíritu Santo, al llamarnos a todos a ser siervos y siervas de Dios, al enviarnos a todos a proclamar el Evangelio, Dios no ha hecho ninguna distinción en razón del género. El ministerio cristiano, por lo tanto, requiera o no la ordenación, ha de ser llevado a cabo por todos y todas las creyentes a favor de este mundo. Limitar el ministerio ordenado sobre la base del sexo de la persona es entonces contrario a esta enseñanza bíblica.[20]

 

4. Lo que urge es convertirse

Finalmente, en sus conclusiones (“Orden funcional en la iglesia”), Gutiérrez subraya que dado que “el hombre tiene la responsabilidad de ser cabeza (liderazgo) tanto en el hogar como en la iglesia, por tanto la mujer tiene la responsabilidad de someterse voluntariamente en reconocimiento del orden de Dios (1 Co 14.34-36; Ef 5.23; Col. 3.18; 1 Ti 2.1—12; 1 P 3.1-7)”. Es decir, que el principal deber o “ministerio” de las mujeres es el de la sumisión. La cadena de citas bíblicas no es más que un despliegue de referencias absolutas a la afirmación indiscutible, a priori, de que las cosas deben seguir como están. En realidad, la mención del orden divino es un apoyo para consolidar el régimen patriarcal que, como verdad cultural, no puede ni debe ser tocado. E. Moltmann-Wendel observa, en este sentido, la forma en que la Iglesia, en ocasiones, se somete y utiliza las “bondades” del sistema social para mantener la situación:

 

El patriarcado no ha llegado al mundo de manos del cristianismo. Es una vieja, extendida y masculina ordenación del mundo. El cristianismo no ha conseguido imponerse a esta ordenación de dominio. Desde muy pronto, más bien, los hombres se apoderaron de él y lo pusieron al servicio del patriarcado. Con ello se paralizó el potencial liberador del cristianismo. […] La liberación del patriarcado por parte de la mujer y también del hombre corre pareja al redescubrimiento de la libertad de Jesús y a una nueva experiencia de la fuerza del Espíritu. Tendremos que abandonar el Dios monoteísta de señores y hombres y, a partir de los orígenes del cristianismo, descubrir el Dios rico en relaciones, que ama apasionadamente, que unifica, el Dios comunitario. Éste es el Dios viviente, el Dios de la vida, deformado por el patriarcado mediante el ídolo del dominio. En él encontrará también el hombre su liberación de las deformaciones que el patriarcado le ha hecho soportar en el pasado y que aún tiene que sufrir ahora.[21]

 

Las palabras finales de Gutiérrez no podían ser más aleccionadoras, pues con gran sutileza, reafirma todo lo que ha expuesto antes, dejando de lado cualquier posibilidad de diálogo con otras posturas. La seguridad con que exhibe su defensa del statu quo es ejemplar:

 

Consecuentemente, la función directriz/gobernante de la iglesia está reservada para el hombre. No hay ejemplos de mujeres “ordenadas” o “reconocidas” ancianas en las Escrituras; tampoco son animadas a buscar tal oficio. […]

Concluimos pues, que el hombre es cabeza, y como cabeza es llamado a desempeñar, pues [sic], la posición de autoridad en relación con la mujer. Pero esta autoridad ha de ser practicada no para el abuso, sino para el beneficio de la mujer (y de toda la familia e iglesia). Esta es la enseñanza de Efesios 5.21-33 y de todo el mensaje bíblico (p. 7, énfasis agregado).

 

Semejante arrogancia es imposible de superar, pues la eliminación del adversario (en este caso, las mujeres y todo el conjunto del debate exegético, hermenéutico, teológico e histórico) no supone más que la intención probatoria de un prejuicio arraigado, que ni siquiera las palabras amables (“esta autoridad ha de ser practicada no para el abuso, sino para el beneficio de la mujer (y de toda la familia e iglesia”) escogidas para atemperar el golpe consiguen disminuir. Ahora resulta que Gutiérrez es el vocero más autorizado en este planeta para definir y decidir cuál es “todo el mensaje bíblico”. Caramba, ni siquiera autoridades como Gerhard von Rad, Karl Barth u Oscar Cullmann se atrevieron a tanto. Ante todo esto, es muy difícil conceder el beneficio de la duda a Gutiérrez en el sentido de que en el resto de la ponencia lleve a cabo un buen trabajo analítico mediante las disciplinas mencionadas. Cabe preguntarse si se ha acercado mínimamente a la gran cantidad de publicaciones o sitios web que hay sobre el tema, o incluso si ha leído algo de las teólogas y exegetas actuales.

Lo que queda claro es que con artículos como éste, siguen sin responderse las preguntas de cómo traducir, en nuestro tiempo, el innegable interés de Jesús por levantar a las mujeres de su estado de indefensión, tal como aparece en el evangelio de Lucas, o cómo interpretar, por ejemplo, la exigencia permanente de conversión que experimentó alguien como Pedro, quien en el libro de los Hechos debió pasar por varias de ellas: a Jesús mismo, a los gentiles, a los otros apóstoles como Pablo, etcétera: quizá fruto de todas ellas haya sido su posterior enseñanza acerca del sacerdocio universal de las y los creyentes, enseñanza central de la Reforma Protestante. Parecería que ahora los varones hemos de convertirnos, también en esa línea, a las mujeres, en un esfuerzo por profundizar en la alteridad que Dios mismo nos pone delante, todo el tiempo, como prójimas inexcusables que son. Es muy probable que ellas también deban convertirse a sí mismas también. Nuestra obsesión por la conversión de los demás nos impide, acaso, advertir éstas y otras muchas conversiones a las que nos llama el Señor. En el lenguaje de Mateo 25, habría que tratar de descubrir la manera en que Dios nos interpela en las mujeres, tal como lo hace en cada persona necesitada, desnuda, hambrienta y pobre.

Nos falta mucha obediencia, sensibilidad y creatividad ante tales evidencias. Obediencia, porque seguimos sin respetar las acciones de Dios en el mundo y nos negamos a ver con claridad el futuro hacia el cual nos llama, a nosotros, que hemos sido tan celosos de cantar y reivindicar su gloria y honra en el mundo, y nos negamos a creer que en los ministerios de las mujeres éstas no perderán ni un ápice. Sensibilidad, porque nos atrevemos a negar también la presencia de los dones, de los carismas mediados por la libertad soberana del Espíritu, y que él deposita adonde y a quien él le place. Creatividad, porque seguimos suponiendo que el Dios soberano está comprometido con nuestros intereses y formalidades y no es capaz de sorprendernos para “hacer nuevas todas las cosas”. Afortunadamente hoy se cuenta con recursos como la Biblia Isha, una edición de las Escrituras que permite asomarse al otro lado de la realidad para advertir que desde siempre Dios se ha preocupado por dignificar a todas sus criaturas.

El celo evangelizador no puede ni debe entrar en conflicto con la dignificación de las personas, hombres y mujeres, en la Iglesia. Porque nunca nos hemos preguntado si las palabras de Jesús en Mateo 23.15 (“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros”) se aplican a nuestra obsesión por “ganar almas”, particularmente femeninas, para luego de que ingresan a nuestro círculo religioso hacerles sentir que ante Dios valen mucho menos que los varones. Pero el peso específico de la historia marginal y marginada de las mujeres, en este caso, al interior de la Iglesia está ahí, y la necesidad del empoderamiento social, cultural, intelectual y humano que necesitan ellas en México, un país con escaso acceso al desarrollo personal o educativo de amplia visión, también. Porque acaso la ordenación reconocida como don de Dios sea el único recurso de proyección para muchas mujeres y hombres en el seno de la INPM y otras iglesias. Vaya que es grande la responsabilidad y la necesidad para abrir el diálogo que permita superar la barrera del género en la Iglesia. Ojalá tengamos como iglesia y como creyentes el valor suficiente para responder a este enorme desafío.


[1] Cit. en “Intuiciones teresianas para la lectura e interpretación de la Biblia”, www.mercaba.org/FICHAS/Santos/TdeJesus/intuiciones_teresianas_para_la_l.htm#FOOTNOTE_15.

[2] K. Stendahl, The Bible and the Role of Women: a Case Study in Hermeneutics. (La Biblia y el papel de las mujeres: un studio hermenéutico de caso.) Filadelfia, Fortress, 1966, p. 43. Stendahl, profesor y pastor luterano, fue decano de la Escuela de Divinidades de la Universidad de Harvard, Estados Unidos.

[3] É. Gutiérrez Ovando, “Argumentos a favor y en contra de la ordenación de la mujer”, en La Luz de El Faro, mayo-junio de 2010, pp. 4-7, www.publicacioneselfaro.com.mx.

[4] Los demás artículos son: “El niño saltó de alegría en mi vientre: principios bíblicos para un reflexión sobre el aborto”, de Iván Efraín Adame A., decano del Seminario Presbiteriano (STPM) expuesto previamente en la Consulta Nacional sobre Temas de Ética, STPM, 28 y 29 de junio de 2007; “Lo que el joven cristiano [sic] debe saber acerca de la homosexualidad”, de Francelia Chávez R., secretaría ejecutiva del Ministerio de Educación de la INPM; y “El problema de la violencia intrafamiliar en las familias cristianas”, de Alma Irma Maldonado T.

[5] Op. cit., pp. 28-29, énfasis agregado. La introducción concluye con una cita del filósofo reformado Nicholas Wolterstorff, profesor del Seminario Calvino de Grand Rapids referente a la exigencia de justicia por parte de las mujeres en la Iglesia y al reconocimiento de sus dones espirituales. Las posturas expuestas y discutidas por las demás son la tradicionalista (Robert D. Culver, “Las mujeres guarden silencio”, pp. 31-68), en pro del liderazgo masculino (Susan T. Foh, “La cabeza de la mujer es el hombre”, pp. 69-119), en pro del ministerio plural (Walter L. Liefeld, “Vuestros hijos e hijas profetizarán”, pp. 121-160) y en pro de la igualdad.(Alvera Mickelsen, “En Cristo no hay hombre ni mujer”, pp. 161-206). El volumen cierra con bibliografías en español e inglés.

[6] El contenido completo de la revista es: “Introducción”, de Páraic Réamonn (pp. 1-2); “El caso del sínodo de Blantyre, Malawi”, de Felix L. Chingota (pp. 3-24); “Ocurre en Brasil”, de Leciane Goulart Duque Estrada (pp. 25-35, en español; 36-46, en portugués); “En búsqueda de aceptación y reconocimiento. Las luchas de las mujeres en el ministerio”, de Salatiel Palomino López (pp. 51-66); “Una perspectiva de Zambia”, de Petronella D.S. Ndhlovu (pp. 67-74); “Y por fin llegó a Grecia”, de Ioanna Sahinidou (pp. 75-85); y “Apéndice. La ordenación de mujeres en las iglesias miembros de la ARM” (pp. 86-96), un cuadro cronológico y por país de los avances de la ordenación en el mundo reformado. La revista puede leerse en inglés en el sitio web de la ARM: www.warc.ch/dp/rw9912/index.html. (El autor de estas líneas puede enviarla fotocopiada a quien se lo solicite: lcervortiz@yahoo.com.mx.) Con anterioridad, la ARM había publicado Walk, my sister. The ordination of women: Reformed perspectives (Camina, hermana mía. La ordenación de las mujeres: perspectivas reformadas). Ursel Rosenhäger y Sarah Stephens, eds., Ginebra, 1993 (Estudios, 18); en Internet: www.warc.ch/dp/walk/index.html, fruto de una consulta realizada en 1992, con participantes de 16 países. Otras publicaciones de la ARM relacionadas con el tema son: Reformed World, “Women and men as partners in God’s misión” (Hombres y mujeres como copartícipes en la misión de Dios), vol. 45, núms. 1 y 2, marzo, junio de 1995; Partnership in God’s mission in the Caribbean and Latin America, 1998, (Estudios, 37); Patricia Sheerattan Bisnauth, Creating a vision for Partnership of women and men. Evaluation report of regional workshops on gender awareness and leadership development (Creando una visión para la colaboración entre hombres y mujeres. Reporte de evaluación de los talleres regionales sobre conciencia de género y desarrollo del liderazgo), 2003, http://warc.jalb.de/warcajsp/news_file/doc-459-1.pdf; y P. Sheerattan, Created in God’s Image: From Hierarchy to Partnership. A Church manual for Gender Awareness and leadership Development (Creados a imagen de Dios: de la jerarquía a la colaboración. Un manual eclesiástico para la conciencia de género y el desarrollo del liderazgo), 2003.

[7] Paul K. Jewett, Man as Male and Female: A study in sexual relationships from a Theological Point of View. Grand Rapids, Eerdmans, 1975, pp. 162, 170, cit. por P. Réamonn, “Introducción”, en Mundo Reformado, Ginebra, ARM, vol. 49, núms. 1-2, marzo-junio de 1999, p. 1, énfasis agregado. Existe traducción al español del libro citado: El hombre como varón y hembra. Miami, Caribe, 1975.

[8] L. Goulart Duque Estrada, “Ocurre en Brasil”, pp. 26-27. Algo similar a lo descrito aquí ha comenzado a suceder en México con las reuniones de hombres y mujeres a favor del sacerdocio universal de las y los creyentes. Véase el sitio: www.iglesiaigualitaria.blogspot.com.

[9] Ibid., p. 35. Énfasis agregado.

[10] S. Palomino López, “En búsqueda de aceptación y reconocimiento…”, p. 59. Palomino está citando el texto de la Rev. Laura Taylor, “El papel de la mujer en la iglesia y en el reino de Dios: la nueva creación, el liderazgo y la ordenación de las mujeres”. Inédito, documento de estudio solicitado por el Presbiterio “Juan Calvino”, México, 1993, p. 45.

[11] Bernabé V. Bautista Reyes, La ordenación de las mujeres: desde una perspectiva bíblica, histórica y teológica. México, Manantial, 1988, pp. 32-33. Cf. José Ramiro Bolaños Rivera, La mujer cristiana: bases bíblicas y teológicas para considerar su ordenación a los ministerios de gobierno eclesiástico y cuidado pastoral. Tesis de licenciatura en Teología. Guatemala, Universidad Mariano Gálvez, 1997, http://biblioteca.umg.edu.gt/digital/13012.pdf.

[12] Ibid., p. 24. Énfasis original. Llama mucho la atención el hecho de que el Pbro. Bautista, con estas ideas en mente, haya publicado Un milagro llamado Manuela y…, en honor a su esposa (México, edición de autor, 2008).

[13] “Section 6: Report of the gender justice section”, en www.reformedchurches.org/docs/Section6Report.pdf, versión de LC-O.

[14] Cf. Suzanne Tunc, También las mujeres seguían a Jesús. 2ª ed. Santander, Sal Terrae, 1999 (Presencia teológica, 98).

[15]Carolyn Osiek y Kevin J. Madigan, eds., Mujeres ordenadas en la iglesia primitiva. Una historia documentada. Estella, Verbo Divino, 2006 (Aletheia), pp. 20, 30.

[16] E. Tamez, “Visibilidad, exclusión y control de las mujeres en la Primera carta a Timoteo”, en Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, núm. 55, www.claiweb.org/ribla/ribla55/visibilidad.html, énfasis agregado. Cf. E. Tamez, “La opción por los pobres pero obedientes. Fundamentalismo patriarcal y el sujeto en 1 Timoteo”, en Pasos, núm. 104, nov.–dic. de 2002, pp. 24-28; e Idem, Luchas de poder en los orígenes del cristianismo. Un estudio de la primera Carta a Timoteo. San José, DEI, 2004, y Santander, Sal Terrae, 2005 (Presencia teológica, 141).

[17] Susan T. Foh, “Una postura en pro del liderazgo masculino”, en B. Clouse y R.G. Clouse, op. cit., p. 93. Énfasis agregado.

[18] E. Moltmann-Wendel y J. Moltmann, Hablar de Dios como mujer y como hombre. Madrid, PPC, 1994, pp. 69-88.

[19] E. Schüssler Fiorenza, En memoria de ella: una reconstrucción teológico-feminista de los orígenes del cristianismo. Bilbao, Desclée de Brouwer, 1989, p. 269.

[20] S. Palomino, op. cit., p. 60.

[21]E. Moltmann-Wendel y J. Moltmann, op. cit., p. 73. Énfasis agregado.

.Leopoldo Cervantes-Ortiz, México






Réplica, aclaración y cuestionamientos de forma y fondo al texto de Éver Gutiérrez Ovando






Diles que no se sigan por una sola parte de la Escritura, que miren otras, y que si podrán por ventura atarme las manos.[1]

Teresa de Jesús

 

El asunto de la ordenación de las mujeres no es una cuestión de oficios, sino de la correcta relación entre hombre y mujer en Cristo, ya seo que ello se aplique a la tarea política, el servicio social, la profesión, la vida en el hogar, el ministerio o el episcopado.[2]

Krister Stendahl

 

1. El apoyo a la contrarreforma

Como parte de una contra-ofensiva para orientar el ánimo de la feligresía y de los representantes oficiales de la Iglesia Nacional Presbiteriana de México (INPM) con miras a la reunión que se realizará en los próximos días (19-23 de julio) en Toluca, Estado de México, la revista El Faro ha publicado, en su número más reciente (mayo-junio de 2010) una parte de la ponencia que expuso el Pbro. Éver Gutiérrez Ovando ante el consistorio de una iglesia de la capital.[3] Desde la portada, la revista anuncia pomposamente que el texto en cuestión presenta argumentos “a favor y en contra” de la ordenación de las mujeres al ministerio pastoral, algo que, por supuesto, no se cumple, pues las “conclusiones” del artículo son previsiblemente contrarias a que las mujeres tengan acceso a los ministerios. Por ello, es necesario desmantelar los argumentos de este texto, y mostrar la forma en que se le utiliza para servir a semejante despropósito. (La revista incluye también otros artículos contra el aborto, la homosexualidad y la violencia intrafamiliar.[4])

En primer lugar, uno esperaría que Gutiérrez siguiera una línea similar a la de Bonnidell y Robert G. Clouse (Mujeres en el ministerio. Cuatro puntos de vista. Terrassa, CLIE, 2005, Colección teológica contemporánea, 15, edición original de Inter-Varsity Press, 1989), quienes efectivamente incluyen los argumentos a favor y en contra de la ordenación de las mujeres en igualdad de circunstancias, con la debida tolerancia y respeto ante las posturas en juego. La introducción de este libro, que merece tomarse en cuenta para el debate actual en la INPM, termina como sigue:

 

Esperamos que estos ensayos y debates ayuden a los lectores a desarrollar sus propias posturas sobre el papel de la mujer en la Iglesia. Como se ha dicho anteriormente, se trata de uno de los problemas más graves que enfrentan los creyentes de nuestro tiempo. Los seguidores de Jesucristo deben buscar entender su voluntad en relación con los derechos de la mujer. Independientemente de la necesidad de adaptarse al tiempo en el que vivimos, los cristianos tenemos el deber de tratar de forma justa a los demás, sin importar la raza, clase social o género”.[5]

 

Lamentablemente, Gutiérrez no actuó así, y puso por delante sólo un ejemplo “a favor” del ministerio de la mujer en la iglesia tomado del número especial (en español) de Mundo Reformado (marzo-junio de 1999),[6] revista de la Alianza Reformada Mundial (ARM; dato que no se consigna), dedicado íntegramente a “Las mujeres y el ministerio ordenado” (y no como se afirma: “la mayor parte de su contenido”, Gutiérrez, p. 4). El epígrafe de la introducción es muy elocuente y necesario de citarse:

 

Dado que se es “llamado por Dios” al ministerio, no se elige simplemente ser ministro tal como se opta por una profesión. Se debe recibir el llamado y la iglesia debe confirmar el llamado. Las cuestión es, pues, si Dios llama a las mujeres, tal como lo hace con los hombres, a ser ministros en su nombre […] Dejemos que quienes tienen escrúpulos que sólo consideren lo que ha costado a la iglesia no servirse de los talentos de la mujer. Cualquiera puede consultar el libro de los himnos y ver lo que las poetisas [sic] […] han enseñado a cantar al pueblo de Dios. Que luego pregunte qué significaría si a esas mujeres se les permitiera pasar del relativo anonimato de los himnos a la plena visibilidad de la que han gozado los hombres en la iglesia como evangelistas, predicadores y maestros.[7]

 

Gutiérrez se basó únicamente en la experiencia de la Iglesia Presbiteriana Independiente de Brasil (IPIB), pero únicamente habla de los aspectos legales tomados de la constitución brasileña, y no incluye detalles del testimonio de Leciane Goulart Duque Estrada, quien hace un recuento de la lucha que se dio en esa iglesia hermana desde 1972 hasta alcanzar la ordenación de las mujeres en 1999. Allí se lee lo siguiente:

 

La historia de esta lucha puede ser descrita como una construcción cuyas bases son sólidas. Poco a poco las mujeres fueron movilizándose, ganando espacios y haciendo que sus voces fueran escuchadas. Se creó el Grupo de Reflexión sobre el Ministerio de la Mujer, donde pastoras ordenadas de otras denominaciones fueron invitadas a enseñar y dar testimonio de sus experiencias. […].Hubo también encuentros de mujeres para divulgación y discusión de ese asunto desde la perspectiva bíblica, enfatizando el papel de la mujer en la iglesia y en la sociedad, donde se elaboraron estrategias de actuación con vistas a la aprobación del ministerio ordenado de la mujer.[8]

 

Queda claro que se oculta una lucha eclesiástica de las mujeres en todos los niveles (espiritual, teológico, educativo y cultural) por el reconocimiento de sus derechos, pues parecería que Gutiérrez desea reforzar la idea de que solamente con argumentos ajenos a la Biblia y a la doctrina cristiana pudieron las mujeres de la IPIB “presionar” a sus dirigentes. Mucho del pánico que existe en la INPM acerca de la eventual “aprobación” de la ordenación femenina proviene del miedo al futuro, al cambio y a una nueva situación en la que las mujeres ejerzan sus ministerios a plenitud. Goulart escribe al respecto:

 

Los que argumentan que la apertura de espacio para el ministerio ordenado de la mujer o para una vida profesional causaría serios problemas sociales […], describen un análisis extremadamente simplista de la realidad actual […] ¿no son los presbíteros y pastores, maridos y padres, hombres con responsabilidades dentro del hogar que deben orientar a sus hijos e hijas? El buen testimonio de incontables pastoras y presbíteras ya ordenadas desmiente muchos de los argumentos en contra de la ordenación y, a pesar de los traumas y desafíos enfrentados, desempeñan plenamente sus ministerios.[9]

 

2. Otras lecturas de la misma tradición

Además, lo que Gutiérrez tampoco dice es que uno de los artículos principales de dicha revista Mundo Reformado es “En busca de aceptación y reconocimiento. Las luchas de las mujeres en el ministerio», del doctor Salatiel Palomino (antiguo profesor suyo, graduado del Seminario de Princeton, ex rector del Seminario Presbiteriano y ex moderador de la Asamblea General de la INPM), en el que expone con lujo de detalles algunas de las humillaciones de las que han sido objeto muchas mujeres que ejercen el ministerio cristiano sin ninguna esperanza de reconocimiento oficial y lleva a cabo un sólido ejercicio de análisis exegético-teológico de los pasajes bíblicos más controvertidos, advirtiendo que “en el estudio y la discusión de la enseñanza bíblica en torno a la ordenación de la mujer, ‘un argumento, independientemente de cuán ‘lógico’ sea, que se desvía de los valores bíblicos de igualdad, respeto mutuo, la dignidad y la interdependencia entre seres humanos y la dependencia de Dios, para enfatizar la superioridad y la dominación de un grupo de personas sobre otro, no es un argumento bíblico ni un argumento válido’”.[10] Este artículo puede leerse íntegramente en Lupa Protestante (www.lupaprotestante.com/index.php?option=com_content&task=view&id=2182&Itemid=129).

Obviamente, Gutiérrez tampoco informa que, para discutir tales problemas de marginación contra las mujeres, en su texto Palomino desmenuza y pone, literalmente, en su lugar un panfleto del actual vicepresidente de la directiva de la Asamblea General que desde 1988 ha sido utilizado para atacar despiadadamente y sin respeto alguno a las mujeres y a quienes apoyan sus ministerios con “lindezas” como éstas: “¿Qué pensaríamos si una mujer embarazada de siete meses subiera al púlpito a predicar? La verdad es que lo consideraríamos antiestético, antibíblico, anti… todo”,[11] y “Si bien es cierto que Dios concedió muchos privilegios a la mujer, también es cierto que le puso limitaciones; por eso afirmo categóricamente que la palabra de Dios, la historia, la psicología, la razón y la idiosincrasia mexicana, no permiten que la mujer ocupe puestos oficiales (de pastoras, ancianas gobernantes o diaconisas) dentro de nuestras iglesias presbiterianas”.[12] Asimismo, para destacar la fortaleza de sus “argumentos bíblico-teológicos”, el autor de ese pasquín llegó al extremo de utilizar mayúsculas como muestra de su violencia verbal.

La metodología usada en este artículo, que esconde información y llega al extremo de manipular el contenido de una publicación que tiene como propósito todo lo contrario de lo que se afirma como conclusión, puesto que la ARM siempre promovió el ministerio de las mujeres, al igual que la Comunión Mundial de Iglesias Reformadas (CMIR), organismo recién formado (a cuyo concilio de organización asistió el Pbro. Samuel Trinidad, secretario de la directiva de la Asamblea General de la INPM). En la sección 6 (Justicia de género) de las resoluciones finales de la CMIR se establece:

 

1. Ordenación

La Sección ve la ordenación como un elemento central para la comprensión de la comunión. La verdadera unidad no puede realizarse en un contexto donde no es reconocido el llamado de Dios a las mujeres para actualizar sus dones en el ministerio de la Palabra y de los Sacramentos.

 

Metodología

a)      La CMIR promueve la ordenación de las mujeres y trabaja hacia el momento en que su ordenación sea vinculante para la comunión.

b)   La CMIR desarrolla un mapa de Iglesias miembros para indicar dónde no están bien resueltos los asuntos relacionados con la ordenación de las mujeres y la justicia de género, a fin de trabajar con y apoyar a estas iglesias miembros.

c)   La CMIR fortalece el programa de acompañamiento para las mujeres en el ministerio ordenado al incluir este tema en la agenda de los dirigentes de la CMIR cuando visiten a las Iglesias miembros.

d)   La CMIR continúa ofreciendo su apoyo y acompañamiento a la educación teológica de las mujeres, especialmente jóvenes, y el Fondo de Educación Teológica se utilizará para estos fines.[13]

 

3. No sólo es cuestión de metodología

La estructura del artículo de Gutiérrez y su distribución en las páginas de El Faro sirven también para conducir el ánimo de los lectores/as: el segundo caso expuesto es el de la iglesia católico-romana (sin señalar sus fuentes), acerca del cual habla de siete razones “por las que las mujeres pueden recibir las órdenes sagradas” (p. 5): un solo [así, sin acento] sacerdocio en Cristo; con poder de presidir; desviaciones culturales; mujeres diaconisas hasta el siglo IX; posibilidad de que las mujeres sean ordenadas; la Iglesia amplia acepta mujeres en el sacerdocio; y las mujeres también son, de hecho, llamadas a ser sacerdotes (usar la palabra sacerdotisa sería, evidentemente, un sacrilegio). La menos clara es la relativa a las “desviaciones culturales”, pues aunque se habla de prejuicios en contra de las mujeres, éstos no se especifican. En la misma página se muestran, resaltados, los argumentos en contra, siete también: “Jesús no estableció la ordenación de las mujeres; Pablo prohibió a las mujeres enseñar (1 Tim 2.12); no es un elemento básico para la fe; las mujeres no pueden representar a Jesús porque Él es varón; la Iglesia antigua y antes y después de la Reforma no ordenaba mujeres; el ministerio presbiterial va contra la naturaleza de las mujeres; y Cristo es el esposo, la Iglesia la esposa. En el ministerio sacerdotal un hombre debe representar a Cristo”.

Como Gutiérrez no explica ni desarrolla estos argumentos y sólo los presenta por separado, puede darse por sentado que los acepta, dadas las conclusiones a las que llega al final. Cada uno de ellos puede ser refutado con base en estudios serios, algunos de los cuales han sido muy divulgados. El primero cae por su propio peso: si Jesús no ordenó mujeres, tampoco lo hizo con los discípulos varones, pues es hasta el libro de los Hechos en que surge una especie de “reconocimiento” a su seguimiento de, aproximadamente, tres años, pero ello en ninguna manera constituye una ordenación. Sólo metafóricamente se puede aceptar que esos años con Jesús fueron equivalentes a sus “estudios teológicos formales”, los cuales no desembocaron en ningún acto eclesiástico equivalente a la ordenación. Habría que estudiar qué hizo la iglesia cristiana en los siglos posteriores en relación con la ordenación y cómo la instituyó al momento de jerarquizar los ministerios.[14] Osiek y Madigan escriben:

 

Examinando los testimonios hemos encontrado varias suposiciones que resultan ser falsas. La primera de esas falsas suposiciones es la de que nunca hubo mujeres con oficios eclesiásticos en occidente. A pesar de que es en oriente donde claramente se da una preponderancia de testimonios de mujeres diáconos, occidente no carece de ellos, siendo normalmente prohibiciones conciliares, presumiblemente promulgadas para controlar o suprimir la práctica existente. Existen inscripciones en occidente, aunque son mucho menos habituales que en oriente. Muchos de estos testimonios se pasan por alto normalmente y se deben tomar en serio. […]

La segunda falsa suposición es que el título de diaconisa sustituyó al de mujer diácono a finales del siglo III. A pesar de que los testimonios sobre la función de esas mujeres son poco precisos, el título de diakonos para las mujeres existe durante el siglo VI. […]

La tercera falsa suposición es que todas las mujeres con oficios eclesiásticos eran célibes, bien vírgenes o viudas. […]

No hay duda de que existen muchos menos testimonios de mujeres presbíteros, pero no se restringen a grupos marginales o heréticos. Lo que resulta intrigante es el hecho de que la cantidad de referencias es mayor en occidente que en oriente, a pesar de los grandes esfuerzos de varios concilios para eliminarlos.[15]

 

El segundo argumento es reforzado por Gutiérrez con una frase de antología, digna de los tiempos en que se hablaba de la inerrancia bíblica con un absolutismo categórico, negando, de paso, los contextos culturales de la escritura del Nuevo Testamento y la comprensión de la evolución textual del mismo: “Pablo no escribió porque estuviera cegado por prejuicios, ni contradice al Señor Jesús, ni el Señor contradice al Antiguo Testamento [¡hay que leer con más atención el Sermón del Monte completo!]. En todo hay perfecta armonía porque el autor es el mismo Espíritu Santo” (p. 7, nota 3, énfasis agregado). Para empezar, es muy probable que Pablo no fuera el autor de esta carta y, además, como se ha demostrado fehacientemente, las orientaciones de la misma están dirigidas a restar poder e influencia al creciente liderazgo femenino. Véase, en apoyo de esta interpretación lo que escribe Elsa Tamez, autora de un comentario completo a la misma carta:

 

Para las mujeres cristianas, la carta de 1 Timoteo ha sido un problema. En ella se les prohíbe explícitamente que enseñen (2.12) y que opinen (2.11). También se recomienda con fuerza que las mujeres se casen y procreen; y si enviudan, que no se queden sin marido (5.14). Las jóvenes viudas organizadas en la iglesia, son descritas negativamente (5.13). El interés de que la mujer asuma el rol tradicional de ama de casa es tan desesperado que lo pone como requisito para la salvación (2.15). […]

Posiblemente el autor tiene temor de que se socave la casa patriarcal con la participación activa de estas mujeres visitando las casas. Las otras enseñanzas que valoran el celibato (“prohíben el matrimonio…”, 4.3) son una amenaza para el autor, pues éstas pudieran ser muy atractivas para las mujeres, especialmente las viudas, que no quieren casarse y volver a someterse a la casa patriarcal. […]

si bien pudo ser que el autor tenía en mente a las mujeres ricas, su discurso lo elevó a un grado de universalidad tal que cualquier particularidad quedó casi borrada. Por esa razón, el ejercicio hecho aquí de estudiar el tema de la visibilidad, exclusión y control de las mujeres tiene como objetivo subrayar la particularidad de un hecho circunstancial que corresponde a un tiempo y espacio, que ocurrió en los orígenes del cristianismo, y que no es el nuestro. Quien universaliza el mandato del autor con la intención de aplicarlo hoy día, no sólo es un mal lector de la Biblia, sino que está irrespetando las Escrituras. [16]

 

Sobre que este asunto no es un elemento básico para la fe, habría que discutir detalladamente cuáles aspectos lo son o no, puesto que la doctrina de la imagen de Dios en el ser humano (imago Dei) viene inmediatamente a cuento a la hora de que esté en entredicho la dignidad humana, como en este caso del de la mujer. Minimizar el problema de que la Iglesia no acepte sus ministerios es también un asunto grave. Lo mismo sucede con el argumento sobre la representación de Jesús: al negársela a las mujeres, la salvación se reduce, para ellas, a un seguimiento sumiso e indigno mediado por la supuesta superioridad del género masculino. Este punto lo discute así:

 

Aunque el uso de términos en masculino con referencia a Dios es significativo, y la encarnación de Jesús como hombre era teológicamente necesaria, la Escritura nunca ofrece este argumento. De hecho, no hay evidencias que indiquen que el ministro representa a Cristo para la congregación. Es más, cuando se usa este argumento de la naturaleza de Dios en contra de la ordenación de mujeres para el ministerio podemos contestar desde el mismo principio: ambos, hombre y mujer, fueron creados a imagen de Dios.[17]

 

Acerca de los demás argumentos, en general, bien valdría la pena que Gutiérrez y sus lectores nos acercásemos a un libro escrito por Jürgen Moltmann y su esposa Elisabeth, especialmente el capítulo “Ser hombre en una nueva comunidad de mujeres y hombres”, en donde ambos teólogos reformados discuten críticamente las posibilidades de compartir los ministerios dignamente y con plena disposición a la colaboración entre ambos sexos.[18]

Gálatas 3.28 tiene un lugar muy especial en el texto de Gutiérrez, pues se centra en su intención de refutar que el texto paulino se refiere a la desaparición de las diferencias entre hombres y mujeres. Para él, al reconocer que “hay diferencias en una áreas, queda abierta la puerta a la admisión [de] que también existan diferencias en otras áreas, como de hecho ocurre”, lo que lo lleva a decir que Gálatas no habla del servicio, “donde claramente se dice que no todos somos iguales”. Schüssler Fiorenza cierra así el comentario a este famoso versículo:

 

Mientras los escritores patrísticos y gnósticos sólo podían expresar la igualdad de las mujeres cristianas con los hombres como “virilidad” o como abandono de su propia naturaleza sexual, Ga 3,28 no ensalza la masculinidad, sino la unicidad del cuerpo de Cristo, la iglesia, donde son superadas todas las divisiones y diferencias sociales, culturales, religiosas, nacionales y sexuales y donde todas las estructuras de dominación son rechazadas. No es el amor patriarcalizante de la escuela post-paulina, sino el ethos igualatorio de la “unidad en Cristo” predicado por el movimiento misionero paulino y pre-paulino lo que proporcionó a Pablo la ocasión para sus recomendaciones a propósito de la conducta de las mujeres profetas en la comunidad cristiana.[19]

 

En otro apartado que se resalta en la p. 6, Gutiérrez incluye una especie de glosario (“Algunas distinciones”) para aclarar el significado de algunos términos: posición, sacerdocio, talento, don y ministerio. Sobre el sacerdocio, llama poderosamente la atención que no se refiera a las implicaciones del sacerdocio universal de los creyentes, con todo y que cita I Pedro 2.9. Justamente, Palomino trabaja este asunto en el artículo citado, donde escribe al respecto:

 

Al convocarnos a todos a la salvación, al unirnos a todos en el Cuerpo de Cristo, al concedernos a todos los dones del Espíritu Santo, al llamarnos a todos a ser siervos y siervas de Dios, al enviarnos a todos a proclamar el Evangelio, Dios no ha hecho ninguna distinción en razón del género. El ministerio cristiano, por lo tanto, requiera o no la ordenación, ha de ser llevado a cabo por todos y todas las creyentes a favor de este mundo. Limitar el ministerio ordenado sobre la base del sexo de la persona es entonces contrario a esta enseñanza bíblica.[20]

 

4. Lo que urge es convertirse

Finalmente, en sus conclusiones (“Orden funcional en la iglesia”), Gutiérrez subraya que dado que “el hombre tiene la responsabilidad de ser cabeza (liderazgo) tanto en el hogar como en la iglesia, por tanto la mujer tiene la responsabilidad de someterse voluntariamente en reconocimiento del orden de Dios (1 Co 14.34-36; Ef 5.23; Col. 3.18; 1 Ti 2.1—12; 1 P 3.1-7)”. Es decir, que el principal deber o “ministerio” de las mujeres es el de la sumisión. La cadena de citas bíblicas no es más que un despliegue de referencias absolutas a la afirmación indiscutible, a priori, de que las cosas deben seguir como están. En realidad, la mención del orden divino es un apoyo para consolidar el régimen patriarcal que, como verdad cultural, no puede ni debe ser tocado. E. Moltmann-Wendel observa, en este sentido, la forma en que la Iglesia, en ocasiones, se somete y utiliza las “bondades” del sistema social para mantener la situación:

 

El patriarcado no ha llegado al mundo de manos del cristianismo. Es una vieja, extendida y masculina ordenación del mundo. El cristianismo no ha conseguido imponerse a esta ordenación de dominio. Desde muy pronto, más bien, los hombres se apoderaron de él y lo pusieron al servicio del patriarcado. Con ello se paralizó el potencial liberador del cristianismo. […] La liberación del patriarcado por parte de la mujer y también del hombre corre pareja al redescubrimiento de la libertad de Jesús y a una nueva experiencia de la fuerza del Espíritu. Tendremos que abandonar el Dios monoteísta de señores y hombres y, a partir de los orígenes del cristianismo, descubrir el Dios rico en relaciones, que ama apasionadamente, que unifica, el Dios comunitario. Éste es el Dios viviente, el Dios de la vida, deformado por el patriarcado mediante el ídolo del dominio. En él encontrará también el hombre su liberación de las deformaciones que el patriarcado le ha hecho soportar en el pasado y que aún tiene que sufrir ahora.[21]

 

Las palabras finales de Gutiérrez no podían ser más aleccionadoras, pues con gran sutileza, reafirma todo lo que ha expuesto antes, dejando de lado cualquier posibilidad de diálogo con otras posturas. La seguridad con que exhibe su defensa del statu quo es ejemplar:

 

Consecuentemente, la función directriz/gobernante de la iglesia está reservada para el hombre. No hay ejemplos de mujeres “ordenadas” o “reconocidas” ancianas en las Escrituras; tampoco son animadas a buscar tal oficio. […]

Concluimos pues, que el hombre es cabeza, y como cabeza es llamado a desempeñar, pues [sic], la posición de autoridad en relación con la mujer. Pero esta autoridad ha de ser practicada no para el abuso, sino para el beneficio de la mujer (y de toda la familia e iglesia). Esta es la enseñanza de Efesios 5.21-33 y de todo el mensaje bíblico (p. 7, énfasis agregado).

 

Semejante arrogancia es imposible de superar, pues la eliminación del adversario (en este caso, las mujeres y todo el conjunto del debate exegético, hermenéutico, teológico e histórico) no supone más que la intención probatoria de un prejuicio arraigado, que ni siquiera las palabras amables (“esta autoridad ha de ser practicada no para el abuso, sino para el beneficio de la mujer (y de toda la familia e iglesia”) escogidas para atemperar el golpe consiguen disminuir. Ahora resulta que Gutiérrez es el vocero más autorizado en este planeta para definir y decidir cuál es “todo el mensaje bíblico”. Caramba, ni siquiera autoridades como Gerhard von Rad, Karl Barth u Oscar Cullmann se atrevieron a tanto. Ante todo esto, es muy difícil conceder el beneficio de la duda a Gutiérrez en el sentido de que en el resto de la ponencia lleve a cabo un buen trabajo analítico mediante las disciplinas mencionadas. Cabe preguntarse si se ha acercado mínimamente a la gran cantidad de publicaciones o sitios web que hay sobre el tema, o incluso si ha leído algo de las teólogas y exegetas actuales.

Lo que queda claro es que con artículos como éste, siguen sin responderse las preguntas de cómo traducir, en nuestro tiempo, el innegable interés de Jesús por levantar a las mujeres de su estado de indefensión, tal como aparece en el evangelio de Lucas, o cómo interpretar, por ejemplo, la exigencia permanente de conversión que experimentó alguien como Pedro, quien en el libro de los Hechos debió pasar por varias de ellas: a Jesús mismo, a los gentiles, a los otros apóstoles como Pablo, etcétera: quizá fruto de todas ellas haya sido su posterior enseñanza acerca del sacerdocio universal de las y los creyentes, enseñanza central de la Reforma Protestante. Parecería que ahora los varones hemos de convertirnos, también en esa línea, a las mujeres, en un esfuerzo por profundizar en la alteridad que Dios mismo nos pone delante, todo el tiempo, como prójimas inexcusables que son. Es muy probable que ellas también deban convertirse a sí mismas también. Nuestra obsesión por la conversión de los demás nos impide, acaso, advertir éstas y otras muchas conversiones a las que nos llama el Señor. En el lenguaje de Mateo 25, habría que tratar de descubrir la manera en que Dios nos interpela en las mujeres, tal como lo hace en cada persona necesitada, desnuda, hambrienta y pobre.

Nos falta mucha obediencia, sensibilidad y creatividad ante tales evidencias. Obediencia, porque seguimos sin respetar las acciones de Dios en el mundo y nos negamos a ver con claridad el futuro hacia el cual nos llama, a nosotros, que hemos sido tan celosos de cantar y reivindicar su gloria y honra en el mundo, y nos negamos a creer que en los ministerios de las mujeres éstas no perderán ni un ápice. Sensibilidad, porque nos atrevemos a negar también la presencia de los dones, de los carismas mediados por la libertad soberana del Espíritu, y que él deposita adonde y a quien él le place. Creatividad, porque seguimos suponiendo que el Dios soberano está comprometido con nuestros intereses y formalidades y no es capaz de sorprendernos para “hacer nuevas todas las cosas”. Afortunadamente hoy se cuenta con recursos como la Biblia Isha, una edición de las Escrituras que permite asomarse al otro lado de la realidad para advertir que desde siempre Dios se ha preocupado por dignificar a todas sus criaturas.

El celo evangelizador no puede ni debe entrar en conflicto con la dignificación de las personas, hombres y mujeres, en la Iglesia. Porque nunca nos hemos preguntado si las palabras de Jesús en Mateo 23.15 (“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros”) se aplican a nuestra obsesión por “ganar almas”, particularmente femeninas, para luego de que ingresan a nuestro círculo religioso hacerles sentir que ante Dios valen mucho menos que los varones. Pero el peso específico de la historia marginal y marginada de las mujeres, en este caso, al interior de la Iglesia está ahí, y la necesidad del empoderamiento social, cultural, intelectual y humano que necesitan ellas en México, un país con escaso acceso al desarrollo personal o educativo de amplia visión, también. Porque acaso la ordenación reconocida como don de Dios sea el único recurso de proyección para muchas mujeres y hombres en el seno de la INPM y otras iglesias. Vaya que es grande la responsabilidad y la necesidad para abrir el diálogo que permita superar la barrera del género en la Iglesia. Ojalá tengamos como iglesia y como creyentes el valor suficiente para responder a este enorme desafío.



[1] Cit. en “Intuiciones teresianas para la lectura e interpretación de la Biblia”, www.mercaba.org/FICHAS/Santos/TdeJesus/intuiciones_teresianas_para_la_l.htm#FOOTNOTE_15.

[2] K. Stendahl, The Bible and the Role of Women: a Case Study in Hermeneutics. (La Biblia y el papel de las mujeres: un studio hermenéutico de caso.) Filadelfia, Fortress, 1966, p. 43. Stendahl, profesor y pastor luterano, fue decano de la Escuela de Divinidades de la Universidad de Harvard, Estados Unidos.

[3] É. Gutiérrez Ovando, “Argumentos a favor y en contra de la ordenación de la mujer”, en La Luz de El Faro, mayo-junio de 2010, pp. 4-7, www.publicacioneselfaro.com.mx.

[4] Los demás artículos son: “El niño saltó de alegría en mi vientre: principios bíblicos para un reflexión sobre el aborto”, de Iván Efraín Adame A., decano del Seminario Presbiteriano (STPM) expuesto previamente en la Consulta Nacional sobre Temas de Ética, STPM, 28 y 29 de junio de 2007; “Lo que el joven cristiano [sic] debe saber acerca de la homosexualidad”, de Francelia Chávez R., secretaría ejecutiva del Ministerio de Educación de la INPM; y “El problema de la violencia intrafamiliar en las familias cristianas”, de Alma Irma Maldonado T.

[5] Op. cit., pp. 28-29, énfasis agregado. La introducción concluye con una cita del filósofo reformado Nicholas Wolterstorff, profesor del Seminario Calvino de Grand Rapids referente a la exigencia de justicia por parte de las mujeres en la Iglesia y al reconocimiento de sus dones espirituales. Las posturas expuestas y discutidas por las demás son la tradicionalista (Robert D. Culver, “Las mujeres guarden silencio”, pp. 31-68), en pro del liderazgo masculino (Susan T. Foh, “La cabeza de la mujer es el hombre”, pp. 69-119), en pro del ministerio plural (Walter L. Liefeld, “Vuestros hijos e hijas profetizarán”, pp. 121-160) y en pro de la igualdad.(Alvera Mickelsen, “En Cristo no hay hombre ni mujer”, pp. 161-206). El volumen cierra con bibliografías en español e inglés.

[6] El contenido completo de la revista es: “Introducción”, de Páraic Réamonn (pp. 1-2); “El caso del sínodo de Blantyre, Malawi”, de Felix L. Chingota (pp. 3-24); “Ocurre en Brasil”, de Leciane Goulart Duque Estrada (pp. 25-35, en español; 36-46, en portugués); “En búsqueda de aceptación y reconocimiento. Las luchas de las mujeres en el ministerio”, de Salatiel Palomino López (pp. 51-66); “Una perspectiva de Zambia”, de Petronella D.S. Ndhlovu (pp. 67-74); “Y por fin llegó a Grecia”, de Ioanna Sahinidou (pp. 75-85); y “Apéndice. La ordenación de mujeres en las iglesias miembros de la ARM” (pp. 86-96), un cuadro cronológico y por país de los avances de la ordenación en el mundo reformado. La revista puede leerse en inglés en el sitio web de la ARM: www.warc.ch/dp/rw9912/index.html. (El autor de estas líneas puede enviarla fotocopiada a quien se lo solicite: lcervortiz@yahoo.com.mx.) Con anterioridad, la ARM había publicado Walk, my sister. The ordination of women: Reformed perspectives (Camina, hermana mía. La ordenación de las mujeres: perspectivas reformadas). Ursel Rosenhäger y Sarah Stephens, eds., Ginebra, 1993 (Estudios, 18); en Internet: www.warc.ch/dp/walk/index.html, fruto de una consulta realizada en 1992, con participantes de 16 países. Otras publicaciones de la ARM relacionadas con el tema son: Reformed World, “Women and men as partners in God’s misión” (Hombres y mujeres como copartícipes en la misión de Dios), vol. 45, núms. 1 y 2, marzo, junio de 1995; Partnership in God’s mission in the Caribbean and Latin America, 1998, (Estudios, 37); Patricia Sheerattan Bisnauth, Creating a vision for Partnership of women and men. Evaluation report of regional workshops on gender awareness and leadership development (Creando una visión para la colaboración entre hombres y mujeres. Reporte de evaluación de los talleres regionales sobre conciencia de género y desarrollo del liderazgo), 2003, http://warc.jalb.de/warcajsp/news_file/doc-459-1.pdf; y P. Sheerattan, Created in God’s Image: From Hierarchy to Partnership. A Church manual for Gender Awareness and leadership Development (Creados a imagen de Dios: de la jerarquía a la colaboración. Un manual eclesiástico para la conciencia de género y el desarrollo del liderazgo), 2003.

[7] Paul K. Jewett, Man as Male and Female: A study in sexual relationships from a Theological Point of View. Grand Rapids, Eerdmans, 1975, pp. 162, 170, cit. por P. Réamonn, “Introducción”, en Mundo Reformado, Ginebra, ARM, vol. 49, núms. 1-2, marzo-junio de 1999, p. 1, énfasis agregado. Existe traducción al español del libro citado: El hombre como varón y hembra. Miami, Caribe, 1975.

[8] L. Goulart Duque Estrada, “Ocurre en Brasil”, pp. 26-27. Algo similar a lo descrito aquí ha comenzado a suceder en México con las reuniones de hombres y mujeres a favor del sacerdocio universal de las y los creyentes. Véase el sitio: www.iglesiaigualitaria.blogspot.com.

[9] Ibid., p. 35. Énfasis agregado.

[10] S. Palomino López, “En búsqueda de aceptación y reconocimiento…”, p. 59. Palomino está citando el texto de la Rev. Laura Taylor, “El papel de la mujer en la iglesia y en el reino de Dios: la nueva creación, el liderazgo y la ordenación de las mujeres”. Inédito, documento de estudio solicitado por el Presbiterio “Juan Calvino”, México, 1993, p. 45.

[11] Bernabé V. Bautista Reyes, La ordenación de las mujeres: desde una perspectiva bíblica, histórica y teológica. México, Manantial, 1988, pp. 32-33. Cf. José Ramiro Bolaños Rivera, La mujer cristiana: bases bíblicas y teológicas para considerar su ordenación a los ministerios de gobierno eclesiástico y cuidado pastoral. Tesis de licenciatura en Teología. Guatemala, Universidad Mariano Gálvez, 1997, http://biblioteca.umg.edu.gt/digital/13012.pdf.

[12] Ibid., p. 24. Énfasis original. Llama mucho la atención el hecho de que el Pbro. Bautista, con estas ideas en mente, haya publicado Un milagro llamado Manuela y…, en honor a su esposa (México, edición de autor, 2008).

[13] “Section 6: Report of the gender justice section”, en www.reformedchurches.org/docs/Section6Report.pdf, versión de LC-O.

[14] Cf. Suzanne Tunc, También las mujeres seguían a Jesús. 2ª ed. Santander, Sal Terrae, 1999 (Presencia teológica, 98).

[15] Carolyn Osiek y Kevin J. Madigan, eds., Mujeres ordenadas en la iglesia primitiva. Una historia documentada. Estella, Verbo Divino, 2006 (Aletheia), pp. 20, 30.

[16] E. Tamez, “Visibilidad, exclusión y control de las mujeres en la Primera carta a Timoteo”, en Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, núm. 55, www.claiweb.org/ribla/ribla55/visibilidad.html, énfasis agregado. Cf. E. Tamez, “La opción por los pobres pero obedientes. Fundamentalismo patriarcal y el sujeto en 1 Timoteo”, en Pasos, núm. 104, nov.–dic. de 2002, pp. 24-28; e Idem, Luchas de poder en los orígenes del cristianismo. Un estudio de la primera Carta a Timoteo. San José, DEI, 2004, y Santander, Sal Terrae, 2005 (Presencia teológica, 141).

[17] Susan T. Foh, “Una postura en pro del liderazgo masculino”, en B. Clouse y R.G. Clouse, op. cit., p. 93. Énfasis agregado.

[18] E. Moltmann-Wendel y J. Moltmann, Hablar de Dios como mujer y como hombre. Madrid, PPC, 1994, pp. 69-88.

[19] E. Schüssler Fiorenza, En memoria de ella: una reconstrucción teológico-feminista de los orígenes del cristianismo. Bilbao, Desclée de Brouwer, 1989, p. 269.

[20] S. Palomino, op. cit., p. 60.

[21] E. Moltmann-Wendel y J. Moltmann, op. cit., p. 73. Énfasis agregado.

.Leopoldo Cervantes-Ortiz, México






Réplica, aclaración y cuestionamientos de forma y fondo al texto de Éver Gutiérrez Ovando






Diles que no se sigan por una sola parte de la Escritura, que miren otras, y que si podrán por ventura atarme las manos.[1]

Teresa de Jesús

 

El asunto de la ordenación de las mujeres no es una cuestión de oficios, sino de la correcta relación entre hombre y mujer en Cristo, ya seo que ello se aplique a la tarea política, el servicio social, la profesión, la vida en el hogar, el ministerio o el episcopado.[2]

Krister Stendahl

 

1. El apoyo a la contrarreforma

Como parte de una contra-ofensiva para orientar el ánimo de la feligresía y de los representantes oficiales de la Iglesia Nacional Presbiteriana de México (INPM) con miras a la reunión que se realizará en los próximos días (19-23 de julio) en Toluca, Estado de México, la revista El Faro ha publicado, en su número más reciente (mayo-junio de 2010) una parte de la ponencia que expuso el Pbro. Éver Gutiérrez Ovando ante el consistorio de una iglesia de la capital.[3] Desde la portada, la revista anuncia pomposamente que el texto en cuestión presenta argumentos “a favor y en contra” de la ordenación de las mujeres al ministerio pastoral, algo que, por supuesto, no se cumple, pues las “conclusiones” del artículo son previsiblemente contrarias a que las mujeres tengan acceso a los ministerios. Por ello, es necesario desmantelar los argumentos de este texto, y mostrar la forma en que se le utiliza para servir a semejante despropósito. (La revista incluye también otros artículos contra el aborto, la homosexualidad y la violencia intrafamiliar.[4])

En primer lugar, uno esperaría que Gutiérrez siguiera una línea similar a la de Bonnidell y Robert G. Clouse (Mujeres en el ministerio. Cuatro puntos de vista. Terrassa, CLIE, 2005, Colección teológica contemporánea, 15, edición original de Inter-Varsity Press, 1989), quienes efectivamente incluyen los argumentos a favor y en contra de la ordenación de las mujeres en igualdad de circunstancias, con la debida tolerancia y respeto ante las posturas en juego. La introducción de este libro, que merece tomarse en cuenta para el debate actual en la INPM, termina como sigue:

 

Esperamos que estos ensayos y debates ayuden a los lectores a desarrollar sus propias posturas sobre el papel de la mujer en la Iglesia. Como se ha dicho anteriormente, se trata de uno de los problemas más graves que enfrentan los creyentes de nuestro tiempo. Los seguidores de Jesucristo deben buscar entender su voluntad en relación con los derechos de la mujer. Independientemente de la necesidad de adaptarse al tiempo en el que vivimos, los cristianos tenemos el deber de tratar de forma justa a los demás, sin importar la raza, clase social o género”.[5]

 

Lamentablemente, Gutiérrez no actuó así, y puso por delante sólo un ejemplo “a favor” del ministerio de la mujer en la iglesia tomado del número especial (en español) de Mundo Reformado (marzo-junio de 1999),[6] revista de la Alianza Reformada Mundial (ARM; dato que no se consigna), dedicado íntegramente a “Las mujeres y el ministerio ordenado” (y no como se afirma: “la mayor parte de su contenido”, Gutiérrez, p. 4). El epígrafe de la introducción es muy elocuente y necesario de citarse:

 

Dado que se es “llamado por Dios” al ministerio, no se elige simplemente ser ministro tal como se opta por una profesión. Se debe recibir el llamado y la iglesia debe confirmar el llamado. Las cuestión es, pues, si Dios llama a las mujeres, tal como lo hace con los hombres, a ser ministros en su nombre […] Dejemos que quienes tienen escrúpulos que sólo consideren lo que ha costado a la iglesia no servirse de los talentos de la mujer. Cualquiera puede consultar el libro de los himnos y ver lo que las poetisas [sic] […] han enseñado a cantar al pueblo de Dios. Que luego pregunte qué significaría si a esas mujeres se les permitiera pasar del relativo anonimato de los himnos a la plena visibilidad de la que han gozado los hombres en la iglesia como evangelistas, predicadores y maestros.[7]

 

Gutiérrez se basó únicamente en la experiencia de la Iglesia Presbiteriana Independiente de Brasil (IPIB), pero únicamente habla de los aspectos legales tomados de la constitución brasileña, y no incluye detalles del testimonio de Leciane Goulart Duque Estrada, quien hace un recuento de la lucha que se dio en esa iglesia hermana desde 1972 hasta alcanzar la ordenación de las mujeres en 1999. Allí se lee lo siguiente:

 

La historia de esta lucha puede ser descrita como una construcción cuyas bases son sólidas. Poco a poco las mujeres fueron movilizándose, ganando espacios y haciendo que sus voces fueran escuchadas. Se creó el Grupo de Reflexión sobre el Ministerio de la Mujer, donde pastoras ordenadas de otras denominaciones fueron invitadas a enseñar y dar testimonio de sus experiencias. […].Hubo también encuentros de mujeres para divulgación y discusión de ese asunto desde la perspectiva bíblica, enfatizando el papel de la mujer en la iglesia y en la sociedad, donde se elaboraron estrategias de actuación con vistas a la aprobación del ministerio ordenado de la mujer.[8]

 

Queda claro que se oculta una lucha eclesiástica de las mujeres en todos los niveles (espiritual, teológico, educativo y cultural) por el reconocimiento de sus derechos, pues parecería que Gutiérrez desea reforzar la idea de que solamente con argumentos ajenos a la Biblia y a la doctrina cristiana pudieron las mujeres de la IPIB “presionar” a sus dirigentes. Mucho del pánico que existe en la INPM acerca de la eventual “aprobación” de la ordenación femenina proviene del miedo al futuro, al cambio y a una nueva situación en la que las mujeres ejerzan sus ministerios a plenitud. Goulart escribe al respecto:

 

Los que argumentan que la apertura de espacio para el ministerio ordenado de la mujer o para una vida profesional causaría serios problemas sociales […], describen un análisis extremadamente simplista de la realidad actual […] ¿no son los presbíteros y pastores, maridos y padres, hombres con responsabilidades dentro del hogar que deben orientar a sus hijos e hijas? El buen testimonio de incontables pastoras y presbíteras ya ordenadas desmiente muchos de los argumentos en contra de la ordenación y, a pesar de los traumas y desafíos enfrentados, desempeñan plenamente sus ministerios.[9]

 

2. Otras lecturas de la misma tradición

Además, lo que Gutiérrez tampoco dice es que uno de los artículos principales de dicha revista Mundo Reformado es “En busca de aceptación y reconocimiento. Las luchas de las mujeres en el ministerio», del doctor Salatiel Palomino (antiguo profesor suyo, graduado del Seminario de Princeton, ex rector del Seminario Presbiteriano y ex moderador de la Asamblea General de la INPM), en el que expone con lujo de detalles algunas de las humillaciones de las que han sido objeto muchas mujeres que ejercen el ministerio cristiano sin ninguna esperanza de reconocimiento oficial y lleva a cabo un sólido ejercicio de análisis exegético-teológico de los pasajes bíblicos más controvertidos, advirtiendo que “en el estudio y la discusión de la enseñanza bíblica en torno a la ordenación de la mujer, ‘un argumento, independientemente de cuán ‘lógico’ sea, que se desvía de los valores bíblicos de igualdad, respeto mutuo, la dignidad y la interdependencia entre seres humanos y la dependencia de Dios, para enfatizar la superioridad y la dominación de un grupo de personas sobre otro, no es un argumento bíblico ni un argumento válido’”.[10] Este artículo puede leerse íntegramente en Lupa Protestante (www.lupaprotestante.com/index.php?option=com_content&task=view&id=2182&Itemid=129).

Obviamente, Gutiérrez tampoco informa que, para discutir tales problemas de marginación contra las mujeres, en su texto Palomino desmenuza y pone, literalmente, en su lugar un panfleto del actual vicepresidente de la directiva de la Asamblea General que desde 1988 ha sido utilizado para atacar despiadadamente y sin respeto alguno a las mujeres y a quienes apoyan sus ministerios con “lindezas” como éstas: “¿Qué pensaríamos si una mujer embarazada de siete meses subiera al púlpito a predicar? La verdad es que lo consideraríamos antiestético, antibíblico, anti… todo”,[11] y “Si bien es cierto que Dios concedió muchos privilegios a la mujer, también es cierto que le puso limitaciones; por eso afirmo categóricamente que la palabra de Dios, la historia, la psicología, la razón y la idiosincrasia mexicana, no permiten que la mujer ocupe puestos oficiales (de pastoras, ancianas gobernantes o diaconisas) dentro de nuestras iglesias presbiterianas”.[12] Asimismo, para destacar la fortaleza de sus “argumentos bíblico-teológicos”, el autor de ese pasquín llegó al extremo de utilizar mayúsculas como muestra de su violencia verbal.

La metodología usada en este artículo, que esconde información y llega al extremo de manipular el contenido de una publicación que tiene como propósito todo lo contrario de lo que se afirma como conclusión, puesto que la ARM siempre promovió el ministerio de las mujeres, al igual que la Comunión Mundial de Iglesias Reformadas (CMIR), organismo recién formado (a cuyo concilio de organización asistió el Pbro. Samuel Trinidad, secretario de la directiva de la Asamblea General de la INPM). En la sección 6 (Justicia de género) de las resoluciones finales de la CMIR se establece:

 

1. Ordenación

La Sección ve la ordenación como un elemento central para la comprensión de la comunión. La verdadera unidad no puede realizarse en un contexto donde no es reconocido el llamado de Dios a las mujeres para actualizar sus dones en el ministerio de la Palabra y de los Sacramentos.

 

Metodología

a)      La CMIR promueve la ordenación de las mujeres y trabaja hacia el momento en que su ordenación sea vinculante para la comunión.

b)   La CMIR desarrolla un mapa de Iglesias miembros para indicar dónde no están bien resueltos los asuntos relacionados con la ordenación de las mujeres y la justicia de género, a fin de trabajar con y apoyar a estas iglesias miembros.

c)   La CMIR fortalece el programa de acompañamiento para las mujeres en el ministerio ordenado al incluir este tema en la agenda de los dirigentes de la CMIR cuando visiten a las Iglesias miembros.

d)   La CMIR continúa ofreciendo su apoyo y acompañamiento a la educación teológica de las mujeres, especialmente jóvenes, y el Fondo de Educación Teológica se utilizará para estos fines.[13]

 

3. No sólo es cuestión de metodología

La estructura del artículo de Gutiérrez y su distribución en las páginas de El Faro sirven también para conducir el ánimo de los lectores/as: el segundo caso expuesto es el de la iglesia católico-romana (sin señalar sus fuentes), acerca del cual habla de siete razones “por las que las mujeres pueden recibir las órdenes sagradas” (p. 5): un solo [así, sin acento] sacerdocio en Cristo; con poder de presidir; desviaciones culturales; mujeres diaconisas hasta el siglo IX; posibilidad de que las mujeres sean ordenadas; la Iglesia amplia acepta mujeres en el sacerdocio; y las mujeres también son, de hecho, llamadas a ser sacerdotes (usar la palabra sacerdotisa sería, evidentemente, un sacrilegio). La menos clara es la relativa a las “desviaciones culturales”, pues aunque se habla de prejuicios en contra de las mujeres, éstos no se especifican. En la misma página se muestran, resaltados, los argumentos en contra, siete también: “Jesús no estableció la ordenación de las mujeres; Pablo prohibió a las mujeres enseñar (1 Tim 2.12); no es un elemento básico para la fe; las mujeres no pueden representar a Jesús porque Él es varón; la Iglesia antigua y antes y después de la Reforma no ordenaba mujeres; el ministerio presbiterial va contra la naturaleza de las mujeres; y Cristo es el esposo, la Iglesia la esposa. En el ministerio sacerdotal un hombre debe representar a Cristo”.

Como Gutiérrez no explica ni desarrolla estos argumentos y sólo los presenta por separado, puede darse por sentado que los acepta, dadas las conclusiones a las que llega al final. Cada uno de ellos puede ser refutado con base en estudios serios, algunos de los cuales han sido muy divulgados. El primero cae por su propio peso: si Jesús no ordenó mujeres, tampoco lo hizo con los discípulos varones, pues es hasta el libro de los Hechos en que surge una especie de “reconocimiento” a su seguimiento de, aproximadamente, tres años, pero ello en ninguna manera constituye una ordenación. Sólo metafóricamente se puede aceptar que esos años con Jesús fueron equivalentes a sus “estudios teológicos formales”, los cuales no desembocaron en ningún acto eclesiástico equivalente a la ordenación. Habría que estudiar qué hizo la iglesia cristiana en los siglos posteriores en relación con la ordenación y cómo la instituyó al momento de jerarquizar los ministerios.[14] Osiek y Madigan escriben:

 

Examinando los testimonios hemos encontrado varias suposiciones que resultan ser falsas. La primera de esas falsas suposiciones es la de que nunca hubo mujeres con oficios eclesiásticos en occidente. A pesar de que es en oriente donde claramente se da una preponderancia de testimonios de mujeres diáconos, occidente no carece de ellos, siendo normalmente prohibiciones conciliares, presumiblemente promulgadas para controlar o suprimir la práctica existente. Existen inscripciones en occidente, aunque son mucho menos habituales que en oriente. Muchos de estos testimonios se pasan por alto normalmente y se deben tomar en serio. […]

La segunda falsa suposición es que el título de diaconisa sustituyó al de mujer diácono a finales del siglo III. A pesar de que los testimonios sobre la función de esas mujeres son poco precisos, el título de diakonos para las mujeres existe durante el siglo VI. […]

La tercera falsa suposición es que todas las mujeres con oficios eclesiásticos eran célibes, bien vírgenes o viudas. […]

No hay duda de que existen muchos menos testimonios de mujeres presbíteros, pero no se restringen a grupos marginales o heréticos. Lo que resulta intrigante es el hecho de que la cantidad de referencias es mayor en occidente que en oriente, a pesar de los grandes esfuerzos de varios concilios para eliminarlos.[15]

 

El segundo argumento es reforzado por Gutiérrez con una frase de antología, digna de los tiempos en que se hablaba de la inerrancia bíblica con un absolutismo categórico, negando, de paso, los contextos culturales de la escritura del Nuevo Testamento y la comprensión de la evolución textual del mismo: “Pablo no escribió porque estuviera cegado por prejuicios, ni contradice al Señor Jesús, ni el Señor contradice al Antiguo Testamento [¡hay que leer con más atención el Sermón del Monte completo!]. En todo hay perfecta armonía porque el autor es el mismo Espíritu Santo” (p. 7, nota 3, énfasis agregado). Para empezar, es muy probable que Pablo no fuera el autor de esta carta y, además, como se ha demostrado fehacientemente, las orientaciones de la misma están dirigidas a restar poder e influencia al creciente liderazgo femenino. Véase, en apoyo de esta interpretación lo que escribe Elsa Tamez, autora de un comentario completo a la misma carta:

 

Para las mujeres cristianas, la carta de 1 Timoteo ha sido un problema. En ella se les prohíbe explícitamente que enseñen (2.12) y que opinen (2.11). También se recomienda con fuerza que las mujeres se casen y procreen; y si enviudan, que no se queden sin marido (5.14). Las jóvenes viudas organizadas en la iglesia, son descritas negativamente (5.13). El interés de que la mujer asuma el rol tradicional de ama de casa es tan desesperado que lo pone como requisito para la salvación (2.15). […]

Posiblemente el autor tiene temor de que se socave la casa patriarcal con la participación activa de estas mujeres visitando las casas. Las otras enseñanzas que valoran el celibato (“prohíben el matrimonio…”, 4.3) son una amenaza para el autor, pues éstas pudieran ser muy atractivas para las mujeres, especialmente las viudas, que no quieren casarse y volver a someterse a la casa patriarcal. […]

si bien pudo ser que el autor tenía en mente a las mujeres ricas, su discurso lo elevó a un grado de universalidad tal que cualquier particularidad quedó casi borrada. Por esa razón, el ejercicio hecho aquí de estudiar el tema de la visibilidad, exclusión y control de las mujeres tiene como objetivo subrayar la particularidad de un hecho circunstancial que corresponde a un tiempo y espacio, que ocurrió en los orígenes del cristianismo, y que no es el nuestro. Quien universaliza el mandato del autor con la intención de aplicarlo hoy día, no sólo es un mal lector de la Biblia, sino que está irrespetando las Escrituras. [16]

 

Sobre que este asunto no es un elemento básico para la fe, habría que discutir detalladamente cuáles aspectos lo son o no, puesto que la doctrina de la imagen de Dios en el ser humano (imago Dei) viene inmediatamente a cuento a la hora de que esté en entredicho la dignidad humana, como en este caso del de la mujer. Minimizar el problema de que la Iglesia no acepte sus ministerios es también un asunto grave. Lo mismo sucede con el argumento sobre la representación de Jesús: al negársela a las mujeres, la salvación se reduce, para ellas, a un seguimiento sumiso e indigno mediado por la supuesta superioridad del género masculino. Este punto lo discute así:

 

Aunque el uso de términos en masculino con referencia a Dios es significativo, y la encarnación de Jesús como hombre era teológicamente necesaria, la Escritura nunca ofrece este argumento. De hecho, no hay evidencias que indiquen que el ministro representa a Cristo para la congregación. Es más, cuando se usa este argumento de la naturaleza de Dios en contra de la ordenación de mujeres para el ministerio podemos contestar desde el mismo principio: ambos, hombre y mujer, fueron creados a imagen de Dios.[17]

 

Acerca de los demás argumentos, en general, bien valdría la pena que Gutiérrez y sus lectores nos acercásemos a un libro escrito por Jürgen Moltmann y su esposa Elisabeth, especialmente el capítulo “Ser hombre en una nueva comunidad de mujeres y hombres”, en donde ambos teólogos reformados discuten críticamente las posibilidades de compartir los ministerios dignamente y con plena disposición a la colaboración entre ambos sexos.[18]

Gálatas 3.28 tiene un lugar muy especial en el texto de Gutiérrez, pues se centra en su intención de refutar que el texto paulino se refiere a la desaparición de las diferencias entre hombres y mujeres. Para él, al reconocer que “hay diferencias en una áreas, queda abierta la puerta a la admisión [de] que también existan diferencias en otras áreas, como de hecho ocurre”, lo que lo lleva a decir que Gálatas no habla del servicio, “donde claramente se dice que no todos somos iguales”. Schüssler Fiorenza cierra así el comentario a este famoso versículo:

 

Mientras los escritores patrísticos y gnósticos sólo podían expresar la igualdad de las mujeres cristianas con los hombres como “virilidad” o como abandono de su propia naturaleza sexual, Ga 3,28 no ensalza la masculinidad, sino la unicidad del cuerpo de Cristo, la iglesia, donde son superadas todas las divisiones y diferencias sociales, culturales, religiosas, nacionales y sexuales y donde todas las estructuras de dominación son rechazadas. No es el amor patriarcalizante de la escuela post-paulina, sino el ethos igualatorio de la “unidad en Cristo” predicado por el movimiento misionero paulino y pre-paulino lo que proporcionó a Pablo la ocasión para sus recomendaciones a propósito de la conducta de las mujeres profetas en la comunidad cristiana.[19]

 

En otro apartado que se resalta en la p. 6, Gutiérrez incluye una especie de glosario (“Algunas distinciones”) para aclarar el significado de algunos términos: posición, sacerdocio, talento, don y ministerio. Sobre el sacerdocio, llama poderosamente la atención que no se refiera a las implicaciones del sacerdocio universal de los creyentes, con todo y que cita I Pedro 2.9. Justamente, Palomino trabaja este asunto en el artículo citado, donde escribe al respecto:

 

Al convocarnos a todos a la salvación, al unirnos a todos en el Cuerpo de Cristo, al concedernos a todos los dones del Espíritu Santo, al llamarnos a todos a ser siervos y siervas de Dios, al enviarnos a todos a proclamar el Evangelio, Dios no ha hecho ninguna distinción en razón del género. El ministerio cristiano, por lo tanto, requiera o no la ordenación, ha de ser llevado a cabo por todos y todas las creyentes a favor de este mundo. Limitar el ministerio ordenado sobre la base del sexo de la persona es entonces contrario a esta enseñanza bíblica.[20]

 

4. Lo que urge es convertirse

Finalmente, en sus conclusiones (“Orden funcional en la iglesia”), Gutiérrez subraya que dado que “el hombre tiene la responsabilidad de ser cabeza (liderazgo) tanto en el hogar como en la iglesia, por tanto la mujer tiene la responsabilidad de someterse voluntariamente en reconocimiento del orden de Dios (1 Co 14.34-36; Ef 5.23; Col. 3.18; 1 Ti 2.1—12; 1 P 3.1-7)”. Es decir, que el principal deber o “ministerio” de las mujeres es el de la sumisión. La cadena de citas bíblicas no es más que un despliegue de referencias absolutas a la afirmación indiscutible, a priori, de que las cosas deben seguir como están. En realidad, la mención del orden divino es un apoyo para consolidar el régimen patriarcal que, como verdad cultural, no puede ni debe ser tocado. E. Moltmann-Wendel observa, en este sentido, la forma en que la Iglesia, en ocasiones, se somete y utiliza las “bondades” del sistema social para mantener la situación:

 

El patriarcado no ha llegado al mundo de manos del cristianismo. Es una vieja, extendida y masculina ordenación del mundo. El cristianismo no ha conseguido imponerse a esta ordenación de dominio. Desde muy pronto, más bien, los hombres se apoderaron de él y lo pusieron al servicio del patriarcado. Con ello se paralizó el potencial liberador del cristianismo. […] La liberación del patriarcado por parte de la mujer y también del hombre corre pareja al redescubrimiento de la libertad de Jesús y a una nueva experiencia de la fuerza del Espíritu. Tendremos que abandonar el Dios monoteísta de señores y hombres y, a partir de los orígenes del cristianismo, descubrir el Dios rico en relaciones, que ama apasionadamente, que unifica, el Dios comunitario. Éste es el Dios viviente, el Dios de la vida, deformado por el patriarcado mediante el ídolo del dominio. En él encontrará también el hombre su liberación de las deformaciones que el patriarcado le ha hecho soportar en el pasado y que aún tiene que sufrir ahora.[21]

 

Las palabras finales de Gutiérrez no podían ser más aleccionadoras, pues con gran sutileza, reafirma todo lo que ha expuesto antes, dejando de lado cualquier posibilidad de diálogo con otras posturas. La seguridad con que exhibe su defensa del statu quo es ejemplar:

 

Consecuentemente, la función directriz/gobernante de la iglesia está reservada para el hombre. No hay ejemplos de mujeres “ordenadas” o “reconocidas” ancianas en las Escrituras; tampoco son animadas a buscar tal oficio. […]

Concluimos pues, que el hombre es cabeza, y como cabeza es llamado a desempeñar, pues [sic], la posición de autoridad en relación con la mujer. Pero esta autoridad ha de ser practicada no para el abuso, sino para el beneficio de la mujer (y de toda la familia e iglesia). Esta es la enseñanza de Efesios 5.21-33 y de todo el mensaje bíblico (p. 7, énfasis agregado).

 

Semejante arrogancia es imposible de superar, pues la eliminación del adversario (en este caso, las mujeres y todo el conjunto del debate exegético, hermenéutico, teológico e histórico) no supone más que la intención probatoria de un prejuicio arraigado, que ni siquiera las palabras amables (“esta autoridad ha de ser practicada no para el abuso, sino para el beneficio de la mujer (y de toda la familia e iglesia”) escogidas para atemperar el golpe consiguen disminuir. Ahora resulta que Gutiérrez es el vocero más autorizado en este planeta para definir y decidir cuál es “todo el mensaje bíblico”. Caramba, ni siquiera autoridades como Gerhard von Rad, Karl Barth u Oscar Cullmann se atrevieron a tanto. Ante todo esto, es muy difícil conceder el beneficio de la duda a Gutiérrez en el sentido de que en el resto de la ponencia lleve a cabo un buen trabajo analítico mediante las disciplinas mencionadas. Cabe preguntarse si se ha acercado mínimamente a la gran cantidad de publicaciones o sitios web que hay sobre el tema, o incluso si ha leído algo de las teólogas y exegetas actuales.

Lo que queda claro es que con artículos como éste, siguen sin responderse las preguntas de cómo traducir, en nuestro tiempo, el innegable interés de Jesús por levantar a las mujeres de su estado de indefensión, tal como aparece en el evangelio de Lucas, o cómo interpretar, por ejemplo, la exigencia permanente de conversión que experimentó alguien como Pedro, quien en el libro de los Hechos debió pasar por varias de ellas: a Jesús mismo, a los gentiles, a los otros apóstoles como Pablo, etcétera: quizá fruto de todas ellas haya sido su posterior enseñanza acerca del sacerdocio universal de las y los creyentes, enseñanza central de la Reforma Protestante. Parecería que ahora los varones hemos de convertirnos, también en esa línea, a las mujeres, en un esfuerzo por profundizar en la alteridad que Dios mismo nos pone delante, todo el tiempo, como prójimas inexcusables que son. Es muy probable que ellas también deban convertirse a sí mismas también. Nuestra obsesión por la conversión de los demás nos impide, acaso, advertir éstas y otras muchas conversiones a las que nos llama el Señor. En el lenguaje de Mateo 25, habría que tratar de descubrir la manera en que Dios nos interpela en las mujeres, tal como lo hace en cada persona necesitada, desnuda, hambrienta y pobre.

Nos falta mucha obediencia, sensibilidad y creatividad ante tales evidencias. Obediencia, porque seguimos sin respetar las acciones de Dios en el mundo y nos negamos a ver con claridad el futuro hacia el cual nos llama, a nosotros, que hemos sido tan celosos de cantar y reivindicar su gloria y honra en el mundo, y nos negamos a creer que en los ministerios de las mujeres éstas no perderán ni un ápice. Sensibilidad, porque nos atrevemos a negar también la presencia de los dones, de los carismas mediados por la libertad soberana del Espíritu, y que él deposita adonde y a quien él le place. Creatividad, porque seguimos suponiendo que el Dios soberano está comprometido con nuestros intereses y formalidades y no es capaz de sorprendernos para “hacer nuevas todas las cosas”. Afortunadamente hoy se cuenta con recursos como la Biblia Isha, una edición de las Escrituras que permite asomarse al otro lado de la realidad para advertir que desde siempre Dios se ha preocupado por dignificar a todas sus criaturas.

El celo evangelizador no puede ni debe entrar en conflicto con la dignificación de las personas, hombres y mujeres, en la Iglesia. Porque nunca nos hemos preguntado si las palabras de Jesús en Mateo 23.15 (“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros”) se aplican a nuestra obsesión por “ganar almas”, particularmente femeninas, para luego de que ingresan a nuestro círculo religioso hacerles sentir que ante Dios valen mucho menos que los varones. Pero el peso específico de la historia marginal y marginada de las mujeres, en este caso, al interior de la Iglesia está ahí, y la necesidad del empoderamiento social, cultural, intelectual y humano que necesitan ellas en México, un país con escaso acceso al desarrollo personal o educativo de amplia visión, también. Porque acaso la ordenación reconocida como don de Dios sea el único recurso de proyección para muchas mujeres y hombres en el seno de la INPM y otras iglesias. Vaya que es grande la responsabilidad y la necesidad para abrir el diálogo que permita superar la barrera del género en la Iglesia. Ojalá tengamos como iglesia y como creyentes el valor suficiente para responder a este enorme desafío.



[1] Cit. en “Intuiciones teresianas para la lectura e interpretación de la Biblia”, www.mercaba.org/FICHAS/Santos/TdeJesus/intuiciones_teresianas_para_la_l.htm#FOOTNOTE_15.

[2] K. Stendahl, The Bible and the Role of Women: a Case Study in Hermeneutics. (La Biblia y el papel de las mujeres: un studio hermenéutico de caso.) Filadelfia, Fortress, 1966, p. 43. Stendahl, profesor y pastor luterano, fue decano de la Escuela de Divinidades de la Universidad de Harvard, Estados Unidos.

[3] É. Gutiérrez Ovando, “Argumentos a favor y en contra de la ordenación de la mujer”, en La Luz de El Faro, mayo-junio de 2010, pp. 4-7, www.publicacioneselfaro.com.mx.

[4] Los demás artículos son: “El niño saltó de alegría en mi vientre: principios bíblicos para un reflexión sobre el aborto”, de Iván Efraín Adame A., decano del Seminario Presbiteriano (STPM) expuesto previamente en la Consulta Nacional sobre Temas de Ética, STPM, 28 y 29 de junio de 2007; “Lo que el joven cristiano [sic] debe saber acerca de la homosexualidad”, de Francelia Chávez R., secretaría ejecutiva del Ministerio de Educación de la INPM; y “El problema de la violencia intrafamiliar en las familias cristianas”, de Alma Irma Maldonado T.

[5] Op. cit., pp. 28-29, énfasis agregado. La introducción concluye con una cita del filósofo reformado Nicholas Wolterstorff, profesor del Seminario Calvino de Grand Rapids referente a la exigencia de justicia por parte de las mujeres en la Iglesia y al reconocimiento de sus dones espirituales. Las posturas expuestas y discutidas por las demás son la tradicionalista (Robert D. Culver, “Las mujeres guarden silencio”, pp. 31-68), en pro del liderazgo masculino (Susan T. Foh, “La cabeza de la mujer es el hombre”, pp. 69-119), en pro del ministerio plural (Walter L. Liefeld, “Vuestros hijos e hijas profetizarán”, pp. 121-160) y en pro de la igualdad.(Alvera Mickelsen, “En Cristo no hay hombre ni mujer”, pp. 161-206). El volumen cierra con bibliografías en español e inglés.

[6] El contenido completo de la revista es: “Introducción”, de Páraic Réamonn (pp. 1-2); “El caso del sínodo de Blantyre, Malawi”, de Felix L. Chingota (pp. 3-24); “Ocurre en Brasil”, de Leciane Goulart Duque Estrada (pp. 25-35, en español; 36-46, en portugués); “En búsqueda de aceptación y reconocimiento. Las luchas de las mujeres en el ministerio”, de Salatiel Palomino López (pp. 51-66); “Una perspectiva de Zambia”, de Petronella D.S. Ndhlovu (pp. 67-74); “Y por fin llegó a Grecia”, de Ioanna Sahinidou (pp. 75-85); y “Apéndice. La ordenación de mujeres en las iglesias miembros de la ARM” (pp. 86-96), un cuadro cronológico y por país de los avances de la ordenación en el mundo reformado. La revista puede leerse en inglés en el sitio web de la ARM: www.warc.ch/dp/rw9912/index.html. (El autor de estas líneas puede enviarla fotocopiada a quien se lo solicite: lcervortiz@yahoo.com.mx.) Con anterioridad, la ARM había publicado Walk, my sister. The ordination of women: Reformed perspectives (Camina, hermana mía. La ordenación de las mujeres: perspectivas reformadas). Ursel Rosenhäger y Sarah Stephens, eds., Ginebra, 1993 (Estudios, 18); en Internet: www.warc.ch/dp/walk/index.html, fruto de una consulta realizada en 1992, con participantes de 16 países. Otras publicaciones de la ARM relacionadas con el tema son: Reformed World, “Women and men as partners in God’s misión” (Hombres y mujeres como copartícipes en la misión de Dios), vol. 45, núms. 1 y 2, marzo, junio de 1995; Partnership in God’s mission in the Caribbean and Latin America, 1998, (Estudios, 37); Patricia Sheerattan Bisnauth, Creating a vision for Partnership of women and men. Evaluation report of regional workshops on gender awareness and leadership development (Creando una visión para la colaboración entre hombres y mujeres. Reporte de evaluación de los talleres regionales sobre conciencia de género y desarrollo del liderazgo), 2003, http://warc.jalb.de/warcajsp/news_file/doc-459-1.pdf; y P. Sheerattan, Created in God’s Image: From Hierarchy to Partnership. A Church manual for Gender Awareness and leadership Development (Creados a imagen de Dios: de la jerarquía a la colaboración. Un manual eclesiástico para la conciencia de género y el desarrollo del liderazgo), 2003.

[7] Paul K. Jewett, Man as Male and Female: A study in sexual relationships from a Theological Point of View. Grand Rapids, Eerdmans, 1975, pp. 162, 170, cit. por P. Réamonn, “Introducción”, en Mundo Reformado, Ginebra, ARM, vol. 49, núms. 1-2, marzo-junio de 1999, p. 1, énfasis agregado. Existe traducción al español del libro citado: El hombre como varón y hembra. Miami, Caribe, 1975.

[8] L. Goulart Duque Estrada, “Ocurre en Brasil”, pp. 26-27. Algo similar a lo descrito aquí ha comenzado a suceder en México con las reuniones de hombres y mujeres a favor del sacerdocio universal de las y los creyentes. Véase el sitio: www.iglesiaigualitaria.blogspot.com.

[9] Ibid., p. 35. Énfasis agregado.

[10] S. Palomino López, “En búsqueda de aceptación y reconocimiento…”, p. 59. Palomino está citando el texto de la Rev. Laura Taylor, “El papel de la mujer en la iglesia y en el reino de Dios: la nueva creación, el liderazgo y la ordenación de las mujeres”. Inédito, documento de estudio solicitado por el Presbiterio “Juan Calvino”, México, 1993, p. 45.

[11] Bernabé V. Bautista Reyes, La ordenación de las mujeres: desde una perspectiva bíblica, histórica y teológica. México, Manantial, 1988, pp. 32-33. Cf. José Ramiro Bolaños Rivera, La mujer cristiana: bases bíblicas y teológicas para considerar su ordenación a los ministerios de gobierno eclesiástico y cuidado pastoral. Tesis de licenciatura en Teología. Guatemala, Universidad Mariano Gálvez, 1997, http://biblioteca.umg.edu.gt/digital/13012.pdf.

[12] Ibid., p. 24. Énfasis original. Llama mucho la atención el hecho de que el Pbro. Bautista, con estas ideas en mente, haya publicado Un milagro llamado Manuela y…, en honor a su esposa (México, edición de autor, 2008).

[13] “Section 6: Report of the gender justice section”, en www.reformedchurches.org/docs/Section6Report.pdf, versión de LC-O.

[14] Cf. Suzanne Tunc, También las mujeres seguían a Jesús. 2ª ed. Santander, Sal Terrae, 1999 (Presencia teológica, 98).

[15] Carolyn Osiek y Kevin J. Madigan, eds., Mujeres ordenadas en la iglesia primitiva. Una historia documentada. Estella, Verbo Divino, 2006 (Aletheia), pp. 20, 30.

[16] E. Tamez, “Visibilidad, exclusión y control de las mujeres en la Primera carta a Timoteo”, en Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, núm. 55, www.claiweb.org/ribla/ribla55/visibilidad.html, énfasis agregado. Cf. E. Tamez, “La opción por los pobres pero obedientes. Fundamentalismo patriarcal y el sujeto en 1 Timoteo”, en Pasos, núm. 104, nov.–dic. de 2002, pp. 24-28; e Idem, Luchas de poder en los orígenes del cristianismo. Un estudio de la primera Carta a Timoteo. San José, DEI, 2004, y Santander, Sal Terrae, 2005 (Presencia teológica, 141).

[17] Susan T. Foh, “Una postura en pro del liderazgo masculino”, en B. Clouse y R.G. Clouse, op. cit., p. 93. Énfasis agregado.

[18] E. Moltmann-Wendel y J. Moltmann, Hablar de Dios como mujer y como hombre. Madrid, PPC, 1994, pp. 69-88.

[19] E. Schüssler Fiorenza, En memoria de ella: una reconstrucción teológico-feminista de los orígenes del cristianismo. Bilbao, Desclée de Brouwer, 1989, p. 269.

[20] S. Palomino, op. cit., p. 60.

[21] E. Moltmann-Wendel y J. Moltmann, op. cit., p. 73. Énfasis agregado.

.Leopoldo Cervantes-Ortiz, México






Réplica, aclaración y cuestionamientos de forma y fondo al texto de Éver Gutiérrez Ovando






Diles que no se sigan por una sola parte de la Escritura, que miren otras, y que si podrán por ventura atarme las manos.[1]

Teresa de Jesús

 

El asunto de la ordenación de las mujeres no es una cuestión de oficios, sino de la correcta relación entre hombre y mujer en Cristo, ya seo que ello se aplique a la tarea política, el servicio social, la profesión, la vida en el hogar, el ministerio o el episcopado.[2]

Krister Stendahl

 

1. El apoyo a la contrarreforma

Como parte de una contra-ofensiva para orientar el ánimo de la feligresía y de los representantes oficiales de la Iglesia Nacional Presbiteriana de México (INPM) con miras a la reunión que se realizará en los próximos días (19-23 de julio) en Toluca, Estado de México, la revista El Faro ha publicado, en su número más reciente (mayo-junio de 2010) una parte de la ponencia que expuso el Pbro. Éver Gutiérrez Ovando ante el consistorio de una iglesia de la capital.[3] Desde la portada, la revista anuncia pomposamente que el texto en cuestión presenta argumentos “a favor y en contra” de la ordenación de las mujeres al ministerio pastoral, algo que, por supuesto, no se cumple, pues las “conclusiones” del artículo son previsiblemente contrarias a que las mujeres tengan acceso a los ministerios. Por ello, es necesario desmantelar los argumentos de este texto, y mostrar la forma en que se le utiliza para servir a semejante despropósito. (La revista incluye también otros artículos contra el aborto, la homosexualidad y la violencia intrafamiliar.[4])

En primer lugar, uno esperaría que Gutiérrez siguiera una línea similar a la de Bonnidell y Robert G. Clouse (Mujeres en el ministerio. Cuatro puntos de vista. Terrassa, CLIE, 2005, Colección teológica contemporánea, 15, edición original de Inter-Varsity Press, 1989), quienes efectivamente incluyen los argumentos a favor y en contra de la ordenación de las mujeres en igualdad de circunstancias, con la debida tolerancia y respeto ante las posturas en juego. La introducción de este libro, que merece tomarse en cuenta para el debate actual en la INPM, termina como sigue:

 

Esperamos que estos ensayos y debates ayuden a los lectores a desarrollar sus propias posturas sobre el papel de la mujer en la Iglesia. Como se ha dicho anteriormente, se trata de uno de los problemas más graves que enfrentan los creyentes de nuestro tiempo. Los seguidores de Jesucristo deben buscar entender su voluntad en relación con los derechos de la mujer. Independientemente de la necesidad de adaptarse al tiempo en el que vivimos, los cristianos tenemos el deber de tratar de forma justa a los demás, sin importar la raza, clase social o género”.[5]

 

Lamentablemente, Gutiérrez no actuó así, y puso por delante sólo un ejemplo “a favor” del ministerio de la mujer en la iglesia tomado del número especial (en español) de Mundo Reformado (marzo-junio de 1999),[6] revista de la Alianza Reformada Mundial (ARM; dato que no se consigna), dedicado íntegramente a “Las mujeres y el ministerio ordenado” (y no como se afirma: “la mayor parte de su contenido”, Gutiérrez, p. 4). El epígrafe de la introducción es muy elocuente y necesario de citarse:

 

Dado que se es “llamado por Dios” al ministerio, no se elige simplemente ser ministro tal como se opta por una profesión. Se debe recibir el llamado y la iglesia debe confirmar el llamado. Las cuestión es, pues, si Dios llama a las mujeres, tal como lo hace con los hombres, a ser ministros en su nombre […] Dejemos que quienes tienen escrúpulos que sólo consideren lo que ha costado a la iglesia no servirse de los talentos de la mujer. Cualquiera puede consultar el libro de los himnos y ver lo que las poetisas [sic] […] han enseñado a cantar al pueblo de Dios. Que luego pregunte qué significaría si a esas mujeres se les permitiera pasar del relativo anonimato de los himnos a la plena visibilidad de la que han gozado los hombres en la iglesia como evangelistas, predicadores y maestros.[7]

 

Gutiérrez se basó únicamente en la experiencia de la Iglesia Presbiteriana Independiente de Brasil (IPIB), pero únicamente habla de los aspectos legales tomados de la constitución brasileña, y no incluye detalles del testimonio de Leciane Goulart Duque Estrada, quien hace un recuento de la lucha que se dio en esa iglesia hermana desde 1972 hasta alcanzar la ordenación de las mujeres en 1999. Allí se lee lo siguiente:

 

La historia de esta lucha puede ser descrita como una construcción cuyas bases son sólidas. Poco a poco las mujeres fueron movilizándose, ganando espacios y haciendo que sus voces fueran escuchadas. Se creó el Grupo de Reflexión sobre el Ministerio de la Mujer, donde pastoras ordenadas de otras denominaciones fueron invitadas a enseñar y dar testimonio de sus experiencias. […].Hubo también encuentros de mujeres para divulgación y discusión de ese asunto desde la perspectiva bíblica, enfatizando el papel de la mujer en la iglesia y en la sociedad, donde se elaboraron estrategias de actuación con vistas a la aprobación del ministerio ordenado de la mujer.[8]

 

Queda claro que se oculta una lucha eclesiástica de las mujeres en todos los niveles (espiritual, teológico, educativo y cultural) por el reconocimiento de sus derechos, pues parecería que Gutiérrez desea reforzar la idea de que solamente con argumentos ajenos a la Biblia y a la doctrina cristiana pudieron las mujeres de la IPIB “presionar” a sus dirigentes. Mucho del pánico que existe en la INPM acerca de la eventual “aprobación” de la ordenación femenina proviene del miedo al futuro, al cambio y a una nueva situación en la que las mujeres ejerzan sus ministerios a plenitud. Goulart escribe al respecto:

 

Los que argumentan que la apertura de espacio para el ministerio ordenado de la mujer o para una vida profesional causaría serios problemas sociales […], describen un análisis extremadamente simplista de la realidad actual […] ¿no son los presbíteros y pastores, maridos y padres, hombres con responsabilidades dentro del hogar que deben orientar a sus hijos e hijas? El buen testimonio de incontables pastoras y presbíteras ya ordenadas desmiente muchos de los argumentos en contra de la ordenación y, a pesar de los traumas y desafíos enfrentados, desempeñan plenamente sus ministerios.[9]

 

2. Otras lecturas de la misma tradición

Además, lo que Gutiérrez tampoco dice es que uno de los artículos principales de dicha revista Mundo Reformado es “En busca de aceptación y reconocimiento. Las luchas de las mujeres en el ministerio», del doctor Salatiel Palomino (antiguo profesor suyo, graduado del Seminario de Princeton, ex rector del Seminario Presbiteriano y ex moderador de la Asamblea General de la INPM), en el que expone con lujo de detalles algunas de las humillaciones de las que han sido objeto muchas mujeres que ejercen el ministerio cristiano sin ninguna esperanza de reconocimiento oficial y lleva a cabo un sólido ejercicio de análisis exegético-teológico de los pasajes bíblicos más controvertidos, advirtiendo que “en el estudio y la discusión de la enseñanza bíblica en torno a la ordenación de la mujer, ‘un argumento, independientemente de cuán ‘lógico’ sea, que se desvía de los valores bíblicos de igualdad, respeto mutuo, la dignidad y la interdependencia entre seres humanos y la dependencia de Dios, para enfatizar la superioridad y la dominación de un grupo de personas sobre otro, no es un argumento bíblico ni un argumento válido’”.[10] Este artículo puede leerse íntegramente en Lupa Protestante (www.lupaprotestante.com/index.php?option=com_content&task=view&id=2182&Itemid=129).

Obviamente, Gutiérrez tampoco informa que, para discutir tales problemas de marginación contra las mujeres, en su texto Palomino desmenuza y pone, literalmente, en su lugar un panfleto del actual vicepresidente de la directiva de la Asamblea General que desde 1988 ha sido utilizado para atacar despiadadamente y sin respeto alguno a las mujeres y a quienes apoyan sus ministerios con “lindezas” como éstas: “¿Qué pensaríamos si una mujer embarazada de siete meses subiera al púlpito a predicar? La verdad es que lo consideraríamos antiestético, antibíblico, anti… todo”,[11] y “Si bien es cierto que Dios concedió muchos privilegios a la mujer, también es cierto que le puso limitaciones; por eso afirmo categóricamente que la palabra de Dios, la historia, la psicología, la razón y la idiosincrasia mexicana, no permiten que la mujer ocupe puestos oficiales (de pastoras, ancianas gobernantes o diaconisas) dentro de nuestras iglesias presbiterianas”.[12] Asimismo, para destacar la fortaleza de sus “argumentos bíblico-teológicos”, el autor de ese pasquín llegó al extremo de utilizar mayúsculas como muestra de su violencia verbal.

La metodología usada en este artículo, que esconde información y llega al extremo de manipular el contenido de una publicación que tiene como propósito todo lo contrario de lo que se afirma como conclusión, puesto que la ARM siempre promovió el ministerio de las mujeres, al igual que la Comunión Mundial de Iglesias Reformadas (CMIR), organismo recién formado (a cuyo concilio de organización asistió el Pbro. Samuel Trinidad, secretario de la directiva de la Asamblea General de la INPM). En la sección 6 (Justicia de género) de las resoluciones finales de la CMIR se establece:

 

1. Ordenación

La Sección ve la ordenación como un elemento central para la comprensión de la comunión. La verdadera unidad no puede realizarse en un contexto donde no es reconocido el llamado de Dios a las mujeres para actualizar sus dones en el ministerio de la Palabra y de los Sacramentos.

 

Metodología

a)      La CMIR promueve la ordenación de las mujeres y trabaja hacia el momento en que su ordenación sea vinculante para la comunión.

b)   La CMIR desarrolla un mapa de Iglesias miembros para indicar dónde no están bien resueltos los asuntos relacionados con la ordenación de las mujeres y la justicia de género, a fin de trabajar con y apoyar a estas iglesias miembros.

c)   La CMIR fortalece el programa de acompañamiento para las mujeres en el ministerio ordenado al incluir este tema en la agenda de los dirigentes de la CMIR cuando visiten a las Iglesias miembros.

d)   La CMIR continúa ofreciendo su apoyo y acompañamiento a la educación teológica de las mujeres, especialmente jóvenes, y el Fondo de Educación Teológica se utilizará para estos fines.[13]

 

3. No sólo es cuestión de metodología

La estructura del artículo de Gutiérrez y su distribución en las páginas de El Faro sirven también para conducir el ánimo de los lectores/as: el segundo caso expuesto es el de la iglesia católico-romana (sin señalar sus fuentes), acerca del cual habla de siete razones “por las que las mujeres pueden recibir las órdenes sagradas” (p. 5): un solo [así, sin acento] sacerdocio en Cristo; con poder de presidir; desviaciones culturales; mujeres diaconisas hasta el siglo IX; posibilidad de que las mujeres sean ordenadas; la Iglesia amplia acepta mujeres en el sacerdocio; y las mujeres también son, de hecho, llamadas a ser sacerdotes (usar la palabra sacerdotisa sería, evidentemente, un sacrilegio). La menos clara es la relativa a las “desviaciones culturales”, pues aunque se habla de prejuicios en contra de las mujeres, éstos no se especifican. En la misma página se muestran, resaltados, los argumentos en contra, siete también: “Jesús no estableció la ordenación de las mujeres; Pablo prohibió a las mujeres enseñar (1 Tim 2.12); no es un elemento básico para la fe; las mujeres no pueden representar a Jesús porque Él es varón; la Iglesia antigua y antes y después de la Reforma no ordenaba mujeres; el ministerio presbiterial va contra la naturaleza de las mujeres; y Cristo es el esposo, la Iglesia la esposa. En el ministerio sacerdotal un hombre debe representar a Cristo”.

Como Gutiérrez no explica ni desarrolla estos argumentos y sólo los presenta por separado, puede darse por sentado que los acepta, dadas las conclusiones a las que llega al final. Cada uno de ellos puede ser refutado con base en estudios serios, algunos de los cuales han sido muy divulgados. El primero cae por su propio peso: si Jesús no ordenó mujeres, tampoco lo hizo con los discípulos varones, pues es hasta el libro de los Hechos en que surge una especie de “reconocimiento” a su seguimiento de, aproximadamente, tres años, pero ello en ninguna manera constituye una ordenación. Sólo metafóricamente se puede aceptar que esos años con Jesús fueron equivalentes a sus “estudios teológicos formales”, los cuales no desembocaron en ningún acto eclesiástico equivalente a la ordenación. Habría que estudiar qué hizo la iglesia cristiana en los siglos posteriores en relación con la ordenación y cómo la instituyó al momento de jerarquizar los ministerios.[14] Osiek y Madigan escriben:

 

Examinando los testimonios hemos encontrado varias suposiciones que resultan ser falsas. La primera de esas falsas suposiciones es la de que nunca hubo mujeres con oficios eclesiásticos en occidente. A pesar de que es en oriente donde claramente se da una preponderancia de testimonios de mujeres diáconos, occidente no carece de ellos, siendo normalmente prohibiciones conciliares, presumiblemente promulgadas para controlar o suprimir la práctica existente. Existen inscripciones en occidente, aunque son mucho menos habituales que en oriente. Muchos de estos testimonios se pasan por alto normalmente y se deben tomar en serio. […]

La segunda falsa suposición es que el título de diaconisa sustituyó al de mujer diácono a finales del siglo III. A pesar de que los testimonios sobre la función de esas mujeres son poco precisos, el título de diakonos para las mujeres existe durante el siglo VI. […]

La tercera falsa suposición es que todas las mujeres con oficios eclesiásticos eran célibes, bien vírgenes o viudas. […]

No hay duda de que existen muchos menos testimonios de mujeres presbíteros, pero no se restringen a grupos marginales o heréticos. Lo que resulta intrigante es el hecho de que la cantidad de referencias es mayor en occidente que en oriente, a pesar de los grandes esfuerzos de varios concilios para eliminarlos.[15]

 

El segundo argumento es reforzado por Gutiérrez con una frase de antología, digna de los tiempos en que se hablaba de la inerrancia bíblica con un absolutismo categórico, negando, de paso, los contextos culturales de la escritura del Nuevo Testamento y la comprensión de la evolución textual del mismo: “Pablo no escribió porque estuviera cegado por prejuicios, ni contradice al Señor Jesús, ni el Señor contradice al Antiguo Testamento [¡hay que leer con más atención el Sermón del Monte completo!]. En todo hay perfecta armonía porque el autor es el mismo Espíritu Santo” (p. 7, nota 3, énfasis agregado). Para empezar, es muy probable que Pablo no fuera el autor de esta carta y, además, como se ha demostrado fehacientemente, las orientaciones de la misma están dirigidas a restar poder e influencia al creciente liderazgo femenino. Véase, en apoyo de esta interpretación lo que escribe Elsa Tamez, autora de un comentario completo a la misma carta:

 

Para las mujeres cristianas, la carta de 1 Timoteo ha sido un problema. En ella se les prohíbe explícitamente que enseñen (2.12) y que opinen (2.11). También se recomienda con fuerza que las mujeres se casen y procreen; y si enviudan, que no se queden sin marido (5.14). Las jóvenes viudas organizadas en la iglesia, son descritas negativamente (5.13). El interés de que la mujer asuma el rol tradicional de ama de casa es tan desesperado que lo pone como requisito para la salvación (2.15). […]

Posiblemente el autor tiene temor de que se socave la casa patriarcal con la participación activa de estas mujeres visitando las casas. Las otras enseñanzas que valoran el celibato (“prohíben el matrimonio…”, 4.3) son una amenaza para el autor, pues éstas pudieran ser muy atractivas para las mujeres, especialmente las viudas, que no quieren casarse y volver a someterse a la casa patriarcal. […]

si bien pudo ser que el autor tenía en mente a las mujeres ricas, su discurso lo elevó a un grado de universalidad tal que cualquier particularidad quedó casi borrada. Por esa razón, el ejercicio hecho aquí de estudiar el tema de la visibilidad, exclusión y control de las mujeres tiene como objetivo subrayar la particularidad de un hecho circunstancial que corresponde a un tiempo y espacio, que ocurrió en los orígenes del cristianismo, y que no es el nuestro. Quien universaliza el mandato del autor con la intención de aplicarlo hoy día, no sólo es un mal lector de la Biblia, sino que está irrespetando las Escrituras. [16]

 

Sobre que este asunto no es un elemento básico para la fe, habría que discutir detalladamente cuáles aspectos lo son o no, puesto que la doctrina de la imagen de Dios en el ser humano (imago Dei) viene inmediatamente a cuento a la hora de que esté en entredicho la dignidad humana, como en este caso del de la mujer. Minimizar el problema de que la Iglesia no acepte sus ministerios es también un asunto grave. Lo mismo sucede con el argumento sobre la representación de Jesús: al negársela a las mujeres, la salvación se reduce, para ellas, a un seguimiento sumiso e indigno mediado por la supuesta superioridad del género masculino. Este punto lo discute así:

 

Aunque el uso de términos en masculino con referencia a Dios es significativo, y la encarnación de Jesús como hombre era teológicamente necesaria, la Escritura nunca ofrece este argumento. De hecho, no hay evidencias que indiquen que el ministro representa a Cristo para la congregación. Es más, cuando se usa este argumento de la naturaleza de Dios en contra de la ordenación de mujeres para el ministerio podemos contestar desde el mismo principio: ambos, hombre y mujer, fueron creados a imagen de Dios.[17]

 

Acerca de los demás argumentos, en general, bien valdría la pena que Gutiérrez y sus lectores nos acercásemos a un libro escrito por Jürgen Moltmann y su esposa Elisabeth, especialmente el capítulo “Ser hombre en una nueva comunidad de mujeres y hombres”, en donde ambos teólogos reformados discuten críticamente las posibilidades de compartir los ministerios dignamente y con plena disposición a la colaboración entre ambos sexos.[18]

Gálatas 3.28 tiene un lugar muy especial en el texto de Gutiérrez, pues se centra en su intención de refutar que el texto paulino se refiere a la desaparición de las diferencias entre hombres y mujeres. Para él, al reconocer que “hay diferencias en una áreas, queda abierta la puerta a la admisión [de] que también existan diferencias en otras áreas, como de hecho ocurre”, lo que lo lleva a decir que Gálatas no habla del servicio, “donde claramente se dice que no todos somos iguales”. Schüssler Fiorenza cierra así el comentario a este famoso versículo:

 

Mientras los escritores patrísticos y gnósticos sólo podían expresar la igualdad de las mujeres cristianas con los hombres como “virilidad” o como abandono de su propia naturaleza sexual, Ga 3,28 no ensalza la masculinidad, sino la unicidad del cuerpo de Cristo, la iglesia, donde son superadas todas las divisiones y diferencias sociales, culturales, religiosas, nacionales y sexuales y donde todas las estructuras de dominación son rechazadas. No es el amor patriarcalizante de la escuela post-paulina, sino el ethos igualatorio de la “unidad en Cristo” predicado por el movimiento misionero paulino y pre-paulino lo que proporcionó a Pablo la ocasión para sus recomendaciones a propósito de la conducta de las mujeres profetas en la comunidad cristiana.[19]

 

En otro apartado que se resalta en la p. 6, Gutiérrez incluye una especie de glosario (“Algunas distinciones”) para aclarar el significado de algunos términos: posición, sacerdocio, talento, don y ministerio. Sobre el sacerdocio, llama poderosamente la atención que no se refiera a las implicaciones del sacerdocio universal de los creyentes, con todo y que cita I Pedro 2.9. Justamente, Palomino trabaja este asunto en el artículo citado, donde escribe al respecto:

 

Al convocarnos a todos a la salvación, al unirnos a todos en el Cuerpo de Cristo, al concedernos a todos los dones del Espíritu Santo, al llamarnos a todos a ser siervos y siervas de Dios, al enviarnos a todos a proclamar el Evangelio, Dios no ha hecho ninguna distinción en razón del género. El ministerio cristiano, por lo tanto, requiera o no la ordenación, ha de ser llevado a cabo por todos y todas las creyentes a favor de este mundo. Limitar el ministerio ordenado sobre la base del sexo de la persona es entonces contrario a esta enseñanza bíblica.[20]

 

4. Lo que urge es convertirse

Finalmente, en sus conclusiones (“Orden funcional en la iglesia”), Gutiérrez subraya que dado que “el hombre tiene la responsabilidad de ser cabeza (liderazgo) tanto en el hogar como en la iglesia, por tanto la mujer tiene la responsabilidad de someterse voluntariamente en reconocimiento del orden de Dios (1 Co 14.34-36; Ef 5.23; Col. 3.18; 1 Ti 2.1—12; 1 P 3.1-7)”. Es decir, que el principal deber o “ministerio” de las mujeres es el de la sumisión. La cadena de citas bíblicas no es más que un despliegue de referencias absolutas a la afirmación indiscutible, a priori, de que las cosas deben seguir como están. En realidad, la mención del orden divino es un apoyo para consolidar el régimen patriarcal que, como verdad cultural, no puede ni debe ser tocado. E. Moltmann-Wendel observa, en este sentido, la forma en que la Iglesia, en ocasiones, se somete y utiliza las “bondades” del sistema social para mantener la situación:

 

El patriarcado no ha llegado al mundo de manos del cristianismo. Es una vieja, extendida y masculina ordenación del mundo. El cristianismo no ha conseguido imponerse a esta ordenación de dominio. Desde muy pronto, más bien, los hombres se apoderaron de él y lo pusieron al servicio del patriarcado. Con ello se paralizó el potencial liberador del cristianismo. […] La liberación del patriarcado por parte de la mujer y también del hombre corre pareja al redescubrimiento de la libertad de Jesús y a una nueva experiencia de la fuerza del Espíritu. Tendremos que abandonar el Dios monoteísta de señores y hombres y, a partir de los orígenes del cristianismo, descubrir el Dios rico en relaciones, que ama apasionadamente, que unifica, el Dios comunitario. Éste es el Dios viviente, el Dios de la vida, deformado por el patriarcado mediante el ídolo del dominio. En él encontrará también el hombre su liberación de las deformaciones que el patriarcado le ha hecho soportar en el pasado y que aún tiene que sufrir ahora.[21]

 

Las palabras finales de Gutiérrez no podían ser más aleccionadoras, pues con gran sutileza, reafirma todo lo que ha expuesto antes, dejando de lado cualquier posibilidad de diálogo con otras posturas. La seguridad con que exhibe su defensa del statu quo es ejemplar:

 

Consecuentemente, la función directriz/gobernante de la iglesia está reservada para el hombre. No hay ejemplos de mujeres “ordenadas” o “reconocidas” ancianas en las Escrituras; tampoco son animadas a buscar tal oficio. […]

Concluimos pues, que el hombre es cabeza, y como cabeza es llamado a desempeñar, pues [sic], la posición de autoridad en relación con la mujer. Pero esta autoridad ha de ser practicada no para el abuso, sino para el beneficio de la mujer (y de toda la familia e iglesia). Esta es la enseñanza de Efesios 5.21-33 y de todo el mensaje bíblico (p. 7, énfasis agregado).

 

Semejante arrogancia es imposible de superar, pues la eliminación del adversario (en este caso, las mujeres y todo el conjunto del debate exegético, hermenéutico, teológico e histórico) no supone más que la intención probatoria de un prejuicio arraigado, que ni siquiera las palabras amables (“esta autoridad ha de ser practicada no para el abuso, sino para el beneficio de la mujer (y de toda la familia e iglesia”) escogidas para atemperar el golpe consiguen disminuir. Ahora resulta que Gutiérrez es el vocero más autorizado en este planeta para definir y decidir cuál es “todo el mensaje bíblico”. Caramba, ni siquiera autoridades como Gerhard von Rad, Karl Barth u Oscar Cullmann se atrevieron a tanto. Ante todo esto, es muy difícil conceder el beneficio de la duda a Gutiérrez en el sentido de que en el resto de la ponencia lleve a cabo un buen trabajo analítico mediante las disciplinas mencionadas. Cabe preguntarse si se ha acercado mínimamente a la gran cantidad de publicaciones o sitios web que hay sobre el tema, o incluso si ha leído algo de las teólogas y exegetas actuales.

Lo que queda claro es que con artículos como éste, siguen sin responderse las preguntas de cómo traducir, en nuestro tiempo, el innegable interés de Jesús por levantar a las mujeres de su estado de indefensión, tal como aparece en el evangelio de Lucas, o cómo interpretar, por ejemplo, la exigencia permanente de conversión que experimentó alguien como Pedro, quien en el libro de los Hechos debió pasar por varias de ellas: a Jesús mismo, a los gentiles, a los otros apóstoles como Pablo, etcétera: quizá fruto de todas ellas haya sido su posterior enseñanza acerca del sacerdocio universal de las y los creyentes, enseñanza central de la Reforma Protestante. Parecería que ahora los varones hemos de convertirnos, también en esa línea, a las mujeres, en un esfuerzo por profundizar en la alteridad que Dios mismo nos pone delante, todo el tiempo, como prójimas inexcusables que son. Es muy probable que ellas también deban convertirse a sí mismas también. Nuestra obsesión por la conversión de los demás nos impide, acaso, advertir éstas y otras muchas conversiones a las que nos llama el Señor. En el lenguaje de Mateo 25, habría que tratar de descubrir la manera en que Dios nos interpela en las mujeres, tal como lo hace en cada persona necesitada, desnuda, hambrienta y pobre.

Nos falta mucha obediencia, sensibilidad y creatividad ante tales evidencias. Obediencia, porque seguimos sin respetar las acciones de Dios en el mundo y nos negamos a ver con claridad el futuro hacia el cual nos llama, a nosotros, que hemos sido tan celosos de cantar y reivindicar su gloria y honra en el mundo, y nos negamos a creer que en los ministerios de las mujeres éstas no perderán ni un ápice. Sensibilidad, porque nos atrevemos a negar también la presencia de los dones, de los carismas mediados por la libertad soberana del Espíritu, y que él deposita adonde y a quien él le place. Creatividad, porque seguimos suponiendo que el Dios soberano está comprometido con nuestros intereses y formalidades y no es capaz de sorprendernos para “hacer nuevas todas las cosas”. Afortunadamente hoy se cuenta con recursos como la Biblia Isha, una edición de las Escrituras que permite asomarse al otro lado de la realidad para advertir que desde siempre Dios se ha preocupado por dignificar a todas sus criaturas.

El celo evangelizador no puede ni debe entrar en conflicto con la dignificación de las personas, hombres y mujeres, en la Iglesia. Porque nunca nos hemos preguntado si las palabras de Jesús en Mateo 23.15 (“¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque recorréis mar y tierra para hacer un prosélito, y una vez hecho, le hacéis dos veces más hijo del infierno que vosotros”) se aplican a nuestra obsesión por “ganar almas”, particularmente femeninas, para luego de que ingresan a nuestro círculo religioso hacerles sentir que ante Dios valen mucho menos que los varones. Pero el peso específico de la historia marginal y marginada de las mujeres, en este caso, al interior de la Iglesia está ahí, y la necesidad del empoderamiento social, cultural, intelectual y humano que necesitan ellas en México, un país con escaso acceso al desarrollo personal o educativo de amplia visión, también. Porque acaso la ordenación reconocida como don de Dios sea el único recurso de proyección para muchas mujeres y hombres en el seno de la INPM y otras iglesias. Vaya que es grande la responsabilidad y la necesidad para abrir el diálogo que permita superar la barrera del género en la Iglesia. Ojalá tengamos como iglesia y como creyentes el valor suficiente para responder a este enorme desafío.



[1] Cit. en “Intuiciones teresianas para la lectura e interpretación de la Biblia”, www.mercaba.org/FICHAS/Santos/TdeJesus/intuiciones_teresianas_para_la_l.htm#FOOTNOTE_15.

[2] K. Stendahl, The Bible and the Role of Women: a Case Study in Hermeneutics. (La Biblia y el papel de las mujeres: un studio hermenéutico de caso.) Filadelfia, Fortress, 1966, p. 43. Stendahl, profesor y pastor luterano, fue decano de la Escuela de Divinidades de la Universidad de Harvard, Estados Unidos.

[3] É. Gutiérrez Ovando, “Argumentos a favor y en contra de la ordenación de la mujer”, en La Luz de El Faro, mayo-junio de 2010, pp. 4-7, www.publicacioneselfaro.com.mx.

[4] Los demás artículos son: “El niño saltó de alegría en mi vientre: principios bíblicos para un reflexión sobre el aborto”, de Iván Efraín Adame A., decano del Seminario Presbiteriano (STPM) expuesto previamente en la Consulta Nacional sobre Temas de Ética, STPM, 28 y 29 de junio de 2007; “Lo que el joven cristiano [sic] debe saber acerca de la homosexualidad”, de Francelia Chávez R., secretaría ejecutiva del Ministerio de Educación de la INPM; y “El problema de la violencia intrafamiliar en las familias cristianas”, de Alma Irma Maldonado T.

[5] Op. cit., pp. 28-29, énfasis agregado. La introducción concluye con una cita del filósofo reformado Nicholas Wolterstorff, profesor del Seminario Calvino de Grand Rapids referente a la exigencia de justicia por parte de las mujeres en la Iglesia y al reconocimiento de sus dones espirituales. Las posturas expuestas y discutidas por las demás son la tradicionalista (Robert D. Culver, “Las mujeres guarden silencio”, pp. 31-68), en pro del liderazgo masculino (Susan T. Foh, “La cabeza de la mujer es el hombre”, pp. 69-119), en pro del ministerio plural (Walter L. Liefeld, “Vuestros hijos e hijas profetizarán”, pp. 121-160) y en pro de la igualdad.(Alvera Mickelsen, “En Cristo no hay hombre ni mujer”, pp. 161-206). El volumen cierra con bibliografías en español e inglés.

[6] El contenido completo de la revista es: “Introducción”, de Páraic Réamonn (pp. 1-2); “El caso del sínodo de Blantyre, Malawi”, de Felix L. Chingota (pp. 3-24); “Ocurre en Brasil”, de Leciane Goulart Duque Estrada (pp. 25-35, en español; 36-46, en portugués); “En búsqueda de aceptación y reconocimiento. Las luchas de las mujeres en el ministerio”, de Salatiel Palomino López (pp. 51-66); “Una perspectiva de Zambia”, de Petronella D.S. Ndhlovu (pp. 67-74); “Y por fin llegó a Grecia”, de Ioanna Sahinidou (pp. 75-85); y “Apéndice. La ordenación de mujeres en las iglesias miembros de la ARM” (pp. 86-96), un cuadro cronológico y por país de los avances de la ordenación en el mundo reformado. La revista puede leerse en inglés en el sitio web de la ARM: www.warc.ch/dp/rw9912/index.html. (El autor de estas líneas puede enviarla fotocopiada a quien se lo solicite: lcervortiz@yahoo.com.mx.) Con anterioridad, la ARM había publicado Walk, my sister. The ordination of women: Reformed perspectives (Camina, hermana mía. La ordenación de las mujeres: perspectivas reformadas). Ursel Rosenhäger y Sarah Stephens, eds., Ginebra, 1993 (Estudios, 18); en Internet: www.warc.ch/dp/walk/index.html, fruto de una consulta realizada en 1992, con participantes de 16 países. Otras publicaciones de la ARM relacionadas con el tema son: Reformed World, “Women and men as partners in God’s misión” (Hombres y mujeres como copartícipes en la misión de Dios), vol. 45, núms. 1 y 2, marzo, junio de 1995; Partnership in God’s mission in the Caribbean and Latin America, 1998, (Estudios, 37); Patricia Sheerattan Bisnauth, Creating a vision for Partnership of women and men. Evaluation report of regional workshops on gender awareness and leadership development (Creando una visión para la colaboración entre hombres y mujeres. Reporte de evaluación de los talleres regionales sobre conciencia de género y desarrollo del liderazgo), 2003, http://warc.jalb.de/warcajsp/news_file/doc-459-1.pdf; y P. Sheerattan, Created in God’s Image: From Hierarchy to Partnership. A Church manual for Gender Awareness and leadership Development (Creados a imagen de Dios: de la jerarquía a la colaboración. Un manual eclesiástico para la conciencia de género y el desarrollo del liderazgo), 2003.

[7] Paul K. Jewett, Man as Male and Female: A study in sexual relationships from a Theological Point of View. Grand Rapids, Eerdmans, 1975, pp. 162, 170, cit. por P. Réamonn, “Introducción”, en Mundo Reformado, Ginebra, ARM, vol. 49, núms. 1-2, marzo-junio de 1999, p. 1, énfasis agregado. Existe traducción al español del libro citado: El hombre como varón y hembra. Miami, Caribe, 1975.

[8] L. Goulart Duque Estrada, “Ocurre en Brasil”, pp. 26-27. Algo similar a lo descrito aquí ha comenzado a suceder en México con las reuniones de hombres y mujeres a favor del sacerdocio universal de las y los creyentes. Véase el sitio: www.iglesiaigualitaria.blogspot.com.

[9] Ibid., p. 35. Énfasis agregado.

[10] S. Palomino López, “En búsqueda de aceptación y reconocimiento…”, p. 59. Palomino está citando el texto de la Rev. Laura Taylor, “El papel de la mujer en la iglesia y en el reino de Dios: la nueva creación, el liderazgo y la ordenación de las mujeres”. Inédito, documento de estudio solicitado por el Presbiterio “Juan Calvino”, México, 1993, p. 45.

[11] Bernabé V. Bautista Reyes, La ordenación de las mujeres: desde una perspectiva bíblica, histórica y teológica. México, Manantial, 1988, pp. 32-33. Cf. José Ramiro Bolaños Rivera, La mujer cristiana: bases bíblicas y teológicas para considerar su ordenación a los ministerios de gobierno eclesiástico y cuidado pastoral. Tesis de licenciatura en Teología. Guatemala, Universidad Mariano Gálvez, 1997, http://biblioteca.umg.edu.gt/digital/13012.pdf.

[12] Ibid., p. 24. Énfasis original. Llama mucho la atención el hecho de que el Pbro. Bautista, con estas ideas en mente, haya publicado Un milagro llamado Manuela y…, en honor a su esposa (México, edición de autor, 2008).

[13] “Section 6: Report of the gender justice section”, en www.reformedchurches.org/docs/Section6Report.pdf, versión de LC-O.

[14] Cf. Suzanne Tunc, También las mujeres seguían a Jesús. 2ª ed. Santander, Sal Terrae, 1999 (Presencia teológica, 98).

[15] Carolyn Osiek y Kevin J. Madigan, eds., Mujeres ordenadas en la iglesia primitiva. Una historia documentada. Estella, Verbo Divino, 2006 (Aletheia), pp. 20, 30.

[16] E. Tamez, “Visibilidad, exclusión y control de las mujeres en la Primera carta a Timoteo”, en Revista de Interpretación Bíblica Latinoamericana, núm. 55, www.claiweb.org/ribla/ribla55/visibilidad.html, énfasis agregado. Cf. E. Tamez, “La opción por los pobres pero obedientes. Fundamentalismo patriarcal y el sujeto en 1 Timoteo”, en Pasos, núm. 104, nov.–dic. de 2002, pp. 24-28; e Idem, Luchas de poder en los orígenes del cristianismo. Un estudio de la primera Carta a Timoteo. San José, DEI, 2004, y Santander, Sal Terrae, 2005 (Presencia teológica, 141).

[17] Susan T. Foh, “Una postura en pro del liderazgo masculino”, en B. Clouse y R.G. Clouse, op. cit., p. 93. Énfasis agregado.

[18] E. Moltmann-Wendel y J. Moltmann, Hablar de Dios como mujer y como hombre. Madrid, PPC, 1994, pp. 69-88.

[19] E. Schüssler Fiorenza, En memoria de ella: una reconstrucción teológico-feminista de los orígenes del cristianismo. Bilbao, Desclée de Brouwer, 1989, p. 269.

[20] S. Palomino, op. cit., p. 60.

[21] E. Moltmann-Wendel y J. Moltmann, op. cit., p. 73. Énfasis agregado.

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